Capítulo 26
El despacho de Nuria Soler ocupaba la segunda planta de un edificio modernista del paseo de Sagasta, con balcones de hierro forjado y un portal de mármol donde un conserje uniformado les preguntó adónde iban.
Arriba, todo era blanco y cristal: mesas de diseño, sillas de piel, cuadros abstractos, una recepcionista que les ofreció agua con gas en botellas pequeñas.
Nuria las recibió en su propio despacho, con la puerta cerrada, y no se sentó detrás de la mesa sino en un sofá bajo, junto a la ventana, como si necesitara estar más cerca del suelo.
—Nadie mira el logo —dijo Inés, por tercera vez en dos días, y se dio cuenta de que empezaba a sonar a disculpa.
—¿Y los Ortega? —preguntó Inés.
Nuria tardó en contestar.
—La compra del segundo B queda suspendida también. —Miró por la ventana—. Les llamaré yo. No quiero que se enteren por Roberto.
Les dijo que le entregaría el correo a la inspectora Beltrán con todos los datos técnicos del envío, que su despacho colaboraría con lo que hiciera falta y que, a título personal, lo sentía. No dijo qué sentía exactamente. No hizo falta.
Fue en la puerta, ya de pie, cuando Inés le habló de la grabación de su madre.
De lo demás está abajo, con las derramas .
De los archivadores del cuarto comunitario.
No había planeado contárselo. Se lo contó porque Nuria era, en ese momento, la representante del propietario del cuarto B, y porque Marta, por teléfono, mientras iban paseo de Sagasta arriba, le había dicho que si había que entrar en ese cuarto, cuantos más propietarios hubiera delante, mejor.
Nuria escuchó con atención.
—¿Y por qué no entráis y lo cogéis? Es un local común. Tú eres propietaria.
—Porque si lo que hay ahí son papeles de mi madre que la perjudican a ella y a Roberto, el abogado de Roberto dirá que los pusimos nosotras —dijo Inés—. Que una hija trastornada por el duelo y la hermana de la víctima se metieron en un cuarto sin testigos y salieron con lo que necesitaban.
Nuria la miró con algo parecido al respeto.
—Notario —dijo.
—Eso dice Marta.
—Un acta de presencia. Que el notario vea cómo se abre el archivador, describa lo que hay, lo fotografíe y, si es documentación personal de tu madre, que como heredera puedes reclamar, que la recojas delante de él y la dejes en depósito en la notaría.
—Nuria ya estaba sacando el móvil—. Tengo uno de confianza en la calle de Alfonso.
Si le llamo ahora, a lo mejor mañana a mediodía.
—¿Por qué haces esto?
Nuria levantó la vista del móvil.
—Porque mi firma está en un informe que dice que ese edificio está limpio. —Se encogió de hombros—. Y porque prefiero ser la abogada que lo descubrió que la que lo firmó sin mirar.
El notario se llamaba Ignacio Marín y era un hombre de unos sesenta años, bajo, calvo, con unas gafas de montura dorada y un abrigo de cachemira color camello que se quitó en el portal del Olmo 17 y le entregó a su oficial, una mujer joven con una cámara de fotos colgada del cuello y un maletín.
Llegó el miércoles a las doce menos diez.
Roberto había salido a las once y media.
Sara lo había visto desde su ventana meterse en el coche con la carpeta azul y torcer por la calle de atrás.
Los miércoles a mediodía, según Remedios, iba al banco y luego comía con su hermana en Casetas, y no volvía antes de las cinco; desde que Brisa había suspendido la operación, ya no tenía notaría a la que acudir por las tardes.
En el portal estaban Inés, como propietaria del tercero B; Nuria, como representante del cuarto B; Remedios, en su silla de ruedas, como propietaria del primero A, con Yolanda detrás; Sara, con la representación del propietario del cuarto A; y Andrés, con el mono de trabajo, la escalera de tijera y el manojo de llaves de la comunidad colgado del cinturón.
El notario los miró a todos con una curiosidad que no disimulaba.
—Bien —dijo—. Que conste que comparecen voluntariamente cuatro propietarios o representantes de propietarios de esta comunidad, de un total de ocho, y el encargado de mantenimiento, que dispone de llave del local comunitario.
Que conste que el objeto de mi presencia es dar fe de la apertura de un archivador concreto, que se encuentra en un espacio común, y de su contenido, a requerimiento de doña Inés Roldán, como heredera de doña Pilar Roldán.
No voy a buscar nada. Voy a mirar lo que ustedes me enseñen, en el orden en que me lo enseñen, y voy a describir lo que vea.
