No abras la puerta Capítulo 28
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Capítulo 28

—No vaya —dijo Beltrán.

Estaban en el mismo despacho pequeño de la comisaría de Delicias donde la inspectora las había escuchado el sábado, con la misma ventana al patio de luces y el mismo archivador metálico.

Eran las once de la mañana del jueves. Beltrán había leído el correo de Roberto en el móvil de Inés, dos veces, sin expresión, y luego le había devuelto el teléfono.

—No vaya —repitió—. Se lo digo como policía y se lo digo como persona.

—Ya me lo imaginaba.

—Entonces no sé para qué me lo enseña.

—Porque me dijo que le contara cualquier cosa rara. —Inés dejó el móvil sobre la mesa—. Y esto es raro.

Beltrán se pasó la mano por la cara. Tenía ojeras más profundas que el sábado y la coleta medio deshecha.

—Antes de hablar de eso, les voy a contar una cosa. —Abrió su cuaderno de espiral—. Esta mañana, a las nueve, se ha presentado aquí Daniel Cuesta. El operario. Sin que le citara nadie.

Sara, a su lado, se enderezó en la silla.

—Anoche, a las once, le llamó el señor Mena.

—Beltrán leyó del cuaderno—. Le dijo que si alguien le preguntaba por la noche del siete, dijera que había habido un aviso real de olor a gas de un vecino y que él, Cuesta, era instalador autorizado y había ido a hacer una revisión normal.

Que le iba a pasar muchos más clientes después de Navidad.

—Levantó la vista—. El chico no ha dormido.

A las nueve estaba en la puerta con su madre.

—¿Con su madre? —preguntó Inés.

—Treinta y un años y ha venido con su madre. —Beltrán no sonrió—. Ha declarado lo de la noche del siete, lo del registro del techo, lo de la tarjeta, lo de la atornilladora. Lo que les contó a ustedes. Y luego ha declarado una cosa más.

Pasó una hoja del cuaderno.

—El quince de octubre, un miércoles, por la tarde, el señor Mena le pidió que le hiciera unas copias de una llave.

Cuesta tiene una máquina copiadora de llaves en la furgoneta; hace llaves a domicilio, para clientes mayores.

Mena le dio una llave de latón vieja, gastada, con una etiqueta de cartón donde ponía 3.

º B , y le pidió tres copias. Le dijo que era de un piso de una comunidad que él llevaba y que necesitaba copias para los de mantenimiento.

Cuesta se las hizo en la furgoneta, aparcada en la calle de atrás del Olmo 17.

Le cobró doce euros. Le puso a cada copia una anilla con una etiqueta de plástico de las suyas, de las verdes, y le escribió 3.

º B con rotulador en cada una, porque la de cartón de la original estaba muy rota.

Inés pensó en la llave brillante que Roberto le había pasado por la rendija de la puerta el sábado, en un sobre marrón. La anilla metálica. La etiqueta de plástico verde. 3.º B con rotulador.

—Una de esas está en una bolsa en mi mesilla —dijo—. Con el bombín viejo.

—Lo sé. Lo pone en su denuncia. —Beltrán cerró el cuaderno—.

Cuesta no sabía de quién era el piso. Se enteró el sábado, cuando ustedes le preguntaron.

Y les dijo que no sabía nada de llaves porque tenía miedo de haberse metido en algo.

Esta mañana me ha pedido que se lo diga a ustedes. Que lo siente.

—No tiene que sentirlo —dijo Sara.

—Se lo dirán ustedes cuando le vean. —Beltrán apoyó los codos en la mesa—.

Después de él ha venido la abogada de Brisa.

Soler. Con un pendrive y un abogado de su colegio.

Ha declarado lo del informe técnico que le mandó Mena el catorce de octubre por correo para la operación.

Ha aportado el correo con las cabeceras completas.

Y ha aportado otra cosa: un correo del director general de Brisa de esta mañana, a las nueve y cuarto, donde dice por escrito que en ningún momento la empresa ni el fondo han pedido a la comunidad un documento de conformidad o de renuncia.

—Entonces el correo de Roberto…

—Es mentira. Ya lo sabíamos. Ahora está por escrito.

Hubo un silencio.

—Y a las diez y media me ha llamado Andrés Gil —siguió Beltrán—.

Anoche, a las once y media, recibió un mensaje de Mena.

—Leyó del móvil—. Andrés, mañana no hace falta que pases por las fincas.

