EPÍLOGO
Dos años después.
—¡Ya está aquí mi zascandil!
Inés abrió la puerta de su casa con los brazos extendidos y una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Abuela! —exclamó Hugo—. ¡Feliz Navidad!
—Sí, sí, feliz Navidad, hijo. Pero aparta un poquito, que quiero ver al nuevo dueño del título.
Hugo se volvió hacia mí, fingiendo indignación.
—¿Has oído eso, Cecé? Me han quitado el título.
—No te preocupes, cariño. Siempre podrás presumir de haber sido el primero.
—¡Ay, pero qué cosa más bonita! —canturreó Inés, acercándose al portabebés que Hugo llevaba en la mano—. ¡Qué guapo está mi Mateo! ¡Ven con tu bisabuela, mi vida!
Nuestro hijo, que acababa de cumplir tres meses, abrió los ojos al escuchar aquella voz tan entusiasta y movió los bracitos.
—Abuela, que acaba de dormirse en el coche —advirtió Hugo.
—¡Pues ya se volverá a dormir! ¡No voy a dejar de saludar a mi bisnieto porque tenga sueño!
—Ya sabes cómo es tu abuela —le recordé a Hugo.
—Demasiado bien.
Inés se inclinó sobre Mateo y le acarició una mejilla.
—¡Ay, qué mofletitos! ¡Si está para comérselo! ¿Y este gorrito tan precioso?
—Se lo ha regalado Jacqui —le expliqué—. Nos lo mandó desde Nueva York.
—¡Solo a ella se le ocurre regalarle al niño un gorro de Prada! Ahora que… ¡cómo le queda! ¡Está guapísimo! Aunque con esta carita, cualquier cosa le sienta bien.
Mateo abrió la boca en un bostezo enorme.
—Está intentando decirte que tiene sueño —comentó Hugo.
—¡Qué va! Está saludando a su bisabuela y me está diciendo que yo también estoy guapísima con este vestido de cuando tenía treinta y ocho años.
—¿A que sí, mi gordi?
Mateo frunció el ceño y su bisabuela solo pudo interpretarlo de una manera:
—¡Ya lo sé, bonito! Me queda mejor ahora que cuando era joven.
—Claro, abuela. En su idioma.
Inés soltó una carcajada y nos hizo pasar.
Como cada Nochebuena, su casa estaba llena de gente.
Se oían villancicos, conversaciones que se mezclaban unas con otras y el tintineo de las copas.
El árbol de Navidad ocupaba prácticamente el mismo rincón de siempre, aunque aquella vez las bolas de las ramas inferiores estaban colocadas bastante más arriba.
No me costó imaginar quiénes eran los responsables.
—¿Dónde están Mario y Javi? —pregunté.
—Por ahí, haciendo alguna barbaridad. ¡Esta tarde casi me desmontan el belén! Pero son unos benditos.
—Sí, abuela —murmuró Hugo—. Unos benditos.
Inés me agarró del brazo antes de que pudiéramos avanzar hacia el salón.
—Espera un momentito, Clarita. Que quiero preguntarte una cosa.
Hugo puso los ojos en blanco.
—Ya empezamos.
—Tú ve saludando a tu madre, hijo. Que hace un rato estaba preguntando por ti.
—¿Y Mateo?
—¡Mateo se queda conmigo!
—Abuela, espera, que primero voy a quitarle el abrigo y a sacarlo del portabebés.
—Ay, ¡qué pesado eres! ¡Igualito que tu padre!
Hugo se llevó el portabebés al salón y, después de quitarle a Mateo el abrigo y su flamante gorrito de Prada, lo acomodó contra su pecho, mientras Inés me conducía unos pasos hacia el pasillo.
—Bueno, hija, ¿qué tal tu padre? ¿Y Bea y Daniela?
—Estupendamente. Venimos de cenar con ellos. Los hemos dejado en casa. Daniela quería venirse con nosotros, pero mañana tiene que madrugar para abrir los regalos.
—¡Ay, Daniela! ¡Qué niña más salada! ¿Y qué tal se porta con Mateo?
—Está loca con él. Para ella es como el hermanito pequeño que nunca ha tenido. Se pasa el día diciendo que es su tía y que nadie sabe cuidarlo mejor.
