No me vuelvas loca Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Me levanté, encontré su camisa en el suelo y me la puse antes de salir del dormitorio.

No estaba en el salón.

Ni en la cocina.

Ni en ninguna parte.

Miré mi móvil y no tenía nada. Ni un mensaje, ni un emoticono… Pero es que volví a la cocina y tampoco había una nota pegada en el frigorífico donde pusiera «he bajado un momento».

Lo llamé, sonaron muchísimos tonos y no respondió.

Me quedé mirando la pantalla.

Fantástico.

El tío me había pedido que me quedara y después se había ido él.

A lo mejor aquel era el funcionamiento habitual de Hugo Alda. Podía acostarse con una mujer, dormir abrazado a ella e incluso pedirle que no se marchara, pero cuando la cosa empezaba a parecer peligrosamente íntima, necesitaba salir corriendo.

Volví a llamarlo.

Nada.

—Cobarde.

Busqué a Beatriz y ella sí que contestó al tercer tono.

—¿Qué hora es?

—Las doce y algo.

—Dime que estás en el apartamento de Hugo.

—Sí.

—¡Lo sabía! —gritó entusiasmada.

—Baja la voz.

—¿Por qué? ¿Está durmiendo?

—No tengo ni puta idea de dónde está.

Hubo un silencio.

—¿Cómo que no tienes ni puta idea?

—Me he despertado y no está. Le he llamado dos veces y no lo coge.

—Habrá bajado a algún sitio.

—Podría haber avisado.

—Clara, igual lleva fuera diez minutos.

—No sé cuánto lleva fuera.

—¿Y anoche?

Sonreí sin querer. Beatriz lo detectó inmediatamente.

—¡Hostia! Esa sonrisa la he oído desde aquí.

—No estoy sonriendo.

—¿Qué tal?

—Bien.

—¿Bien?

—Muy bien.

—¿Muy bien de «estuvo muy bien» o muy bien de «me ha hecho ver a Dios»?

Me eché a reír.

—Folla genial.

—¡Se nota por cómo camina, nena! Como un puto león en celo.

—Uf.

—¿Y ahora qué vas a hacer?

Miré alrededor. Mi vestido seguía tirado junto al sofá. Uno de mis zapatos estaba en la entrada y el otro no tenía ni idea de dónde había acabado.

—Ni idea.

Y, sorprendentemente, me dio la risa.

—Ya veré.

—¿Ya verás? ¿Tú?

—Sí, yo. Tampoco tiene que haber un plan para todo.

—¿Quién eres y qué has hecho con Clara Cid?

—Cállate. ¿Y tú qué tal con Pedro?

Beatriz tardó un poco en contestar.

—Te lo resumo en dos palabras: no follamos.

—¿Qué?

—Que volví a casa con la papaya intacta.

—¿Pero no ibas con un arsenal para invadir Normandía?

—Ya, pero a lo mejor hubo demasiada presión logística. Yo qué sé. Nos besamos en el Barceló. Cuando salimos un poco después de vosotros, estaba cayendo la de Dios y acabamos en su casa.

—¿Y?

—Nada.

—¿Nada?

—Bueno, sí. Besos. Manos. Lo normal. Pero cuando iba a pasar algo más... no pude.

—¿Y eso?

—Él se quedó con mis bragas en la mano y yo no estaba a lo que había que estar. Estaba en… otra cosa.

—¿Qué cosa?

Hubo una pausa pequeñísima.

—En los muebles.

Fruncí el ceño.

—¿Qué muebles?

—Los de Pedro.

—¿Estabas a punto de hacerlo con Pedro y estabas pensando en sus muebles?

—Sí.

—Joder.

—No sabes la casa que tiene. Era de su abuela. Hay muebles antiguos por todas partes. Algunos son una maravilla y están pidiendo a gritos que alguien los restaure. Tiene una cómoda que podía dejarla como nueva.

—Pues mira, igual estabas nerviosa y tu cerebro decidió refugiarse en una cómoda.

—Puede ser.

—Poco a poco, tía. Ya está.

—Sí. Pedro fue un encanto. De verdad. En cuanto vio que frenaba, lo entendió.

—Es un amor.

—Ya. Me devolvió las bragas. Y me dijo que lo entendía.

—Llevas casi dos años sin estar con nadie. No tienes que pasar de cero a cien porque hayas salido una noche con un tío.

—Eso me dijo él.

—¿Y luego?

—Nos quedamos hablando. Y sobre las cinco me acompañó a casa.

—¿Con la que estaba cayendo?

—Sí.

—Pues sí que es majo.

—Mucho.

Se quedó callada.

—¿Y habéis quedado en veros otro día?

—De momento, le dije que podía restaurarle un par de cosas. Tengo que comprar materiales y preguntarle a tu padre qué me recomienda.

—Pues vente a comer con nosotros.

Bea se quedó callada unos instantes y luego preguntó:

—¿Hoy?

—Sí. Mi padre ha hecho paella.

—Joder.

—¿Qué?

—Con lo que me gusta la paella.

—Daniela no vuelve hasta esta tarde, ¿no?

—A las ocho.

—Pues ya está. Vente. Y le preguntas a mi padre lo de los muebles. Como necesites algo de la ferretería, es capaz de abrírtela aunque sea domingo.

