No me vuelvas loca Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Tienes una imagen estupenda de mí. ¡El perseguidor de faldas! Me voy por una tía, me quedo por otra…

—No te conocía.

—¿Y ahora?

Bajé la vista hacia el ordenador.

—Ahora te conozco desde hace cuatro días. Y tienes un increíble don de gentes.

—Eso no me convierte en un mujeriego. No lo soy.

—No conozco ningún mujeriego que reconozca que lo sea.

—Yo me fui por un máster, que se convirtió en contactos. Los contactos se convirtieron en trabajos y aquello, poco a poco, en una idea de negocio.

—Y creaste ALDA y fue como un tiro —repliqué mirándole, porque esa parte la conocía bien—. Y ya no volviste a Madrid.

—Volver, vuelvo mucho.

—A vivir.

—A vivir, no.

Clavé la vista en el portátil, cerré una de las pestañas y concluí:

—Entonces no hubo ninguna mujer.

—Tampoco soy un cartujo. Mujeres ha habido. Españolas también.

—¿Y ninguna consiguió que volvieras?

—No. Tampoco lo intentaron todas.

—Algo verían… —farfullé en plan cabrona.

Hugo se echó hacia atrás en la silla.

—El problema de las relaciones es que empiezan necesitando muy poco tiempo y terminan necesitando muchísimo.

—¡Qué espanto! Contado así suena fatal.

—No lo digo como algo malo.

—No, se te nota entusiasmado —ironicé.

—Al principio cenas un día, quedas otro, haces algún plan. Después quieres pasar el fin de semana, organizar vacaciones, conocer familias...

—Una pesadilla.

—Te estás riendo de mí.

—Una novia queriendo verte. ¿Adónde vamos a llegar? ¿Cómo se atreven?

—Es normal. Pero yo trabajaba muchísimo.

—Y lo sigues haciendo.

—Me apasiona mi trabajo.

—Y estás casado con él. Ninguna relación te funciona.

Dudó apenas un segundo y luego replicó con una sonrisa enorme:

—Con Jacqui… sí.

Ahí estaba.

Jacqueline.

—¿Cuánto estuviste con ella?

—Cuatro años.

—¡Eso es mucho! Pensé que nunca habías tenido una relación larga.

—Jacqueline es mi Jacqui.

Tragué saliva porque aquello sonó a que fue el amor de su vida. Y a que seguramente aún seguía enamorado de ella.

—Y habláis varias veces al día.

—Es mi familia.

—Claro, después de cuatro años… ¿Cómo aguantaste tanto?

—Esto ya parece un interrogatorio —respondió con una sonrisa socarrona.

—Estoy intentando entender cómo conseguiste mantener una relación cuatro años si todas acababan pidiéndote algo tan extravagante como tiempo.

Su expresión cambió ligeramente.

—Con Jacqui era diferente.

Madre mía. Ya no tuve ninguna duda: seguía pillado por Jacqui.

—¿Diferente cómo? —pregunté para saber hasta qué punto era el cuelgue.

—Era fácil.

—Qué bien —farfullé.

—Jacqui es genial.

Llegados a ese punto, ya no tenía dudas. Hugo seguía pilladísimo por aquella tía. Y repliqué fingiendo un entusiasmo que no tenía.

—Me alegro muchísimo.

—Nunca me pedía nada.

Fruncí el ceño, porque estaba ya a un tris de canonizar a la tal Jacqui.

—¿Nada?

—Nada. Ni que cambiara planes, ni que dejara de hacer algo por verla, ni que reorganizara mi vida.

—La mujer perfecta.

Hugo sonrió, puso cara de imbécil y aseguró:

—Sí.

Me jodió. No sé por qué, pero me jodió.

Porque a ver quién superaba eso.

Cuatro años con una mujer genial, independiente, que vivía prácticamente al lado, nunca le exigía nada y seguía siendo una de las personas más importantes de su vida.

No entendía por qué coño la habían dejado.

Ni por qué coño me importaba.

Cerré el portátil.

—Tienes una reunión.

Hugo miró la hora.

