Capítulo 2
Había ido en autobús hasta Castellana y el sonido de mis tacones contra la acera me acompañó los últimos metros hasta su edificio.
A las ocho y veintinueve de la mañana Hugo Alda estaba esperándome en la puerta de su edificio.
Miré la hora en el móvil.
—¡Buenos días! —me saludó con una sonrisa.
—¡Hola!
—Temo decepcionarte.
—¿Qué?
—No hace falta que compruebes la hora. Ya te la digo yo. Respira tranquila, Cecé. Hasta me sobra un minuto.
Era cierto y, por alguna razón, me molestó un poco que me hubiera quitado la oportunidad de llamarlo a las ocho y treinta y uno para preguntarle dónde estaba.
También me molestó comprobar que el traje seguía quedándole igual de bien que la noche anterior.
Llevaba la camisa abierta en el cuello y las Salomon oscuras.
—¿Pasando revista? —preguntó al verme mirar hacia abajo.
—Control de calidad.
—He salido a correr con ellas esta mañana, pero tranquila: las he limpiado a conciencia.
—¿No detestabas madrugar?
—Sí.
—¿Has salido a correr, te has duchado, has limpiado las zapatillas y a las ocho y veintinueve estabas en la puerta?
—Detesto madrugar cuando tengo que hacerlo.
—Ah.
—Es completamente distinto.
—Por supuesto.
—Me alegra que lo entiendas.
—No lo entiendo.
—Dale tiempo. ¿Y de mi afeitado qué dices?
—Vamos a la Fundación.
—Eso es que te he sorprendido.
—Eso es un vamos.
Bajó la mirada hacia mis tacones.
—Las zapatillas te las recomiendo. Son muy cómodas.
—No necesito recomendaciones.
—Tus pies tienen otra opinión.
—Mis pies no hablan contigo.
—De momento. Con el roce seguro que acaban diciéndome cosas. Soy muy fan de la comunicación no verbal.
No repliqué nada. Eché a andar y Hugo se colocó a mi lado.
La mañana estaba fresca y la Castellana ya llevaba un buen rato funcionando. Gente entrando y saliendo de edificios, coches, autobuses y ese ejército de personas que camina deprisa por Madrid con un café en una mano y el móvil en la otra.
Hugo miró alrededor.
—Echaba de menos Madrid.
—Pues vas a tener unas cuantas semanas para resarcirte.
—Hacía mucho que no pasaba tanto tiempo seguido aquí. Vengo bastante, pero suelo venir por unos pocos días. Mi familia sigue aquí. Y yo me fui de Madrid hace…
—Nueve años.
—Te has estudiado mi vida muy bien —dijo mirándome divertido.
—Tu trayectoria profesional.
—Ah. Eso es bastante menos interesante.
—Para ti, quizá. A mí solo me interesa tu vida profesional.
—Dicen que detrás de todo profesional hay una persona todavía más interesante.
—En tu caso prefiero no arriesgarme a comprobarlo.
—Eso no lo digas cuando me presentes —me pidió.
—Mejor voy a decir que eres un «gran profesional y mejor persona».
—¿Sin conocerme?
—Por eso.
Soltó una carcajada y luego me contó mientras seguíamos caminando:
—Soy de Madrid. Esta es mi ciudad. Los míos están aquí.
Mi abuela vive en Chamberí. Luego iré a verla.
Siempre es la primera a la que voy a ver.
Mis padres están divorciados y mi hermana Maribel vive a veinte minutos de los dos.
Una ubicación cuidadosamente elegida en función de quién esté disponible para quedarse con mis sobrinos.
—Muy práctico.
—Mi hermana sostiene que fue casualidad.
—¿Y tú?
—Conozco a mi hermana. Y la entiendo. Pobre, todo el día con esos dos pequeños bárbaros que corren, gritan, comen a todas horas y destrozan todo lo que encuentran.
—¿También tiene perros?
