No me vuelvas loca
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Capítulo 1
Lo peor de Hugo Alda era que nadie me lo había impuesto. Había sido idea mía.
Es más, durante semanas había defendido ante todo aquel que quisiera escucharme que contar con él podía convertir aquella edición del Programa Ejecutivo de Innovación y Crecimiento Empresarial en una de las mejores que habíamos organizado en la Fundación Aristeo.
Y no me había equivocado. Las plazas se habían agotado mucho antes de lo previsto y teníamos una lista de espera que justificaba de sobra el dineral que costaba matricularse.
En lo profesional, Hugo era exactamente lo que necesitábamos.
En cuanto a lo personal, a las ocho y cuarto de la tarde del primer día de noviembre, mientras conducía hacia Barajas para recogerlo, empezaba a parecerme que quizá habría sido mejor necesitar a otro.
Llevábamos varias semanas intercambiando correos, llamadas y alguna videollamada, un tiempo más que suficiente para que yo hubiera descubierto dos cosas sobre él.
La primera era que tenía una trayectoria impresionante. Había fundado ALDA en Nueva York, una compañía dedicada a poner en contacto a empresas con profesionales altamente especializados para proyectos concretos que no había dejado de crecer en los últimos años.
La segunda era que resultaba casi imposible lograr que respetara una agenda.
Había cambiado dos veces la hora de una videollamada, si me decía que me llamaba a la una lo hacía a las cuatro, había tardado cinco días en confirmar una cena que llevaba cerrada desde septiembre y, tres días antes de viajar a Madrid, me había preguntado si podríamos modificar una de sus sesiones porque se le había ocurrido una idea que, según él, «podía estar muchísimo mejor».
Pero no podíamos.
Por supuesto que no, entre otras cosas, porque los programas ya estaban impresos, a todo color y en papel de alto gramaje, y no pensaba llamar otra vez al de la imprenta para comunicarle que Hugo Alda había tenido una ocurrencia.
Por eso iba yo a buscarlo. Aristeo podía haber enviado un coche al aeropuerto, por supuesto.
Pasta había para aburrir…
La Fundación Aristeo era una institución privada dedicada a la formación de directivos y profesionales, con programas ejecutivos, seminarios y encuentros a los que acudían cada año algunos de los nombres más importantes del mundo empresarial.
Yo coordinaba sus programas y eventos y, aquel noviembre, Hugo Alda era mi responsabilidad.
Y mi absoluta culpa.
También podía haber dejado que Hugo cogiera un taxi como cualquier adulto de treinta y cinco años que hubiera conseguido fundar una empresa sin morir atropellado antes.
Pero su avión aterrizaba un domingo por la tarde, el programa duraba un mes, empezaba a la mañana siguiente y yo quería tenerlo localizado, instalado en su apartamento y, a ser posible, en condiciones de presentarse el lunes a las nueve en el lugar que figuraba en su agenda.
No me parecía pedir demasiado.
Hasta que llegué a Barajas.
Su vuelo había aterrizado puntual.
Hugo también había salido puntual.
Su maleta, no.
Lo encontré junto a una de las cintas de equipaje, con una mochila colgada de un hombro y la expresión tranquila de un hombre que estaba viendo desaparecer las últimas maletas sin que ninguna fuera la suya.
Me reconoció antes de que yo llegara hasta él.
—Cecé.
Me detuve.
Joder, después del tiempo que llevábamos hablando me llamaba Cecé. ¿De verdad que aún no se había aprendido mi nombre?
—Clara.
—Ya sé que eres Clara. Clara Cid. Cecé.
Eso fue lo primero que me dijo Hugo Alda en persona tras estrecharme la mano con fuerza.
Lo segundo fue:
—Tenemos un pequeño contratiempo.
Miré la cinta vacía.
—Ya lo veo.
Y entonces sonrió.
En las videollamadas ya había comprobado que era atractivo.
Más que eso. Estaba como un tren.
Lo cual me había parecido completamente innecesario, porque un empresario invitado no necesitaba tener el pelo oscuro, los ojos de ese color indefinido que unas veces parecía verde y otras no, ni esa clase de sonrisa que seguramente le había solucionado más de un problema a lo largo de su vida.
Y también le habría metido en un montón de líos.
Mejor no saber. Y en persona estaba todavía más cañón.
—¿Cuánto hace que no sale ninguna maleta? —pregunté.
—Un rato.
—¿Cuánto es un rato?
—No sé, Cecé. No lo he cronometrado.
—Clara.
—Eso.
Hugo miró la cinta como si todavía confiara en que la suya apareciera por algún misterioso mecanismo reservado a los optimistas.
—¿No me puedes decir cuánto tiempo llevas esperando?
—No sé. Diez minutos —respondió él.
—Entonces tu maleta no va a salir.
—Qué positiva eres.
—Soy realista.
—Eso dicen siempre los pesimistas.
Lo miré.
Llevaba menos de media hora en Madrid y solo pude pensar en lo largo que se me iba a hacer aquel mes.
Tardamos casi una hora en salir del aeropuerto.
Reclamación, formulario, descripción de la maleta y promesa de que nos llamarían en cuanto la localizaran.
Para entonces yo sabía que la maleta era grande, gris, pesaba veintitrés kilos y contenía prácticamente todo lo que Hugo necesitaba para pasar un mes en Madrid.
—¿Qué llevas en la mochila? —quise saber temiéndome lo peor.
—El portátil.
—¿Y qué más?
—Cargadores, documentación, ropa interior, calcetines, una camiseta...
—¿Algo decente para ponerte mañana?
—Si fuera un pitufo, me cabría un traje en una mochila. Pero mido uno noventa.
