Capítulo 32 #2
Votaron tres cosas. Que Basilio fuera presidente hasta la siguiente junta ordinaria, por unanimidad de los presentes, aunque él dijo que no se enteraba de nada y que alguien tendría que leerle los papeles en voz alta.
Que la comunidad contratara directamente a Andrés Gil para el mantenimiento del edificio, por el mismo sueldo que le pagaban las seis fincas, con cuatro votos a favor y dos abstenciones; Lucía Ortega fue la que lo propuso.
Y que se colocara junto a la puerta del cuarto de contadores un pequeño estante de madera, a la altura de una mano, para que quien quisiera pudiera dejar flores sin tener que ponerlas en el suelo.
Eso también lo propuso Lucía. Nadie votó en contra.
Al terminar, en el portal, Lucía se acercó a Inés con el bebé en la mochila.
—No te pido perdón por lo del otro día —dijo—. Porque no sabía. Pero te pido perdón por haberle dicho lo del notario.
—No hace falta.
—Sí hace falta. —Lucía bajó la vista hacia el bebé, que dormía con la boca abierta—. Tenía tanta rabia que se lo dije para que te hiciera algo. Para que te fastidiara. No pensé que… —No terminó—. Vamos a vender igual. A una familia. Con una inmobiliaria. Nos darán menos. Da igual.
Subió la escalera. Al día siguiente dejó en el felpudo del 3B un táper de croquetas de jamón con una nota: Están congeladas. 4 minutos por cada lado.
Nuria Soler llamó el jueves. Brisa había decidido salir del Olmo 17: vendería el cuarto B a quien quisiera comprarlo y no reclamaría nada a la comunidad, a cambio de que la comunidad tampoco reclamara nada a Brisa. Ella había dejado de llevar la cuenta de la promotora.
—No sé si me han apartado o me he apartado yo —dijo—. Supongo que las dos cosas.
—Lo siento.
—No lo sientas. —Una pausa—. He mirado todos los informes técnicos de todas las operaciones que he firmado en los últimos cinco años. Uno por uno. El membrete, la firma, la plantilla, la fecha. Me ha llevado tres noches. —Otra pausa—. No he encontrado nada más. Pero ahora los miro.
El viernes, una semana después, Inés fue al cementerio de Torrero.
No había vuelto desde el entierro. El nicho de su madre estaba en una galería del sector nuevo, en la cuarta fila, con una lápida de mármol gris con letras doradas que había elegido ella misma en la funeraria en diez minutos, sin pensar, el día después de la muerte.
Pilar Roldán Esteve. 1959-2025. Nada más.
Ni una frase. En septiembre no se le había ocurrido ninguna.
Se quedó de pie delante del nicho mucho rato. Hacía frío y un viento seco que arrastraba hojas por los pasillos de cemento entre las galerías. Había un hombre mayor dos filas más allá limpiando una lápida con un trapo y un bote de cristal con agua.
Inés había pensado durante todo el trayecto en el autobús qué le iba a decir. No se le había ocurrido nada. Ahora, delante del mármol gris, tampoco.
Sacó del bolso un palito de canela que había cogido de la cocina al salir, sin saber muy bien por qué, y lo dejó en el pequeño reborde de la lápida, junto a un jarrón de plástico vacío.
—Lo he encontrado —dijo en voz alta. Le sonó raro, su voz en aquel pasillo vacío—. Todo. Lo del techo, lo de las derramas. Lo que querías que encontrara.
El hombre de dos filas más allá la miró un segundo y siguió limpiando.
—Lo he dado. A quien tenía que ser. A su hermana. Y a un juez. —Inés tragó saliva—. Y he dicho que lo firmaste tú. No he dicho que estabas enferma ni que tenías miedo, aunque es verdad. He dicho que lo firmaste. Porque es lo que pone.
No lloró. Le pareció que tampoco hacía falta.
—No sé si te perdono —dijo—. No sé si es cosa mía perdonarte. Creo que no. Creo que eso es cosa de otra gente. —Se metió las manos en los bolsillos del abrigo—. Pero ya no estoy enfadada contigo por no habérmelo contado. Ya sé por qué no me lo contaste. Y eso no lo arregla, pero lo entiendo.
El viento movió el palito de canela y lo hizo rodar hasta el borde del reborde. Inés lo sujetó con un dedo y lo volvió a colocar.
— Perdóname el desorden —dijo—. Mamá, el desorden era lo de menos.
Se quedó un rato más. Luego se fue.
Esa noche llamó a Concha.
—Me voy a quedar un tiempo —dijo—. En Zaragoza. En el piso.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé. Hasta que pase lo primero del juzgado. Hasta enero, por lo menos. —Inés miró la cocina de su madre, la caldera con su piloto azul, el registro del techo con sus cuatro tornillos—. No lo voy a vender. Por ahora.
Concha se quedó callada un momento.
—Hay un fondo ahí, en Zaragoza, de una fundación privada, que lleva dos años esperando que alguien lo mire —dijo al fin—.
Protocolos notariales del siglo dieciocho, con humedades.
Me pidieron presupuesto en verano y les dije que no tenía gente.
Si quieres, les llamo el lunes y les digo que ahora sí.
—¿Lo dices en serio?
—Yo nunca digo nada en broma con los protocolos notariales. —Concha hizo una pausa—. Primero se mira. Luego se toca. Tómate tu tiempo, Inés.
Colgó.
Inés se quedó sentada en la cocina. Por la ventana del patio se veía la luz del 4A encendida, con la cortina descorrida, y a Sara de pie junto a la encimera, cortando algo en una tabla.
La ventana del segundo A, abajo, seguía a oscuras, con la persiana bajada.
La de Basilio tenía la luz azul de la tele.
Se levantó, fue al recibidor y descolgó el abrigo camel de su madre del perchero.
Lo miró un rato. Luego, en lugar de meterlo en una bolsa, lo llevó al dormitorio, lo colgó en una percha y lo guardó en el armario empotrado, en la barra, al lado de los otros abrigos de Pilar, con las perchas bien separadas.
Encima, en el estante largo, en el hueco del rectángulo de polvo, colocó la caja azul con cantoneras metálicas y la etiqueta escrita a mano.
CASA. La había abierto el sábado: estaban las escrituras, los recibos, las garantías, el contrato de la luz de 1994.
Todo. Roberto no había tocado nada. No había nada que tocar.
Nunca había habido nada en aquella caja más que la casa.
Cerró el armario con cuidado, como quien cierra una vitrina.