Capítulo 5
El jueves, Marta llevaba casi diez minutos intentando conseguir que Hugo le diera una cifra.
—No me vale «depende».
—Es una respuesta perfectamente válida —replicó Hugo.
—Cuando no quieres responder, sí. Has dicho que una empresa que funciona no debería esperar a tener un problema para innovar.
—Exacto.
—Perfecto. Tengo un producto que funciona, gano dinero y mis clientes están contentos. ¿Cuánto estás dispuesto a perder para desarrollar otro que nadie te ha pedido?
—¿Perder? —repitió él enarcando una ceja.
—Invertir, si te hace más feliz. ¿Cuánto?
—Depende de la empresa.
—Otra vez.
Algunas personas se rieron y Hugo matizó:
—Cinco millones pueden arruinar una empresa y ser calderilla para otra.
—Pues hablemos de la tuya.
Hugo se metió una mano en el bolsillo y comentó risueño:
—Qué manía tenéis todos con mi empresa.
—ALDA funciona, ¿no?
—De momento.
—Gana dinero.
—Sí.
—Pues imagina que mañana tienes una idea que puede sustituir una parte importante de lo que ya haces. Para desarrollarla tienes que meter cinco millones y durante dos años no sabes si vas a recuperar un céntimo. ¿Los metes?
Hugo tardó unos segundos en contestar.
—Si creo que esa idea puede cambiar nuestro negocio y que, si no lo hacemos nosotros, alguien acabará haciéndolo, probablemente.
—¿Aunque puedas perder los cinco millones?
—Por supuesto.
—¿Y si te equivocas?
—Los pierdo.
Marta frunció el ceño y repuso, estrujando el bolígrafo:
—Lo dices con mucha tranquilidad.
—Porque todavía son imaginarios.
Hubo risas.
—Vale. Imagina. Son reales. Los has perdido. ¿Cuánto más metes antes de admitir que tu gran innovación era una mierda? ¿Otros cinco? ¿Diez millones en total?
—Por ejemplo.
—¿Y si después de perder diez sigues convencido de que tenías razón?
Hugo se rascó la nuca y admitió:
—Entonces esperaría tener cerca a alguien que me preguntara si sigo defendiendo una buena idea o simplemente me jode reconocer que me he equivocado.
Marta entornó la mirada y le preguntó:
—¿Y tienes a esa persona?
—Se llama Albert Font. Es mi mano derecha. Y me daría un buen coscorrón antes de llegar a los diez millones.
—Más bien una buena hostia con la mano abierta —bromeó ella.
Nos reímos y no pude evitar preguntar:
—¿Y Albert tiene mucho trabajo?
La clase soltó una carcajada y Hugo respondió divertido:
—Últimamente bastante.
—Entonces deberías subirle el sueldo.
—Se lo recuerdo a diario.
—¿Que vas a subírselo?
—Que tiene trabajo gracias a mí.
Risas de nuevo.
Miré el reloj. Llevábamos cuarenta minutos de sesión y Marta ya había conseguido que Hugo admitiera que podía equivocarse, perder diez millones y necesitar que alguien le dijera que estaba haciendo el gilipollas.
Yo también le había tocado un poco las narices.
A esas alturas, aquello empezaba a parecerme una mañana bastante productiva.
Lo peor era que Hugo parecía estar pasándoselo mejor que nosotros.
Cuando terminó la sesión, esperé a que salieran los últimos participantes y le dije:
—¡Te lo estás pasando pipa! Deberías pagarnos.
—La verdad es que sí.
—Marta ha estado a punto de hacerte perder diez millones antes de las once de la mañana.
—Imaginarios.
—Mañana vendrá a por los de verdad. La veo muy capaz.
—Estoy encantado. Me gusta que me discutan, que me den caña, que me hagan cuestionarme las cosas. Se aprende mucho más así.
—Tus clases son todo menos aburridas.
—Son ellos los que hacen que sean tan especiales. La gente que viene a escucharme para estar de acuerdo conmigo no me sirve de mucho.
—Pues con Marta vas a aprender una barbaridad.
—Y contigo.
Levanté la vista.
—¿Perdona?
—Tú también me das caña.
—Son pequeñas aportaciones académicas para dinamizar las sesiones.
—Me gustan tus aportaciones.
Él sonrió y yo decidí volver a mi portátil.
No podía con sus sonrisas.
Me mataban.
Y después de mi sonrisa de verdad del día anterior había decidido no volver a hacer ninguna estupidez.
No evitar una sonrisa, porque aquello había resultado bastante ridículo. Ni tampoco tratarlo como si fuera un delincuente al que me hubieran asignado una orden de alejamiento.
Simplemente iba a comportarme con normalidad.
La normalidad me daba sensación de control.
Solo había que conseguir que Hugo Alda colaborara.
—Si no te importa, voy a trabajar un poco.
—¿No sales a tomar un café?
—No. Tengo mucho lío.
Era lo que tocaba. Y aproveché ese rato libre para revisar los candidatos de una de las sesiones del Programa Ejecutivo de Liderazgo y Gestión del Talento que empezaba en febrero.
Llevábamos semanas cerrando profesores y ponentes y todavía me faltaba decidir quién impartiría una sesión sobre cómo atraer y retener talento en un mercado competitivo.
Tenía tres nombres y demasiadas pestañas abiertas.
Lo que no esperaba era que Hugo fuera a meter la cabeza en mi portátil y preguntara:
—¿A quién vas a contratar?
Levanté la cabeza sin dar crédito. No solo no se había marchado, sino que se había colocado al otro lado de la mesa.
—¿Tú no tenías una reunión?
—Dentro de media hora.
