No me vuelvas loca Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Perdí el ticket. Y tampoco me iba a coger un avión para dárselo. Vive en Kazajistán.

Hugo tardó un momento en reaccionar.

—Joder.

—¿Qué significa eso? —le pregunté mosqueada.

—Nada. Que cada vez tengo más preguntas.

—Pues intenta conservarlas.

Hugo no volvió a hablar de mi ex. Pero sí me dijo tras echar otro vistazo por la ventana:

—No vamos en dirección a mi apartamento. ¿Tienes pensado llevarme a cenar y luego a tomar una copa? Un amigo me ha hablado de un par de sitios que están genial.

—Vamos a mi casa.

—Me gusta.

—¿El qué te gusta? —inquirí borde.

—Lo inesperado.

—Lo siento. Tan solo vamos a por el traje —aclaré—. Vivo en Pacífico. Y en cuanto comprobemos cómo te queda, todo va a seguir según el programa. Te dejo en el apartamento y cenas. Tienes un plato de jamón, otro de queso y el frigorífico lleno de cosas.

—Y cenas conmigo para asegurarte de que me alimento bien para darlo todo en la jornada de inauguración.

—Eso no está en el programa.

—Podemos cambiarlo.

—Te gusta demasiado cambiar las cosas.

—Y todavía no he conseguido nada.

—Vas entendiendo cómo funciona.

Y esta vez sí que sonreí.

Aparqué en el garaje de mi edificio unos minutos después.

Mi piso era pequeño, alquilado y perfecto para mí.

No necesitaba más que esos cuarenta metros con una terracita.

Tampoco necesitaba que Hugo Alda lo conociera aquella noche, pero su maleta había decidido quedarse en algún lugar entre Nueva York y Madrid y yo no pensaba permitir que inaugurara el programa con una camiseta y unas zapatillas.

El ascensor llegó con su habitual lentitud.

Entré primero.

Hugo pasó detrás de mí.

Y de pronto recordé que el ascensor de mi edificio era muy pequeño.

Lo sabía, evidentemente. Llevaba años utilizándolo. Lo que no sabía era que podía encoger todavía más cuando dentro se metía un hombre de metro noventa, que calzaba un cuarenta y siete y llevaba una mochila a la espalda.

Pulsé el cuarto.

Las puertas se cerraron.

Hugo estaba demasiado cerca.

No me tocaba. Eso habría sido más sencillo. Podría haberme apartado, haberle lanzado una mirada o haberle dicho que respetara mi espacio. Pero no hacía nada. Estaba simplemente allí, a pocos centímetros, ocupando demasiado sitio y oliendo a vetiver.

Me encantaba el vetiver.

Por supuesto que Hugo Alda tenía que oler a vetiver. Como si no hubiera acumulado ya suficientes motivos para no soportarlo.

Levanté la vista y descubrí que me estaba mirando.

—¿Qué?

—Tu pelo.

Sus ojos se detuvieron un instante junto a mi sien.

Me llevé la mano al pelo y encontré un mechón que se había escapado del moño.

—Llevo desde las siete pendiente de tu aterrizaje. Es normal que no tenga todos mis pelos en su sitio.

—No era una crítica, Cecé.

No dijo nada más, pero tampoco apartó inmediatamente los ojos.

Las puertas se abrieron.

Salí la primera.

—¿Siempre es tan lento y tan pequeño? —preguntó a mi espalda.

—No. Se encoge y se ralentiza cuando vienen profesores invitados.

Oí su risa mientras buscaba las llaves.

En cuanto entró en mi piso, dejó la mochila encima de una silla.

No en el suelo, junto a la pared, donde no molestaba. Encima de una silla tapizada en una tela de un blanco impoluto.

Decidí no decir nada.

Hugo miró alrededor.

Después me miró a mí.

—¿Alguna pregunta? —inquirí.

—¿Vives aquí de verdad?

—Desde hace cuatro años —respondí mientras dejaba el bolso en su sitio.

Porque en mi casa todo tenía un sitio.

Hasta las llamadas de mi madre tenían su sitio en mi agenda.

Vivía en Menorca y hablábamos una vez a la semana, casi siempre el domingo.

Solía contarme qué tiempo hacía, cómo le iba todo en la oficina de la aseguradora en la que trabajaba de administrativa y la lata que le habían dado las cervicales, el colon o la encía sensible.

Después me preguntaba por el trabajo, yo le decía que bien y nos despedíamos hasta la semana siguiente.

Él volvió a mirar el salón hasta que soltó:

—¿Y dónde están tus cosas?

—Estas son mis cosas.

—No. Me refiero a las cosas normales. Una chaqueta tirada, un recibo sobre la mesa, un cargador que no sabes de qué es...

—Esa es tu normalidad.

—Pero siempre encuentro las cosas en mi desorden.

—¿Después de cuánto tiempo?

—A veces años.

—¿Años? —repliqué mordiéndome el labio para no sonreír.

—El otro día encontré una pelota de tenis que Agassi le firmó a mi abuelo.

—¿En serio?

—Fue una sorpresa. Fue bonito. Es lo bueno de no saber dónde tienes las cosas. ¿Y tú? ¿De verdad que esto está siempre así o lo has dejado tan ordenado porque sabías que iba a subir a tu casa?

—No tenía pensado traerte a mi casa.

