Capítulo 7 #3
Hugo bebió otro poco sin apartar los ojos de mí.
—Explícate.
—Cuando terminé la universidad quería más de todo. Más responsabilidad, más trabajo, viajar más, conocer más sitios, hacer más cosas... Supongo que pensaba que cada año tenía que lograr más cosas que el anterior.
—¿Y dejaste de pensarlo?
—En Italia aprendí una palabra.
—¿Solo una? —bromeó.
— Abbastanza .
—Suficiente.
—Exacto. Estaba allí por trabajo, cuando todavía estaba en Admisiones Internacionales, y no sé por qué se me quedó. Suficiente. No poco. No mediocre. Suficiente.
—¿Y decidiste dejar de querer cosas?
—No. Decidí que también podía disfrutar de las que ya tenía.
Hugo guardó silencio.
—Me gusta mi trabajo. Me gusta Madrid. Me gusta mi piso aunque sea de alquiler y tenga cuarenta metros cuadrados.
Me gusta mi vida. Hubo una época en la que estar satisfecha con algo me parecía casi una falta de ambición.
Siempre había otra cosa que conseguir, otro sitio al que llegar, otro paso que dar. Y eso también cansa.
—¿Así que decidiste parar?
—Decidí dejar de correr todo el rato. No es lo mismo.
—¿Y cómo sabes cuándo tienes suficiente y cuándo simplemente tienes miedo de querer algo más?
Lo miré y se la devolví porque se lo había ganado a pulso:
—¿Y tú cómo sabes cuándo quieres algo más y cuándo simplemente no sabes parar?
Esta vez fue él quien tardó en responder.
—Mi padre tampoco sabía parar.
—¿Y le fue mal?
Sonrió de medio lado.
—En los negocios, de puta madre.
—¿Y en lo demás?
Miró hacia la pista.
—En lo demás no tanto. Mi madre acabó harta.
No pregunté más.
—Mis padres también querían cosas distintas —dije—. Mi madre siempre quiso vivir en una isla.
—¿Cómo se llama tu madre?
Por poco no escupí el whisky. Y respondí convencida de que eso no significaba nada:
—María.
—¿Y tu padre?
Joder, también quería saber el nombre de mi padre. Pero qué más daba… eso no significaba nada, me repetí.
—Román.
—Ah. Vale. Lo que te preguntaba es qué pensaba tu padre de vivir en una isla.
—Él siempre quiso vivir a diez minutos de la ferretería que había sido de mi abuelo y que ahora es de él.
Hugo soltó una carcajada y luego masculló:
—Me imagino cómo acabó…
—Ahora mi madre vive en Menorca, trabaja allí de administrativa y mi padre sigue viviendo a diez minutos de la ferretería. Así que supongo que los dos acabaron teniendo lo que querían.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Ya tienes lo que quieres?
Antes de que pudiera contestarle, empezó a sonar una canción que conocía.
Y me encantaba.
Reguetón del bueno.
Dejé la copa.
—Ven.
—¿Otra vez?
Le tendí la mano.
—A veces es bueno salir de la zona de confort, Hugo Alda.
Me miró.
—Eso ha sido juego sucio.
—¿Vienes o no?
Me cogió la mano. Esta vez la música no dejaba demasiado espacio entre nosotros.
Tampoco yo.
Hugo intentó seguirme durante un rato y yo me dediqué a reírme de él entre perreíto y perreíto hasta que decidió que ya no podía soportarlo más.
Me agarró por la cintura.
Me dio la vuelta. Me miró. Le miré a los labios. Me besó. Y yo tardé aproximadamente medio segundo en devolverle el beso.
Cuando nos separamos, seguía teniendo una mano en mi cintura.
—Joder —dijo.
—¿Qué?
—Que tampoco besas mal.
—¿Tampoco?
— Abbastanza .
Lo miré y sonreí divertida.
—Gilipollas.
Y nos besamos otra vez.
El cabronazo besaba como quería. Era jodidamente bueno.
Se apoderó de mi boca, mordisqueó mi labio, enroscó su lengua con la mía, se apartó un poco, dijo mi nombre, abrí los ojos, gemí de anticipación y volvió a meterme la lengua en la boca.
Dios. Cuando volví a separarme, Hugo estaba sonriendo.
—Retiro lo de abbastanza y lo cambio por de puta madre.
—Más te vale.
—Por cierto...
—¿Qué? —repliqué mordiéndome el labio inferior.
—Tengo tu traje en mi apartamento.
Me eché a reír.
—Qué oportuno.
—Llegó de la tintorería. Puedo demostrarlo.
—No hace falta.
—Pero si quieres recuperarlo...
Giré la cabeza buscando a Beatriz.
No tuve que buscar mucho. Estaba morreándose con Pedro un poco más allá.
—Parece que esos dos ya tienen plan —dijo Hugo.
—Eso parece.
Acabó la canción y empezó a sonar otra que me gustaba.
—¡Esta también me encanta!
Hugo me miró con auténtica preocupación.
—Cecé, si piensas seguir bailándome así hasta las cinco de la mañana, vamos a tener un problema serio con mis pantalones.
—Sal de tu zona de confort.
—He salido tanto que ya no sé ni cómo va a acabar esta noche.
Me reí.
Seguí bailando esa canción y todas las que vinieron después.
Bailé sola, bailé pegada a él, bailé comiéndole la boca, besándole el cuello, frotándome contra él de un modo que ni se lo esperaba.
Lo sé porque se puso blanco, verde, amarillo y rojo.
Vamos, casi como un semáforo.
Me lo estaba pasando teta torturando a ese hombre con mis movimientos de caderas y mi vestido rojo, pero sin dejar de pensar en el traje que tenía que haber regalado a mi ex y que podía cambiarlo todo esa noche.
Unos chupitos después, a eso de las dos de la mañana, después de demasiados besos con sabor tequila, me harté de pensar tanto, me acerqué a Hugo, le cogí de la mano y le dije:
—Vamos a por mi traje.