No abras la puerta Capítulo 32
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Capítulo 32

A Sara le pusieron tres grapas en la frente en las urgencias del Miguel Servet a las dos y diez de la madrugada.

Inés estaba a su lado, en la camilla de enfrente, con una bolsa de hielo en el hombro izquierdo, el labio hinchado y un médico de guardia muy joven que le preguntaba por tercera vez si había perdido el conocimiento en algún momento.

No lo había perdido. Recordaba cada segundo con una nitidez que le daba miedo.

—Hay que hacer el parte de lesiones —dijo el médico, tecleando—. Para el juzgado.

—Ya lo sé.

—¿Se lo ha hecho alguien conocido?

—Un vecino.

El médico levantó la vista del ordenador un momento. Luego siguió tecleando.

Sara no habló en todo el rato que tardaron en graparla.

Tenía los ojos fijos en el techo, en un fluorescente parecido al del cuarto comunitario, y apretaba el borde de la camilla con las dos manos.

Cuando terminaron, se sentó, se tocó con cuidado las grapas por encima de la gasa y dijo, mirando a Inés:

—Mi hermana trabajaba aquí. En la tercera planta. Medicina interna.

Inés no supo qué contestar.

—Nunca había vuelto a entrar —dijo Sara—. En ocho años.

Salieron del hospital a las tres menos cuarto.

En la puerta de urgencias las esperaba un coche patrulla para llevarlas a la comisaría de Delicias, donde Beltrán les tomó declaración hasta las cinco y media de la mañana.

Por separado, primero Inés y luego Sara.

Con un café de máquina cada una y la ventana del despacho pequeño abierta para que no se durmieran.

Cuando Inés terminó, Beltrán cerró el cuaderno de espiral y se quedó mirándola.

—He escuchado la grabación —dijo—. Entera. Veintisiete minutos.

Inés esperó.

— Dije ya lo sé porque ella me lo acababa de…

—Beltrán lo citó de memoria, despacio—. Me llamó llorando.

Me dijo: estoy abajo, en la verja, está cerrada con el candado, ¿dónde está la llave?

—Se frotó los ojos—. Lo que vale eso ante un juez no se lo puedo decir.

Lo dijo en un sitio cerrado, de noche, bajo presión, a una persona que le estaba acusando con documentos delante.

Su abogado dirá que se lo arrancó usted.

Que estaba confuso. Que dijo lo que usted quería oír.

—Lo sé.

—Pero lo dijo. —La inspectora abrió las manos—.

Y lo que dijo cuadra con el listado de llamadas, con lo que declaró el señor Esteban, con el parte de bomberos, con el albarán, con las hojas de su madre ante notario y con el informe del técnico.

Y con una llave que llevaba en el llavero desde 2017 y que mañana va a ir al laboratorio a ver si es de un candado de sesenta milímetros de una marca concreta que se vendía en una cerrajería concreta en octubre de ese año.

—Hizo una pausa—. Las cosas no valen solas, Inés. Valen juntas.

A las nueve de la mañana del viernes, mientras Inés dormía vestida encima de la cama de su madre y Sara dormía en el sofá del 3B porque no había querido subir sola, una comisión judicial con un letrado de la administración de justicia, dos agentes de Policía Judicial y la inspectora Beltrán entró en el cuarto comunitario del Olmo 17.

Basilio les abrió con la llave de la comunidad que le había dado Andrés, en calidad de propietario de mayor edad presente en el edificio, porque Roberto ya no estaba en condiciones de abrir nada a nadie.

Se llevaron el libro de actas original, precintado, y el archivo completo de la comunidad entre 2015 y 2019, en once cajas de cartón numeradas.

Remedios lo vio todo desde la puerta del 1A, en su silla de ruedas, y luego se lo contó a Inés con un detalle tan minucioso que Inés pensó que habría sido una gran notaria.

Esa misma tarde, con otra acta de entrega, Inés le dio a Beltrán la caja de folios del falso techo: el cuaderno de tapas verdes con sus cuatro talones, la fotocopia del extracto bancario, la cuartilla de teléfonos y el sobre con la nota de agosto.

Se quedó con fotos de todo. Le costó más de lo que esperaba soltar el sobre con su nombre.

Roberto pasó a disposición judicial el sábado por la mañana.

Inés no fue. Marta, sí. Y Marta la llamó a la una y media, desde la puerta de la Ciudad de la Justicia, con el viento de fondo.

—Ha declarado —dijo—. Con su abogado. Se ha acogido a su derecho a no contestar a las preguntas de la acusación y solo ha contestado a las de su letrado.

Ha dicho que la conversación del jueves la grabaste en un momento de enorme tensión emocional para él y que no recuerda bien lo que dijo.

Que está muy arrepentido de haberte agarrado del brazo, que perdió los nervios porque creía que le estabas grabando sin su permiso para extorsionarle.

Que lo de la caja de tu madre fue para custodiarla.

