No me vuelvas loca Capítulo 3
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Capítulo 3

El martes descubrí que Hugo Alda tenía otra habilidad que tampoco aparecía en su currículum.

Era capaz de conseguir que cuarenta y dos personas hablaran a la vez y que, aun así, pareciera que sabía lo que estaba haciendo.

El taller había empezado a las diez. Los participantes trabajaban repartidos en grupos y Hugo iba de una mesa a otra, escuchando, haciendo preguntas y quedándose siempre dos minutos más de los que yo había calculado.

Por lo menos esta vez no había cambiado nada.

O al menos no lo había hecho todavía.

Yo estaba junto a una de las ventanas revisando unos correos cuando Beatriz apareció a mi lado.

Beatriz había sido mi jefa cuando trabajaba en Admisiones Internacionales, el departamento que se ocupaba de captar y seleccionar fuera de España candidatos para los programas de Aristeo.

Durante aquellos años viajamos mucho juntas y acabamos siendo amigas de las que se llaman a las tres de la mañana para contar algo que a las nueve es una auténtica chorrada.

Tenía cincuenta y cuatro años, una media melena en la que empezaban a asomar algunas canas y esa clase de elegancia que conseguía que unos vaqueros, una camisa blanca y una americana parecieran perfectos para cualquier sitio.

—Joder, tía.

Levanté la vista del portátil.

—¿Qué pasa?

No me estaba mirando.

Seguí la dirección de sus ojos y encontré a Hugo inclinado sobre la mesa de Marta, escuchando algo que ella le explicaba mientras Álvaro señalaba la pantalla de su ordenador.

—¡Cómo está el CEO invitado!

—Calla, calla.

—Ahora entiendo tu insistencia en traerlo.

—Mi insistencia era estrictamente profesional.

Beatriz me miró con cara de guasa.

—Claro.

—Es uno de los mejores en lo suyo.

—Y da gusto verlo. Está que cruje.

Cerré el correo que estaba leyendo.

—Puede ser.

—Tía, ¿no tienes ojos?

—Vale, sí. Es guapo.

—Está tremendo. No veíamos a un tío así en la fundación desde que vino aquel profesor de Harvard que se parecía a Kevin Costner con el que podía haber tenido lo que me hubiera dado la gana.

Pero claro… yo era fiel. Y contuve mis ganas de tirarme al tío más bueno que había pasado por la fundación mientras José Luis seguro que se estaba follando a Tati, Tami y Tuti…

José Luis era el exmarido de Beatriz. Se habían divorciado hacía dos años, después de que él se quejara de que les faltaba pasión. Dos semanas después, Beatriz descubrió por su hija Daniela, de diez años, que la pasión la estaba encontrando en las tías con las que hablaba a diario en Tinder.

Luego, Beatriz ató cabos y entendió por fin por qué sus partidos de tenis duraban seis horas o por qué, cuando bajaba al Mercadona, tardaba tres horas en volver.

—¿Quiénes son esas? —pregunté.

—Me lo acabo de inventar. Pero vamos, seguro que por aquellas fechas se las estaba tirando de tres en tres.

Hugo levantó la cabeza en ese momento y nos vio. Me hizo un gesto con la mano.

—Cecé.

Beatriz giró la cabeza hacia mí y cuchicheó:

—¿Cecé?

—Clara Cid. C. C.

—¡Qué avanzado va esto, so putinga!

—Por favor.

—Ya estáis con la coña de los nombrecitos. ¿Te lo has follado?

—Por favor.

—¿Por favor qué?

—Que viene. Que cierres el pico.

—Me gusta que te llame Cecé. Suena sexy. Suena como C.C. Catch.

—¿Y esa quién es?

—Una que cantaba cuando yo era una adolescente con granos y creía que un día vendría un príncipe a hacerme feliz y a follarme como una bestia parda. Luego, me casé con José Luis… Ese día tendría que haberme atropellado un camión, Cecé.

