Capítulo 8
Cuando salimos del Barceló estaba cayendo el diluvio universal.
—Joder —dije al ver la cortina de agua al otro lado de la puerta.
Hugo se puso a mi lado y replicó:
—Podemos volver dentro.
Podíamos, pero le cogí de la mano y echamos a correr hacia el primer taxi libre que vi:
—Prefiero ir a por el traje.
Lo paré. El taxi se detuvo y, cuando conseguimos meternos dentro, tenía el pelo mojado, el rímel corrido y parecía que los zapatos nuevos tenían diez años.
Hugo le dio la dirección del apartamento al taxista, me miró con cara de guasa y le pregunté:
—¿De qué te ríes?
—Menos mal que has decidido no volver porque me habrías matado con más perreo.
—Lo que pensaba que iba a matarme eran los zapatos nuevos. Pero son cómodos. La pena es que con la lluvia van a quedar hechos una mierda.
Me quité uno para comprobar los daños.
—Dámelo —me pidió.
—¿Para qué? —lo miré extrañada.
Hugo me lo quitó de la mano, cogió varios pañuelos de papel que tenía el taxista de cortesía y los hizo una bola.
—¿Qué haces?
—Estoy intentando que conserve la forma —respondió metiendo los clínex dentro del zapato.
—¿Desde cuándo sabes tú hacer estas cosas?
—Se lo he visto hacer a mi madre.
Le tendí el otro.
—Toma.
—Qué rápido confías en mí.
—Es que no quiero que se echen a perder estos zapatos. Son bonitos y puedo bailar con ellos. Es tan difícil encontrar algo así.
Hugo rellenó también el segundo y los dejó cuidadosamente en el suelo.
—Ya está. Y ahora dame tus pies.
—No —me negué.
Porque aquello sí que no.
Bailar pegada a Hugo, provocarlo o incluso imaginarme besándolo entraba dentro de la clase de estupideces que podía cometer con un tío como él.
Poner los pies sobre sus piernas mientras se preocupaba de que no cogiera frío era otra cosa.
Eso era como de novio. Y no.
—Clara, acabas de bailar reguetón conmigo durante dos horas.
—Eso no te da derechos sobre mis pies.
—Ni quiero tenerlos. Sube los pies de una vez.
Miré el suelo del taxi. Y lo cierto era que estaba húmedo por toda el agua que habíamos metido al subir.
—Joder.
—¿Qué?
—Que no tengo dónde ponerlos.
Hugo dio un par de palmadas sobre la chaqueta que había extendido en sus piernas.
—Qué casualidad.
—Si lo estás deseando.
—¿El qué? ¿Pisotearte?
—Algunas de mis ideas seguro que sí.
—¿Algunas solo?
Subí los pies y los apoyé sobre él. Pero la cosa no terminó ahí. Con el vaivén del taxi me fui inclinando y acabé con la cabeza en su hombro y los ojos cerrados.
De fondo, el taxista tenía puesto a Álex Ubago.
La de Me muero por conocerte.
—Joder, esto es muy romántico. Y encima llueve —dijo él.
Sonreí. Abrí los ojos, le miré y farfullé:
—Te jodes.
Hugo me besó. O yo le besé a él. A esas alturas daba bastante igual.
Llegamos a su apartamento de Castellana empapados, riéndonos y con muchas más ganas de recuperar mi traje que cuando habíamos salido del Barceló.
Me calcé de nuevo antes de bajar y echamos a correr hacia el portal.
En el ascensor volvió a besarme.
Me apoyé contra la pared y le rodeé el cuello con los brazos. Hugo metió las manos bajo mi abrigo y me agarró por la cintura.
—Este vestido es una barbaridad —murmuró contra mi boca.
—Díselo a Beatriz.
—Mañana le mando flores.
—Como le mandes flores a Beatriz, Pedro te mata.
—Entonces te las mando a ti.
—¿Tú sabes hacer eso? —pregunté antes de besarlo otra vez.
