No me vuelvas loca Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—Pues fue un buen consejo. Además, me pilla bastante cerca de casa.

—Él me ha contado que vas mucho.

Beatriz levantó ligeramente las cejas.

—Ah. Pues sí. Voy bastante.

Cogió la taza y dio un sorbo.

—El negocio te lo agradece.

—Ayer, cuando cerró, nos tomamos algo en el bar de enfrente.

—¿Tú y mi padre?

—Sí. Unas cañitas. Estuvimos poco. Luego se fue al gimnasio.

—Para mi padre el gimnasio es sagrado.

—Me ha dicho que me apunte un día con él.

—¿Y te vas a animar? —pregunté tras probar el café.

—Ni de coña. Yo no he hecho ejercicio voluntariamente en mi vida.

—Alguna vez habrás hecho algo.

—Solo en el colegio. Pero jamás logré saltar el potro ni el plinto. Ni hacer el pino, ni la voltereta lateral ni todas esas mierdas.

—En el gimnasio puedes hacer otras cosas.

—Tendría que ir. Tengo osteopenia. Me recomendaron hacer fuerza.

Tu padre me dijo que no es tan aburrido como me lo imagino.

Y resultó tan convincente que me entraron ganas por un instante de apuntarme.

Pero no me da la vida. Entre Aristeo, Daniela y ahora los muebles, no tengo tiempo de levantar pesas.

—No hace falta que compitas con él.

—No, desde luego que no. Es que tu padre está…

Pedro apareció en ese momento con un plato de tostadas que dejó delante de Beatriz.

—Poco hechas, con tomate aparte y sin aceite. Como te gustan —le dijo.

—Gracias.

—Y luego dices que no te cuido.

Beatriz se retiró un mechón de pelo, sonrió y replicó:

—No he dicho eso.

Pedro la miró un segundo más de lo normal.

O dos.

Después volvió a la barra y yo me quedé mirándola porque no hacía falta ser muy perspicaz para percatarse de que entre esos dos estaba pasando algo:

—¿Qué? —preguntó.

—Pero bueno...

—¿Qué pasa?

—¿Qué coño ha sido eso?

—¿El qué?

—No me jodas.

Beatriz mordió la tostada.

—No sé de qué hablas.

—Pedro está ligando contigo.

—Puede.

—¿Puede?

—Vale. Sí.

Miré hacia la barra. Pedro tenía treinta y un años, era moreno, alto y cuando no estaba detrás de la barra del bar que había sido de su padre se subía a la bicicleta y tenía una forma física increíble.

Tan increíble que Bea siempre decía que Pedro tenía el mejor culo de Madrid.

Y posiblemente era verdad. Bueno, el de Hugo tampoco estaba nada mal.

—¿Desde cuándo?

—Un par de meses.

—¿Un par de meses? —repliqué porque no podía creer que no me hubiera contado nada.

—Baja la voz.

—Pero ¿cómo has podido callarte esto?

—Porque no ha pasado nada.

—No me lo creo.

—Nos escribimos mensajitos —reconoció.

—¿Os escribís? ¿Por qué tienes su teléfono?

—Por una mantequilla.

—¡Venga ya! —exclamé dando un manotazo al aire.

—Es verdad. Le comenté que había una que pone en los desayunos que me encantaba y que no encontraba en ningún sitio. Me dijo que podía pedirla y le di mi número para que me avisara cuando llegase.

—Y llegó la mantequilla y continuasteis escribiéndoos.

—Más o menos.

—¿Qué os escribís?

—Tonterías —respondió sin darle importancia.

—¿Qué clase de tonterías?

—Clara, no voy a enseñarte el WhatsApp.

—No te lo he pedido.

—Todavía.

—Le gustas —afirmé para tirarle de la lengua.

—Ya lo sé.

—¿Cómo que ya lo sabes? —repliqué alucinada.

—Porque me lo ha dicho.

Dejé la taza sobre el plato.

—¡Y tú tan calladita!

—¿Qué quieres que haga? ¿Mandar una circular?

—¡Contármelo!

—No había nada que contar.

—Pedro te dice que le gustas y lleváis dos meses escribiéndoos. Hay algo que contar.