—Sí, pero los salvajes son los niños. Mario y Javi. De cinco y siete años. Mi hermana siempre ha necesitado tenerlo todo bajo control, pero el karma le mandó dos vándalos a los que llama hijos.
—Pobre mujer.
—Te pareces un poco a ella. Organizada. Todo en su sitio.
—Tú tampoco me conoces tanto.
—He visto tu casa. ¿Y tú? ¿Tienes hermanos?
—Soy hija única. Y mis padres están divorciados.
—Mira, ya tenemos algo en común.
—Y poco más —repliqué mirándole de refilón.
—Espera a ver, treinta días dan para mucho.
—Veintinueve.
—¿Ya estás descontando?
—Desde anoche.
—Haré que se te haga corta mi estancia. Y ya verás como en nada estoy en Nueva York.
—¿Te fuiste de Madrid por trabajo? —pregunté porque ese dato no lo tenía.
No sé por qué me daba la sensación de que había ido a Nueva York siguiendo a alguna chica. Y que luego se quedó por la misma razón o por otra chica…
—En principio iba para un par de años y se me complicó un poco el regreso.
Seguía sin saber si se fue o si se quedó por una tía y no sé por qué, de pronto, me lié con las fechas.
—O sea que te fuiste con treinta y seis.
—¿Qué? ¡Entonces, tendría que tener cuarenta y cinco!
—Me he equivocado. Tienes treinta y cinco. Uno más que yo.
—¿Solo uno? Yo pensaba que eran…
—No hace falta que seas amable y que me digas que aparento dieciocho.
—Pensaba que tenías menos. Yo, en cambio, después de soltarme que tenía cuarenta y cinco estaba a punto de cancelar la sesión para ir a buscar una crema que prometiera resultados visibles en veinticuatro horas.
Sonreí sin querer y seguimos caminando.
Ya estábamos a pocos metros de Aristeo cuando se metió las manos en los bolsillos del pantalón y dijo:
—Por cierto, creo que debería cambiar el ejercicio de la sesión de hoy y más si la gente…
Me detuve. Él dio dos pasos más antes de darse cuenta y girarse.
—No vas a cambiar nada.
—A ver…
—Ayer te dije que no.
—Lo sé, pero...
—Ya se habló.
—Solo te estoy avisando.
Lo miré fijamente y él masculló:
—No.
Eso me desconcertó durante medio segundo y él volvió a andar.
—¡Hugo!
—Llegamos tarde.
—Son las ocho y treinta y siete.
—¡Pues no perdamos tiempo! —exclamó apretando el paso.
Aceleré hasta ponerme a su altura y entonces le recordé:
—El ejercicio está preparado. Lo tienen en la documentación y forma parte de una sesión que lleva semanas cerrada.
—Uf. Ya veremos.
—No hay nada que ver.
Seguimos avanzando en silencio hasta que llegamos a la fundación. Hugo abrió la puerta del edificio y me dejó pasar primero.
—Después hablamos.
—No. Hablamos ahora —le exigí.
—Cecé, tienes cuarenta y dos personas esperando.
—Esperando lo que pone en el programa.
—Confía un poco en mí.
—Ni una chispa.
Entré y él lo hizo detrás de mí.
A partir de ese momento dejé de tener tiempo para discutir.
La primera mañana de un programa siempre era igual.
Por mucho que llevaras semanas preparándolo, había acreditaciones que no aparecían, alguien que necesitaba cambiar un dato, un micrófono que había funcionado perfectamente el viernes y el lunes decidía no hacerlo y participantes que llegaban veinte minutos antes convencidos de que llegar veinte minutos antes les daba derecho a preguntar veinte cosas.
A las ocho y cincuenta ya tenía la cabeza en otra parte.
Marta fue de las primeras en entrar. Cuarenta y pocos, directiva de una multinacional y la clase de mujer que durante la entrevista de admisión había cuestionado dos de mis preguntas antes de contestarlas.
Detrás llegó Álvaro, fundador de una empresa tecnológica, treinta y pocos y una de las personas que más había insistido en saber exactamente cuántas sesiones impartiría Hugo.