Las puertas del ascensor se abrieron.
—Mi planta —masculló con los labios pegados a los míos.
—Genial.
No nos movimos.
Las puertas empezaron a cerrarse otra vez y Hugo tuvo que meter el brazo para detenerlas.
—Tu boca me descentra.
—¿Tienes suficiente ya?
Me miró como si fuera algo tan rico como una torrija de su abuela y respondió:
—No soy de nada abbastanza . Siempre quiero más.
Salí antes de que le pidiera que me follara ahí mismo.
Llegamos a su puerta besándonos otra vez. Hugo intentó sacar las llaves mientras yo le desabrochaba la camisa.
—Cecé.
—¿Qué?
—Necesito ver la cerradura.
—Pues mira.
—Me estás besando.
—Organízate. Demuéstrame que sabes.
Consiguió abrir a pesar de todo y entramos.
La puerta se cerró detrás de nosotros y ya no pudimos más.
Mi abrigo acabó en el suelo de la entrada. Su chaqueta, en algún lugar que no vi. Llegamos al sofá todavía besándonos y yo había perdido uno de los zapatos cuando Hugo me hizo sentarme sobre el respaldo.
—¿Sabes qué? —dijo.
—Que no tienes el traje.
Se echó a reír.
—Lo tengo. ¿Lo quieres ya?
—De momento puedo aguantar un rato más sin él.
—Me parece razonable.
Se acercó a mí y me besó en el cuello.
Ya no había música, ni Beatriz, ni Pedro, ni cuarenta y dos participantes de un programa ejecutivo, ni una agenda que cumplir.
Solo él y yo.
Nos miramos y fui más consciente que nunca de que, aunque llevaba días intentando convencerme de que aquello era una pésima idea, no me había servido de nada.
Acabamos desnudos entre el sofá y la pared y, cuando Hugo volvió a acercarse, se detuvo.
Me miró.
Esta vez sin bromear.
—¿Estás segura?
Lo estaba. Completamente.
—Sí.
Hugo todavía esperó un segundo.
—Sí, Hugo. Sé lo que estoy haciendo. Y lo quiero hacer. Los chupitos no se me han subido a la cabeza. La estupidez tal vez sí.
—¿Estupidez?
—El deseo.
—Eso me gusta más.
—Vale.
Hugo empezó a descender a besos hasta mi sexo. Me dejé llevar y él me enseñó lo que sabía hacer.
Y Dios cómo lo hacía.
Era bueno. Tan bueno que, no sé si mucho o poco después, porque perdí la noción de todo, acabé corriéndome con los dientes clavados en un nudillo para no montar un escándalo.
Luego hubo más besos y muchas risas cuando se tumbó sobre mí y nos cargamos la lámpara.
Después de recoger el desastre, cogió un condón de su cartera y se lo puso. Me agarró por la cintura, me pegó contra él, me levantó, enredé las piernas y me llevó contra la pared.
Si alguna vez volvía a aquel apartamento, jamás volvería a mirar aquella pared sin acordarme de él.
Nuestra primera vez fue urgente, física, casi atropellada. Y lo preferí porque no habría soportado que fuera suave o dulce.
Me aferré a sus hombros mientras él me sujetaba con fuerza y durante unos minutos no me acordé de ninguna de las razones por las que aquello era una pésima idea.
Solo éramos él y yo perdiendo definitivamente la cabeza.
Y aquello fue bastante más intenso y salvaje de lo que habría esperado de él. O de mí.
Acabé estallando otra vez contra el hombre al que había estado torturando horas antes con mi perreo.
Su venganza había sido terrible.
No recordaba cuándo era la última vez que había tenido un orgasmo semejante.
Y todavía jadeante, me llevó al dormitorio.
Allí descubrí que Hugo Alda hacía algunas cosas muchísimo mejor de lo que organizaba una agenda.
Muchas. Muchísimas.
Desde luego que daba fe de que se le daba demasiado bien la innovación.
Joder.