Beatriz miró hacia la barra. Pedro estaba sirviendo un café. Luego, me sonrió y dijo:

—Podría ser mi hijo. Pero los tíos esas cosas no se las plantean, ¿no? ¿O sí? Cuando se lían con una de veinte o treinta años menos, ¿piensan que podría ser su nieta o su hija?

—Quiero saber si te gusta Pedro.

Beatriz tardó un momento en contestar.

—Es un bombón.

—Eso no es lo que te he preguntado.

—Me pirran los bombones. No comería otra cosa. Ya estoy contestando.

—¿Y ha pasado algo?

—Me invitó a cenar al restaurante de un amigo.

—¿Ya has quedado con él?

—Le dije que no.

—¿Por qué?

—Porque no. Luego me propuso ir al cine.

—¿Y también le dijiste que no?

—¿Qué podía decirle? —replicó encogiéndose de hombros.

—Bea...

Dejó la tostada y me contó bajando un poco la voz:

—Es que ni me había planteado estar con alguien.

Después de José Luis, quiero decir. Para mí José Luis era...

todo. Mi marido. Mi pareja. Mi amigo. Mi amante.

Todo. El hombre con el que se suponía que iba a estar hasta que la muerte nos separara.

La muerte. ¿Entiendes? No una Tami ni una Tumi…

Estaba rota. Cuando nos divorciamos no pensé que algún día tendría que volver a empezar con nadie.

Ni siquiera pensé en acostarme con otro tío.

No tenía ganas de nada… más que de ponerme a hacer muebles.

—Y ahora...

Se encogió de hombros.

—Ahora han pasado casi dos años y resulta que él sigue picoteando con treintañeras. Y si lo pienso bien, ¿por qué él sí y yo no?

—O sea que ahora te estás planteando liarte con Pedro.

Beatriz cogió de nuevo la tostada y miró un instante hacia la barra. Pedro levantó la cabeza justo entonces. Se miraron, Bea le sonrió y después me aclaró:

—No me lo había planteado. Hasta ahora. Estoy empezando a ver las cosas de un modo muy diferente.

—¿Eso quiere decir que la próxima vez que Pedro te invite a cenar vas a decir que sí?

Beatriz mordió la tostada y respondió:

—Creo que ya he dicho que no suficientes veces. Puede que diga que sí. Y puede que me deje llevar. ¿Por qué no?

—¿Lo haces por José Luis? ¿Por hacer lo mismo que él?

—No he hecho nada aún. Pero creo que ya va siendo hora de que lo haga porque me han vuelto las ganas. Y tú deberías hacer lo mismo con tu CEO.

—No es mi CEO. Y no quiero nada con él. Nada de nada.

—Ya veremos…

Decidí cambiar de tema y, a las doce y cuarenta, estaba de vuelta en Aristeo.

Tuve la mala suerte de que Hugo se encontrara en el pasillo hablando con Álvaro y que me viera antes de que yo pudiera fingir que no lo había visto.

Terminó la conversación y vino hacia mí.

—¿Qué tal el desayuno?

—Todo bien —respondí a toda velocidad.

—¿Sigues enfadada conmigo?

Me detuve en seco y respondí con una sonrisa enorme:

—No estoy enfadada contigo.

—¿Estás segura?

—¿Por qué iba a estarlo?

Di un paso.

—Eso es lo que no dejo de preguntarme. A lo mejor es algo del programa que he incumplido sin querer.

Me volví.

—Está todo en orden.

—Entonces… sigo sin saber qué he hecho.

—Nada.

—Eso es lo que me preocupa.

—¿Por qué?

—Porque si no he hecho nada y aun así me castigas, no tengo margen de mejora.

No pude evitar sonreír. Un poquito. Una mierda de sonrisa, pero él la vio.

—Ahí está.

—¿El qué? —pregunté mosqueada.

—Por fin una sonrisa de verdad.

Pasó a mi lado y siguió por el pasillo.

Me quedé mirándolo unos segundos y luego pensé que mi estrategia para mantener a Hugo Alda a una distancia prudencial había durado menos de cuatro horas.

Y todavía me quedaban veintisiete días.