No abras la puerta Capítulo 27
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Capítulo 27

Beltrán contestó a las cinco y diez de la tarde, desde un coche, con el ruido de un intermitente de fondo.

—He leído lo que me ha mandado su abogada. Las fotos del acta. —Una pausa—. Si abríamos por detrás se veía todo.

—Sí.

—Vale. —Otra pausa más larga—. Le cuento cómo estamos.

El juzgado tiene desde esta mañana el escrito de su abogada y mi oficio.

El juez de guardia ha pedido el expediente archivado al archivo judicial, que no está en el juzgado, está en un almacén, y eso tarda.

Mi idea es que el viernes a primera hora se acuerde el depósito del libro de actas y del archivo de la comunidad, y en el mismo momento citar al señor Mena como investigado por lo de ahora.

Si va bien. Si el juez lo ve. —El intermitente dejó de sonar—.

Hasta entonces, voy a pedir que una patrulla pase por su calle varias veces esta noche y mañana.

No le puedo poner a nadie en la puerta. No tengo una orden de alejamiento ni nada que se le parezca.

—Lo entiendo.

—¿Seguro? Porque a la gente le cuesta entenderlo.

—Seguro.

—Bien. —Beltrán bajó la voz—. Una cosa. El notario. Alguien del edificio lo ha visto.

—Lucía Ortega. La del segundo B.

—Entonces el señor Mena lo sabrá esta noche. Si no lo sabe ya. —Se oyó una puerta de coche cerrándose—. No le dé motivos. Y llámeme.

A las siete y cuarto llamaron a la puerta.

Inés miró por la mirilla. Era Lucía Ortega, sin el bebé, con un jersey de lana gruesa y los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho. Tenía los ojos rojos.

Abrió con la cadena puesta. Luego, al verle la cara, quitó la cadena.

—Me ha llamado la abogada de Brisa —dijo Lucía, sin saludar—.

Hace media hora. Que se suspende la compra.

Que hay problemas con la documentación de la comunidad .

Que lo siente mucho. —Le temblaba la barbilla—.

Teníamos la cita en la notaría el día veintiocho.

Habíamos dado una señal para un piso en Valdespartera. Con jardín. Para el niño.

—Lo siento, Lucía.

—¿Lo sientes? —Lucía soltó una risa corta, rota—. El lunes votaste que no. Hoy te veo en el cuarto de abajo con un notario, con la abogada de Brisa, con Andrés y con la hermana de esa chica. Y esta tarde se cae la compra. ¿Y lo sientes?

Inés no supo qué decir. Pensó en todo lo que no podía contarle. El acta del libro. El informe con un logo de 2018. Las cuatro hojas del cuaderno. Si abríamos por detrás se veía todo.

—Hay una investigación de la policía —dijo al fin—. Sobre unos documentos de la comunidad de 2017. No la he empezado yo para fastidiaros. No la ha empezado Sara para sacar dinero. No te puedo decir más, porque me lo ha pedido la policía. Pero no es lo que dijo Roberto en la junta.

Lucía la miró. Durante un momento pareció que iba a gritarle. Luego algo se le derrumbó en la cara.

—Se lo he dicho a Roberto —dijo, muy bajo—. Lo del notario. Esta tarde, cuando ha vuelto. Le he esperado en el portal y le he dicho que habíais estado en el cuarto con un señor de traje y una chica con una cámara, mirando los archivadores. Estaba tan enfadada…

—¿Qué te ha dicho?

—Nada. —Lucía frunció el ceño, haciendo memoria—.

Se ha quedado blanco. Me ha preguntado si os habíais llevado algo.

Le he dicho que no lo sé, que yo solo os vi salir, que tú no llevabas nada en las manos.

Me ha preguntado qué archivador. Le he dicho que no lo sé, que yo estaba en la escalera.

—Se pasó la mano por la cara—. Luego me ha dado las gracias y me ha dicho que no me preocupara, que él lo arreglaba. Y se ha metido en su casa.

Inés asintió despacio.

—Gracias por decírmelo.

—No lo he hecho por ti. —Lucía se dio la vuelta para irse, y se detuvo en el primer escalón—. Es que tenía una cara… —No terminó la frase—. Mi madre dice que cuando alguien pone esa cara es que tiene miedo.

Bajó la escalera sin volverse.

A la una y veinte de la madrugada, el móvil de Inés vibró sobre la mesilla. Estaba despierta; no había conseguido dormirse.

Era Sara.

Hay luz en el cuarto comunitario. Se ve desde mi ventana por la rejilla del patio. Lleva una hora.

Inés se levantó, fue a la cocina sin encender la luz y se asomó a la ventana del patio.

Abajo del todo, en la planta baja, había una rejilla de ventilación alargada a ras de suelo, que daba al cuarto comunitario.

Por ella salía un resplandor blanco, de fluorescente, que se reflejaba en el cemento mojado del patio.

De vez en cuando, una sombra lo cortaba.

Escribió: ¿Es él?

Le he visto bajar a las doce y veinte. Con una linterna y una caja de cartón vacía.

Inés se quedó mirando la rejilla. Pensó en Roberto, solo, bajo el fluorescente, bajando archivadores de las estanterías metálicas uno por uno, abriéndolos sobre la mesa de formica, pasando fundas de plástico con los dedos.

Doscientos archivadores. Buscando algo que no sabía qué era, ni dónde estaba, ni si estaba.

Buscando lo que fuera que el notario hubiera visto, para asegurarse de que no quedaba nada más.

No encontraría nada. En el archivador de las derramas solo había recibos de 2009 y la copia de un acta notarial donde había estado el sobre. Si llegaba a ese archivador, lo sabría.

No bajes , escribió Sara.

No pienso bajar.

Llama a Beltrán.

Inés la llamó. Beltrán contestó al cuarto tono, con la voz espesa de quien estaba dormida.

—Es su comunidad —dijo la inspectora cuando Inés le contó lo que pasaba—. Es el presidente. Tiene llave. Puede estar en el cuarto comunitario a la hora que le dé la gana. Si destruye algo, es otra historia. ¿Le ha visto sacar algo?

—No.

—Entonces no puedo hacer nada salvo que pase la patrulla y se fije. La aviso ahora. —Un bostezo reprimido—. Y ustedes, a dormir. Con la puerta cerrada.

La patrulla pasó a las dos menos diez. Inés vio desde la ventana del salón el resplandor azul sin sirena deslizándose por la fachada de enfrente, despacio, y desaparecer por la esquina.

La luz de la rejilla se apagó a las tres y cuarto.

A las nueve y dos minutos de la mañana, Inés recibió un correo electrónico.

De: Roberto Mena (Presidente C.P. Olmo 17) Asunto: URGENTE — conformidad comunidad / operación Brisa

Querida Inés:

Te escribo porque la situación se ha complicado y creo que te debo una explicación cara a cara, sin vecinos delante.

El fondo que financia a Brisa ha suspendido la compra del 2.

º B y del resto de viviendas porque exige, antes de seguir, un documento firmado por todos los propietarios en el que la comunidad manifiesta su conformidad con la documentación facilitada y renuncia a reclamaciones relacionadas con ella.

Si lo firmamos todos antes del viernes, la operación se reactiva y los Ortega no pierden su casa nueva.

Si no, se cae todo. Los demás ya me han dicho que firman. Faltas tú.

Además, y esto es lo que de verdad me importa, tengo que devolverte algo.

En octubre me llevé de casa de tu madre una caja de documentos suyos, la de las escrituras.

Lo hice para custodiarla, porque el piso estaba vacío y me preocupaba, y luego, cuando llegaste, no supe cómo devolvértela sin que pensaras mal.

Hice mal. Lo reconozco. La tengo aquí y te la quiero dar en mano.

También he encontrado en el archivo de la comunidad papeles de tu madre que creo que te interesa ver antes que a nadie.

Te espero esta noche a las once en el cuarto comunitario. Antes no puedo, tengo reunión con los del fondo. Ven sola, por favor. Esto es entre tú y yo y no hace falta montar un espectáculo delante de todo el edificio. Te lo pido como vecino y como alguien que apreciaba mucho a tu madre.

Un abrazo, Roberto

Inés lo leyó tres veces en la pantalla del portátil, en la mesa de la cocina, con el café enfriándose al lado.

Luego cogió la libreta negra y lo desmontó, como habría desmontado una carta sospechosa en el taller: frase por frase, separando lo que el documento decía de lo que el documento quería.

El fondo exige un documento de conformidad y renuncia firmado por todos.

Nuria le había dicho el martes, en su despacho, que había recomendado suspender la operación por la documentación falsa.

No había hablado de ningún documento de renuncia.

Ninguna promotora pide a una comunidad que renuncie a reclamar sobre papeles que ella misma ha descubierto que son falsos.

Era mentira, o una media verdad retorcida hasta no significar nada.

Los demás ya me han dicho que firman. Faltas tú. Remedios no habría firmado nada que le pusiera Roberto delante, después del lunes. Basilio tampoco. Sara, por el cuarto A, menos. Mentira.

En octubre me llevé de casa de tu madre una caja de documentos. Verdad. La primera vez que lo admitía. Lo admitía ahora porque sabía que ya no podía negarlo: alguien le había visto, o se lo imaginaba. Lo convertía en un gesto de buena voluntad.

He encontrado en el archivo de la comunidad papeles de tu madre.

Inés se detuvo en esa frase. Había pasado tres horas esa noche bajando archivadores.

Si hubiera encontrado algo, no lo diría así.

Lo diría con más detalle, para que ella supiera que lo tenía.

Lo decía así, vago, para que ella pensara que tenía algo y fuera a ver qué era.

Para que, al ir, le dijera ella qué había encontrado el notario.

Ven sola.

Lo que quería no era una firma. Era saber qué tenía ella. Qué había en el sobre que el notario había visto. Si había originales y dónde estaban. Si había algo que pudiera recuperar, o destruir, o negociar.

Sonó el timbre. Era Sara, en pijama y con una sudadera encima, con el móvil en la mano y el pelo revuelto.

—Me lo ha reenviado Nuria —dijo, antes de entrar—. Le ha mandado una copia a ella, a título informativo , como abogada de Brisa. Nuria dice que es mentira. Que no existe ningún documento de renuncia ni nadie lo ha pedido. Que Brisa ha suspendido la operación y punto.

—Ya lo sé.

Sara entró y vio la libreta negra abierta, las frases separadas, subrayadas, con anotaciones al margen. Vio el portátil con el correo en la pantalla. Se quedó de pie junto a la mesa.

—No vas a ir.

Inés no contestó.

—Inés. —Sara se sentó frente a ella—. No vas a ir.

—Es el único que sabe lo que pasó en esos cuarenta y un segundos.

—Ya lo sé.

—Si el viernes le cita un juez, su abogado le dirá que no diga nada.

Y no dirá nada. Nunca. Tendremos el albarán, el informe, el acta, las hojas de mi madre.

Y él dirá que mi madre estaba enferma, que se lo inventó o lo recordaba mal, que en esos cuarenta y un segundos le dijo a tu hermana que se encerrara porque era lo que había que hacer con humo en la escalera, que lo dicen los bomberos.

Y tendrá razón en que es lo que dicen los bomberos.

Y nadie sabrá nunca si ella le dijo dónde estaba y él le dijo que se fuera.

—Y si vas, ¿qué? —Sara alzó la voz—. ¿Crees que te lo va a contar?

¿A las once de la noche, en un cuarto sin ventanas, a la hija de la mujer que le ha dejado un sobre en un notario?

¿Crees que te va a decir sí, me llamó, me dijo que estaba en la verja, tenía la llave en el bolsillo y la dejé ahí para que no se viera la cadena ?

—No lo sé.

—Te va a pedir los papeles. Y cuando le digas que no los tienes, que están en un notario, se va a dar cuenta de que no tiene nada que perder.

—Sara se inclinó sobre la mesa—. Lleva toda la noche bajando archivadores, Inés.

Eso no lo hace alguien tranquilo. Eso lo hace alguien que está a punto de perderlo todo.

Inés la miró. Sara tenía los ojos muy abiertos y las manos apretadas sobre la mesa, y Inés entendió de pronto que no estaba enfadada. Tenía miedo. Miedo de verdad, el miedo de alguien que ya ha recibido una vez un mensaje que decía voy a bajar y lo leyó a las siete de la mañana.

—No he dicho que vaya a ir —dijo Inés, más bajo.

—Tampoco has dicho que no.

—Todavía no he decidido nada.

Sara se echó hacia atrás en la silla y se cruzó de brazos.

—Entonces vamos a decidirlo juntas. Con Beltrán.

Con Marta. —Hizo una pausa—. Y si después de hablar con ellas sigues pensando que tienes que ir, irás como dijimos.

Hora y sitio. Y yo voy a estar en la escalera.

Y Andrés en el portal. Y no vas a llevar nada que no tenga copia.

Y vas a tener el teléfono encendido y grabando, que eso es legal, que lo he mirado esta noche a las cuatro de la mañana.

Grabar una conversación en la que estás tú es legal.

—Lo sé.

—Ya sé que lo sabes. —Sara cerró los ojos un segundo—. Lo digo para mí.

El reloj del horno marcaba las nueve y veintiséis. Inés cerró el portátil.

—Hora y sitio —dijo.

—Hora y sitio. —Sara se levantó—. Me voy a vestir. Llama tú a Beltrán. Que te diga ella que no.

—Me va a decir que no.

—Por eso.

Sara se fue. Inés se quedó sola en la cocina con el portátil cerrado, la libreta negra abierta y el café frío.

No contestó al correo de Roberto. Todavía no.