No me vuelvas loca Capítulo 6
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Capítulo 6

El viernes me desperté antes de que sonara el despertador.

Había pasado una parte considerable de la noche pensando en Hugo Alda.

Más concretamente, en su mano alrededor de mi cintura, en mi mano apoyada contra su pecho y en los escasos centímetros que habían separado su boca de la mía durante unos segundos que, por algún motivo absurdo, mi cerebro había decidido reproducir una y otra vez.

Con pequeñas variaciones.

En algunas incluso conseguía entrar en el metro sin que nadie me empujara.

Aunque la tranquilidad duraba unos instantes, porque al momento no podía evitar recrear el casi beso otra vez.

Porque esa era además la realidad. Era lo que había sucedido y no tenía ni idea de lo que iba a pasar después.

Me jodía esa sensación.

Menos mal que a las siete de la mañana decidí que ya estaba bien. Tenía treinta y cuatro años, un trabajo, una vida perfectamente organizada y ninguna razón para perder horas de sueño por un hombre que dentro de unas semanas volvería a Nueva York.

Mucho menos por un beso que ni siquiera había sucedido.

Así que hice lo que hacía siempre que necesitaba recuperar cierto control sobre mi existencia: me levanté, me duché, desayuné y llegué a Aristeo dispuesta a comportarme como una persona adulta.

Hugo ya estaba allí.

Eso empezaba a convertirse en una costumbre bastante irritante.

Se suponía que era yo la puntual y la organizada.

Lo encontré junto a una de las mesas de la zona común, mirando el móvil y tomando café. Cuando me vio acercarme levantó la cabeza.

—¡Buenos días, Cecé!

—Buenos días.

Esperé.

No sabía exactamente qué esperaba.

Quizá que mencionara lo ocurrido el día anterior. O que me mirara de una forma distinta. O que apareciera sobre su cabeza un cartel luminoso que dijera: ANOCHE ESTUVE A PUNTO DE BESARTE Y LLEVO DESDE ENTONCES PENSANDO EN ELLO.

No apareció.

Hugo dio otro sorbo al café y me dijo:

—Necesito pedirte una cosa.

Me habló en un tono para nada romántico. Vamos, con el típico tono de ponente que quiere algo de la coordinadora de programas ejecutivos y eventos de la Fundación Aristeo. Y no de Clara, la chica a la que estuvo a punto de comerle en la boca del metro.

—No.

—Todavía no sabes qué es.

—Da lo mismo.

Sonrió, con esa sonrisa de cabronazo y el aspecto estupendo del que se ha pasado la noche durmiendo del tirón.

Qué asco, de verdad.

Yo había dormido una mierda y él estaba como una rosa.

La vida no era justa. Menuda novedad.

—¿Conoces a Nicolás Valdés?

Tardé unos segundos en contestar.

—¿El de la empresa Nival?

—Ese.

Claro que sabía quién era. Nicolás Valdés había fundado una empresa de logística para comercio electrónico que en pocos años había pasado de operar en dos ciudades a hacerlo en varios países.

Después la había vendido a un grupo internacional por una cantidad que nunca se había hecho pública, pero sobre la que se había escrito bastante.

Ahora estaba al frente de un nuevo proyecto relacionado con inteligencia artificial y optimización de cadenas de suministro.

—¿Qué pasa con él?

—Está en Madrid —respondió sin dejar de sonreír.

—Qué bien —farfullé sin entender por qué sonreía tanto.

—Se marcha esta tarde.

—No sé qué quieres que haga con ese dato. Pero gracias.

—Anoche hablé con él. Es mi amigo.

Anoche.

Yo había pasado media noche pensando en su boca y en el maldito casi beso y él había llegado a su apartamento y se había puesto a hablar con sus amigos.

Le odié en lo más profundo de mi ser.

—Le he convencido para que venga un rato a charlar con la gente.

—¿Quieres incluirlo en el programa?

—Sí.

—¿Cuándo?

Hugo consultó el reloj.

—A las doce.

A Hugo le parecía aquello muy normal, pero yo le recordé para que no flipara:

—Son las nueve menos diez.

—Tenemos más de tres horas para prepararlo.

—Tú tienes una clase dentro de diez minutos.

—Yo sí.

—Entonces no tenemos tres horas. Yo tengo tres horas.

Parecía imposible, pero su sonrisa se ensanchó más todavía.

—Sabía que lo entenderías.

—No he dicho que vaya a hacerlo —le advertí alzando las cejas.

—Pero lo vas a hacer.

Solté el aire y pensé que ahí estaba lo peor, porque en el fondo tenía razón.

Nicolás Valdés acababa de vender una empresa que había creado desde cero después de convertirla en un negocio internacional y estaba levantando otra basada precisamente en innovación.

Tenerlo delante de los participantes del Programa Ejecutivo de Innovación y Crecimiento Empresarial era una oportunidad demasiado buena para desaprovecharla.

Y Hugo lo sabía.

—¿Qué le has prometido? —quise saber.

—Nada.

—¿Y cuánto cobra?

—Nada.

—¿Nada?

—Es amigo mío.

—¿Y tus amigos trabajan gratis para ti?

—Solo los viernes —bromeó—. Y, además, me debe una, tiene unas horitas libres antes de coger el vuelo, le encanta compartir lo que sabe.

Ya verás. Es de esos tipos que entran en una sala sin conocer a nadie y a los diez minutos parece que ha venido con todos.

En cuanto me contó que estaba en Madrid, le pedí que se pasara por aquí, a conocer a los participantes y a contar un poco lo que está haciendo ahora.