El tío tenía una creatividad y una resistencia que me dejaron muerta.
Cuando todo terminó, estaba tumbada boca arriba intentando recuperar la respiración.
Hugo se dejó caer a mi lado.
—¿Estás bien?
—Estoy.
—¿Qué?
Giré la cabeza.
—Que estoy. No sé muy bien dónde, pero estoy.
Se rio todavía sin aliento.
—Te entiendo.
—Ah, ¿sí?
—No me lo esperaba.
—Yo tampoco.
Me miró y masculló con una sonrisa lobuna:
—Somos una bomba juntos.
Lo éramos. Hugo tenía razón.
Yo tampoco me lo había esperado.
Había esperado que estuviera bien. Incluso muy bien. Llevábamos demasiados días provocándonos para que aquello no tuviera alguna consecuencia.
Pero el sexo había sido otra cosa.
Había estado de puta madre. De esa clase de sexo que convertía una mala idea en una idea todavía peor porque, de pronto, apetecía muchísimo repetirla.
—Estamos jodidos —dije clavando la vista en el techo.
—Muchísimo.
—Lo dices como si te hubieras llevado una hostia.
—La compatibilidad entre los dos es brutal. Funcionamos tan bien que…
—Que nada.
—¿No te preocupa? —quiso saber.
—Ha sido sexo. Muy bueno. Pero ya está.
—No está. No se trata de que seas una diosa del sexo.
—Tú también has estado tipo dios…
—Pero no solo es eso, es lo que somos juntos.
Me acerqué y apoyé la cabeza en su hombro. Hugo me rodeó con un brazo y yo cerré los ojos:
—Se nos da bien juntos. No hay que darle más vueltas. Y yo ya no puedo pensar más. Estoy agotada.
—Cecé, yo…
Aquello fue lo último que recordé, porque me quedé dormida como un tronco.
Unas horas después, me despertó la lluvia. Durante unos segundos no supe dónde estaba.
Después noté un brazo alrededor de mi cintura, una pierna enredada con las mías y recordé absolutamente todo.
Todo.
Sonreí contra la almohada.
Ay, Dios.
Giré la cabeza.
Hugo dormía. Tenía el pelo revuelto y la cara relajada de una manera que nunca le había visto. Nada que ver con el hombre que entraba en Aristeo hablando con tres personas a la vez, cambiando una actividad y pensando ya en la siguiente.
Miré la hora. Eran las ocho de la mañana.
—Mierda.
Hugo abrió un ojo.
—Buenos días.
—Tengo que irme.
Cerró el ojo otra vez.
—No.
—¿Cómo que no?
Porque una cosa era un polvo porque había surgido así y otra quedarme a pasar la mañana.
—Está lloviendo.
—Es agua.
—Mi paraguas está roto. Y mis botas de lluvia son un cuarenta y siete.
—Joder, ¿los pies también los tienes grandes?
—¿Qué?
—Nada, nada.
Me incorporé un poco para mirar por la ventana y seguía cayendo a mares.
—He quedado a comer con mi padre.
Hugo abrió los dos ojos.
—¿Y tienes que ir a poner a remojar las lentejas?
—Vamos a comer paella. La hace él.
—Entonces quédate.
—Hugo...
Me agarró de la cintura y tiró de mí hasta devolverme a la cama.
—Un rato.
—Eres un manipulador.
—Estoy evitando que la coordinadora de Aristeo se pesque un resfriado.
—Qué atento.
—Duerme un poco más. Te has dormido a las tantas y estás reventada.
—No me hables —dije pasándome la mano por la cara.
—Qué bien se duerme cuando se folla bien.
El cabrón tenía razón.
Me acomodé otra vez contra él y nos quedamos dormidos.
Sin embargo, la segunda vez que desperté estaba sola.
Palpé el otro lado de la cama y estaba vacío.
Me incorporé y le llamé:
—¿Hugo?
Nada.
Miré hacia el baño. La puerta estaba abierta.
—¿Hugo?
Silencio.