Capítulo 6 #2
—Porque llegó un momento en que la mejor decisión para la empresa y la mejor decisión para mí eran la misma.
—Eso suena muy bonito —replicó ella—. ¿Y era verdad?
—No todos los días.
Hubo algunas risas. Teresa quiso saber si se había arrepentido.
—Durante los primeros meses, cada semana.
—¿Y después? —preguntó Enrique, otro asistente.
—Después empecé a dormir.
—Y mi amigo es de los que duerme diez horas seguidas —intervino Hugo.
—Es mano de santo. Lo cura todo.
Más risas.
Todo el mundo se lo estaba pasando bien. Incluso yo… ratos.
Nico habló después de su nuevo proyecto, de utilizar datos e inteligencia artificial para anticipar demanda y reducir excedentes, de las toneladas de productos que las empresas fabricaban, almacenaban, transportaban y terminaban desechando simplemente porque no habían sabido prever cuánto necesitaban realmente.
Pero hubo algo que dijo casi al final que me hizo mirar a Hugo.
—Una de las cosas que aprendí con la primera empresa fue que ser imprescindible es una mierda.
Marta volvió a levantar la mano.
—¿Para quién?
—Para todos. También para ti. Durante mucho tiempo pensé que si yo no estaba pendiente de cada decisión, aquello se caía. Y luego entendí que, si una empresa solo funciona cuando el fundador está encima de todo, no tienes una empresa demasiado buena.
—Tienes un empleo muy caro —dije.
Nico señaló hacia mí.
—Exactamente.
—Y encima el jefe es un gilipollas —bromeó Hugo.
—En tu caso, seguro.
Las risas llenaron la sala.
Miré a Hugo. Él también estaba sonriendo. No parecía haberse dado por aludido. Al contrario, se lo estaba pasando bomba.
El encuentro se alargó más de lo previsto porque, cuando dimos por terminada la conversación, buena parte de los participantes se quedó hablando con Nico alrededor de las mesas.
Yo aproveché para comprobar que todo siguiera funcionando y para comer absolutamente nada.
Cuando por fin la gente empezó a dispersarse, Nico se acercó a mí.
—Ha estado genial. Gracias otra vez.
—Dáselas a tu amigo. La idea fue suya.
—Le llamé cinco veces y a la sexta pude contactar con él —comentó Nico.
Hugo, que estaba a su lado, lo miró y farfulló:
—No hace falta que le cuentes nuestra vida.
—¿Qué vida? Menos mal que insistí porque ha sido una experiencia estupenda.
Giré la cabeza hacia Hugo y comenté:
—Hugo es un tanto desastroso con las comunicaciones.
—Tenía el móvil silenciado de cuando las clases. En cuanto vi la llamada, la devolví.
—A una hora rarísima —añadió Nico.
—En Nueva York era una hora perfectamente normal.
—Pero tú estabas en Madrid.
Hugo le lanzó una mirada como para que no siguiera con aquello, pero Nico añadió:
—Además estabas raro.
—Si tú lo dices.
—Te noté extraño. Como si estuvieras en otra. Te juro que pensé que ni me estabas escuchando.
Al escuchar aquello me envaré.
Joder. Hugo estaba pensando en otra cosa…
¿O en mí?
Lo que estaba contando Nico era muy gordo. Hugo no había vuelto a casa y se había puesto a hablar con los amigos.
Hugo había llegado tan idiotizado como yo. Y le estaba jodiendo tanto quedarse con el culo al aire que le exigió a Nico:
—Lo mejor es que te marches. Tu vuelo sale pronto.
—Todavía tengo tiempo.
—Madrid tiene mucho tráfico.
Nico sonrió. Yo intenté no hacerlo, pero tenía unas ganas que me moría.
—Solo digo que estabas raro —insistió.
—Estaba cansado. ¡Pesado!
—No era eso.
Hugo le fulminó con la mirada para que cerrara el pico, Nico lo pilló al fin, levantó las manos y dijo:
—Me voy.
Se despidió de mí, abrazó otra vez a Hugo y se alejó arrastrando la maleta.
Yo esperé hasta que entró en el ascensor.
Después miré a Hugo.
Él me miró a mí.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás sonriendo.
—No estoy sonriendo —repliqué sin dejar de sonreír.
Y feliz de saber que no era yo la única que había llegado afectada a casa.
Ayudamos a recoger algunas cosas que habían quedado sobre las mesas. El catering se llevó las bandejas grandes, pero habían sobrado algunas piezas de bollería y Hugo cogió un trozo de bizcocho antes de que desapareciera la última.
—¿Quieres?
—No, gracias.
Mi estómago eligió aquel preciso instante para emitir un sonido perfectamente audible.
Hugo bajó la mirada.
—Tus tripas han dicho que sí que quieren bizcocho.
—¿Qué dices? —disimulé.
Porque solo faltaba que me metiera el bizcocho en la boca… Y después fuera la lengua.
—Lo he oído.
Partió un trozo y me lo tendió.
—Toma.
—No tengo hambre —repuse con ganas de comerme la acreditación.
