Capítulo 9
Cuando miré la hora eran casi las doce y media.
—Voy fatal.
Hugo, que estaba terminando de recoger los restos del desayuno, se volvió hacia mí.
—¿Qué pasa?
—Que como no salga de aquí ya, no me da tiempo a pasar por casa, cambiarme y llegar a la de mi padre a las tres.
Miré el vestido rojo de la noche anterior, que seguía tirado donde había acabado unas cuantas horas antes.
No me parecía el atuendo más apropiado para comer paella con mi padre un domingo. Sobre todo, porque mi padre sabía perfectamente que yo no salía de casa vestida así a mediodía.
—Tengo ropa —dijo Hugo.
—Qué suerte.
—Para ti.
Lo miré.
—¿Tú tienes ropa para mí?
—Vestidos.
—¿Tú tienes vestidos?
—No son míos.
—Oye, que a mí me da igual lo que hagas.
—Es un regalo.
Aquello mejoraba por momentos.
Hugo fue hasta uno de los armarios y sacó varias bolsas que yo no había visto la noche anterior. Reconocí el nombre antes incluso de que sacara la primera percha.
—¿Miu Miu?
—Son para Jacqui.
Claro.
Por supuesto.
Porque si uno había roto con una mujer hacía tres meses, lo normal era pasar por delante de Miu Miu, acordarse de ella y comprarle varios vestidos.
—Pasé por la tienda el otro día. Es su marca favorita y vi unos cuantos que pensé que le gustarían.
—Qué detalle.
Debí de decirlo con un tono ligeramente distinto al que pretendía porque me miró.
—¿Qué?
—Que qué detalle.
Sacó un vestido y me lo tendió.
—Creo que tenéis una talla parecida.
No me gustó que me comparara con ella. No sabía qué me molestaba más: que hubiera calculado mi talla de un vistazo o descubrir que, al parecer, Jacqueline y yo éramos intercambiables en una percha.
—¿Tienes tan buen ojo para las tallas como para tocarme las narices?
—¿Te lo pruebas o prefieres ir a comer paella vestida para el Barceló?
Le quité la percha de la mano.
—Me lo pruebo.
Era azul marino, a la rodilla, un poco entallado y con un pequeño cuello blanco que le daba un aire de niña buena.
Me fui al baño, me puse el vestido y me quedé muerta al verme. Tenía razón. Me quedaba fenomenal.
Y eso me fastidió todavía más.
Salí del baño y Hugo levantó la cabeza del móvil.
—Joder.
—¿Qué?
—Te queda fenomenal. Y es muy sexy .
Bajé la vista hacia el vestido.
—¿ Sexy ? Pero si es un vestido bastante recatado…
—El vestido sí.
—Lo mejor es que me lo quite.
—¿Por qué?
—Porque no voy a irme a casa de mi padre con un vestido de tu ex y después devolvérselo usado.
—Quédatelo.
Me giré hacia él.
—¿Cómo que me lo quede?
—Te lo regalo.
—Hugo, es un Miu Miu.
—Ya.
—¿Y me lo regalas así?
Se encogió de hombros.
—Tampoco se lo voy a dar a Jacqui usado y sin etiqueta.
—Es mucho lío. Lo mejor es que vaya con lo que tengo y ya está.
—Te lo regalo por lo mal que te lo hice pasar con el brunch .
Lo pensé unos segundos y lo cierto era que me había hecho sudar tinta con el puñetero brunch . Y además el vestido era tan bonito… Y no tenía nada de Miu Miu en mi armario. Solo un bolso falso, así que acepté.
—Por el brunch , vale.
—Qué fácil es comprarte.
—Es un pago justo. No tienes ni puta idea de lo que sufrí con aquel brunch .
—Perdóname. Y espero que el vestido lo repare todo.
Ya tenía vestido, pero el siguiente problema fueron las bragas.
O, más concretamente, que Hugo me vio sacar unas limpias del bolso.
—Un momento.
