Capítulo 7 #2
Beatriz me miró unos segundos, resopló y me pidió:
—Mejor pregúntate qué pasa si te enamoras tú de Hugo.
—Eso no puede pasar.
—¿Por qué?
—Porque se va. Porque adora Nueva York. Porque no tiene hueco para una relación y porque yo no pienso volver a tener una historia con fecha de caducidad. Y mucho menos a distancia...
—Pero te gusta.
—Sí.
Aquello al menos podía reconocerlo.
—Muchísimo —añadió Bea.
—Tampoco te vengas arriba.
—Esta noche veremos qué pasa.
—Que vamos a cenar.
—Con velas —dijo muerta de risa.
—Que te den.
Horas después descubrí que Beatriz me había mentido.
El restaurante, que estaba en una calle tranquila de Trafalgar, no era muy mono: era romántico de cojones.
Mesas pequeñas, luz cálida, velas encendidas y parejas hablando como si estuvieran a punto de pedirse matrimonio o de confesarse una infidelidad.
—Te odio —le dije en cuanto entramos.
—A mí me encanta.
No pude responder porque Pedro ya venía hacia nosotras.
Y detrás de él estaba Hugo.
Traje oscuro. Camisa blanca. Sin corbata.
Me miró. Y durante un par de segundos me olvidé de que había alguien más en el restaurante.
Solo fueron un par de segundos.
Pero fueron míos.
Sus ojos bajaron por mi vestido y volvieron a mi cara.
—Joder, Cecé.
—Buenas noches a ti también.
—Estás muy sexy .
Noté cómo se me encendían las mejillas.
—Culpa de mi amiga. Yo pensaba venir con un vestido negro, discreto y cómodo.
Hugo sonrió.
—Como Miércoles Addams.
—Tal cual.
Miró a Beatriz, que no perdía ripio:
—Gracias.
—De nada —replicó Beatriz sonriendo de oreja a oreja.
—Os odio a los dos —murmuré.
La cena no mejoró las cosas.
O sí.
Dependía de lo que se entendiera por mejorar.
Pedro estaba completamente embobado con Beatriz.
No hacía falta tener ningún conocimiento especial sobre comportamiento humano para verlo. Se inclinaba hacia ella cuando hablaba, la miraba aunque estuviera hablando otro y parecía encontrar fascinante hasta la forma en que sujetaba la copa.
En un momento dado Beatriz se levantó para ir al baño y Pedro la siguió con los ojos.
Sonreí.
Qué bonito.
Joder. Tenía que decírselo. Me excusé, me levanté y, antes de llegar al baño, miré hacia atrás.
Hugo me estaba mirando.
Aparté la vista inmediatamente.
Pero lo suyo no era lo mismo que lo de Pedro. Lo de Hugo era otra cosa.
—Tía, ¡qué fuerte! Me he venido para decírtelo. No hay dudas. Pedro está pilladísimo —le dije a Beatriz cuando me la encontré frente al espejo.
—¿Tú crees?
—¿No has visto cómo te mira?
Sonrió mientras se retocaba los labios.
—Un poco.
—Te mira con… amor.
—Y Hugo a ti.
—No es igual.
—Te mira como si quisiera comerte.
—Eso es ser un cerdo —precisé—. Pedro te mira distinto.
—He pillado a Hugo mirándote el culo antes de sentarnos a la mesa.
—Eso demuestra mi teoría.
Beatriz se echó a reír, se echó más rímel y me sentenció:
—Vas a acabar fatal.
—Voy a acabar bailando y volviendo a mi casa.
—Seguro que sí —ironizó.
—Sola.
—Yo no he dicho nada.
—Pues eso.
Cuando volvimos a la mesa, Hugo levantó la mirada.
Y sonrió.
Beatriz se inclinó hacia mí y me cuchicheó:
—Esa sonrisa no es solo de querer follar. Es también de querer saber qué hacéis en tu familia en Nochebuena.
—No exageres.
—Como te pregunte cómo se llama tu madre, corre.
No la hice ni caso. Porque eso nunca iba a pasar.
Y seguimos cenando, como cuatro personas perfectamente normales.
En Teatro Barceló había suficiente gente y suficientes decibelios como para que la normalidad nos durara aproximadamente hasta el guardarropa.
Había tanta gente que cualquier intento de conversación acababa reducido a «¿QUÉ?», «QUE QUÉ» y asentir sin tener ni puta idea de lo que te habían dicho.
Eso me vino bien.
Lo que no me vino bien fue que, poco después de entrar, empezara a sonar una bachata.
