No me vuelvas loca Capítulo 4
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Capítulo 4

El miércoles decidí que la mejor manera de sobrevivir a Hugo Alda durante los días que le quedaban en Madrid era tratarlo con más distancia todavía que al resto de profesionales que colaboraban con Aristeo.

Mi plan empezó a tambalearse a las nueve y doce de la mañana.

—¡Buenos días, Cecé!

Levanté la vista del portátil.

Hugo estaba al otro lado de la mesa, con un café en la mano y una sonrisa con demasiados dientes para esas horas.

Y qué jodida sonrisa.

Me mató. Y me dio tanta rabia que me matara que repliqué borde:

—Buenos días.

Bajé la vista a la pantalla y él esperó a que yo dijera algo más. Cuando vio que ni despegaba los labios, me preguntó:

—¿Ya está?

—¿Necesitas algo? —pregunté sin mirarlo.

—No.

—Estupendo.

Y me puse a teclear frenéticamente como si me fuera la vida en ello. Él se quedó quieto unos segundos más antes de alejarse.

Solté el aire, orgullosa de lo que acababa de hacer.

Hugo Alda no tenía ningún poder sobre mí.

Con mi pequeño triunfo, arrancó la actividad de aquella mañana, que estaba diseñada para trabajar la toma de decisiones en situaciones de crecimiento acelerado.

Los participantes estaban divididos en seis equipos y cada uno había recibido el mismo caso: una empresa tecnológica que había crecido mucho más rápido de lo previsto y que, en menos de un año, había duplicado plantilla, abierto dos nuevos mercados y empezado a acumular problemas en casi todos los departamentos.

Tenían cuarenta minutos para decidir qué harían primero.

Hugo tenía que pasar por los grupos, escuchar sus propuestas y complicárselo más todavía.

Esa última parte no figuraba así en el programa, pero era lo que solía pasar en estos casos.

A los diez minutos ya había conseguido que Marta discutiera con Álvaro sobre si el problema principal estaba en las contrataciones o en la dirección, que Teresa defendiera que abrir dos mercados sin consolidar el primero era una estupidez y que Antonio, otro de los participantes que casi nunca hablaba, levantara la mano para preguntar si podía despedir al fundador.

—Puedes —respondió Hugo—. Pero tendrás que convencerme de que la empresa funciona mejor sin él.

—Eso es fácil.

—Soy fundador. Ten cuidado con lo que dices.

Hubo risas. Yo estaba al fondo de la sala comprobando que la dinámica fluyera y los tiempos se cumplieran.

Y de vez en cuando tenía que mirar a Hugo por razones estrictamente profesionales.

En una de esas, Hugo me miró. Y aparté la vista.

No podía mirarlo. No quería que me descentrara ni que me complicara la vida como lo estaba haciendo a esa pobre gente con el puñetero ejercicio.

Lo reconozco. Hugo era bueno. Tan bueno que no recordaba cuándo habíamos tenido a alguien así en la fundación.

Escuchaba de verdad, recordaba lo que cada persona había dicho veinte minutos antes y sabía cuándo insistir y cuándo dejar que alguien llegara solo a una conclusión.

No necesitaba hacerse el interesante ni recordar a cada momento que había creado una empresa de éxito en Nueva York.

No era pedante, no monopolizaba la sesión ni parecía enamorado del sonido de su propia voz.

Sabía un huevo de lo suyo y, además, se le daba de maravilla transmitirlo.

Me pasaba el día buscando buenos profesionales para los programas de la fundación y encontrar a alguien que reuniera las dos cosas era rarísimo.

Además, era ocurrente, divertido y estaba como un queso.

Aquello último no tenía ninguna relevancia académica, pero tampoco podía fingir que no existía.

Y, cuando estaba convencida de que se había olvidado de mí, de pronto escuché que decía en voz alta:

—Cecé.

—Clara —lo corregí desafiante.

Y le miré así porque me dio muchísima rabia que me gustara que de nuevo reparara en mí.

Era de traca.

Quería mantenerlo a distancia, pero no tanto. Quería que dejara de prestarme atención, pero no que dejara de prestarme atención.

Era horrible. Y todavía nos quedaban un montón de días por delante.

Luego, hubo un silencio de varios segundos.

Cuando levanté la cabeza, Hugo me observaba desde el centro de la sala.

—Clara —repitió.

—¿Qué?

—¿Cuánto tiempo nos queda?

Miré el reloj y respondí sin mirarlo, más borde todavía:

—Doce minutos.

—Gracias.

Continuó como si nada. Y yo clavé la mirada en mi portátil como si los correos que estaba redactando fueran la cosa más apasionante del mundo.

Y no lo eran. Lo apasionante era escuchar a Hugo hablar de negocios con aquella soltura insultante, que tenía a todo el mundo fascinado.

A las once y media terminó la puesta en común y los participantes salieron a tomar café antes de la siguiente sesión. Recogí un par de carpetas y estaba cerrando el portátil cuando Hugo apareció a mi lado.

—¿He hecho algo?

—Muchas cosas. Para eso te pagamos.

—Me refería a algo que te haya molestado.

—No —mentí descaradamente.

Y para que no se me notara no se me ocurrió nada mejor que sonreír como una idiota.

—Vale —replicó devolviéndome la sonrisa.

Y no una sonrisa de idiota. Una sonrisa de cabronazo que sabía que su sonrisa era arrebatadora.

Pero yo podía resistirla como una campeona.

Metí el portátil en la funda y solté muy seca otra vez:

—Genial.

—Entonces hoy estás así porque sí.

Lo miré y le pregunté en el tono más neutro que encontré:

—¿Así cómo?

—Rara. No sé.

—Cuando lo averigües, me cuentas.