Me quedé quieta.
—¿Qué?
—¿Llevabas unas bragas de repuesto?
—Sí.
—Las metí anoche.
Se cruzó de brazos.
—¿Por qué?
—Porque soy una mujer previsora.
—Claro.
—¿Qué significa ese «claro»?
—Nada. Que me parece estupendo que salieras a cenar con unas bragas de repuesto sin ninguna intención de acabar en mi apartamento.
—Las mujeres llevamos cosas en el bolso.
—¿Bragas?
—Por lo que pueda pasar.
—Y pasó.
—No voy a seguir por ahí.
—Me callo.
Pero no dejó de sonreír, que era casi peor.
Cuando estuvimos listos, Hugo cogió un par de botellas de vino, yo el traje y las flores y pedimos un taxi.
—¿Quieres que te ayude con el traje? —preguntó él.
—No, no vaya a ser que te den ganas de quedártelo.
Esperamos al taxi en el portal. Llegó al momento y en cuanto nos subimos aproveché para explicarle el guion:
—Te he invitado a comer porque te comenté por algo de trabajo que iba a comer paella y te has apuntado porque no tenías nada mejor que hacer.
—Ah, ¿no?
—Ibas a comerte una ensalada que tenías caducada y yo te he dicho que te vinieras. Más que nada por política corporativa. Aristeo cuida mucho a sus colaboradores.
—Están incluidas en el programa ejecutivo las paellas de los domingos en casa de tu padre.
—Es cortesía profesional.
—Ajá.
—¿Por qué pones esa cara de memo? —le pregunté.
—¿Memo? Estoy memorizando el guion. Es pura ciencia ficción. ¿Y el traje y las flores también son cortesía de Aristeo?
—El traje te lo presté cuando perdiste la maleta. Y las flores me las han regalado con los cruasanes. Cuanto más nos ajustemos a la verdad, más creíbles resultaremos.
—Sí, sí. Muy creíbles. ¿Y estuvimos anoche bailando? Porque imagino que Beatriz le habrá contado algo.
—Salimos por cortesía también. Te invitamos porque no tenías plan…
—Joder, tu padre va a pensar que no me quieren ni en mi casa.
—Vives en Nueva York. Estás desconectado de todo.
—Tengo una empresa que se dedica a conectar gente —me recordó, mordaz.
—Deja de tocarme las narices. El guion está perfecto.
—Ja, ja, ja.
—O casi. Pero vamos, lo esencial es que nuestra relación es laboral y punto.
—¿Y esto también está ajustado a la verdad?
—La verdad es que te odio —respondí con una sonrisa enorme.
—Anoche se notaba muchísimo. Pero sigue con el guion, por favor.
—Lo que voy a hacer antes es escribir a Bea para decirle que ni se le ocurra contar que tú y yo hemos pasado la noche juntos.
—¿Tú crees que tu padre no lo va a notar?
—¿El qué?
—La química —respondió él, alzando las cejas.
—No te soporto —repuse.
Le aparté la mirada y me puse a mirar por la ventanilla.
—Eso también es química —soltó el muy cabrito.
Llegamos a nuestro destino y mi padre abrió la puerta poco antes de las tres.
Bea apareció detrás de él con una copa de vino en la mano.
—¡Parejita! —canturreó Bea, y eso que le había enviado el mensaje—. ¡Qué caritas! ¡Da gusto veros!
La fulminé con la mirada y ella, entre risas, hizo las presentaciones.
—¡Pasad! ¡Bienvenidos! —exclamó mi padre.
Entramos y deduje que Bea debía de llevar allí un rato porque ya se movía por la casa como si fuera suya.
Bea era así. Podías invitarla a un sitio por primera vez y veinte minutos después sabía dónde estaban las copas, el hielo y probablemente el cuadro eléctrico.
Nos quitamos los abrigos y cuando aparecimos en el salón, mi padre comentó:
—Así que este es el tío que te está volviendo loca.