Beatriz ya estaba bailando con Pedro cuando Hugo se acercó a mí.
—¿Esta también te la sabes?
—¿Esta?
—¿La sabes bailar?
—Sé bailar.
—Quiero pruebas —replicó convencido de que me iba a quedar rígida como un palo.
Solo por darle en las narices, le tendí la mano.
—Ven.
Hugo me miró como si no esperara que aceptara.
Y sin pensármelo más, tiré de él.
—Lo que no sé es cómo bailas tú.
Empezamos a bailar. Y la verdad era que Hugo no bailaba mal.
Tampoco especialmente bien.
Yo sí. Lo descubrí en su cara en cuanto empecé a moverme.
—Joder.
—¿Qué? ¿No decías que querías pruebas?
—Estoy evaluándolas.
Me acerqué un poco más.
—¿Y?
—Necesito más datos.
Me reí. Y durante un rato dejé de pensar.
Eso era precisamente lo que me gustaba de bailar. La música ocupaba el espacio que normalmente llenaban mis pensamientos y no quedaba sitio para horarios, agendas, Nueva York ni hombres que se marchaban a final de mes.
Solo para moverme.
Y para Hugo.
Sobre todo, para Hugo.
Cuando terminó la canción, me agarró de la cintura un segundo más de lo que tocaba.
—Voy a sentarme —me dijo al oído.
—¿Ya estás cansado? —pregunté notando su erección.
—No exactamente.
Lo miré. Después tuve la ocurrencia de mirar hacia abajo y volví a mirarlo con los ojos muy abiertos:
—¡Hugo!
—No es culpa mía.
Me eché a reír.
—Eres idiota.
—Y tú bailas demasiado bien.
Nos refugiamos en uno de los laterales, donde la música seguía siendo ensordecedora, pero al menos podíamos hablar sin meternos la lengua en el oído.
Aunque, dadas las circunstancias, aquello quizá no habría sido lo peor.
—¿Tomamos algo?
Lo acompañé a la barra y Hugo me preguntó qué quería. Mientras me lo pensaba, él pidió:
—Un whisky con hielo.
—Dos —dije.
Me miró sorprendido.
—¿Tú bebes whisky?
—¿Por qué no iba a beber whisky?
—No sé. Te imaginaba pidiendo algo con una rodaja de limón perfectamente colocada.
—Pues ya ves que no.
—Cada día destruyes una parte distinta de la mujer que había inventado sobre ti.
—A ver si mañana no queda ninguna.
—No parece que esté teniendo tanta suerte.
Nos fuimos con nuestras copas a uno de los laterales otra vez y me preguntó:
—¿Te lo estás pasando bien?
—Bastante.
—Eso es casi entusiasmo viniendo de ti.
—Tampoco te pases.
Nos quedamos mirando la pista y decidí hablar de trabajo, aunque no podía dejar de pensar en su erección.
—Lo de Nico fue una buena idea —dije.
Hugo giró la cabeza.
—¿Perdón?
—No voy a repetirlo.
—Espera, quiero grabarlo.
—He dicho que fue una buena idea. No que la forma de hacerlo fuera buena.
—Ya empezamos.
—Tú ves una oportunidad y dices: «Nico está en Madrid, hagamos un brunch». Y después te vas tranquilamente a dar tu clase.
—Era mi trabajo.
—Y el mío pasó a ser conseguir una sala, catering para más de cuarenta personas, mover una actividad y lograr que todo estuviera preparado en tres horas.
—Y salió bien.
—Porque yo hice que saliera bien.
Hugo me observó un instante.
— Touché.
—Gracias.
—Aunque reconocerás que mereció la pena.
—Sí —admití.
—Entonces deberías improvisar más.
—No estropees el momento.
Dio un sorbo a su whisky y me soltó algo que me sentó como una patada en el estómago:
—A veces es bueno salir de la zona de confort, Cecé.
—Estoy hasta las narices de la zona de confort.
—¿Cómo se puede estar hasta las narices de un concepto?
—Porque llevamos años escuchando que tenemos que salir de ella. Hay que crecer, cambiar, arriesgar, reinventarse, mejorar, avanzar...
—Estás describiendo prácticamente el programa que coordina tu fundación.
—Tú lo impartes. Yo procuro que no te lo cargues.
—¿Y qué propones tú? —preguntó enarcando una ceja.
—Quedarme de vez en cuando justo donde estoy.
—Eso suena a conformismo.
—No. Estar satisfecha no es lo mismo que conformarse.