No me vuelvas loca Capítulo 7
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Capítulo 7

El sábado por la mañana acompañé a Beatriz a comprar un vestido porque, según ella, no tenía absolutamente nada sexy en el armario.

Aquello era mentira.

Había visto su armario y Beatriz tenía ropa suficiente para sobrevivir a tres divorcios más, cinco bodas y una invitación inesperada a los Goya.

Pero ella insistía.

—Tengo vestidos bonitos. No tengo vestidos de «esta noche puede pasar algo», después de estar años con mi ex el traidor.

Habíamos quedado en Serrano y, veinte minutos después de entrar en Zara, yo estaba sentada frente a los probadores con el bolso de Beatriz sobre las rodillas y contemplando cómo aparecía por cuarta vez con un vestido distinto.

—Ese sí.

Se miró de frente, de lado y otra vez de frente.

Era negro, bastante escotado y le quedaba espectacular.

—¿Demasiado de viuda alegre?

—Lo veo perfecto, pero si no, puedes ponerte una rebeca abotonada hasta el cuello. A Pedro le va a encantar.

Me sacó el dedo corazón antes de volver a mirarse en el espejo.

—Me lo llevo.

—¡Por fin!

Llevábamos allí casi una hora.

Beatriz regresó al probador y yo aproveché para mirar el móvil.

Ningún mensaje.

Lo guardé inmediatamente.

No esperaba ninguno.

Muchísimo menos uno de Hugo. O sí. Tal vez alguna tontería o que directamente le hubiera surgido otro plan.

Era un hombre con tanta vida social…

—Toma.

Levanté la cabeza.

Beatriz había vuelto a salir y me estaba tendiendo un vestido.

—Ni de coña.

—Ni siquiera lo has mirado.

—Porque no necesito mirar algo que no voy a comprar.

—Pruébatelo.

—He venido a acompañarte.

—Y ya me has acompañado. Ahora pruébatelo.

—Tengo ropa para esta noche.

—¿Qué pensabas ponerte?

—Un vestido negro.

—¡Qué original!

—Discreto.

—¡Qué aburrimiento!

—Y cómodo.

—Clara, tienes treinta y cuatro años, no vas a renovar el DNI. Aparte de que me niego a que vayamos las dos de negro porque vamos a parecer un grupo gótico que ha perdido al resto de la banda. Por eso te he cogido este.

Le quité el vestido de las manos bufando.

—Me lo pruebo para que te calles.

—Perfecto.

Aunque no se calló, obviamente. Tan solo salió del probador.

Cuando salí, Beatriz levantó las cejas y soltó un «guau» que debió escucharse en todo el barrio de Salamanca.

Me miré en el espejo y me agobié al ver lo bien que me quedaba el vestido.

Era rojo, entallado, marcaba bastante más de lo que yo acostumbraba a enseñar y, aunque no tenía nada especialmente escandaloso, Hugo podía llegar a interpretarlo como que me lo había puesto para impresionarlo.

Y no era el caso. Lo que menos quería era que se pensara que me había puesto ese vestido para él.

—No es para mí.

—Pero ¡si parece hecho a medida! ¡Te queda de buenorra total!

—No me interesa.

Beatriz se levantó y me hizo dar una vuelta.

—Imagínatelo con tacones.

—No me lo voy a llevar.

—¡Tonta serías! Y te lo plantas con los tacones más altos que tengas.

Volví a mirarme y negué con la cabeza:

—No voy a comprarme un vestido para Hugo.

—Nadie ha mencionado a Hugo. Me parece un vestido perfecto para tenerlo en tu fondo de armario.

—¿Para qué?

—Para provocar erecciones súbitas en caso de necesidad.

—¡Beatriz!

—¿Qué? Hay que tener básicos.

Como sabía que no iba a parar hasta que me lo llevara, me metí en el probador y le dije tras cerrar la cortina:

—Está bien.

—Y con tacones.

—No abuses tampoco.

—¡Y te pintas como una puerta!

Asomé la cabeza por la cortina y le pregunté:

—¿Quieres salir tú con Hugo?