—Te confieso que he llegado a pensar que como eres tan plasta con el programa, igual también me traías a tu casa para repasarlo.

—Sí. Es lo que suelo hacer con todos los invitados. Los recojo en Barajas y no los libero hasta que se saben el programa de memoria.

—Te veo capaz.

—Pues mira, sí.

—¿Y de verdad que esto está siempre así? —insistió, y eso que la plasta era yo.

—¿Así cómo?

Señaló el salón.

—Como si fueras a perder la fianza por dejar un cojín torcido.

Lo ignoré y fui a buscar el traje.

Seguía dentro de su funda, en el fondo del armario, junto con la camisa que había comprado para acompañarlo. Se lo entregué a Hugo y señalé el baño.

—Puedes cambiarte ahí.

Miró la etiqueta de la funda y dijo mirándome divertido:

—Hugo Boss.

—Ni se te ocurra decirme que es una señal.

—No he dicho nada. Pero me llamo Hugo, Cecé.

—No pienso repetirte más que me llamo Clara.

—Me parece perfecto.

Hugo cogió el traje y cinco minutos después salió del baño.

Y aquello me molestó más de lo razonable.

El traje le quedaba bien.

No razonablemente bien. No «podemos salir del paso mañana» bien. Le quedaba asquerosamente bien.

Hugo se miró las mangas, se abrochó la chaqueta y levantó la cabeza.

—¿Qué tal?

—Servirá.

—Esa cara no es de «servirá».

—Es exactamente mi cara de «servirá».

Obviamente, estaba mintiendo. Tan solo intentaba que no se me notara que el traje no le podía quedar mejor.

Porque estaba buenísimo. Para qué me iba a engañar.

Luego, se acercó al espejo de la entrada y se observó de lado.

Con el traje, la camisa abierta en el cuello y las Salomon oscuras, cualquier otro hombre parecería vestido durante un incendio.

Hugo Alda no.

Qué rabia. Y qué cabronazo.

—Creo que el dentista y yo habríamos sido amigos —dijo risueño.

—Lo dudo muchísimo.

—¿Por qué?

—Porque él jamás me desbarataba un plan…

Hugo me miró a través del espejo.

—Ahora sé por qué rompisteis.

Me entraron de nuevo ganas de reír, pero en su lugar consulté mi reloj y le dije muy seria:

—Son las diez y media de la noche de un domingo. A partir de esta hora llevo fatal las bromas, las ironías y el sarcasmo.

—Está bien. Me limitaré a ser sincero. Me has salvado. Y es la pura verdad.

—Tan solo estoy haciendo mi trabajo.

—Y el traje me queda de puta madre. Es que ni hecho a medida.

—Procura no enamorarte —le advertí.

—¿Cómo?

Él tenía razón, la frase había quedado un tanto ambigua y me apresuré a aclarar:

—Del traje.

—Ah, ya. Sí. Claro.

—Clara. Mi nombre es Clara.

—¿No decías que no me lo ibas a decir más? —replicó.

—Cámbiate, que mañana a las seis y media estoy en pie.

—¿La inauguración no es a las nueve? ¿Para qué madrugas tanto? ¿Para contar todas las sillas y comprobar que todas miran en la misma dirección?

—Hago yoga, medito, corro… Depende del día.

—Detesto madrugar —reconoció.

Pero yo no tuve ninguna piedad con él.

—Te voy a llamar a las siete y media para asegurarme de que estás despierto.

—Menos mal que habrás meditado antes…

Me dejó con la palabra en la boca. Se metió en el baño, se puso su ropa, yo guardé el traje y la camisa en la funda y se los entregué.

—Muchas gracias.

Después se puso a buscar la mochila con la mirada y yo señalé la silla.

—Ahí la tienes. Encima de mi silla blanca.

—A lo mejor la tenía que haber dejado en el suelo.

—A lo mejor.

Cogió la mochila.

—¿Quieres comprobar si ha dejado marca?

—No.

—Puedes hacerlo cuando me vaya.

—Eso pensaba.

—Ahora entiendo lo del yoga. ¿Y no fumas marihuana?

—No.

—Deberías planteártelo.

—Vámonos antes de que empiece a plantearme otras cosas.

Veinte minutos después paré delante del edificio de Castellana donde Aristeo le había alquilado un apartamento para todo noviembre.

Hugo abrió la puerta del coche.

—Mañana a las ocho y media vengo a recogerte —le advertí.

—Mi sesión empieza a las nueve. Estoy a dos minutos de la fundación. ¿Y si te prometo que a las ocho cincuenta estoy allí?

—No.

—Ocho cuarenta y cinco.

—Tampoco, Hugo Alda.

Se quedó con una pierna fuera del coche y me miró.

—Me gusta cuando me llamas Hugo Alda.

—Pues disfruta del momento. A las ocho y media.

Sonrió, cogió la funda del traje y cerró la puerta.

Lo vi entrar en el edificio antes de arrancar.

El programa todavía no había empezado y Hugo ya había conseguido quedarse con buena parte de mi domingo, pasar una hora reclamando una maleta, discutir conmigo sobre la sesión del día siguiente, entrar en mi casa y salir de ella vestido con el traje que había comprado para otro hombre.

Y aún le quedaban treinta días en Madrid.

Treinta.

Arranqué el coche y pensé que aquello no podía ser tan difícil.