—¡Qué bonita familia habéis formado!
—La verdad es que sí.
—¿Y tu padre? ¡Ese sí que debe de estar como loco con su nieto!
—No te haces una idea. Cada vez que vamos a su casa, me lo quita de los brazos antes de que me haya quitado el abrigo. El otro día apareció con una trona.
—¿Una trona? ¡Pero si todavía es muy pequeño!
—Eso mismo le dije yo. Y me contestó que así ya la tenía preparada.
—¡Ay, Román! ¡Qué hombre más maravilloso!
—Sí que lo es.
—¡Y qué guapo estaba el día de vuestra boda, Clarita! Con aquel traje oscuro… ¡Madre mía!
—Estaba muy elegante.
—¡Elegante se queda corto! Y Bea, tan contenta, del brazo de semejante hombre.
—Normal. Es su pareja.
—¡Porque se me adelantó! Que, si no, otro gallo habría cantado.
—¡Inés!
—Te soy muy sincera. ¡Y que Bea tenga mucho cuidado, que todavía estoy a tiempo de quitárselo!
—¡Pero si estás encantada con Bea!
—¡Y lo estoy! Es una mujer estupenda. Pero una cosa no quita la otra. ¡Tu padre es el tipo de hombre por el que me jugaría las rodillas!
Me tapé la cara, muerta de risa.
—No pienso contarle esta conversación.
—¡Ni se te ocurra! Aunque, si algún día Bea se cansa de él, ya sabes dónde encontrarme.
—No creo que suceda. Están muy felices juntos.
—Me alegro muchísimo, hija. De verdad.
Su expresión se suavizó y me apretó la mano.
—¿Y tú, Clarita? ¿Cómo estás?
—Muy bien.
—¿De verdad?
—De verdad. Un poco cansada, eso sí. Mateo todavía se despierta por las noches y entre el trabajo y todo lo demás…
—¿Has vuelto a Aristeo?
—Claro. Me reincorporé hace unas semanas. He reducido un poco el horario de momento, pero sigo coordinando los programas. Y ya estamos preparando las actividades del año que viene.
—¡Muy bien hecho! ¿Y Hugo? Lo tenemos atadito, ¿no?
—Atar a Hugo es complicado. Entre la sede de Madrid, los viajes y las reuniones con Nueva York, no para. Aunque desde que nació Mateo procura llegar antes a casa.
—¡Como debe ser! Que el niño también necesita a su padre.
—Y su padre al niño. No sabes cómo se le cae la baba.
— L o estoy viendo desde que habéis llegado.
—Es un padrazo.
Inés se frotó las manos, se acercó un poco más a mí y cuchicheó:
—Bueno, Clarita. ¿Qué me dices?
—¿De qué?
—De nosotras.
—¿De nosotras?
—¡De nuestro equipo, hija! ¡Pim, pam, pim, pam! ¡Mira todo lo que hemos conseguido!
Miré hacia el salón. Hugo sostenía a Mateo contra su pecho mientras hablaba con su hermana. El niño tenía una manita apoyada sobre la solapa de su chaqueta.
—No nos ha salido mal —reconocí.
—¡No nos ha salido mal, dice! ¡Nos ha salido de maravilla! Mi nieto se quedó en Madrid, vosotros os casasteis y ahora tenemos a este angelito. ¡Si es que somos unas artistas!
—Bueno, tampoco vamos a atribuirnos todos los méritos.
—¡Claro que sí! Aunque reconozco que Hugo también ha puesto algo de su parte.
—Sobre todo para lo de Mateo —repliqué, risueña.
Inés abrió mucho los ojos y soltó una carcajada tan escandalosa que Hugo volvió la cabeza desde el salón.
—¡Clarita! ¡Qué cosas dices!
—¡Si has empezado tú!
Me abrazó por los hombros.
—Ay, hija. Qué feliz me hace veros así.
La abracé también.
—Y a mí tenerte cerca, Inés.
—Pues ya sabes. Nosotras juntitas, haciendo equipo. Hasta el final.
—Hasta el final —repetí.
—Y ahora vamos, que como tardemos mucho, mi nieto va a pensar que estamos tramando algo.
—Es que estamos tramando algo.
—¡Pues por eso, hija! ¡Hay que disimular!
Regresamos al salón entre risas.
