Capítulo 9 «Mamá, ¿estás bien?»
Amelie tiene cuatro años.
Y creo que recién ahora está empezando a darse cuenta de que hay ciertas cosas en el cuerpo de mamá que no están en el suyo.
No sabe que hubo una época en la que yo tenía que pincharme las puntas de los dedos para saber cuánta azúcar había en mi sangre.
No sabe qué significa una flecha hacia arriba o una flecha hacia abajo.Y, por ahora, prefiero que sea así.Ella solamente sabe que mamá tiene unas cosas que no se tocan.
Mi Dexcom.Mi bomba.No le llaman demasiado la atención.
No parece tener esa curiosidad enorme que uno imaginaría que tendría un niño al ver una máquina pegada al cuerpo de su mamá.
Simplemente forman parte de mí.Como mis brazos.Mi pelo.Mis ojos.Mi bomba.Mi Dexcom.Mamá.Pero sí es cuidadosa.Sabe dónde están.
Cuando se acerca a mí, tiene cuidado con las áreas donde llevo mis dispositivos.
Y algunas veces me observa.Especialmente cuando estoy cansada.Entonces aparece una pregunta.
“Mamá, ¿estás bien?”No me pregunta:“¿Tienes la azúcar alta?”No me pregunta:“¿Te estás bajando?”No pregunta si necesito insulina.No sabe hacer esas preguntas todavía.Simplemente sabe que algo en mamá se ve diferente.
“Mamá, ¿estás bien?”Y algunas veces quisiera que no pudiera notarlo.
Esa quizás sea una de las contradicciones más extrañas de ser mamá con diabetes tipo 1.
Quiero que mi hija conozca mi condición.Quiero que algún día entienda qué hacer si mamá necesita ayuda.Quiero que sepa que mis dispositivos no son juguetes.
Quiero que entienda por qué algunas veces tengo que parar lo que estamos haciendo.
Quiero enseñarle.Pero no quiero que me vigile.
No quiero que una niña crezca sintiendo que tiene que cuidar a su mamá.Yo conozco demasiado bien el peso de sentir que alguien necesita estar pendiente de tus números.
Ella es mi hija.Yo soy su mamá.Quiero que su trabajo sea ser niña.Pero mi niña ya no es tan bebé.Y esa frase me duele un poquito escribirla.
Porque siento que hace nada pesaba ocho libras y diez onzas y estaba encima de mi pecho.Hace nada estaba preparando botellas.Hace nada me despertaba preguntando dónde estaba mi bebé.
Ahora habla.Pregunta.Observa.Entiende.Dentro de poco cumplirá cinco.Y cuando menos lo espere tendrá quince.Quizás entonces sí me pregunte directamente: “Mami, ¿cuánto tienes la azúcar?”Y quizás un día mire mi pantalla antes que yo. Quizás aprenda qué significa una alarma.Quizás me traiga un jugo.
Quizás me pregunte por qué mi páncreas no produce insulina.Quizás algún día lea este mismo libro.Y si lo hace, descubrirá cosas sobre su mamá que nunca pudo ver cuando tenía cuatro años.Descubrirá a la niña de La Tapia.A la niña que despertó en un hospital y salió con diabetes tipo 1.
A la adolescente que decía “105” cuando el glucómetro decía “501”.
A la muchacha que lloró por arroz con revoltillo.
A la joven de dieciocho años que vio la palabra PREGNANT y sintió que el mundo se le nublaba.
A la mujer que pasó horas pujando para conocerla.
A la mamá que, cuando ella tenía apenas un mes, se acostó a dormir a su lado con una glucosa que terminaría en 29.
A la mujer que años después entró a otro hospital porque esta vez fue ella misma quien entendió que necesitaba ayuda.
Quizás descubra muchas versiones de mí.Pero cuando tenía cuatro años no conocía ninguna de ellas.Para ella yo era solamente:Mamá.Y quizás algún día también entienda por qué algunas veces mamá estaba tan cansada.
No cansada de ella.Nunca de ella.
Cansada de hacer el trabajo de un órgano durante toda una vida.
Cansada de pensar.Cansada de calcular.Cansada de corregir.Cansada de alarmas.Cansada de responsabilidades.
Cansada de intentar ser mamá mientras mi propio cuerpo también necesitaba cuidados.Quizás algún día entienda por qué, algunas veces, cuando me miraba y preguntaba:
“Mamá, ¿estás bien?”yo necesitaba unos segundos antes de contestar. No sé cómo será Amelie a los quince.No sé cómo seré yo.
Espero que para entonces existan tecnologías todavía mejores.
Espero tener muchísimos años más de experiencia. Espero que ella continúe preguntándome cómo estoy.
Pero también espero que nunca sienta que mi bienestar es responsabilidad suya.
Porque después de pasar gran parte de mi vida dependiendo de que otras personas estuvieran pendientes de mí, hay algo que quiero enseñarle diferente. Amelie puede quererme.
Puede preocuparse por mí.Puede preguntarme cómo estoy.Pero no tiene que salvarme.Ese trabajo es mío.Mi trabajo es cuidar a mamá.Para que mamá pueda seguir cuidándola a ella. Por muchos años.Por muchísimos.O, como pensé cuando nació:por veinte mil años más.
Así que cuando mi niña de cuatro años me mira con esos ojos bonitos y me pregunta:
“Mamá, ¿estás bien?”la miro.
Y aunque algunas veces esté cansada, aunque haya tenido un día horrible, aunque mi azúcar haya decidido hacer lo que le dé la gana, hay una respuesta que cada año entiendo un poquito mejor.
Sí, mi amor.Mamá está bien.