Que lo de la llave del candado no sabía ni que la tenía.

—¿Y el juez?

—El juez ha oído todo, ha mirado los papeles y le ha dejado en libertad con medidas cautelares.

—Una pausa—. Prohibición de acercarse a menos de quinientos metros de ti y de Sara, y de comunicarse con vosotras por cualquier medio.

Retirada del pasaporte. Comparecencias en el juzgado los días uno y quince de cada mes.

—¿Quinientos metros?

—Quinientos metros. —Marta casi sonrió; Inés lo oyó en la voz—. Lo que quiere decir que no puede volver a vivir en el primero B mientras estéis vosotras en el edificio. Se ha ido a casa de su hermana, a Casetas. Lo ha pedido él mismo, antes de que se lo impusieran.

Inés se sentó en el borde de la cama.

—¿Y lo de 2017?

—Eso va por otro lado, y va más despacio.

—Marta habló con cuidado—. Mi escrito está en el juzgado que archivó la causa.

El juez ha pedido el expediente, ha pedido informe al fiscal y ha unido las diligencias de ahora.

No sé cuándo se pronunciará. No sé qué dirá.

Os lo dije el martes y os lo repito: puede que lo de la muerte de Vera no llegue nunca a juicio.

Pero hoy, después de ocho años, hay un juez que tiene en la misma mesa el informe falso y el verdadero.

Inés se quedó callada.

—Una cosa más —dijo Marta—. Ya te lo dije. Búscate un abogado tuyo. Te van a citar como testigo, y van a preguntarte por tu madre. Y yo no puedo estar a tu lado en eso.

Esa misma tarde, Inés llamó a una abogada que le había recomendado Nuria. Se llamaba Elena Cuadrado, tenía el despacho en la calle Costa y la voz tranquila de alguien que no se asusta fácilmente. Quedaron el martes.

El martes, en ese despacho, Inés redactó con ella una declaración escrita para el juzgado.

Tardaron tres horas. Elena le preguntó dos veces si estaba segura de querer incluir el párrafo sobre la firma del 12 de diciembre de 2017, y le explicó que, al ser su madre fallecida, nadie le exigía decir nada que la perjudicara.

Inés le contestó que lo había encontrado ella, que estaba en el cuaderno, en el sobre y en la grabación, y que no iba a ser la segunda persona de su familia que firmaba algo sabiendo que no era toda la verdad.

Elena no insistió más. El párrafo quedó así: Mi madre, Pilar Roldán Esteve, firmó como vicepresidenta el acta transcrita en el libro de la comunidad sabiendo que no correspondía con lo acordado en la junta del 16 de octubre de 2017.

Lo reconoce ella misma en los documentos que aporto.

Lo hizo, según escribió, por miedo. Lo firmó ella.

Los días siguientes fueron extraños. No pasó nada y pasó todo.

El lunes, un digital local publicó una noticia de seis líneas: Detenido el presidente de una comunidad de vecinos de Delicias tras agredir a una vecina .

No decía su nombre. No decía nada de 2017.

Al día siguiente, una compañera de Sara de los años del periódico la llamó para preguntarle si sabía algo, si había historia.

Sara le dijo que sí, que había historia, y que cuando hubiera algo que contar lo contaría un juzgado, no ella.

Colgó y se quedó un rato con el teléfono en la mano.

—Mi madre habría querido que la escribiera —le dijo a Inés esa noche, en la cocina del 3B, con las grapas todavía en la frente—. Con fotos. En portada.

—¿Y tú?

—Yo quiero que la escriba un juez. —Sara se encogió de hombros—. Con fecha y con firma. Que no la pueda cambiar nadie.

El martes, Andrés fue a declarar al juzgado como testigo.

Salió con la cara gris y se sentó en un banco frente a los juzgados, de cara al Ebro, durante media hora, antes de llamar a Inés.

Le dijo que el juez le había advertido de que, por lo que contaba, podía acabar siendo investigado él también, por lo del candado y por lo que calló.

Que su abogado de oficio le había dicho que no se preocupara antes de tiempo.

Que Maite le estaba esperando en casa con lentejas.

—Lo he contado todo —dijo—. Todo. Lo de la cadena, lo del automático, lo de la cocina de mi casa. Lo del contrato de las fincas.

—¿Cómo te sientes?

Andrés tardó en contestar.

—Como cuando se te cae una caja de herramientas que llevabas al hombro desde hace años —dijo al fin—. Te duele la espalda. Pero de otra manera.

El miércoles hubo junta extraordinaria en el Olmo 17.

La convocó Basilio, como el propietario de más edad, porque el presidente estaba en Casetas con una orden de alejamiento y nadie sabía muy bien qué decía la ley para estos casos.

Se celebró en el salón de Remedios, porque nadie quiso hacerla en el cuarto comunitario, que estaba medio vacío y precintado en parte.

Fueron todos menos Roberto, que mandó una carta a través de su abogado renunciando a la presidencia y delegando su voto en nadie.