No me vuelvas loca Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Tu CEO te está buscando.

—No es mi CEO.

—Pues tu no CEO lleva un rato mirando hacia aquí.

No miré. Esperé aproximadamente cuatro segundos. Luego miré. Y sí… Hugo no solo me miraba, sino que ya venía hacia mí.

—Te dejo —dijo Beatriz en un tono cantarín.

—Joder, tía, no te he pedido que te vayas.

—No hace falta.

Se perdió entre la gente antes de que pudiera detenerla y Hugo apareció con dos copas.

—¿Vino?

—Estoy trabajando.

—A esto no le queda ya mucho para que termine. Pero si quieres voy a por agua o un refresco.

Cogí la copa para acabar cuanto antes.

—Venga, va. La copa.

—¿Y qué tal va todo? ¿Te estás divirtiendo?

—Estoy trabajando —respondí tras beber un poco.

—Me parece que eso ya lo has dicho.

—Porque sigo haciéndolo.

—¿Siempre haces esto? —preguntó señalando a la gente con la copa.

—¿Trabajar?

—Controlar que nadie se quede solo mirando a las losetas.

—Alguien tiene que hacerlo.

—Ya he visto que has juntado a los cinco que habían venido a un evento de networking con la esperanza de no conocer a nadie.

—Y se lo están pasando bien.

Sonrió y se apoyó en una de las mesas altas.

Durante unos segundos ninguno dijo nada. Era la primera vez desde que había llegado a Madrid que estábamos juntos sin una maleta perdida, un horario, un ejercicio o cuarenta y dos personas esperando algo de nosotros.

—¿Echas de menos Admisiones Internacionales? —quiso saber.

La pregunta me sorprendió, porque pensaba que ni me había escuchado cuando le había dicho que había trabajado en ese departamento.

—A veces.

—Viajabas mucho.

—Muchísimo.

—¿Te gustaba?

—Sí. Al principio me encantaba.

—¿Y luego?

—Luego descubrí que también me gustaba saber en qué país iba a despertarme la semana siguiente.

—Muy poco aventurero por tu parte.

—Después de unos cuantos años viviendo entre aeropuertos, se te pasa.

—¿Por eso lo dejaste?

—Entre otras cosas. Quería una vida un poco más normal.

—¿Y la tienes?

Miré alrededor, me encogí de hombros y respondí con sinceridad:

—Ahora mismo estoy bebiendo un vino con ochenta personas porque tú has venido de Nueva York a complicarme noviembre. No sé si es muy normal, pero esta noche sé que duermo en casa.

—Ah, ¿sí? —me preguntó con una sonrisa gamberra.

—¡Desde luego que sí! —repliqué borde para que no le cupiera ninguna duda de que ni de coña iba a pasar la noche con él.

Pero lo que él replicó fue…

—Trabajas tanto en la fundación que pensaba que tendrías una cama en el despacho.

—Alguna vez he dormido en el sofá. Pero generalmente en casa… —precisé cortante, porque no iba a bajar la guardia.

—Por cierto, hablando de tu casa… ayer vi una foto que me llamó la atención.

—¿Te dedicaste a cotillear mi casa mientras buscaba el traje?

—Cuarenta metros cuadrados dan para mucho.

—¿Qué foto?

—La del marco de plata donde sale un hombre en la playa. ¿Ese era el kazajo?

Solo tenía cinco fotos enmarcadas y solo podía referirse a una:

—¿El hombre de la playa de Valencia?

—Ese.

—No.

—¿Tu nuevo novio? —preguntó arqueando una ceja.

—No tengo novio. Es mi padre. Es de hace dos años.

Hugo abrió un poco los ojos.

—Pensé que…

—Que me gustaban mayores.

—A ver, tu padre está cachas.

—Tiene unos brazos tan fuertes que se hace los trajes a medida. Mi padre no cabría en el Hugo Boss.

—Caray.

—Es campeón de pulsos.