Beatriz se echó a reír.

—Tu padre vale un lingote.

—El amor de su vida es la ferretería.

Oí la puerta del apartamento.

Me giré.

Hugo entró cargado con dos bolsas, el pelo mojado y un ramo de flores amarillas bajo el brazo.

Me quedé mirándolo.

Él me miró a mí.

Después miró su camisa puesta sobre mi cuerpo y sonrió.

—Te dejo —dije al teléfono.

—¿Ha aparecido?

—Sí.

—¿Dónde estaba?

—Luego te cuento.

Colgué.

—¡Buenos días, Cecé! —dijo Hugo.

—Te he llamado dos veces.

—Tenía el teléfono silenciado en mi armario.

Levantó las bolsas.

—He ido a por desayuno.

Ah.

Así que no había huido de la intimidad. Había ido a comprar cruasanes. Genial, eso me desconcertó más todavía.

Miré las flores.

—¿Y eso?

Hugo bajó la vista hacia ellas.

—Me las han regalado con los cruasanes. Toma.

—¿Son para mí?

—No. Son para la vecina del cuarto.

Le lancé un cojín. Hugo lo esquivó y respondió:

—Sí, Cecé. Son para ti.

Y no sé por qué aquello me dio más miedo que despertarme sola.

Luego, desayunamos en el salón mientras la lluvia seguía golpeando los cristales.

Hugo había comprado café, zumo, cruasanes y un montón de fruta.

—¿Siempre desayunas así?

—Normalmente no tengo invitadas.

—Qué honor.

—No he dicho que fueras una invitada.

—¿Qué soy?

Hugo me miró por encima de la taza.

—La dueña del traje.

—Ah. Es verdad. Mi traje.

—Está en mi habitación. Esa que ya conoces.

Me reí. Luego fue a la habitación a por el móvil y quitó el silencio delante de mí.

Seguimos con el desayuno y besándonos sin venir a cuento. No podía dejar de hacerlo.

Hasta que miré la hora.

—Ahora sí tengo que irme.

—Quédate.

—No puedo.

—Otra hora.

—He quedado con mi padre.

—Cancela.

—Ni hablar.

—¿Qué plan puede competir conmigo un domingo lloviendo?

—Paella.

Hugo dejó de sonreír.

—Eso es jugar con ventaja.

—Le sale que te mueres.

—Adoro la paella.

Lo miré y no sé si fue por las flores, por el desayuno, por haberme pedido dos veces que me quedara o porque todavía no había recuperado del todo el sentido común, pero le pregunté:

—¿Quieres venir?

—¿A comer paella?

—A conocer a mi padre.

Esto último lo dije en broma, aunque al segundo me pregunté qué coño acababa de hacer.

Hugo, en cambio, ni pestañeó.

—¿Por qué no?

Y tras decir esto, su móvil empezó a sonar. Cogió el teléfono y, al ver la pantalla, sonrió.

—Es Carmen.

—¿Quién?

—La abuela de Jacqui.

La sonrisa se me quedó un poco torcida.

Hugo contestó como si acabara de llamarle alguien muy querido de su familia. Fue justo ese tono.

—¡Hola, bonita! ¿Cómo estás?

No pretendía escuchar la conversación.

Tampoco tenía muchas posibilidades de no hacerlo estando a dos metros.

—Sí, sigo en Madrid... Todo noviembre... No, todavía queda bastante.

Se echó a reír.

—¿Te has acordado de mí con la fabada? Y yo de ti, corazón. El sábado por la mañana vi en una tienda una muñeca con mofletes, de esas que te gustan y entré a comprártela.

Me levanté a recoger las tazas con un mosqueo tremendo.

El sábado había estado comprándome un vestido para él, aunque dijera que no, y él se lo había pasado comprando una muñeca mofletuda a la abuela de su ex.

Era de traca.

Hugo continuó hablando.

—Claro que te llamo en cuanto vuelva... Yo también te echo de menos, preciosa.

Dejé una taza en el fregadero con un poco más de fuerza de la necesaria.

—Sí. Te lo prometo. En cuanto llegue a Nueva York, me preparas la fabada. Y te llevo los regalitos. Claro. Un beso, Carmen.

Colgó.

—¿Es española? —pregunté, como si ese dato fuera lo que más me importara de lo que acababa de escuchar.

—Asturiana. Se fue a Estados Unidos con catorce años. Los domingos siempre que podemos comemos con ella. Y nos prepara platos asturianos.

—Qué bien.

Era maravilloso. Estaba hablando de Jacqui y de él como si todavía fueran pareja y ni se molestaba en disimularlo.

—Hoy ha hecho fabada y se ha acordado de mí.

—Qué bonito —mascullé con una cara de culo que no pude disimular.

Hugo me miró.

—¿Todo bien?

—Perfectamente.

Y era verdad. No había ocurrido absolutamente nada.

Carmen era la abuela de Jacqueline. Hugo la quería. Ella lo quería. Y él iba a volver a Nueva York.

Todo aquello lo sabía desde antes de acostarme con él.

Lo único que había cambiado era que, hacía cinco minutos, Hugo había aceptado venir a comer paella con mi padre.

Y ahora, de repente, Nueva York volvía a estar en la habitación junto a la muñeca de mofletes que debía estar dentro del armario.