Pero solté aquello porque no tenía ganas de que nuestros dedos se rozaran y yo sintiera un estremecimiento ridículo.
No podía permitírmelo.
Por lo menos no en mi lugar de trabajo.
Sin embargo, justo entonces, mi estómago traidor volvió a pronunciarse.
Hugo levantó una ceja y bromeó:
—¿Eso ha sido el rugido de un león?
Le quité el bizcocho.
—No he tenido tiempo de comer.
—¿Por qué?
Lo miré.
—Porque algún imbécil decidió organizar un brunch para cuarenta y cinco personas con tres horas de antelación. Y he tenido que supervisar que todo esté en orden.
—Podías haber comido algo durante la sesión.
—Cuando trabajo se me olvida comer, beber y prácticamente cualquier otra función básica que no esté incluida en el programa.
—Vas a tener que meterlo en la agenda.
No repliqué nada. Salimos de la sala y, cuando acababa de darle el primer mordisco al bizcocho, vi a Beatriz acercarse por el pasillo.
—Perfecto —dijo en cuanto nos vio—. Estáis los dos.
Tragué, convencida de que nos quería para algo del trabajo.
—Dinos.
—Al final he invitado a Pedro mañana al Barceló.
Tosí de los nervios que me entraron al escuchar que mencionaba lo del sábado:
—¿A Pedro?
—Sí.
—¿Quién es Pedro? —preguntó Hugo.
Beatriz tardó una fracción de segundo en contestar.
—Un amigo. El del bar donde desayunamos. Tiene unas porras de vicio. El lunes te vienes y las pruebas…
—Vale.
Perfecto. Mi amiga había invitado a Hugo a desayunar porras, pero no se conformó solo con eso:
—Y tú vienes al Barceló con nosotros —continuó Beatriz señalándome.
—Yo es que… —dije a punto de escupir el bizcocho que acababa de meterme en la boca.
—Nada. Tú vienes. Ya está decidido.
Hugo mordió el último trozo de bizcocho que le quedaba. Beatriz lo miró y le dijo:
—Y tú también.
Hugo dejó de masticar. Yo abrí los ojos como platos y pregunté:
—¿Él qué?
—Que también se viene al Barceló. Es mucho mejor. Dos parejas. Dos chicos y dos chicas.
—Bea, mañana tengo que hacer otras cosas.
—Pero ninguna es tan importante como que vayamos al Barceló. No puedo ir sola con Pedro.
—Sí que puedes.
—Si quedo a solas, puede pensarse que es una cita. Y no quiero ir con la presión de «tengo una cita». Si vamos los cuatro, lo tomaré como una noche con amigos. Y para mí va a ser mucho más fácil.
—Por mí, encantado —dijo Hugo.
—Encantado, ¿por qué? ¿También vas a hacer networking ?
—Eso siempre.
Giré la cabeza y me agobié porque no estaba preparada para quedar con Hugo fuera del trabajo después del casi beso.
—Yo no estoy encantada. Pero qué remedio. Tendré que ir.
—Tía, es mi primera salida con un hombre después de que José Luis decidiera mandar a la mierda todo lo que teníamos.
—José Luis es… —intervino Hugo.
—Mi ex. Me dejó porque no teníamos pasión. Luego, descubrí que la pasión se llamaba Neli, Deli, Poli…
—Caray.
—He estado casi dos años como una monja, pero ahora me apetece lanzarme a la vida otra vez. Así que mañana los cuatro al Barceló. Y antes cenita en algún sitio mono. ¡Os mando un mensajito con la hora y el sitio en cuanto lo sepa!
—¿Te paso mi número? —preguntó Hugo que también parecía que iba lanzado a la vida.
—Que te reenvíe Clara el mensaje. ¡Nos vemos, chicos!
Me terminé el bizcocho mientras miraba cómo se alejaba.
—¡Qué energía tiene! —exclamó Hugo, admirado.
—Demasiada.
—Entonces, ¿mañana le damos al reguetón?
—Mañana iré por hacerle el favor a mi amiga.
—Eres una gran amiga. Y mejor persona —se cachondeó.
—Vete a la mierda.
Le dio lo mismo. Sonrió y me soltó:
—Mañana entonces nos vemos. Yo también iré a hacerle un favor a tu amiga.
—Tú ni siquiera la conoces.
—Por eso tiene todavía más mérito.
Lo miré y le pregunté intentando no sonreír:
—¿Y qué favor exactamente vas a hacerle?
—Conseguir que vayas.
—Yo ya he dicho que voy.
—Entonces mi trabajo está hecho.
—Eres lo peor.
—Pero mañana nos vemos.
—Eso parece.
—A mí me parece otra cosa.
—¿El qué? —pregunté.
—Que en el fondo tienes ganas.
—¿Ganas de qué?
—De bailar, Cecé. ¿De qué va a ser?
Hugo sonrió.
Y yo, que había llegado aquella mañana decidida a comportarme con absoluta normalidad después de lo del metro, acababa de aceptar, sin haber aceptado absolutamente nada, pasar la noche del sábado con el hombre al que había querido agarrar del cuello y comerle los morros veinticuatro horas antes.