—Y cinturón negro —bromeó él.

Pero había acertado. Mi padre era cinturón negro.

—De judo. Es muy deportista.

Hugo se quedó callado un segundo y luego soltó:

—¿Todo eso lo cuentas antes o después de que alguien te pida una cita?

—Depende.

—¿De qué?

—De cuánto me apetezca la cita.

—¿Y cómo te gustan los chicos?

Hacía bien en no bajar la guardia, porque los tíos como él eran así. Parecía que no estaban interesados en ti y luego te hacían preguntas como esa.

—Yo qué sé. Gente de mi edad. Treinta y cinco o así —respondí.

Joder. ¿Qué hacía yo diciendo esa jodida cifra?

Hugo dejó la copa sobre la mesa.

Yo también habría querido dejar allí lo que acababa de decir.

—Treinta y cinco —repitió.

—O así.

—Yo tengo treinta y cinco.

—¡Sé los años que tienes!

—Y tú has sido muy concreta.

—Bueno, podría haber dicho treinta y cuatro.

—Pero no lo has dicho.

—O treinta y seis.

—Tampoco lo has dicho.

—¿Podemos dejar esta conversación tan absurda?

—Cecé…

Lo miré y podía haberle dicho que no soportaba que me llamara de esa manera, pero decidí que era mejor devolverle el golpe:

—Huaaaaal —grité como si me hubiera poseído Chimo Bayo.

La sonrisa desapareció.

—¿Qué?

—Huaaaaal.

Varias personas se giraron, disimulé bebiendo un poco de vino y él preguntó entre risas:

—¿Qué coño es eso?

—Tu nombre.

—Mi nombre no suena así.

—Hugo Alda. HU-GO AL-DA. Huaaaaal.

Me observó unos segundos, negó con la cabeza y sentenció:

—Eso es malísimo.

—¿Malísimo? Es lo mismo que tú Cecé y además es un homenaje a don Chimo Bayo. El de la ruta del Bakalao.

—Sé perfectamente quién es Chimo Bayo.

—Pues me ahorras tener que explicártelo.

—Lo que quiero es que hagas el baile.

—No voy a hacer ningún baile —repliqué negando con la cabeza.

—Entonces voy a seguir llamándote Cecé.

—Y yo Huaaaaal.

—Oye, pues… ¡Me gusta!

Fruncí el ceño.

—No tiene que gustarte. Tiene que joderte.

—Pues me gusta.

—Entonces retiro el apodo.

Se echó a reír, dio un sorbo a su copa y replicó:

—Demasiado tarde, Cecé. Y tu padre, ¿se dedica a los negocios?

Supongo que también me estaba preguntando si había llegado enchufada a la fundación.

Pero no tenía ningún padrino. Me había ganado el puesto con esfuerzo, tesón y disciplina.

No conocía otra forma de lograr cosas en la vida.

—Es ferretero. Vocacional. Mi abuelo también lo era.

Hugo asintió muy serio.

—Y supongo que nadie le discutirá una devolución.

—¿Cómo?

—Con esos brazos…

—Mi padre es un trozo de pan.

—Me fijé en la foto tratando de ponerle cara al dueño del traje.

—El dueño tenía que haber sido Arman. Mi ex.

—Y en el fondo conservas ese traje en el armario por si…

—Lo tengo olvidadísimo. Aquello acabó hace un año.

—Entonces, ¿el traje ya es mío?

—¡Ni de coña!

Hugo se inclinó hacia mí para decir algo porque el volumen de las conversaciones a nuestro alrededor había aumentado.

Estaba demasiado cerca otra vez.

No tanto como en el ascensor, pero sí lo suficiente para que volviera a oler el vetiver.

Y, por alguna razón, durante unos segundos dejé de acordarme de que estaba trabajando.

Luego escuché que el traje lo había llevado a la tintorería y que en un par de días me lo devolvería.

Después, su móvil sonó. Hugo lo sacó del bolsillo.

