Epílogo
—Lo han reabierto —dijo Sara.
Inés dejó la espátula.
En el último párrafo, el juez dejaba constancia de que las cuestiones relativas a la eventual prescripción de alguno de los delitos se resolverían en el momento procesal oportuno.
—Que quiere decir que no lo sabe todavía —dijo Marta, quitándose las gafas—. Ni yo. Pero que no lo descarta, que es más de lo que tenía hace dos meses.
Sara no dijo nada durante un rato. Luego cogió el auto, lo leyó entero ella sola, en silencio, de pie junto a la ventana de la cocina, y cuando terminó lo dobló en tres y lo guardó en la carpeta azul, la de su madre, encima de todo lo demás.
—¿Cuánto? —preguntó.
—¿Hasta un juicio, si lo hay? —Marta se encogió de hombros—. Años, Sara. Puede que años.
—Vale.
Lo dijo sin pena. Como quien dice vale a la previsión del tiempo.
Era domingo, 18 de enero, y en Zaragoza hacía el frío seco y limpio de los días sin cierzo, con un cielo azul pálido que se volvía naranja muy pronto, hacia las cinco y media.
Inés había pasado la tarde, aunque fuera domingo, en el taller provisional que la fundación le había habilitado en un bajo del barrio de San Pablo, una sala con techos altos, una mesa de luz prestada y dos deshumidificadores que zumbaban todo el día como neveras.
Los protocolos eran de un escribano de la parroquia de San Felipe, ciento cuarenta legajos con los cantos comidos por la humedad y algunos con hongos.
Le quedaban, calculaba, siete meses. Concha la llamaba los viernes para preguntarle cómo iba y para quejarse del diocesano, que seguía esperando.
Volvió a casa andando, por la avenida de Madrid, con las manos en los bolsillos y la bufanda roja de lana de su madre al cuello, la que tenía el dobladillo deshilachado.
En el portal del Olmo 17, la luz se encendió con el minutero y aguantó lo suficiente.
Junto a la puerta gris del cuarto de contadores, a la altura de una mano, había un estante de madera de pino barnizado, pequeño, con un reborde para que no se cayera nada.
Lo había hecho Andrés en una tarde, con restos de una obra.
Encima había un vasito de cristal con tres ramitas de romero fresco.
Inés no sabía quién las había puesto. Últimamente aparecían cosas en ese estante: una vez una vela, otra vez un clavel, otra vez un caramelo de eucalipto que Inés estaba casi segura de que era de Remedios.
En el tablón de anuncios había un aviso nuevo, con la letra grande y redonda de Basilio: La próxima junta ordinaria será en febrero. Se ruega traer propuestas para el color de la escalera. Verde no.
Al lado, otro: SE VENDE 1.º B. Interesados, contactar con… y el teléfono de una inmobiliaria.
Inés subió a pie. En el segundo, la puerta del 2B tenía un cartel de una agencia en la mirilla, junto a la pegatina de bebé a bordo .
La del 2A seguía igual: cerrada, sin felpudo, sin nombre, con la cerradura de seguridad de doble cilindro.
Nadie había entrado allí desde noviembre, salvo la policía, una vez, con una orden, para llevarse dos llaves con etiquetas de plástico verde y una carpeta de cartón azul.
Inés pasaba por delante de esa puerta todos los días.
Había aprendido a no mirarla y a no dejar de mirarla, las dos cosas a la vez.
En el rellano del tercero, el felpudo de BIENVENIDOS seguía en su sitio, gastado.
El cilindro plateado brillaba en la puerta.
Era el mismo que había puesto Germán el sábado 8 de noviembre a las siete y media de la tarde, y a veces, al meter la llave, Inés se acordaba del ruido seco del primer giro y de la mano áspera y caliente del cerrajero y de su frase: al 091, y en el momento .
Abrió. Entró. Cerró. Echó la llave, una vuelta. No echó la cadena.
La casa olía a canela, a café y a la cola de almidón de trigo que usaba para los injertos de papel y que se había traído del taller en un bote de cristal.
En el salón, la mesa de su madre estaba cubierta de papel secante, de pinceles, de pesos de plomo forrados de fieltro.
Había movido el aparador para que entrara la luz de la ventana.
Había colgado en la pared, junto a la estantería, una foto que había encontrado en la caja de zapatos del armario: Pilar joven, con hombreras, en la puerta de la gestoría, sonriendo con los ojos medio cerrados por el sol. No la había enmarcado todavía.
En la cocina, en la puerta de la nevera, sujeta con un imán, había una fotocopia del auto de reapertura. La primera página. Inés no sabía muy bien por qué la había puesto ahí. Quizá para verla cada mañana, como su madre ponía en la nevera las citas del médico.
A las ocho y media, mientras ponía agua a calentar, llamaron a la puerta.
Tres golpes.
Inés se quedó quieta con el cazo en la mano.
No fue miedo. Fue algo más pequeño y más extraño: el recuerdo, en el cuerpo, de otra noche y otros tres golpes, de un reloj de horno que marcaba las 00:17, de una franja de luz amarilla bajo la puerta. Le duró un segundo. Lo dejó pasar.
Dejó el cazo en el fuego. Fue al recibidor sin prisa. Miró por la mirilla.
Sara estaba en el rellano, con el abrigo puesto, un gorro de lana gris y la cicatriz de las grapas ya casi borrada, una línea rosada encima de la ceja.
Llevaba en las manos una cazuela de barro tapada con un paño de cocina y, debajo del brazo, un libro de tapas blandas con las esquinas dobladas.
En la portada, un cuenco de lentejas y unas letras verdes. Un libro de recetas veganas.
—Te aviso de que no sé cómo ha quedado —dijo Sara desde el otro lado de la puerta, sin esperar a que preguntara—. Es la primera receta que hago de este libro. Página cuarenta y dos. Tiene comino. A lo mejor demasiado.
Inés apoyó un momento la frente en la madera de la puerta. Estaba fría.
Luego giró la llave y abrió.