Teresa apareció poco después. Pasaba de los cincuenta, llevaba media vida trabajando en una empresa familiar que había empezado a expandirse fuera de España y tenía la costumbre de escuchar con cara de no creerse absolutamente nada hasta que le demostraban lo contrario.
Me gustaba.
A las nueve en punto estaban ocupados casi todos los asientos.
Hugo también estaba donde tenía que estar.
Eso ya eran dos sorpresas en menos de media hora.
Lo presenté brevemente. No necesitaba mucho más. Buena parte de las personas de aquella sala sabían perfectamente quién era, qué había hecho con ALDA y por qué nosotros habíamos querido tenerlo allí durante todo el mes.
Cuando le cedí la palabra, Hugo me sonrió.
No me gustó aquella sonrisa.
—Gracias, Cecé.
Cuarenta y dos cabezas se volvieron hacia mí.
—Clara —corregí desde un lateral.
Hubo algunas risas.
Hugo ni se inmutó.
—Clara Cid, responsable de que yo esté aquí y de que todos vosotros tengáis una agenda que, según he descubierto, es prácticamente sagrada.
Más risas.
Lo fulminé con la mirada.
Él empezó.
Durante los primeros diez minutos estuve esperando el desastre.
No llegó.
Durante los siguientes diez dejé de esperarlo.
Hugo era bueno.
Eso ya lo sabía. No habría insistido tanto en contratarlo si no fuera así. Había visto entrevistas, conferencias y varias intervenciones suyas, conocía su trayectoria y había hablado con gente que trabajaba con él.
Pero verlo en una pantalla y verlo delante de cuarenta y dos personas eran cosas distintas.
No daba una conferencia. Hablaba con ellos.
Recordaba quién había intervenido, recogía una idea cinco minutos después y se la devolvía a otra persona, hacía preguntas y esperaba las respuestas de verdad en lugar de utilizarlas como excusa para seguir hablando.
A los veinte minutos ya sabía que Marta trabajaba en una multinacional, que Álvaro había levantado su primera ronda de financiación el año anterior y que Teresa estaba intentando entrar en Portugal.
Y entonces cerró la presentación que tenía abierta.
Me incorporé en la silla.
No. No iba a hacerlo. No se iba a atrever…
O eso fue lo que pensé.
Pero Hugo dejó el mando sobre la mesa.
—Vamos a hacer otra cosa.
La madre que lo parió.
Me miró un segundo.
Yo negué muy despacio con la cabeza.
Y él continuó.
—Imaginad una empresa estadounidense que lleva varios años creciendo y ha decidido abrir su primera sede en Europa. Una ciudad. No dos. No una oficina comercial aquí y un equipo allí. ¿Dónde la abriríais?
Varias manos se levantaron.
Marta fue la primera.
—Londres.
—¿Por qué?
—Idioma, acceso a talento, ecosistema empresarial, financiación.
—Bien. ¿Quién no está de acuerdo? —preguntó a la clase.
Álvaro levantó la mano.
—Berlín.
—Véndemelo.
En menos de cinco minutos la sala estaba discutiendo.
Londres. Berlín. París. Ámsterdam. Madrid.
Hugo apenas intervenía para dirigir la conversación, desmontar algún argumento o pedir que justificaran otro. Teresa fue la primera que preguntó qué tipo de empresa era.
—Gracias —dijo Hugo—. Por fin alguien me pregunta qué vendemos antes de decidir dónde vamos a venderlo.
Teresa sonrió.
Yo también.
Hasta que Hugo me miró.
—Cecé.
Dejé de sonreír.
—Ni se te ocurra.
La sala volvió a reírse.
—¿Dónde la abrirías tú?
—Yo no participo.
—¿Por qué?
—Porque estoy trabajando.
—Como todos.
—Yo no estoy trabajando como todos… —mascullé para que me dejara en paz.
—Has trabajado años en captación internacional, ¿no?
