Capítulo 5 #3
—Pues no le llames así.
—Has sido tú la que ha dicho que se parecía a Maluma. Manuel ha perdido su nombre para siempre. A no ser que sea el gran amor de tu vida…
—No fue nada serio. Los dos sabíamos que yo me marchaba al terminar el mes. Nos gustábamos, nos lo pasábamos bien y ya está.
—¿Eso es todo?
—¿Qué más quieres que pasara?
—Pensaba que no te gustaban las relaciones con fecha de caducidad.
Aquello me hizo mirarlo.
—No era una relación.
—Pero eso nunca se sabe, hay relaciones que empiezan siendo casi nada.
—No era el caso. La fecha estaba clara desde el principio.
—La fecha sí, lo demás no se controla tanto.
—Yo sí que lo controlo. Tengo treinta y cuatro años. Ya sé lo que quiero y sobre todo lo que no.
Seguimos andando unos pasos.
—¿Y el dentista? —preguntó.
—¿Qué dentista? —respondí porque no caí.
—El dueño de mi traje.
—El traje no es tuyo.
—Ya, era una manera de referirme a él. Se supone que esta tarde me llevan el traje de la tintorería al apartamento. En cuanto lo tenga, te lo paso.
—Perfecto. ¿Y qué quieres saber de Arman?
—¿También se parecía a Maluma? —bromeó.
—No tenía ese rollo canalla. Era más tipo entrañable.
—Eso no suena muy sexual.
—No todo es sexo. Él era de esas personas que te entran ganas de abrazar.
—Como un Teletubby —dijo tras pararnos otra vez.
—Era buena gente. Eso es lo importante. Siempre estaba ahí cuando lo necesitaba. Me escuchaba, me animaba, me hacía reír...
—¿Mientras empastaba muelas en Kazajistán?
—Le quería muchísimo.
Volvimos a andar.
—¿Y por qué lo dejasteis?
—Él no podía dejar Kazajistán y yo no iba a dejar Madrid. Al final nos cansamos de vivir entre aeropuertos.
—¿Nunca os planteasteis que uno se mudara?
—Claro. El problema era decidir cuál de los dos tenía que desmontar su vida.
Hugo se quedó unos segundos en silencio y luego me soltó:
—A lo mejor no estabais tan enamorados.
—¿Perdona?
—Es una posibilidad.
—No, no lo es.
—Si ninguno estaba dispuesto a cambiar su vida por el otro...
—Nos queríamos muchísimo.
—No digo que no.
—Pues lo parece.
—Digo que quizá cuando quieres estar con alguien de verdad buscas la manera. Pero igual a él le tiraba mucho la tierra, no he estado nunca en Kazajistán. ¿Es bonito?
—¡Vete a la porra! —farfullé apretando el paso.
—Pienso así. No te enfades.
—No estoy enfadada. Solo me fascina recibir lecciones sobre el amor verdadero de un hombre que acaba de explicarme que sus relaciones terminaban cuando empezaban a pedirle fines de semana.
—Eso es una interpretación muy sesgada.
—¿Tú habrías dejado Nueva York por alguna de tus relaciones a distancia?
Abrió la boca un segundo, la cerró y replicó:
—No. Touché.
—Lo mío fue una pena, porque con Arman la relación era prácticamente perfecta.
—Vivía en Kazajistán. Seis mil kilómetros ayudan mucho a la convivencia.
—Como vuelvas a mencionar Kazajistán, te empujo al tráfico.
Se echó a reír y yo también, justo cuando llegamos a la entrada del metro.
—Pues hasta aquí hemos llegado.
—Ha sido un paseo muy productivo. He aprendido muchas cosas.
—¿El qué?
—Te gustan los hombres achuchables y los Maluma.
—No saques conclusiones.
—Es demasiado tarde. Ya tengo un perfil psicológico completo.
—¿Y qué dice? —pregunté colocándome bien el bolso.
—Que necesito más datos.
—Qué pena. Se ha acabado el paseo.
—Mañana seguimos. Y el sábado quiero una demostración porque necesito seguir aprendiendo cosas.
—Pues va a ser que no —dije alzando las cejas.
—Siempre he querido bailar reguetón. Apiádate de mí.
—Ya veré. Buenas noches.
Di un paso hacia la entrada justo cuando salió un grupo de gente del metro, con tan mala pata que alguien me golpeó el hombro al pasar y perdí el equilibrio.
Hugo me sujetó por la cintura.
—Cuidado.
—¡Estoy bien! —exclamé pegada a él.
Y encima ni me soltó inmediatamente ni yo tampoco hice nada para que lo hiciera.
Me quedé con una mano apoyada en su pecho, notando otra vez aquel olor a vetiver que me tenía loca.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Luego, me miró a los ojos y después bajó la mirada a mi boca.
Se me olvidó el metro, la gente y hasta que acababa de amenazarlo con tirarlo al tráfico.
Volvió a mirarme.
Y se acercó un poco, pero lo suficiente para que no hubiera dudas.
Hugo Alda iba a besarme y yo no tenía la menor intención de impedírselo.
Se inclinó un poco más.
Entonces alguien volvió a empujarme al salir. Sin embargo, esta vez el golpe nos separó.
—Perdón —dijo una voz que desapareció calle abajo.
Hugo y yo nos quedamos mirándonos.
—Bueno... —musité, apartándome el pelo de la cara, aunque no me molestaba.
—¿Te vas?
No quería irme, pero tenía que irme. Tenía mucho que pensar, aunque me muriera de ganas de cogerle del cuello y besarlo hasta quedarme sin aliento.
—Me voy. Hasta mañana.
Hugo tardó un segundo en decir algo.
—Hasta mañana, Cecé.
Bajé las escaleras sin volverme, pero noté que él seguía ahí.
Mierda.
Hasta aquel momento mi problema había sido no saber si yo le gustaba a Hugo Alda.
Cuando llegué a la taquilla del metro ya no tenía ese problema, sino otro bastante más grande.