—No. Yo esta noche tengo otros planes.

Eso me recordó por qué estábamos allí.

—¿Estás nerviosa?

—Un poco.

Beatriz bajó la voz, aunque nadie nos estaba prestando atención.

—Daniela está con su padre hasta mañana.

—Entonces tienes vía libre.

—Y eso no veas cuánto me acojona.

—¿El tener vía libre?

—Llevo casi dos años sin utilizarla.

Me reí, mientras me terminaba de vestir.

—Seguro que te acuerdas.

—Espero. De todas formas, he hecho aprovisionamiento.

Salí del probador y le pregunté entornando la mirada:

—¿Aprovisionamiento de qué?

—Cremas. Lubricante. Preservativos. Antiinflamatorios. Ibuprofeno.

—¿Ibuprofeno?

—Estoy en una pésima forma física. Tengo que ser previsora. También me he pedido cita en el fisio para el lunes. Por lo que pueda pasar.

—No me jodas.

—La última vez que follé fue con José Luis haciendo la estrellita de mar. Pedro no tiene pinta de eso. Pedro tiene pinta de reventarte. Y yo ya estoy preparada para lo que sea.

—Beatriz, parece que vas a la guerra.

—A mi edad no se improvisan las operaciones importantes.

—¿También llevas casco?

—No. Pero rodilleras me lo estoy planteando.

Me reí y nos fuimos hacia la caja mientras Bea seguía contándome…

—Por cierto, al final voy a apuntarme al gimnasio. No puedo seguir así. No abro las piernas más que veintisiete grados.

—¿Qué dices?

—Me pondré a cuatro patas para chingar hasta que gane en flexibilidad en el gimnasio. Voy a ir al que va tu padre.

—Ah, ¿sí?

—Me queda al lado de casa y dice que está genial. Anoche estuve hablando con él.

Nos pusimos en la enorme cola para pagar y repliqué sin que me sorprendiera para nada desde que era una fanática del bricolaje:

—¿Hablasteis?

—Me avisó de que ya había llegado la herramienta que le pedí. Pasé por la ferretería y estuvimos un rato charlando. Es muy majo tu padre.

—Sí. Es un poco plasta con lo del ejercicio.

—Me dijo que me apuntara solo un mes, para probar, sin presiones ni agobios.

—Eso me dice siempre a mí. Pero prefiero hacer ejercicio en casa. Me subo a la bici estática, me veo una serie y luego me pongo a hacer sentadillas hasta que bostezo.

—¡Quita, quita! ¡Qué horror! Yo voy a apuntarme al gimnasio. Tu padre dice que me va a ayudar al principio con las máquinas, las pesas y todo ese rollo.

—O sea que vas a entrenar con él.

Beatriz se puso a doblar una camiseta que había tirada sobre un perchero y replicó sin que yo le diera importancia:

—Sí. Así evito también escaquearme. Si quedo con él, me obligo a ir. Y sobre todo ya cuando venga el frío, que no me va a apetecer nada.

—El domingo como con él. Vente si quieres.

—Daniela está con su padre hasta las ocho.

—Pues perfecto.

—Ya veremos. Igual a las ocho sigo con Pedro.

—Es cierto, con todas las provisiones que llevas…

Bea se puso a hablarme de lubricantes hasta que se fijó en que alguien había dejado unos taconazos de doce centímetros sobre una estantería, se fue a cogerlos y, cuando volvió, dijo:

—Estás de suerte. ¡Son de tu número!

—Pero…

—Venga. ¡Yo invito!

Bea acabó pagando dos vestidos y unos zapatos que yo tampoco tenía intención de comprar.

Y mientras salíamos, me comunicó dónde había reservado para cenar.

—Es muy cuqui.

—¿Qué significa muy cuqui?

—Pequeñito. Luz bajita. Velas...

Me detuve.

—¿Velas?

—Sí.

—¿Has reservado un restaurante romántico?

—No es romántico.

—Acabas de decir velas.

—También ponen velas en las iglesias y no por eso te casas.