Hugo estaba sentado en el sofá, con Mateo dormido sobre su pecho. Tenía una mano apoyada en su espalda y hablaba en voz baja con Maribel, mientras Mario y Javi discutían por el mando de un coche teledirigido.
Me detuve un instante a observarlos.
Dos años atrás, Hugo había llegado a Madrid para pasar un mes. Yo había ido a recogerlo a Barajas con una agenda perfectamente organizada y el firme propósito de que todo saliera según lo previsto.
Ahora aquel hombre era mi marido.
Y el niño que dormía sobre su pecho, nuestro hijo.
Seguíamos viviendo en Madrid, en un piso de Chamberí con espacio de sobra para mis libros, sus trajes, una lámpara de Ikea gigante y todos los juguetes que empezaban a invadir el salón.
Yo continuaba trabajando en Aristeo y Hugo seguía dirigiendo ALDA, aunque ambos habíamos aprendido a reorganizar nuestras agendas cuando Mateo decidía que tenía otros planes.
Mi padre estaba encantado con su papel de abuelo.
Mi madre todavía no había encontrado el momento de venir desde Menorca a conocer a su nieto.
Primero había sido el tiempo, después una molestia en el pie y, últimamente, no recordaba qué otra cosa.
Seguía prometiendo que vendría en cuanto pudiera.
Bea presumía de nieto postizo y lo tenía de fondo de pantalla.
Daniela se había convertido en una tía entregadísima, convencida de que nadie, absolutamente nadie, sabía hacer reír a Mateo como ella.
Y yo…
Yo era feliz.
Hugo levantó la mirada y sonrió al verme.
—Ven aquí, Cecé.
Me senté a su lado y acaricié la cabecita de Mateo.
—Está frito.
—Se ha vuelto a dormir en cuanto he empezado a hablarle.
—Eso dice mucho de tus dotes de conversador.
—Muy graciosa.
Me besó en la mejilla.
—¿Qué te ha dicho mi abuela?
—Nada.
—Cecé…
—Cosas nuestras.
—Seguís conspirando.
—Desde el primer día.
Hugo negó con la cabeza, divertido.
—Algún día me contaréis qué os traéis entre manos.
—No cuentes con ello.
Mateo se removió sobre su pecho y dejó escapar un pequeño quejido. Hugo bajó la mirada inmediatamente.
—Eh, campeón. Tranquilo, que papá está aquí.
Le acarició la espalda con una delicadeza que todavía conseguía emocionarme.
—¿Sabes una cosa? —musité.
—Dime.
—Nunca imaginé que acabaríamos así.
—¿Con un niño dormido encima y mi abuela a punto de ponernos a todos a cantar villancicos?
—Entre otras cosas.
—Yo tampoco.
—Pero no cambiaría nada.
Hugo sonrió.
—Ni yo.
Me incliné para besarlo, procurando no despertar a Mateo.
—Te quiero, Hugo.
—Y yo a ti, Cecé.
En aquel momento, nuestro hijo abrió los ojos y empezó a protestar.
—Ya está —murmuré—. Se acabó la tranquilidad.
Hugo lo acomodó entre sus brazos y dijo:
—Creo que alguien quiere participar en la conversación.
—Ha salido a ti. No soporta que nadie tenga la última palabra —repliqué.
—¿A mí? ¡Si es igualito que tú! —refunfuñó Hugo.
—¡Hugo!
Se echó a reír y me besó otra vez.
—Te quiero, Cecé.
—Y yo. Incluso cuando me vuelves loca.
—Y no pienso dejar de hacerlo —replicó él.
—Eso espero.
Mateo soltó otro quejido, bastante más indignado que el anterior.
—Y ahora somos dos —añadió Hugo.
Me eché a reír.
Miré a mi marido, a nuestro hijo y a toda aquella familia que seguía celebrando la Navidad a nuestro alrededor.
Durante años había intentado organizar mi vida hasta el último detalle. Había hecho listas, preparado agendas y procurado anticiparme a cualquier imprevisto.
Pero nada de lo que tenía delante aquella noche había figurado jamás en mis planes.
Y, sin embargo, no podía imaginar una vida mejor.
Porque aquellos dos iban a volverme loca.
Y yo iba a quererlos con locura.
FIN