—Joder.

—Tu gran enemiga.

—¿Marta?

—La programación.

Se levantó deprisa y me preguntó:

—¿Con qué candidato te quedas?

Miré la pantalla.

—Andrea Caballero. La directora de Personas y Talento de la empresa energética.

—Buena elección. Yo también la habría elegido a ella. Cuando llegó a la empresa eran setenta personas. Ahora son novecientas y fue ella quien dirigió todo ese crecimiento de plantilla.

—Es experta en contratar, formar equipos, reorganizarlos, conseguir que la gente con talento se quede…

—Ha hecho exactamente lo que queréis enseñar en el programa.

—Por eso me quedo con ella.

—Al final nos parecemos bastante…

—Eso es un chiste, ¿no? —repliqué pasmada.

—Acabamos de elegir a la misma persona.

—Lo que demuestra que sabemos hacer nuestro trabajo. No que nos parezcamos.

—También te gusta chincharme —dijo él, con media sonrisita.

—¿Reconoces que te divierte?

—Prefiero que lo reconozcas tú primero.

No pude replicar nada, porque se marchó sonriendo. Y no volví a verlo hasta que salí de Aristeo bastante más tarde de lo que había previsto.

Yo iba hacia el Metro cuando me di cuenta de que Hugo caminaba a mi lado.

—¿Adónde vas? —pregunté mientras me subía las solapas del abrigo.

—Contigo.

—¿Qué? —farfullé sin parar de caminar.

—Vamos en la misma dirección.

—Tu apartamento está en la otra dirección.

Señalé hacia atrás. Hugo también miró y masculló:

—Ya.

—Entonces no vamos en la misma dirección.

—No me apetece encerrarme. Quiero estirar un poco las piernas. Que me dé el aire frío en la cara. Me viene bien para despejarme.

—¿En Nueva York también paseas?

—En todas partes.

—Como nunca tienes tiempo...

—Para esto sí.

Seguimos andando.

En Madrid hacía ese frío típico de noviembre que todavía no era invernal, pero te obligaba a meter las manos en los bolsillos. Hugo llevaba las suyas fuera y caminaba sin ninguna prisa.

—¿Al final vas a ir el sábado? —me preguntó.

—¿Adónde?

—No te hagas la tonta.

—No sé de qué hablas.

—Al Teatro Barceló.

—Ah, eso.

—Eso.

—No —zanjé porque era lo que me faltaba.

—Beatriz dijo que bailabas reguetón hasta las cinco de la mañana.

—¿Y?

—Quiero verlo.

—Me parece que te vas a quedar con las ganas.

—Ya. Porque fue un vacile de Beatriz. Tú eres de las que llega a una discoteca y ni se mueve.

—No soy una sujetacolumna s —repuse a la defensiva.

—¿En serio?

—¿Por qué te sorprende tanto que baile?

Me miró de arriba abajo.

—Porque organizas hasta la respiración. El baile es algo más espontáneo.

—Bailar me relaja.

—¿Reguetón?

—Me gusta.

—Imagino que aprenderías con vídeos de TikTok que seguirías a rajatabla, sin saltarte ni un solo paso.

—Aprendí en Colombia. Estuve viviendo allí.

—¿Por trabajo?

—Cuando estaba en Admisiones Internacionales.

—¿Y en un mes aprendiste a bailar reguetón?

—Tuve ayuda.

Hugo giró la cabeza hacia mí.

—¿Cómo se llamaba la ayuda?

Solté una carcajada.

—Manuel.

—¿Profesor de baile?

—Arquitecto. Lo conocí allí.

—¿Colombiano?

—Sí.

—¿Y te enseñó a bailar?

—Entre otras cosas. Se parecía a Maluma.

Hugo se detuvo un instante.

—¿Perdona?

—El de Felices los cuatro .

—Ya sé quién es Maluma. O sea que te dejaste llevar en Colombia.

—Fui a trabajar. Trabajé muchísimo y apareció él. Era bastante golfete.

—¿Maluma?

—Manuel.

—Para mí ya es Maluma.