—Bea, en serio.

—Me apetecía. Hace siglos que no voy a uno de esos sitios.

No podía discutirle aquello.

—Además —añadió—, Pedro está encantado.

—¿Sabe que esto no es una cita de cuatro?

—¿Y qué es? —preguntó.

—Una salida.

—Ah. Perdona. Creía que íbamos a salir cuatro personas, dos parejitas que posiblemente van a acabar triscando.

—Una pareja.

—Ya veremos.

Seguí andando y le aclaré para zanjar aquello de una vez:

—Hugo y yo no somos nada.

—Todavía.

—Ni todavía ni nunca.

—¿Qué ha pasado?

La pregunta me pilló tan desprevenida que tardé un segundo de más en contestar.

Beatriz se dio cuenta.

—¿Qué ha pasado? ¡Desembucha, trucha!

—Casi nos besamos.

Se quedó quieta en mitad de la acera.

—¿Cómo que casi?

—Pues casi.

—Sé lo que significa casi.

—Entonces no sé para qué preguntas.

—¿Cuándo?

—El jueves. En el metro.

—¿Y qué hacías con él en el metro, guarrilla?

—Me acompañó a la boca del metro. Me empujaron y nos quedamos tan cerca que casi nos besamos.

—¿Y me lo cuentas ahora?

—Ayer no tuve tiempo.

—Ayer estuviste conmigo.

—No encontré el momento.

—Podrías haberlo encontrado ahora antes de hacerme hablar de lubricantes.

—Si tampoco hay mucho que contar.

Me agarró del brazo, me miró como si fuera a hipnotizarme y me ordenó:

—Cuéntamelo.

Le conté lo imprescindible. Lo cerquísima que habíamos estado. Su mano en mi cintura. La mía en su pecho. Y cómo al día siguiente los dos habíamos fingido durante horas que no había ocurrido nada hasta que Nico contó, sin saberlo, que Hugo tampoco había llegado a casa precisamente indiferente.

A Beatriz se le encendió la mirada y dijo emocionadísima:

—Entonces las velas nos vienen de puta madre.

—No quiero nada romántico.

—¡Me niego a ir a la tasca de Paco! —exclamó Bea.

—¿Ese quién es?

—Me lo acabo de inventar.

—Da igual. Entiende que no estoy para velas con un tío que se vuelve a Nueva York a final de mes.

—Pero estás para besarle.

—Pero sin visos de nada. El otro día me contó que lo mejor de su ex era que nunca le pedía nada. Ni más tiempo, ni cambiar planes, ni organizar su vida alrededor de ella. Cuatro años juntos y esa es su definición de una relación estupenda.

—No sería tan estupenda cuando lo dejaron.

—No parece un hombre que esté preparado para hacerle sitio a alguien en su vida.

—¿Y tú dónde coño quieres que te haga sitio? ¿En su cama, en su vida o en todas partes? —replicó Bea.

—Yo no quería nada. Estaba tranquilísima.

—¿Y ahora cómo estás?

—Me atrae. Muchísimo. Ya está.

—Entonces pásatelo bien.

—¿Ese es tu consejo?

—Es mi plan. Yo es lo que voy a hacer.

—¿Y Pedro qué piensa de tu plan?

—Pedro está encantado de que haya aceptado salir con él.

—¿Y si quiere algo serio?

Beatriz soltó una carcajada y respondió:

—Tiene treinta y un años. No creo que esté pensando en atarse a una divorciada de cincuenta y cuatro con una hija de diez.

—No lo sabes.

—No hemos hablado de eso porque todavía no ha sucedido absolutamente nada. Vamos a cenar, vamos a bailar y, por una vez desde que me divorcié, voy a dejarme llevar. La farmacéutica al final me endosó también el lubricante «Deslizamiento Extremo».

—¿Vas a follar o a bajar una pista negra?

—Quiero llevar mi papaya preparada.

—¿Y si se pilla?

—¿De mi papaya? —replicó, con una sonrisa gamberra.

—¡De ti! ¿O si te pillas tú?