—Ni se te ocurra llamarme Cecé.

—Joder, fíjate cómo camina tu CEO. Este folla como los dioses. Mira esas caderas de empotrador.

Hugo se acercó a nosotras y yo quería desaparecer:

—¿Todo bien?

Recé para que no hubiera escuchado nada.

—Perfectamente —respondí—. Hugo, Beatriz. Beatriz, Hugo. Fue mi jefa durante años en Admisiones Internacionales.

—Y ahora es mi amiga —añadió Beatriz—, es una buena tía. Parece estirada y tal… Pero no veas cómo perrea…

—¿Perreas?

—Ni caso. Es el humor de Beatriz —contesté sin darle importancia.

—Pero sí que perreas. Encantada, Hugo.

—Igualmente.

Se estrecharon las manos y yo sabía que Beatriz no iba a parar:

—A Clara le encanta el reguetón, he ido alguna vez con ella al Teatro Barceló y se tira hasta las cinco de la mañana. La tía es de las que baja hasta el suelo… es una cosa digna de ver. ¿Este sábado qué haces?

Miré a mi amiga espantada y me apresuré a responder por él:

—Lo que tenga que hacer. Nosotras solo estamos centradas en el programa.

—Como verás a mi amiga le pierde un programa. Pero también podemos hacer cositas fuera del programa. ¿Quedamos el sábado?

Esta vez a Hugo le faltó tiempo para responder:

—Siempre me apunto a las cosas dignas de ver.

—No te vas a arrepentir —soltó la traidora de mi amiga.

—Seguro que no —replicó él.

Y yo pensé que ni de coña me iba a ir con esos dos a bailar reguetón el sábado.

Por ningún motivo.

—Qué bueno que estés aquí —siguió Beatriz—. Clara lleva semanas hablando de ti.

La miré para que cerrara el pico de una vez y precisé:

—Del programa. Y ya te dejamos tranquilo. Mejor vuelve con tus alumnos.

—Seguimos hablando después —dijo Hugo.

Esperé a que se alejara y le solté a Beatriz, mosqueadísima:

—¿Cómo le cuentas lo del perreo y encima le invitas a que se venga al Barceló?

—¿Y por qué no?

—Me llama Cecé.

—¿Y?

—Hace lo que le da la gana.

—Ayer me dijiste que la sesión había salido estupendamente.

—Ese no es el asunto.

—Entonces no sé cuál es el asunto.

Volvimos a mirar hacia él.

—¡Menudo viaje que tiene el tío! —exclamó como extasiada.

—Está bueno.

Beatriz sonrió triunfante y masculló divertida:

—Por fin.

—¿Qué?

—Pensaba que no ibas a reconocerlo ni bajo tortura.

—Que esté bueno no significa que me guste —le advertí para que no echara a volar su imaginación tan calenturienta como romántica.

—Si tú lo dices.

—Y si le llegas a ver ayer con el traje de Arman —se me escapó.

No lo pude evitar. Verlo con el traje me había afectado demasiado. Hasta había soñado con él.

No sé qué. Pero apareció en mi sueño con el traje.

Tonterías.

—¿Ayer iba de Armani? —preguntó Bea.

—No, coño, el traje de Arman.

—¿El Ponepiños?

—De verdad que vaya nombre que le pusiste.

—No me jodas que le pusiste el traje de tu kazajo.

—Ya no es nada mío —le recordé, tajante.

—Es para ubicarlo. ¿Y el traje es el que ibas a regalarle por su cumpleaños?

—Sí, el de Hugo Boss. ¡Pero no hay ninguna señal!

—Yo lo que quiero saber es cómo ha acabado ese hombre dentro del traje del kazajo. ¿Te lo has tirado? ¡Dilo, reina! ¡Dilo! No tengas miedo. No te voy a juzgar, te voy a poner un monumento.

—¡Para! No ha pasado nada. Le perdieron la maleta. Y lo llevé a mi casa.

