No abras la puerta Capítulo 31
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Capítulo 31

—Con quien tenga que saberlo —dijo Inés.

Roberto rodeó la mesa.

No fue deprisa. Fue con el paso de alguien que todavía no ha decidido lo que va a hacer y cuyo cuerpo ya lo ha decidido por él.

Inés retrocedió un paso hacia la puerta, luego otro.

Notó el marco a su espalda, la madera fría.

Roberto llegó a un metro de ella y alargó la mano, y por un instante absurdo Inés pensó que iba a ofrecérsela para despedirse.

No era para ella. Era para la puerta. La empujó por encima del hombro de Inés y la cerró de golpe. El ruido retumbó en el cuarto sin ventanas. El fluorescente parpadeó.

—Dame el teléfono.

—No.

—Dámelo, Inés. —La voz le salía muy baja, casi amable, como la de la noche del siete a través de la puerta—. Dame el teléfono y ya está. Nadie tiene por qué saber nada. Tu madre…

—Mi madre ya lo ha dicho.

Él le agarró la muñeca derecha. Tenía la mano grande y caliente y apretaba más de lo que Inés esperaba.

Con la otra mano fue al bolsillo de la chaqueta, al lado derecho, donde se veía la funda marrón, y tiró.

La tela del forro se rasgó con un sonido seco.

El móvil de su madre salió volando, golpeó el canto de la mesa y cayó al suelo, sobre el terrazo, boca abajo, entre dos archivadores abiertos.

Roberto lo pisó.

Fue un movimiento rápido, con el tacón del zapato marrón lustrado, y el crujido del cristal fue pequeño y definitivo. Inés lo oyó como si le hubieran pisado algo a ella. Pensó, absurdamente, en el fondo de pantalla: ella a los seis años, con un gorro de lana con orejas de oso, en la nieve.

—¡Sara! —gritó.

Roberto le tapó la boca con la mano libre.

Olía a jabón y a papel viejo. La empujó contra la estantería metálica y la estantería se tambaleó; arriba, una fila de archivadores se deslizó y cayó en cascada, golpeándole a Inés en el hombro y en la cabeza, desparramando fundas de plástico y recibos por el suelo.

Algo le hizo un corte en el labio por dentro. Notó el sabor a hierro.

—Calla. —Roberto jadeaba—. Calla, por favor. No grites. Dame el otro. Sé que llevas otro. Estás grabando. Dámelo y te vas a tu casa y aquí no ha pasado nada.

Inés sintió su mano buscando el bolsillo interior izquierdo de la chaqueta, por dentro, a tientas.

Se retorció. Le dio un rodillazo en el muslo, no muy fuerte, el único que le permitía el espacio, y él soltó un gruñido y aflojó la mano de la boca un instante, lo justo para que ella girara la cabeza y le mordiera la base del pulgar.

Roberto la soltó con un grito ahogado.

Inés se apartó de la estantería tropezando con un archivador.

Tenía la puerta cerrada a la espalda y a Roberto entre ella y el fondo del cuarto, sujetándose la mano.

Encima de la mesa de formica, al lado de las fotocopias, de la caja azul y de la hoja doblada de la conformidad, estaba el llavero de cuero gastado con todas las llaves del edificio.

Y entre ellas, separada de las demás, la llave pequeña plateada del candado.

No lo pensó. Lo cogió.

Roberto se lanzó a por él. Inés lo apretó contra el pecho y se giró, y él le agarró la chaqueta por la espalda, y la chaqueta se le quedó en la mano medio quitada mientras Inés tiraba de la manga y conseguía sacar el brazo. Con la otra mano encontró el picaporte de la puerta. Abrió.

El portal estaba a oscuras. El minutero se había apagado.

En la penumbra, a contraluz de la calle, había una silueta en el último escalón de la escalera. Sara. En calcetines, con el móvil de teclas pegado a la oreja, gritando algo que Inés no entendió: ¡Calle del Olmo diecisiete, planta baja, la está agrediendo, ahora!

Roberto salió detrás de Inés con la chaqueta de ella todavía en la mano.

Chocó con ella en el umbral. Los dos se tambalearon.

Sara se tiró sobre él desde el escalón, sin pensarlo, agarrándole del brazo, y Roberto la empujó con todo el cuerpo y Sara salió despedida contra los buzones, que sonaron como una campana de chapa.

Se le cayó el móvil de teclas y se deslizó por el terrazo.

—¡Sara!

La puerta de la calle se abrió de golpe. Una ráfaga de aire frío. Andrés, con la cazadora de cuero abierta y las llaves de la comunidad todavía en la mano, se quedó plantado en el umbral, en el hueco de la puerta de cristal, ocupándolo entero con su espalda ancha.

—Ni se te ocurra —le dijo a Roberto.