—¿Camisa? —resoplé.
—No.
—¿Zapatos?
—Los que llevo puestos.
Bajé la vista.
Llevaba unas zapatillas Salomon oscuras que podían ser estupendas para cruzar Manhattan, subir una montaña o huir de mí, pero no eran lo que habíamos previsto para inaugurar el programa a la mañana siguiente.
—Fantástico.
—Tengo calzoncillos limpios —dijo—. Intento que te centres en lo positivo.
—Mañana tienes una sesión ante cuarenta personas que han pagado una fortuna por estar allí.
—Cuarenta y dos.
—¿Qué? —repliqué, mirándolo perpleja.
—Son cuarenta y dos.
—Sé cuántos son. Los he matriculado yo. Lo estaba redondeando.
Volvió a sonreír.
Empecé a comprender que le divertía picarme.
El trayecto hacia Madrid confirmó mis sospechas.
No habíamos dejado atrás el aeropuerto cuando bajó un poco la radio sin preguntarme y dejó el móvil sobre la consola central de mi Volvo.
Lo miré de reojo y después volví a mirar la carretera.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Nada.
Cogió el teléfono y se lo guardó en el bolsillo.
—Sientes que he invadido tu espacio.
—No. Siento que llevas diez minutos conmigo y ya te comportas como si pagaras la mitad del Volvo.
—No. Para eso tendría que buscar una emisora de música electrónica y marcar el ritmo con mis pies encima del salpicadero. Calzo un cuarenta y siete. Aunque también puedo abrir la guantera. Y probarme las gafas de sol que seguro que llevas.
—Qué perspicaz. Pero con la radio no tengo problema, puedes poner la música que quieras.
Hugo se puso a buscar emisoras y dejó Hit FM. Luego, subió la temperatura del coche un par de grados.
—Me gusta sentir calorcito.
—Ya —farfullé, convencida de que solo quería tocarme las narices.
—¿A ti no?
—Me gusta la temperatura que tenía, pero, como eres mi invitado, me jodo con gusto.
—Qué amable.
Y tras decir esto, volvió a dejar la temperatura como estaba.
—Esta es buena.
—¿La temperatura?
—La canción.
Y se puso a tararearla mientras dejaba vagar la vista por la ventanilla.
Seguí conduciendo callada y, a la altura de la M-30, Hugo decidió que era un buen momento para hablarme de la sesión del lunes.
—Quiero cambiar una cosa mañana.
—No.
—Todavía no te he dicho cuál.
—Me estoy adelantando.
—El ejercicio que te mandé.
—Está impreso —le recordé lanzándole una mirada amenazante.
Pero al tío le dio lo mismo…
—Ya, pero se me ha ocurrido otro mejor en el avión.
—Claro que sí.
—Te va a gustar.
—No.
—¿Cómo sabes que no?
—Porque son casi las diez de la noche de un domingo y mañana a primera hora tenemos cuarenta y dos personas esperando que todo funcione como llevan semanas creyendo que va a funcionar.
Se quedó callado unos segundos.
—A veces las cosas funcionan mejor cuando no salen como estaba previsto.
—Odio que las cosas no salgan como estaban previstas.
—Pues a mí me encanta. Las reglas están bien hasta que se te ocurre algo mejor.
—No vamos a tocar nada del programa. La gente ha pagado por una cosa y no le vamos a dar otra.
—Le vamos a dar otra mejor —insistió alzando las cejas.
—Otra mejor y vestido, ¿cómo?
—Puedo lavar esta noche la ropa en la bañera. Igual por la mañana está seca.
No supe si hablaba en serio, pero yo sí:
—¿Qué talla usas?
Giró la cabeza.
—¿Perdón?
—De traje.
—La cincuenta y dos.
—Creo que tengo uno que podría servirte.
—¿De qué? ¿De novio cadáver? —me preguntó mordaz.
—No me disfrazo en Halloween. Pero tengo un traje en casa.
—¿De tu pareja?
—No tengo pareja. Pero tengo un traje.
—¿De quién?
—Era un regalo —le respondí al muy cotilla.
—¿Y ahora qué es?
—Se lo compré a mi ex por su cumpleaños.
Hugo se acomodó en el asiento.
—¿Y qué hizo el pobre hombre para no llegar a estrenarlo?
—Dejó de ser mi novio tres días antes de su cumpleaños.
—Eso explica el traje. No explica por qué todavía lo tienes.
—Porque es nuevo, porque me costó un dineral y porque tirar cosas en perfecto estado me parece una estupidez.
—No soy psicólogo, pero si guardas ropa de tu ex, tal vez es porque…
—No guardo ropa de mi ex. Guardo un traje que nunca llegó a ser suyo. Y creo que te puede servir.
—Ah, ¿sí? —preguntó, curioso.
—Más o menos sois de la misma altura y complexión.
—Te gustan como yo.
—Me gustaba mi ex —le paré en seco.
—Pero era como yo.
—Con menos pelo.
—¿Te gustan con poco pelo?
—¿Qué más da cómo me gusten? La cosa es que tengo un traje.
—¿Y cómo era tu novio? ¿Moderno?
—¿Tengo pinta de tener un novio moderno? —repliqué casi ofendida.
—Igual te dio por salir con un tío que llevaba trajes de esos fluorescentes que se ponen los futbolistas cuando descubren la moda.
Su respuesta me hizo reír, pero me aguanté las ganas y repliqué:
—Era dentista.
—¿Era?
—Supongo que sigue siéndolo. Y es un hombre serio. El traje es oscuro. De corte clásico.
—¿Y por qué no lo devolviste?