Entrecerré los ojos.
Eso se lo había contado durante una de nuestras primeras videollamadas.
—Sí.
—Entonces tienes una opinión.
La tenía.
Y él lo sabía.
—Madrid —respondí.
Álvaro se volvió hacia mí.
—¿Por qué?
Hugo sonrió como si acabara de conseguir exactamente lo que quería.
Así que se lo expliqué.
Hablé de costes frente a otras capitales europeas, de conexiones con Latinoamérica, de capacidad para atraer profesionales, de calidad de vida y de algo que había aprendido durante años viajando para captar alumnos: una ciudad no competía únicamente por empresas.
Competía por conseguir que la gente quisiera vivir en ella.
Cuando terminé, Hugo seguía mirándome.
—Eso está bastante mejor que «porque hay buen jamón» —soltó.
—Procuro reservar mis mejores argumentos para ocasiones especiales.
—Lo tendré en cuenta.
Continuó la sesión.
Y yo tuve que reconocer, muy a mi pesar, que el ejercicio que no figuraba en ninguna de las cuarenta y dos carpetas estaba funcionando de maravilla.
Cuando terminamos, varias personas se acercaron a Hugo.
Álvaro quería seguir hablando de expansión. Marta discutía uno de los argumentos sobre Londres y Teresa esperaba detrás con esa expresión suya que anunciaba otra pregunta complicada.
Tardó casi quince minutos en librarse de todos.
Yo lo esperaba en el pasillo.
—Has cambiado el ejercicio.
—Y el mundo sigue de pie.
—Te dije que no lo hicieras —le recordé, molesta.
Esta vez había salido bien, pero no estaba dispuesta a soportar que fuera a hacer siempre su santa voluntad.
—Ajá.
—Entonces ¿por qué lo has hecho?
Hugo dejó el portátil sobre una mesa.
—Porque a los diez minutos confirmé que el que habíamos preparado se les quedaba corto.
—No podías saberlo a los diez minutos.
—Claro que podía. Los estaba escuchando.
No dije nada. Y él siguió hablando:
—No cambio las cosas porque sí, Cecé. Si entro en una sala con cuarenta y dos personas, tengo que saber qué tengo delante. Si el nivel es distinto del que esperaba, adapto lo que llevo preparado.
—Podrías habérmelo explicado ayer.
—Lo intenté.
—No. Ayer me dijiste que se te había ocurrido algo mejor.
—Era domingo por la noche y me estabas dejando un traje. Me pareció que ya teníamos suficientes asuntos abiertos.
Quise discutirle aquello.
El problema era que no sabía exactamente qué discutir.
—Ha funcionado —admití.
—¿Solo ha funcionado?
—Ha funcionado muy bien. Pero no voy a sacar unos pompones.
—Oye, pues…
No pudo rematar la estupidez porque su móvil vibró.
Hugo miró la pantalla y leyó el mensaje:
—Han encontrado mi maleta.
—Perfecto.
—Me la llevan esta tarde al apartamento.
—Una preocupación menos.
—Tú estabas bastante más preocupada que yo.
—Eso tampoco era difícil.
Hugo bajó la vista hacia el traje.
—¿Y qué hago con esto?
—Devolvérmelo.
—Pensaba que me lo había ganado.
—Por cambiarme el ejercicio, precisamente no.
Sonrió.
Joder.
Le odiaba.
No podía sonreír así.
Luego Álvaro apareció al fondo del pasillo y levantó una mano para llamar su atención.
Hugo cogió el portátil.
—Tengo que irme.
—Tienes quince minutos antes de la siguiente actividad.
—Vale.
—Quince.
—Sé contar.
—Eso está por demostrar.
Se alejó hacia Álvaro.
Me quedé mirándolo unos segundos. No porque el traje siguiera quedándole de escándalo, aunque también.
Eran poco más de las once de la mañana del primer día.
Hugo Alda ya había conseguido cambiar el ejercicio y meterse a todo el mundo en el bolsillo.
Menos a mí.