Beatriz tardó un segundo en reaccionar.

—¿Ya conoce tu casa?

—No empieces. Eran las diez de la noche, no tenía ropa para venir ayer y recordé que guardaba el traje. Se lo probó y…

—Cuando le viste salir con el traje le pediste que te hiciera madre.

—¡Baja la voz!

—No hay color. El kazajo no tenía la percha de este.

—Tenían la misma altura y peso, pero…

—También un saco de patatas y George Clooney pueden pesar ochenta kilos.

—Arman no era como un saco de patatas. Era como un osito y siempre estaba ahí.

—En Kazajistán.

—Para lo bueno y para lo malo. Siempre sacaba un momento para escucharme, para animarme, para sacarme una sonrisa…

—Desde Kazajistán —insistió mi amiga.

—Sí, tía, que sí. Que estaba allí. Donde tiene su consulta y su vida. Por eso lo dejamos. Yo tampoco iba a renunciar a lo que tengo en Madrid…

—Pero ahora la vida te trae a otro.

—¡A mí no me ha traído nada! —exclamé moviendo las manos.

—No. Solo reconoces que está bueno, tiene percha y te has fijado en cómo le queda un traje.

—También reconozco que es un gran profesional y mira cómo la tiene…

—¿Larga?

—¿Qué dices? Yo qué sé cómo la tiene. Digo, que mira cómo tiene a Adela García… —respondí señalándola con la cabeza.

—Y a todas, nena. A todas.

—¡Pero como profesional!

—También, también. O sea, que le admiras.

—¡No hay más que verlo en acción! Pero bueno…

aunque me gustara, que no me gusta, vive en Nueva York.

Y ni de coña me metería en una relación con un tío que está a miles de kilómetros.

Ya estuve tres años de relación a distancia y no pienso repetir la experiencia. Aparte de que seguro que hay alguien.

—¿Alguien?

—Una mujer.

—¿Por qué?

Me encogí de hombros.

—Los tíos como él siempre tienen a alguien. O a varias.

—¿Los tíos como él?

—Ya sabes lo que quiero decir.

—No, pero me está encantando tu análisis estrictamente profesional.

Iba a contestarle cuando vi que Hugo sacaba el móvil del bolsillo.

Estaba bastante cerca de nosotras. Miró la pantalla y se apartó unos pasos.

—¡Hola, Jacqueline!

Las dos lo escuchamos y Beatriz arqueó una ceja.

—¿Jacqueline?

—Ni idea.

—A lo mejor es la mujer.

—O una de varias —repliqué chasqueando la lengua—. Y me da exactamente igual.

Beatriz volvió a mirarme, sonrió y finalmente dijo:

—Se ve, se ve… Por eso no le quitas ojo de encima.

—De forma profesional. ¡Para que no lie ninguna!

Beatriz no me creyó, se fue y la jornada siguió según el programa.

Todo fue como la seda.

Y, como estaba previsto, a las siete y media de la tarde tuvo lugar la última actividad del día, que era el cóctel de bienvenida.

El salón de actos no parecía el mismo, porque habían retirado parte del mobiliario, colocado mesas altas y había un montón de camareros que circulaban entre los asistentes llevando bandejas.

Sobre el papel, el cóctel debía favorecer el intercambio entre participantes, profesores y colaboradores.

En la práctica, consistía en que yo comprobara cada cinco minutos que todo el mundo tuviera una copa, que nadie necesitara nada ni se quedara solo mirando el móvil.

El que menos me necesitaba era Hugo.

Lo comprobé varias veces.

Estaba hablando primero con Marta y dos profesores. Después con Álvaro. Luego lo vi con uno de los miembros del patronato y, un rato más tarde, rodeado por un grupo de participantes.

Socializaba hasta con el perchero.

Perfecto.

Yo tenía trabajo.

Estaba hablando con uno de los responsables de comunicación cuando Beatriz pasó por mi lado.