Roberto miró a Andrés. Miró a Sara, que se estaba incorporando junto a los buzones con una mano en la cabeza. Miró a Inés, que había retrocedido hasta la pared de enfrente, junto a la puerta gris del cuarto de contadores, con el llavero apretado contra el pecho y la camiseta rasgada por el hombro.

Y luego miró hacia el fondo del portal. Hacia el pasillo trasero.

Echó a correr.

Fue una huida torpe, de hombre de cincuenta y cuatro años que no corre desde hace décadas, con el abrigo de paño abierto aleteando y la chaqueta de Inés todavía en la mano, que soltó a mitad de camino y quedó tirada en el suelo como un animal muerto.

Pasó junto a la escalera, junto a la puerta del sótano.

Se metió en el pasillo trasero, entre las paredes de la cenefa verde y blanca, iluminado solo por el resplandor verde del cartel de salida.

Llegó a la puerta blanca. Empujó la barra.

La puerta se abrió hacia fuera con un clac metálico y una bocanada de aire helado entró en el pasillo. Roberto salió al patio. La puerta, con su muelle, se cerró sola detrás de él con otro clac.

Inés no se movió durante dos segundos. Luego miró el llavero que tenía en las manos.

La puerta de chapa del callejón. La que estaba al fondo del patio. La que siempre estaba cerrada con llave.

Echó a andar por el pasillo. No corriendo. Andando, deprisa, con el llavero en una mano y la otra apoyada en la pared, sobre la cenefa, sin darse cuenta de que lo hacía. Oyó a Sara detrás de ella, cojeando, y a Andrés diciendo algo en voz alta al teléfono.

Al otro lado de la puerta blanca se oía a Roberto en el patio. Pasos sobre el cemento mojado. Un golpe metálico, sordo: la puerta de chapa del callejón. Otro. Un tirón del picaporte, otro, otro más. Luego un silencio.

Luego, unos pasos que volvían.

Y entonces Roberto golpeó la puerta blanca desde fuera.

—¡Inés!

Los golpes eran con la palma abierta, contra la chapa. Retumbaban en el pasillo estrecho.

—¡Inés, abre!

Inés se detuvo a un metro de la puerta. Desde ese lado, el lado de dentro, la puerta se abría con solo empujar la barra horizontal, sin llave, sin nada. Era lo que tenía que hacer una puerta de evacuación. Desde fuera no se abría.

—¡Abre la puerta! —Los golpes se hicieron más rápidos—. ¡Inés, por favor! ¡Abre! ¡Tienes las llaves! ¡Abre y hablamos, te lo juro, hablamos!

Sara llegó a su lado. Tenía un hilo de sangre en la frente, del golpe contra los buzones, y estaba en calcetines sobre el terrazo helado. Se quedó junto a Inés, callada, mirando la puerta blanca, la barra, el cartel verde del hombrecillo que corría hacia la flecha.

—¡Inés!

Ninguna de las dos se movió.

Inés miró la barra horizontal, a un metro de su mano. Pensó en lo fácil que era. Un empujón. Era para eso para lo que estaba. Para que cualquiera, desde dentro, sin llave, sin pensar, pudiera abrirla.

Pensó en una verja negra de barrotes rematados en punta en aquel mismo sitio, ocho años antes, con una cadena dando dos vueltas por encima del pestillo y un candado de sesenta milímetros.

Pensó en una mujer de veintiocho años al otro lado de esa verja, en el lado de dentro, con humo en la garganta y un móvil en la mano, preguntando dónde estaba la llave.

No pensó en vengarse. No le pareció que aquello tuviera nada que ver con eso.

Pensó, con una claridad fría y casi tranquila, que al otro lado de esa puerta había un hombre desesperado que acababa de pisar el teléfono de su madre y de empujar a Sara contra los buzones, y que la policía estaba en camino, y que lo único sensato que podía hacer una persona en aquel pasillo era quedarse donde estaba.

—No —dijo, en voz alta, para que la oyera.

Los golpes se detuvieron un segundo.

—No voy a abrir, Roberto.

Al otro lado se hizo el silencio. Luego un golpe más, uno solo, muy débil, como si alguien hubiera apoyado la frente contra la chapa. Luego nada.

Andrés llegó por el pasillo con el móvil en la mano.

—La policía está en la calle —dijo—. Dos coches. Les he dicho que hay uno en el patio de atrás. Voy a abrirles el callejón por fuera con mi llave.

Volvió por donde había venido. Inés le oyó salir por el portal, oyó voces en la calle, una sirena que se apagaba, puertas de coche.

Luego, al otro lado de la puerta blanca, en el patio, el ruido metálico de una llave en la cerradura de chapa del callejón, voces de hombre, una linterna que se coló por la rendija de debajo de la puerta blanca y barrió el suelo del pasillo.

¡Policía! ¡Las manos donde las veamos!

La voz de Roberto, muy baja, diciendo algo que no se entendió.

¡Al suelo! ¡Al suelo!