Hice como que no había escuchado nada y repliqué:
—Qué día más bonito, ¿no? Con este solecito tan rico…
Hugo soltó una carcajada y me dejó con el culo al aire:
—Sí, ese soy yo.
—El que no contestaba a los correos —dijo mi padre.
—Hugo te ha traído un vino estupendo.
—Hugo el que te cambia las cosas a última hora —insistió mi padre.
—Voy a ver si encuentro un jarrón para estas flores —dije.
—También soy el del brunch —reconoció Hugo.
—Pues has dado conversación en esta casa por un tubo.
—No sabía que hablaras tanto de mí —me dijo Hugo, encantado de conocerse.
—No hablo tanto de ti.
Mi padre resopló.
—Ni caso.
Bea reparó entonces en mi vestido.
—¿Y ese vestido tan chulo? Ese no es el que compramos ayer.
—No.
—Es una pocholada. Y tiene pinta de bueno. Ese te ha costado tus buenos lereles.
—Es Miu Miu —dijo Hugo.
Bea abrió mucho los ojos con una cara de cotilla que no podía con ella.
—¿Miu Miu? —repitió ella.
—Se lo he regalado —soltó Hugo para rematar.
¡Dios! En ese instante caí en que había preparado una coartada minuciosa y se me había olvidado justo de la prueba más sospechosa.
—Era para Jacqui, pero Hugo se equivocó con la talla. Y me lo ha dado —improvisé como si aquello fuera lo más normal.
Mi padre miró a Hugo. Luego a mí y preguntó lo obvio:
—¿Quién es Jacqui?
—Su ex —respondí como si tal cosa.
—Ah —farfulló mi padre, sin entender nada.
Pero no hizo más preguntas. Y aquello podría haber terminado ahí si Bea no hubiera reparado en el traje enfundado que yo llevaba para guardarlo en mi antigua habitación.
—Uy. ¿Ese no es...?
—No —zanjé, en seco.
—Sí que es ese traje.
Mi padre volvió a mirar la funda y preguntó arrugando el ceño:
—¿Qué traje?
—El que compró para Arman —explicó Bea.
—¿El dentista?
—Me lo dejó cuando perdí mi maleta —aclaró Hugo.
—Se nos va a enfriar la paella —mascullé.
—A ver si me entero —intervino mi padre—. Tú llevas un vestido de la ex de él y él se puso el traje de tu ex.
—El traje nunca fue de Arman —dije.
—Y el vestido nunca llegó a ser de Jacqui —añadió Hugo.
Mi padre asintió despacio y murmuró:
—Ah. Entonces todo muy normal.
Hugo empezó a reírse.
Yo me fui a guardar el traje y a poner las flores en un jarrón.
Luego, terminamos de llevar las cosas a la mesa y nos pusimos a comer.
La paella estaba buenísima. Como siempre.
Hugo y Bea lo estaban flipando. Y no exageraban. No hay nadie que haga las paellas como mi padre.
Ni tan sincero tampoco.
—Hacía siglos que Clara no traía a un chico a comer un domingo —comentó mi padre mientras servía otra ración a Hugo.
—Os tengo que contar qué ponente vamos a traer en junio —cambié de tema muerta de la vergüenza—. Y resulta que este tío fue ministro en su país hace cinco años. Hizo unas políticas de…
—Yo no quiero hablar de política —replicó mi padre—. Me da acidez. Y lo que os decía: Clarita no traía a nadie desde Vicente.
Hugo levantó la cabeza y preguntó muy sonriente:
—¿Quién es Vicente?
—Nadie —respondí.
—Su primer novio —contó mi padre.
—Gracias —dijo Hugo.
—Desde el bachillerato —continuó mi padre—. Estuvieron juntos hasta que acabaron la universidad. Se pasaba aquí media vida. Era uno más de la familia. Por eso siempre dije que aquello no iba a durar. Parecían hermanos.
—Es que no podía durar —habló Bea.
—¿También lo conociste?