Jacqueline.

Lo supe antes de que contestara.

—Perdona.

Se apartó un poco.

No escuché la conversación. Tampoco lo intenté. Me dediqué a beber mi vino y a mirar a cualquier sitio que no fuera él.

Dos minutos después volvió.

—¿Otra vez Jacqueline?

La pregunta se me escapó antes de decidir si quería hacerla.

—Sí. No se te escapa una.

—Es que esta mañana escuché su nombre.

—Me ha vuelto a llamar. Es mi ex.

Hubo una pausa mínima. Di otro sorbo al vino y farfullé:

—Ah.

—Vive en Nueva York. En mi misma calle. Lo dejamos hace tres meses.

—Y seguís hablando varias veces al día.

—Nos llevamos bien —dijo él como si fuera algo de lo más normal.

—Ya veo.

—Siempre será una de las personas más importantes de mi vida.

Me quedé callada mientras pensaba que jamás podría estar con un tío que hablaba varias veces al día con una ex de hacía tres meses, que seguía siendo una de las personas más importantes de su vida y vivía en su misma calle.

Porque era obvio que aquello no había terminado y que seguro que seguían acostándose cada vez que les daba la gana.

Por suerte, nada de aquello era asunto mío.

Absolutamente nada.

Sin embargo, me sorprendí a mí misma preguntando:

—¿Y por qué lo dejasteis?

Mierda.

No sabía qué coño hacía preguntándole eso, me tenía que dar igual. El caso fue que la pregunta quedó en el aire, Hugo miró un momento hacia la sala y por fin respondió:

—La relación dejó de tener sentido.

—Por eso sigues hablando por teléfono con ella.

—Una cosa no tiene nada que ver con la otra.

—Ya.

—¿Qué?

—Es tu vida. Haz lo que te dé la gana.

Dejé la copa sobre la mesa y él replicó frunciendo el ceño:

—¿Te parece mal que hable con mi ex?

—A mí como si hacéis un pódcast juntos.

—Hablamos más que muchos matrimonios. Es bonito.

—Sí, mucho. Es preciosísimo. Bueno, te dejo… Tengo que comprobar que todo esté bien.

Hugo miró alrededor.

—Hace un minuto estaba todo bien.

—Hace un minuto no estaba trabajando.

—Tú nunca dejas de trabajar.

—Tienes razón. Y ahora voy a trabajar más.

Di un paso.

—Cecé.

Me volví.

—¿Qué?

Me observó unos segundos. Y yo pensé que no podía ser tan cabrón.

No podía mirarme de esa manera, como si no existiera nadie más en la sala. Como si necesitara más de mí, como si mi opinión fuera lo único que le interesara escuchar en ese momento.

Supongo que tendría estudiada esa mirada o tal vez le salía de forma natural como a todos los tíos de los que no convenía engancharse.

—Nada —respondió.

—Perfecto.

Me alejé antes de que pudiera añadir otra cosa.

Era lo mejor.

Lo que menos necesitaba en mi vida era un Hugo Alda.

Era guapo. También divertido, inteligente y peligrosamente bueno consiguiendo que me olvidara de que me sacaba de quicio.

Pero vivía en Nueva York, tenía una ex que lo llamaba varias veces al día y, posiblemente, unas cuantas historias más en distintas fases de cierre.

Dentro de veintiocho días volvería a Nueva York.

Y yo ya sabía demasiado bien cómo terminaban las historias que necesitaban un avión para continuar.

Tres años con un dentista en Kazajistán me habían proporcionado experiencia suficiente en aeropuertos, videollamadas y despedidas como para no necesitar un curso de actualización.

Hugo Alda podía mirarme todo lo que quisiera.

Tenía absolutamente claro que sería la última persona del planeta con la que tendría algo.

Es que ni loca.

Aunque reconozco que cuando me planté en la otra punta del salón de actos, lo primero que hice fue buscarle con la mirada.