Un forcejeo breve. Un gemido. El chasquido de unas esposas, que Inés nunca había oído en la vida real y que reconoció enseguida.

Por el pasillo, desde el portal, llegó otro agente, uno joven, con la mano en la funda de la pistola sin sacarla, mirando a Inés y a Sara con la linterna.

—¿Están bien? ¿Son ustedes las que han llamado?

—Ella —dijo Inés, señalando a Sara.

El agente se acercó a la puerta blanca, la miró, miró a Inés.

—¿Está ahí?

—Está en el patio. Con sus compañeros.

El agente empujó la barra. La puerta se abrió hacia fuera. El aire frío del patio entró de golpe, y con él la luz de las linternas.

Inés vio a Roberto en el suelo de cemento, junto al sumidero, de rodillas, con las manos esposadas a la espalda y un agente sujetándole por el hombro. El abrigo de paño gris estaba manchado de barro. Tenía la cabeza baja. No la levantó cuando se abrió la puerta.

Inés se dio la vuelta. No quería verle la cara.

Se sentó en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared, sobre la cenefa verde y blanca, y se dio cuenta de que temblaba entera, de los pies a la cabeza, con un temblor que no podía controlar.

Sara se sentó a su lado, en calcetines, con la sangre de la frente secándose en una línea oscura hasta la ceja.

Inés abrió la mano. En la palma tenía el llavero de cuero gastado.

Lo había apretado tanto que tenía las marcas de los dientes de varias llaves grabadas en la piel.

Buscó con los dedos, sin mirar, y separó la llave pequeña, plateada, de cabeza cuadrada.

La giró bajo el resplandor verde del cartel de salida.

Tenía un número en relieve en la cabeza. Terminaba en 60 .

Sara la miró. No dijo nada. Alargó la mano y la tocó con la punta de un dedo, sin cogerla, como el miércoles con la foto de la verja.

Luego Sara, que en dos semanas no había llorado delante de ella ni una sola vez, se echó a llorar. En silencio, con la cara entre las rodillas, los hombros sacudiéndose, como si llevara ocho años sin hacerlo y no recordara cómo se hacía.

Inés le pasó un brazo por los hombros.

A las once y veinticuatro, por el pasillo, llegó una mujer con una parka verde oliva y unas zapatillas de deporte gastadas, con la coleta deshecha y el aliento entrecortado de haber venido corriendo desde la calle Escoriaza. Se agachó delante de ellas.

—¿Están heridas?

—No mucho —dijo Inés.

Beltrán miró la frente de Sara, el labio de Inés, la camiseta rasgada. Luego miró el llavero que Inés tenía en la mano.

—¿Y eso?

—Es suyo. Lo ha dejado encima de la mesa. —Inés le tendió la llave pequeña, separada de las demás, sin soltar la anilla—. Esta es la del candado de la verja. La llevaba desde 2017. Me lo ha dicho él.

Beltrán no la cogió. Sacó del bolsillo de la parka una bolsa de plástico de las de precinto y la abrió delante de Inés.

—Déjela caer aquí dentro. Todo el llavero. —Inés lo hizo. Beltrán cerró la bolsa—. ¿Y el teléfono?

Inés se llevó la mano al bolsillo interior izquierdo de la chaqueta. No estaba. No tenía chaqueta. La chaqueta estaba en el suelo del portal, donde Roberto la había soltado al echar a correr.

Se levantó de golpe, y el pasillo le dio una vuelta. Beltrán la sujetó del brazo.

—Despacio.

Fueron juntas hasta el portal. La luz estaba encendida otra vez; alguien había pulsado el interruptor. La chaqueta estaba en el suelo, junto a la escalera, hecha un ovillo, con el forro rasgado colgando. Inés se agachó, buscó en el bolsillo interior izquierdo y sacó su móvil.

La pantalla estaba encendida. El contador de la grabadora seguía corriendo. 00:27:41. 00:27:42. 00:27:43.

Pulsó el botón rojo. El contador se detuvo.

Se lo dio a Beltrán sin decir nada. La inspectora lo cogió con cuidado, por los bordes, y lo metió en otra bolsa.

—¿Lo tiene todo?

—Creo que sí.

Detrás de ellas, por la puerta del pasillo, dos agentes sacaban a Roberto hacia la calle. Pasó a dos metros de Inés. No la miró. Ella tampoco a él.

En el primer descansillo, asomada a la barandilla, estaba Remedios en camisón, en su silla de ruedas, con Yolanda detrás, y una mano en la boca.

En el segundo, Iker Ortega con el bebé en brazos y Lucía a su lado, en pijama.

En el tercero, Basilio con el audífono puesto y una bata de cuadros, mirando hacia abajo por el hueco de la escalera como quien mira un pozo.

Nadie dijo nada. Todo el edificio estaba despierto y nadie dijo nada.

La puerta de la calle se cerró detrás de Roberto con un golpe suave de cristal.