—Deberías estar preparándola —le advertí para dejar de oler a vetiver.
—Ya está preparada.
—Ya, claro, te preparas las cosas para luego hacer lo que te da la gana.
—Y casi siempre sale bien.
No pude discutir aquello porque, por desgracia, era verdad.
—¿Quiénes son? —preguntó inclinándose ligeramente para mirar mi pantalla.
—Candidatos para otro programa.
—¿De qué?
—Liderazgo y gestión del talento —respondí sabiendo que la respuesta iba a interesarle muchísimo.
Pero es que no pude mentir, lo ponía bien clarito en la pantalla.
—A ver.
—¿A ver qué?
—Los candidatos.
—¿Por qué? —repliqué bajando un poco la tapa del portátil.
—Porque acabas de despertar mi curiosidad.
—Que se duerma otra vez.
Se rio, pero no se movió. Se echó el pelo hacia atrás en un gesto que me derritió y me preguntó:
—¿Qué necesitas?
—Un ponente.
—Eso ya lo veo. ¿Qué necesitas que haga?
Como sabía que no iba a parar, giré la pantalla un poco hacia él. No porque necesitara su ayuda, sino porque llevaba suficiente tiempo seleccionando perfiles para saber cuándo tenía delante a alguien cuya opinión podía servirme. Y, con suerte, después se iría.
—Quiero que cuarenta directivos que llevan años contratando gente no salgan pensando que les hemos contado algo que ya sabían.
Hugo acercó una silla y se sentó a mi lado.
Joder. Ya no solo olía a vetiver, ahora también su brazo empezó a rozar el mío.
—Empecemos por este —dijo señalando uno de los nombres.
Echó un vistazo a su currículum y pregunté:
—¿Te gusta?
—No especialmente.
—¿Por qué?
—Porque lleva quince años hablando de cómo gestionar talento, pero nunca ha tenido que hacerlo a gran escala.
—Ha dirigido equipos.
—De veinte, treinta personas. Tú vas a sentarlo delante de directivos que gestionan cientos.
—Ha trabajado en tres multinacionales.
—Como consultor. No tomando las decisiones.
—Ha escrito un libro.
—Eso no sé si juega a su favor. Hoy hasta mi sobrino pequeño escribe libros.
—Tú no escribes libros.
—Respeto los oficios.
—No veo mal a este perfil.
—Tú no necesitas al que mejor se vende. Necesitas al que haya tenido que resolver el problema del que va a hablar.
—Ha dirigido equipos.
—Sí, pero nunca durante un proceso de crecimiento importante.
Señaló el segundo candidato.
—Este ha montado equipos en cinco países con la misma empresa —le conté.
—¿Quieres llenar plazas o que la gente aprenda algo?
—Las dos cosas.
—Este va cometiendo los mismos errores en los cinco países. Porque si fuera bueno, lo conocería. Y no es el caso.
Seguimos revisando el tercer perfil.
Lo que en principio iban a ser cinco minutos se convirtió en veinte.
Hugo me preguntaba por el tipo de participantes, por las empresas de las que procedían, por lo que iban a trabajar en los otros módulos.
Yo le explicaba qué buscábamos y él descartaba unas cosas, recuperaba otras o me hacía volver a un dato que había pasado por alto.
Y, para mi horror, trabajar con él resultaba fácil.
—¿Siempre te ha gustado buscar a la persona adecuada? —pregunté.
Hugo se encogió de hombros.
—Supongo. Desde que tenía trece años colocaba a todo el mundo.
—¿Colocabas?
—Con pegamento, porros, anfetas… esas cosas.
—¿Qué dices?
—¡No lo flipes, Cecé! Lo que quería decirte es que desde temprana edad encontraba curros a mis amigos, del tipo pasear perros, sacar la basura…
—Ah.
—Y seguí hasta la universidad. Allí les encontraba trabajos, prácticas, contactos. Un amigo necesitaba algo y yo conocía a alguien. O conocía a alguien bueno y pensaba en quién podía necesitarlo.
—Y acabaste montando ALDA.
—Después de acabar la carrera.
—ADE —se me escapó.
Pero como era tan concienzuda eligiendo candidatos, supuse que tampoco le sorprendería que recordara el dato.
Aunque la realidad fuera que su currículum me lo tenía más estudiado que el resto de candidatos.
Lo reconozco, desde el día que vi su foto por primera vez su trayectoria me interesó bastante.
Pero vamos, tampoco tenía mucha importancia. Era más bien una frivolidad.
—Mi padre habría preferido que hiciera Caminos —me contó.
—¿Es ingeniero?
—De Caminos. Tiene una empresa familiar relacionada con ingeniería e infraestructuras. Mi hermana se quedó allí.
—¿Y tú huiste?
—Elegí otro camino —respondió con guasa.
—Eso dicen todos los que huyen.
—En mi caso no. Más bien quería hacerlo a mi manera. El negocio de mi familia está genial, pero yo preferí crear el mío.
—Y te marchaste a Nueva York.
—A Nueva York me marché a hacer un máster. Y me quedé allí por…
—Una mujer.
No sé por qué dije aquello. O sí. A lo mejor fue por el vetiver.
Hugo parpadeó, atónito.
—¿Una mujer?
—No sé.
—Sí sabes.
—Bueno, el lunes dijiste que ibas para un par de años y que se te había complicado el regreso.
—Y decidiste que la complicación tenía tetas.
—No exactamente.
—¿Barba?
—No sé cómo era tu vida hace nueve años.
—Pero llevas desde el lunes pensando que me fui a Nueva York persiguiendo a una tía.
—También contemplé que te hubieras quedado por otra mujer.
Hugo soltó una carcajada.