No le entregues el lápiz Capítulo 8 Del otro lado
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Capítulo 8 Del otro lado

Pero un día me encontré del otro lado.Ahora era yo tomando vitales.

Ahora era yo escuchando las preocupaciones de los padres.Ahora era yo entrando a los cuartos.Ahora era yo viendo niños con diagnósticos que quizás todavía ni ellos mismos entendían.

Yo sé lo que es tener ocho o nueve años y que las personas a tu alrededor entiendan mucho mejor que tú lo que podría ocurrirle a tu propio cuerpo.

Sé lo que es crecer cansándote de un tratamiento. Sé lo que es querer ser normal.Sé lo que es escuchar:“Tienes que cuidarte.”Y pensar:Sí, ya sé.Pero nadie preguntarte:¿Estás cansada de tener que hacerlo?

Durante mi infancia hubo una endocrinóloga que, viendo que mi A1C continuaba alto, me dijo que tendría que dejar de verme si yo no comenzaba a tratar mejor mi diabetes.

Era una niña.Ahora trabajo con niños.

Y mientras más tiempo paso con ellos, menos entiendo aquella frase.Porque cuando un niño no está mejorando, mi primera pregunta no sería:

¿Por qué no estás haciendo lo que tienes que hacer? Quisiera saber:¿Qué está pasando?¿Entiendes tu diagnóstico?¿Tienes miedo?¿Te duele?¿Estás cansado?¿Hay alguien ayudándote?¿Hay algo pasando en tu casa?¿Te están haciendo bullying?¿Estás deprimido?¿Estás ansioso?

¿Simplemente quieres tener ocho años y estás cansado de que todos esperen que entiendas las consecuencias que pueden ocurrir cuando tengas treinta?

Porque algunas veces un niño no necesita otro adulto explicándole todo lo que está haciendo mal.Necesita un adulto dispuesto a descubrir por qué le está costando hacerlo bien.

Eso intento recordar cuando trabajo.No soy perfecta.No tengo todas las respuestas.

Y mi trabajo no es salvar a cada niño que entra por una puerta.Pero sí puedo decidir cómo se siente durante los minutos que pasa conmigo.

Así que intento hacerlo con amor.Con paciencia.Como me hubiese gustado que lo hicieran conmigo. Escucho.Hablo con ellos.Los aconsejo cuando puedo.Algunas veces hago un chiste.Algunas veces necesitan un abrazo.

Algunas veces simplemente necesitan que un adulto no los haga sentir como un problema que hay que resolver.

Y después salgo de trabajar y pienso en ellos.Más de lo que probablemente debería.Me pregunto cómo estarán.Si estarán mejor.Si aquello que los tenía preocupados se resolvió.

Y me llena de felicidad saber que, aunque sea por un momento pequeño, pude formar parte de su historia.

También veo a los padres diferente.Ahora entiendo un poquito mejor a mi mamá.Cuando era niña y mi glucosa estaba alta, yo veía enojo.

Ahora sé que muchas veces detrás del enojo de un padre hay miedo.

Miedo de no saber qué hacer.Miedo de tomar una decisión equivocada.

Miedo de que algo le pase a la persona que más aman en el mundo.Mi mamá veía un número alto y pensaba en mis riñones, mis ojos, mi futuro.

Yo solamente quería irme a jugar.Ninguna de las dos era mala.

Éramos una mamá asustada y una niña cansada intentando entender la misma enfermedad desde dos lugares completamente diferentes.

Ahora puedo ver ambos lados.Porque he sido la niña.Y ahora también soy mamá.

Hay niños que llegan cargando cosas que no se pueden medir con un termómetro.

Por eso existen preguntas.Escalas.Números.

Un PHQ-9 puede ayudarnos a identificar que algo está ocurriendo.

Pero después del número sigue existiendo una persona. Y eso es lo que nunca quiero olvidar.

Porque un número puede decirnos que necesitamos prestar atención.No puede contarnos una vida completa.

Un resultado de 3 hoy, con atención, apoyo y las herramientas adecuadas, algún día puede convertirse en 0.

Un A1C alto puede mejorar.Una niña con ansiedad puede aprender herramientas para manejarla.Un niño asustado puede crecer.Un diagnóstico puede cambiar una vida sin tener que convertirse en toda una identidad.Y una niña diagnosticada con diabetes tipo 1 puede algún día crecer y escribir su propia historia.

Ella.No la diabetes.

Algunas veces pienso en qué ocurriría si pudiera atender a aquella Karla pequeña.

La de La Tapia.La de los dedos pinchados.

La del arroz con pechuga que solamente quería arroz con revoltillo.

La que todavía no sabía qué era diálisis.La que un día se cansaría de chequearse.La que tendría un Dexcom.La que tendría una bomba.La que se convertiría en mamá.

La que algún día despertaría después de una glucosa de 29.La que terminaría en un hospital psiquiátrico después de finalmente admitir que necesitaba ayuda.

La que sobreviviría todo eso.La que terminaría aquí.

Si esa niña entrara hoy por la puerta de mi trabajo, creo que primero me agacharía un poquito para hablarle a su altura.

No empezaría por decirle todo lo que puede salir mal.

Ya tendrá una vida completa para aprenderlo.

Le explicaría lo que voy a hacer.Le daría tiempo.Tendría paciencia.Y si está asustada, se lo permitiría.Si está cansada, también.Quizás le enseñaría mi Dexcom.Quizás le enseñaría mi bomba.Y le diría:“Mira.”“Yo también.”No le prometería que será fácil.Porque no lo será.No le diría que un día dejará de importarle.Porque todavía me importa.

No le diría que aprenderá a controlar perfectamente su diabetes.

Porque yo todavía no puedo hacerlo.Le diría algo mucho más importante.Dale tiempo.Todavía no entiendes muchas cosas.Está bien.Un día las entenderás.

Y las cosas que todavía no entiendas, aprenderás a preguntar.

Vas a equivocarte.Vas a cansarte.Vas a llorar.Vas a tener números que no te gusten.Vas a tener días en los que vas a odiar esta enfermedad.

Pero un diagnóstico de diabetes puede ser el principio de una historia.

No tiene que ser quien la escriba.Esa parte te pertenece a ti.

En 2023 pensé que estaba empezando a trabajar en pediatría.Ahora creo que estaba cerrando un círculo.Durante años fui la niña que necesitaba que alguien tuviera paciencia.Hoy puedo ser esa persona para otra.Durante años necesité que alguien me recordara que detrás de todos mis números seguía existiendo Karla.

Hoy intento mirar detrás de los números de cada niño que conozco.Y quizás nunca vuelva a saber qué ocurrió con algunos después de que salieron por aquella puerta.Pero espero que, aunque olviden mi nombre, recuerden cómo los hice sentir.

Espero que recuerden que hubo alguien que los escuchó. Que no los juzgó.Que tuvo paciencia.Que los trató con amor.

Porque después de todos estos años entendí algo que ninguna máquina puede medir:algunas veces no podemos cambiar el diagnóstico de un niño.

Pero sí podemos cambiar la manera en que ese niño aprende a vivir con él.Y si puedo regalarle eso aunque sea a uno,

entonces aquella niña de ocho años pasó por todo esto para convertirse en alguien de quien estaría muy orgullosa.