Ya te llamaré. Ya sabes por qué. Gil me lo ha reenviado.

—Dejó el móvil sobre la mesa—. Lleva ocho años con ese trabajo.

Sara apretó los labios.

—Anoche —dijo Beltrán, despacio, como quien suma en voz alta— Roberto Mena pasa tres horas bajando archivadores en el cuarto comunitario.

Llama al operario para que mienta. Le quita el trabajo al que compró la cadena.

Y esta mañana le escribe a usted un correo con una mentira comprobable para que baje sola a ese mismo cuarto a las once de la noche.

—Miró a Inés—. Este hombre no está pensando con claridad.

Y la gente que no piensa con claridad y tiene mucho que perder es la que más me preocupa.

—Por eso quiero ir.

Beltrán la miró.

—Explíquemelo. Porque no lo entiendo.

Inés se tomó un momento.

—Mañana, si todo va bien, el juez ordena el depósito del libro y le cita a usted como investigado.

Va con un abogado. El abogado le dice que no declare, o que declare solo lo que le convenga.

Que la grabación de mi madre es de una enferma terminal medicada a las cuatro de la madrugada.

Que las hojas del cuaderno son lo que una mujer recordaba ocho años después.

Que lo que le dijo Vera en esos cuarenta y un segundos fue hay humo y lo que él le contestó fue enciérrate , que es lo que dicen los protocolos.

—Hizo una pausa—. Y nadie más estaba allí. Nadie más lo sabe. Él es el único.

—¿Y cree que se lo va a contar a usted?

—Creo que lleva ocho años sin contárselo a nadie más que a mi madre.

Y que mi madre está muerta. Y que esta noche quiere saber qué escribió ella.

—Inés miró por la ventana, al patio de luces—.

A lo mejor no dice nada. A lo mejor lo niega todo.

Pero si hay una noche en que puede decirlo, es esta, antes de que tenga abogado. Y si no voy, no lo sabré nunca.

Beltrán estuvo callada un rato largo.

—Lo que le diga ahí no vale lo mismo que lo que diga ante un juez —dijo al fin—.

Se lo digo para que no se haga ilusiones.

Una conversación grabada por usted, en la que usted participa, es lícita.

Eso sí. Pero luego un tribunal decide cuánto pesa, en qué contexto se dijo, si hubo presión, si lo que dijo se sostiene con lo demás.

No es una confesión. Es un indicio. A veces importante. A veces no.

—Lo sé.

—Y yo no puedo ir con usted. No puedo ponerle un micrófono, porque eso necesita autorización judicial y no la tengo. No puedo esconder a dos agentes detrás de la puerta del sótano. No puedo detenerle por citarla a una reunión de vecinos.

—Lo sé.

—Lo que sí puedo hacer —Beltrán cerró los ojos un segundo, rindiéndose a algo que no le gustaba— es estar cerca.

Esta noche tengo una diligencia en Delicias, otra cosa, un asunto que no tiene nada que ver.

Calle Escoriaza. Estaré a diez minutos. Y puedo pedir que una patrulla esté por la zona entre las once menos cuarto y las doce, sin aparcar en la puerta, para no espantar a nadie.

—Abrió los ojos y la señaló con el dedo—.

Y usted me manda un mensaje a las once menos cinco diciéndome que entra.

Y otro al salir. Si a las once y media no tengo el segundo, entro yo. Con la patrulla.

—Gracias.

—No me dé las gracias. —Beltrán se levantó—. Ojalá no vaya.

Marta, por teléfono, a las doce, fue todavía más dura.

—Es una locura —dijo—. Es exactamente lo que no tienes que hacer. Lo hemos hecho todo bien durante diez días. Las actas, el notario, los precintos, la cadena de custodia. Y ahora te vas a meter en un cuarto sin ventanas a las once de la noche con un hombre que está desesperado.

—Con Sara en la escalera. Con Andrés en el portal. Con la policía a diez minutos.

—A diez minutos se hacen muchas cosas.

Inés no contestó.

Marta suspiró.

—Si vas, escúchame bien. No llevas ningún original.

Ninguno. Llevas copias, y que se vea que son copias.

No firmas nada. Nada, aunque te lo ponga delante como un trámite, como hizo con tu madre.

Si te da la caja azul, la coges, porque es tuya, pero no la abras allí.

Que conste en la grabación qué te da y a qué hora.