—Eso es una charla en toda regla.

—Más informal.

—Una charla informal.

—Se me ha ocurrido que podríamos hacer un brunch.

Lo miré fijamente porque no me podía estar hablando en serio:

—¿Un brunch ?

—Sí.

—¿Con cuarenta y dos personas?

—Cuarenta y cinco. Y tú y yo que picaremos algo, ¿no?

—Gracias por facilitarme el cálculo.

—Para eso estoy.

Me pasé la mano por la cara y le exigí porque no estaba para ninguna sorpresita más:

—Tú ahora vas a entrar en esa sala y vas a dar la clase que figura en el programa.

—Por supuesto.

—Y no vas a cambiar absolutamente nada de lo que tienes preparado.

—Eso no puedo prometértelo.

—No me toques las narices, Hugo Alda.

—Vale. Intentaré no cambiar absolutamente nada de lo que tengo preparado.

—No me lo creo.

—Ni yo. Pero va a salir todo bien. Estate tranquila.

—Voy a estar más tranquila si me aseguras que no vas a volver a invitar a nadie a Aristeo con tres horas de antelación sin consultarme antes.

Se quedó pensativo.

—Eso puedo intentarlo.

—Lárgate.

—¿Eso significa que hay brunch?

—La primera y la última.

—Sabía que podía confiar en ti.

Se marchó hacia el aula y yo me quedé mirándolo hasta que desapareció por la puerta.

Estaba desconcertada. No podía cabrearme con él porque me había conseguido un gran ponente gratis, pero sí por desorganizarme la agenda.

Después saqué el móvil.

A las nueve y cinco estaba intentando localizar a la persona que se ocupaba habitualmente del catering.

A las nueve y veinte había conseguido que me confirmaran café, zumos, agua, fruta, bollería y varias cosas saladas cuyo nombre dejé de escuchar en cuanto me aseguraron que estarían allí antes de las once y media.

A las nueve y treinta estaba buscando una sala que no pareciera preparada para celebrar una junta de accionistas.

A las diez había avisado a dirección, modificado la actividad prevista para el final de la mañana y conseguido que alguien cambiara la disposición de las mesas.

A las diez y cuarto entré en el aula para comprobar que Hugo no hubiera incendiado nada en mi ausencia.

No lo había hecho.

Estaba hablando delante de la pantalla con la tranquilidad de un hombre que no tenía que conseguir un brunch para cuarenta y cinco personas con tres horas de antelación.

Me vio en la puerta.

Levantó las cejas.

Yo levanté el pulgar.

Sonrió.

Y seguí andando antes de que se le ocurriera pedirme otra cosa.

A las once y treinta y cinco llegó el catering y los mandé directos a la sala que habíamos habilitado.

A las once y cuarenta y ocho, Nicolás Valdés apareció en la fundación.

Lo reconocí en cuanto salió del ascensor.

Era algo mayor que Hugo, tendría cuarenta o cuarenta y pocos, llevaba vaqueros, americana y una pequeña maleta de ruedas que confirmó que aquello de que se marchaba esa misma tarde no había sido una exageración destinada a conseguir que yo me diera prisa.

Hugo salió del aula casi al mismo tiempo.

—¡Nico!

Se abrazaron con esa naturalidad que solo tiene la gente que se conoce desde hace mucho.

—Pensaba que no me daba tiempo. He salido más tarde de lo previsto de una reunión y me he metido después en un atasco.

—¡Lo bueno es que estás aquí!

Yo resoplé porque no sabía cómo lo hacía Hugo para que al final todo le saliera bien. El muy cabrón tenía una flor en el culo.

Luego se volvió hacia mí y me presentó:

—Clara Cid. La coordinadora gracias a cuya magia tenemos hasta brunch .

—Y sala —añadí.

—Y sala.

Nico me tendió la mano.

—Gracias. Sobre todo, por hacerlo con tan poco tiempo.

—La próxima vez avisa con tres semanas —bromeó Hugo.

—Encantado de que invite la fundación cuando quiera.

—Lo hablamos.

—Nos puedes traer a las dos a la próxima —sugirió Hugo.

—Contigo me lo tengo que pensar.

Nico soltó una carcajada y luego farfulló:

—Uy.

—¿Por qué dices uy? —preguntó Hugo.

—Por nada, una tontería.

Pero lo miró de una manera que me hizo pensar que aquello de tontería tenía poco.

El encuentro empezó pocos minutos después.

Y, para mi desgracia, fue estupendo.

Los participantes fueron entrando y sirviéndose café, zumos y algo de comer mientras Nico saludaba a unos y otros. En menos de diez minutos había conseguido exactamente lo que Hugo había pronosticado: parecía conocerlos de toda la vida.

Por cierto, él pasó por mi lado con un café en una mano y algo de comer en la otra.

—Ha quedado bien. Y el catering es de llorar.

—¿De malo? —repliqué atacada—. Será la primera vez. ¡Trabajamos con ellos siempre y…!

—Relájate, Cecé. ¡De llorar de bueno!

—Aléjate de mí.

—Solo era una observación.

—No observes más y presenta a tu amigo.

—Él se presenta solo, ya verás.

Nico no necesitó ninguna presentación larga. Contó cómo había empezado su primera empresa con una idea bastante más modesta de lo que acabó siendo, los errores que habían cometido al crecer, lo que había supuesto entrar en otros mercados y, finalmente, la decisión de vender.

—¿Por qué vendiste? —preguntó Marta.

Nico dejó la taza de café sobre la mesa antes de contestar: