Capítulo 26 #2
—Que conste —dijo el notario, que se había inclinado mucho para mirar, con las manos a la espalda— que las cuatro hojas sueltas encontradas en el sobre coinciden visualmente, en su línea de corte y en los trazos de escritura del borde, con los cuatro talones del cuaderno de tapas verdes que aporta la requirente.
Sin perjuicio de la valoración pericial que corresponda.
Entonces, por fin, Inés leyó.
Empezó por las cuatro hojas del cuaderno, porque eran las que faltaban. La letra de su madre en el verano de 2025, temblorosa, apretada, con las mismas fechas en el margen izquierdo y las mismas iniciales.
8/11/17. Por la mañana, en la oficina. R.
llega a las diez con la cara gris. Cierra la puerta de su despacho y me llama.
Me dice: «Pilar, la chica me llamó anoche.
Desde abajo, desde la verja. Me dijo que estaba cerrado con el candado y que no podía salir, que dónde estaba la llave».
Se toca el bolsillo de la chaqueta. «Yo la llevaba aquí.
» Le pregunto qué le dijo. «Que subiera a casa y se encerrara, que yo iba.
¿Qué le iba a decir? Si abríamos por detrás se veía todo.
» Le pregunto qué es todo. No me contesta.
Luego me dice: «Ya no se podía hacer nada, Pilar.
Ya no se podía hacer nada». Y luego: «Si esto sale, nos hundimos los dos. Que el pago lo firmaste tú».
Esa tarde fui a declarar.
La hoja siguiente tenía solo dos líneas.
No lo he escrito en ocho años. Lo escribo ahora para que alguien lo sepa. No sé si es verdad lo de que ya no se podía hacer nada. Él tampoco lo sabe. Por eso lo dice.
Inés dejó de leer. No pudo seguir.
Le pasó la hoja a Sara sin mirarla.
Sara la leyó de pie. Inés la vio leer, vio cómo se le movían los labios en desde abajo, desde la verja , vio cómo se quedaba parada en Si abríamos por detrás se veía todo .
Vio cómo dejaba la hoja sobre la mesa de formica, muy despacio, con las dos manos, alineándola con el borde, como si fuera importante que quedara recta.
Luego Sara salió del cuarto comunitario.
Nadie la siguió. Inés oyó sus pasos en el portal, luego en el pasillo trasero, hacia el fondo. Luego nada.
El notario carraspeó. Remedios tenía los ojos cerrados y los labios apretados. Andrés miraba al suelo. Nuria se había llevado una mano al cuello.
—Continuamos cuando la señora Roldán lo considere —dijo el notario, con suavidad.
Inés leyó las tres hojas de bloc. Era la carta que su madre no había llegado a mandar, o la declaración que no había llegado a hacer; empezaba A quien corresponda y terminaba con su firma entera, Pilar Roldán Esteve , y entre una cosa y otra contaba, sin adornos, en el orden de un expediente, todo lo que estaba en el cuaderno y algo más.
La junta. El pago. La foto de Vera en la cocina.
La conversación del 8 de noviembre. Las amenazas: el despido, el pago firmado por ella, el aval de su hija.
El 12 de diciembre de 2017, en el despacho de la gestoría, con Fermín ingresado, Roberto le había puesto el libro de actas delante abierto por una página escrita esa misma mañana y le había dicho firma aquí, como vicepresidenta, que es un trámite .
Leí lo que ponía. Sabía lo que ponía. Firmé.
Las declaraciones de 2017 y 2018. No tenía constancia.
Y al final, en un párrafo más corto, más torcido, escrito con otro bolígrafo:
No pido que me perdonen. Pido que lo que he guardado sirva para algo. Si mi hija lee esto, que sepa que no lo hice por ella aunque él me nombrara a ella. Lo hice por miedo. El miedo era mío.
Inés dobló las tres hojas y las dejó sobre la mesa.
—Que conste lo que tenga que constar —le dijo al notario. La voz le salió más firme de lo que esperaba.
El notario describió el contenido de los documentos sin leerlos en voz alta, con una precisión de inventario: número de hojas, tipo de papel, tinta, fecha manuscrita, firma, primeras y últimas palabras de cada documento.
La oficial fotografió cada hoja por las dos caras.
Luego el notario le preguntó a Inés qué deseaba hacer con ellos, e Inés dijo lo que habían hablado con Marta y con Nuria: que, como heredera, se hacía cargo de la documentación personal de su madre y que la dejaba en ese mismo acto en depósito en la notaría, a disposición del juzgado que la requiriera.
El archivador de la comunidad, con los recibos de 2009, volvió a su sitio en la balda más alta, con una copia del acta de presencia dentro, en una funda, donde había estado el sobre.
Firmaron todos. Remedios, con una letra grande y temblona que ocupó media línea. Nuria. Andrés. Inés.
El notario metió los documentos de Pilar en un sobre de la notaría, lo cerró, lo firmó por la solapa, le pidió a Inés que firmara también, y se lo entregó a su oficial, que lo guardó en el maletín.
—Le enviaré copia autorizada del acta mañana a su abogada —dijo, mientras se ponía el abrigo de cachemira—. Y otra a la policía, si me lo piden por escrito. —Se detuvo en la puerta—. Llevo treinta años en esto, señora Roldán. He visto muchos sobres que dicen personal . Pocos con tanto orden dentro.
Se fue con su oficial. Nuria se fue detrás, con el móvil ya en la oreja, hablando en voz baja. Andrés cerró el cuarto comunitario con llave, la probó dos veces y se quedó en el portal con Remedios, sin saber qué hacer con las manos.
Inés fue a buscar a Sara.
Estaba al fondo del pasillo trasero, sentada en el suelo, con la espalda contra la pared de la cenefa verde y blanca, junto a la puerta blanca con la barra antipánico.
Exactamente donde, en la foto de Vera, estaba la verja.
Tenía las rodillas dobladas, los brazos alrededor y la cabeza apoyada en ellos.
Inés se sentó a su lado. En el suelo. No dijo nada.
Estuvieron así mucho rato. Por la puerta de cristal de la calle entraba el ruido del mediodía: una moto, unos niños que salían del colegio de la esquina, la persiana del Moncayo.
— Si abríamos por detrás se veía todo —dijo Sara al fin, con la voz amortiguada contra las rodillas—. Le dijo que subiera para que no se viera la cadena.
—Eso dice mi madre que le dijo.
—Tu madre no tenía por qué inventárselo.
—No. —Inés miró la puerta blanca—. Pero un abogado dirá que es lo que una enferma recordaba que le dijeron hace ocho años. Que no se le puede preguntar. Que él lo negará.
—Ya lo sé. —Sara levantó la cabeza. Tenía los ojos secos, enrojecidos—. Lo sé, Inés. Lo sé todo. Lo he oído todo en ocho años.
Se quedaron en silencio.
—Él lo sabe —dijo Inés, despacio—. Es el único que lo sabe de verdad.
Lo que le dijo ella. Lo que le contestó él.
Cuánto tardó y por qué. Todo lo demás, lo que tenemos, son cosas alrededor.
Papeles. Lo que vio uno, lo que oyó otro, lo que apuntó mi madre.
Él es el único que estuvo en esos cuarenta y un segundos.
Sara la miró.
—¿Qué estás pensando?
Inés no contestó enseguida.
—Nada todavía.
—Inés.
—Nada. —Se puso de pie y le tendió la mano—. Hoy, nada. Hoy lo que hacemos es lo que dijimos. Copias a Marta y a Beltrán. Llamar a Beltrán y decirle lo del notario. Y ninguna de las dos baja sola a ningún sitio.
Sara cogió su mano y se levantó. Se quedó un momento delante de la puerta blanca, mirando la barra antipánico, el cartel verde del hombrecillo corriendo.
—Hora y sitio —dijo.
—Hora y sitio.
En el portal, cuando salieron del pasillo, Andrés seguía junto a la silla de Remedios.
Y en el primer tramo de la escalera, con una bolsa de la compra en cada mano y el bebé en la mochila portabebés, estaba Lucía Ortega, parada, mirando la puerta marrón del cuarto comunitario.
No sabían cuánto tiempo llevaba allí. Al ver a Inés, apartó la mirada y siguió subiendo sin decir nada.