Y si en algún momento algo no te gusta, te levantas y te vas. No esperas a ver. Te vas.

—Vale.

—Y me mandas un mensaje al salir. A mí también.

—Vale.

—Inés. —La voz de Marta cambió un poco—. Tu madre firmó un papel en un despacho porque un hombre se lo puso delante y le dijo que era un trámite. No le dejes que te ponga nada delante.

Colgó.

Por la tarde, Inés hizo algo que llevaba diez días sin hacer: salió a caminar sin rumbo.

Sara se quedó en el 4A, con la promesa de mandarle un mensaje cada media hora.

Inés caminó por la avenida de Madrid hasta la plaza de Roma, bajó por la calle Delicias, pasó por delante de una persiana metálica pintada de verde con un rótulo antiguo descolorido donde todavía se leía, si uno se fijaba, Cerrajería .

Se quedó un momento delante. Luego siguió.

Llegó hasta el parque de Delicias y se sentó en un banco frente al estanque. Hacía sol y frío. Unos niños daban de comer pan a los patos y una mujer mayor los regañaba porque el pan les hacía daño.

Pensó en su madre sentada en el despacho de la gestoría el 12 de diciembre de 2017, con el libro de actas abierto delante.

Firma aquí, como vicepresidenta, que es un trámite.

Pensó en su madre leyendo lo que ponía. Sabía lo que ponía.

Firmé. Pensó en que había firmado deprisa, sin temblar, con la raya un poco más corta que de costumbre.

Pensó en las tres de la madrugada de aquella Navidad, en la cocina, con un vaso de agua delante.

Pensó en que esa noche Roberto le pondría algo delante. Un papel, o una caja, o una explicación. Y que lo haría con la misma voz amable con que le había dicho abre y terminamos enseguida, que tampoco son horas para nadie .

A las cinco y media volvió al Olmo 17. En el portal se encontró con Remedios, que volvía del fisioterapeuta en su silla, con Yolanda.

—Hija. —La anciana le hizo un gesto para que se acercara—. Me ha dicho Andrés que Roberto le ha quitado el trabajo.

—Sí.

—Y la chica del segundo me ha dicho que se ha caído lo de los pisos.

—Sí.

Remedios se quedó mirando la puerta del cuarto comunitario.

—Cuando vino a vivir aquí, en 2019, después de lo del fuego, Fermín ya se había muerto —dijo—.

Roberto bajaba todas las mañanas a por el pan y me subía una barra sin que se la pidiera.

Me arregló el grifo del baño. Me hizo los papeles de la viudedad, gratis, que yo no sabía ni por dónde empezar.

Me traía turrón en Navidad. —Se ajustó la manta sobre las rodillas—.

Todo el edificio decía que era un vecino ejemplar.

Yo también lo decía. A tu madre se lo decía y tu madre no contestaba. Ahora sé por qué no contestaba.

—Remedios…

—No me digas nada. —La anciana levantó la mano—. Que ya sé que no me puedes decir nada. Lo que te digo yo es esto: un vecino ejemplar no te sube el pan. Un vecino ejemplar te abre la puerta de atrás cuando hay fuego. —Se volvió hacia Yolanda—. Métenos, que me quedo helada.

La puerta del 1A se cerró.

Inés subió a casa. En la mesa de la cocina preparó lo que iba a llevar.

Una carpeta de plástico azul, transparente, para que se viera lo que había dentro.

Dentro, fotocopias: la del borrador del acta con la anotación de Fermín, la del libro de actas, la de la primera página del informe de Mateo, la del albarán rosa.

Y la fotocopia de las cuatro hojas del cuaderno de su madre, con la palabra COPIA escrita en rojo en la esquina de cada una, con su letra. Nada más. Ningún original.

Cargó el móvil al cien por cien. Probó la grabadora: la puso en marcha, la dejó dentro del bolsillo interior de la chaqueta, habló en voz normal desde la otra punta de la cocina, la paró y escuchó. Se oía. Un poco amortiguado, pero se oía.

A las siete y media, sentada en la cocina con la carpeta azul delante, abrió el correo de Roberto y le dio a responder.

Escribió cuatro palabras. Las borró. Las volvió a escribir.

Luego, antes de mandarlo, cogió el móvil y escribió a Sara:

Voy a ir. Te mando ahora hora y sitio.

La respuesta llegó en cinco segundos.

Ya lo sabía. Bajo.