Me colgué el bolso del hombro.

—¿Te vas?

—A desayunar.

—Son casi las doce.

—En España seguimos llamándolo desayunar mientras no hayamos comido.

—Pues yo no he comido.

Madre mía, ¿y ahora qué quería? ¿Desayunar conmigo?

Ni de coña.

—Ya, pero yo he quedado. Y tienes la siguiente sesión a la una.

—Me sé el horario.

—Me alegro muchísimo.

Pasé a su lado.

—Clara.

Me volví.

—¿Qué?

Me sonrió y dijo encogiéndose de hombros:

—Nada.

Tragué saliva porque por un instante me entraron ganas de decirle que se viniera a desayunar con nosotras.

Y no podía ser. No podía estar cambiando de opinión cada dos por tres solo por una sonrisa matadora.

Y reconozco que lo odié un poco.

Salí de la fundación y Beatriz ya estaba sentada cuando llegué al bar.

Era uno de esos sitios con solera en las calles de detrás de la Castellana que sobrevivían en una zona llena de cafeterías nuevas sin tener una lámpara de diseño, leche de avena ni necesidad de explicar de qué finca procedía el café.

Estaba a pocos minutos de Aristeo y llevábamos años entrando allí cuando necesitábamos desayunar tarde, comer pronto o quejarnos de alguien sin hacerlo dentro de la fundación.

Me senté frente a ella.

—Uf.

Beatriz me leyó el pensamiento, pero aun así preguntó:

—¿Qué tal con Hugo?

—Distante.

—¿Él?

—Yo.

—¿Y eso?

Cogí la carta, aunque sabía perfectamente lo que iba a pedir.

—Porque sí.

—Desembucha.

Dejé la carta y fui sincera, convencida de que Beatriz iba a entenderme:

—Porque ayer, después de que te fueras, volvió a llamar Jacqueline. Es su ex. Lo dejaron hace tres meses. Vive prácticamente al lado de él, hablan varias veces al día y, según sus propias palabras, siempre será una de las personas más importantes de su vida.

—¿Y por eso estás distante?

—No solo por eso.

—¿Por qué más?

El bar estaba lleno de gente. Miré a un lado y a otro buscando algún rostro conocido y, cuando me aseguré de que allí nadie me conocía, respondí en voz baja:

—Me atrae.

Beatriz sonrió tan despacio que me dieron ganas de tirarle el azucarero.

—Ya lo sabía.

—Pues enhorabuena.

—Gracias. ¿Desde cuándo lo sabes tú?

—No sé. Desde que lo vi.

Se echó a reír.

—¡Un flechazo!

—No he dicho que esté enamorada de él. He dicho que me atrae.

—¿Cuánto? ¿Un muchito o un poquito?

—No me tortures. Demasiado hago con reconocer que me gusta.

—Muchísimo.

Llegó el camarero y pedí café con leche. Beatriz ni siquiera tuvo que pedir.

—Ahora te traigo las tostadas —le dijo él.

—Gracias, Pedro.

Se alejó hacia la barra y Beatriz volvió a mirarme.

—Sigue.

—No hay mucho más.

—Estás siendo borde con un tío que te atrae mucho y me estás diciendo que no hay mucho más.

—Estoy evitando problemas.

—¿Qué problema hay exactamente?

—Para empezar, no sé si yo le gusto.

Beatriz se quedó mirándome y me soltó tras bufar:

—¿Tú eres tonta?

—Gracias por tu análisis.

—Clara, por favor.

—¿Qué? Hugo es así. Habla con todo el mundo, hace bromas con todos, ayer llevaba una hora en el cóctel y parecía conocer a los participantes desde hacía diez años. Lo viste.

—Y no te mira como a los participantes.

—Eso lo dices tú.

—Porque tengo ojos.

—Pues yo también y no lo tengo tan claro.

Beatriz resopló.

—Además, da igual. Le quedan veintisiete días aquí. Después vuelve a Nueva York, donde tiene una ex con la que habla más que yo contigo y, por lo que intuyo, otras veinte mujeres con las que mantiene relaciones maravillosas y trascendentales.

—Ahora tiene veinte.

—He dicho por lo que intuyo —maticé.

—Más bien por lo que temes.

Negué con la cabeza, porque sabía lo suficiente:

—Es guapo, sociable, abierto, encantador cuando quiere...

—Siempre es encantador.

—Ese es el problema. No sé si conmigo está pasando algo o si Hugo Alda consigue que todas las mujeres piensen que está pasando algo.

Beatriz se quedó callada un momento.

—Y por eso lo estás tratando como el culo.

—No lo estoy tratando como el culo.

—Has dicho «distante».

—Estoy siendo profesional. Es lo mejor. Aún estoy a tiempo.

—¿De qué?

—De no hacer ninguna gilipollez.

Justo en ese instante apareció Pedro con nuestros cafés y en cuanto se fue ella me preguntó:

—¿No quieres volver a tener una relación a distancia?

—Entre otras cosas.

—Bueno —dijo—, también puedes follártelo y no casarte con él.

—Gracias, Beatriz.

—Para eso están las amigas.

—Hablando de amigas... ¿por qué te fuiste ayer tan pronto?

—Tenía que pasar por la ferretería de tu padre.

—¿Otra vez?

Desde que José Luis la dejó, a mi amiga le dio por los muebles. Antes era él quien se encargaba de montar los de Ikea; después del divorcio, Beatriz había descubierto que era mejor hacerlo ella misma.

—Necesitaba unas bisagras.

—Últimamente vas mucho.

—Porque tu padre tiene de todo. Y sabe muchísimo.

—Ya te lo dije cuando empezaste con los muebles. Si necesitas cualquier cosa, mi padre es el mejor.