Si hay algo que no deba describir, lo diré. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Andrés abrió la puerta marrón del cuarto comunitario. Encendió el fluorescente, que parpadeó dos veces antes de quedarse fijo. La oficial empezó a hacer fotos: la puerta, la cerradura, la mesa de formica, las estanterías metálicas del fondo.
Inés se quedó en el centro de la habitación mirando los archivadores.
Había más de doscientos. Lomos de cartón de colores distintos, desvaídos por los años, rotulados a mano con letras diferentes: la letra apretada y elegante de alguien que había sido administrador antes de Roberto; la letra pulcra y regular de Roberto, con la estilográfica; la letra inclinada de su madre, que reconoció en varios lomos, en una balda a media altura, donde ponía Cuentas 2005 , Cuentas 2006 , Cuentas 2007 .
Y arriba del todo, en la última balda, casi tocando el techo, una fila de archivadores más gruesos con rótulos temáticos: Fachada 1998 , Tejado 2003 , Portero automático 2006 .
Derramas ascensor 2009.
Estaba en el extremo derecho de la balda más alta, entre Ascensor — mantenimiento y Seguro 2010-2014 . El lomo era de cartón gris, con una etiqueta blanca escrita a mano.
Con la letra de su madre.
—Ese —dijo Inés.
El notario se acercó. Miró el lomo. Le hizo un gesto a la oficial, que lo fotografió dos veces, con y sin flash.
—¿Puede bajarlo el encargado?
Andrés desplegó la escalera de tijera, subió tres peldaños, sacó el archivador con las dos manos —pesaba, se notaba en cómo tensaba los brazos— y lo bajó con cuidado. Lo dejó sobre la mesa de formica, delante del notario.
—Ábralo usted, señora Roldán.
Inés abrió la palanca.
Dentro había lo que decía el lomo: recibos de 2009, decenas de ellos, en fundas de plástico, uno por propietario y por mes, de una derrama de catorce meses para la instalación del ascensor.
Recibos de banco, con sellos, con los nombres de los vecinos de entonces.
Laguna, Fermín. Roldán, Pilar. Andreu, Basilio.
Remedios, desde la silla, estiró el cuello para mirar y dijo en voz baja: Uy, lo que nos costó el ascensor .
Inés pasó las fundas una a una. El notario la miraba hacer con los brazos cruzados.
A la mitad del archivador, entre los recibos de junio y los de julio de 2009, había una funda de plástico más gruesa que las demás. Dentro, un sobre grande de color marrón, de los de oficina, cerrado con una tira de cinta adhesiva transparente que había amarilleado un poco en los bordes.
En el anverso, con letra grande, temblorosa, de los últimos meses:
PILAR ROLDÁN — PERSONAL. Para mi hija Inés, o para la hermana de Vera Ríos.
Inés se quedó quieta con la funda en la mano.
Sara, a su lado, había dejado de respirar.
—Que conste —dijo el notario, en voz baja, inclinándose sobre la mesa— que en el interior del archivador con el rótulo Derramas ascensor 2009 , entre la documentación correspondiente a las mensualidades de junio y julio de dicho año, se encuentra una funda de plástico que contiene un sobre de color marrón, cerrado con cinta adhesiva, con la inscripción manuscrita que la oficial va a fotografiar.
La oficial fotografió.
—Señora Roldán. —El notario la miró por encima de las gafas doradas—. Usted ha manifestado ser heredera de doña Pilar Roldán. ¿Reconoce esta letra?
—Es la de mi madre.
—¿Desea abrir el sobre aquí, en mi presencia?
Inés miró a Sara. Sara asintió, muy despacio.
—Sí.
Lo abrió con el bisturí de su estuche, cortando la cinta por un lado sin tocar el papel del sobre. Dentro había un taco de hojas. Las sacó y las dejó sobre la mesa, una al lado de otra, sin leerlas todavía, mientras la oficial hacía fotos.
Cuatro hojas de cuadrícula, del mismo tamaño que las del cuaderno verde, con el borde izquierdo cortado limpio, recto, a un milímetro del margen.
Tres hojas de bloc, de rayas, escritas por las dos caras con la letra temblorosa de los últimos meses, numeradas en la esquina, firmadas al final. Con fecha: Agosto 2025 .
Una fotocopia del borrador del acta del 16 de octubre de 2017. La misma que había en la carpeta de Fermín, pero sin la anotación del margen.
Inés sacó de su mochila el cuaderno de tapas verdes, que llevaba en una funda de plástico, y lo abrió por el final, por las cuatro hojas arrancadas.
—¿Puedo? —le preguntó al notario.
—Explíqueme qué va a hacer.
—Este cuaderno es de mi madre. Lo encontré en su casa hace nueve días. Le faltan cuatro hojas al final, cortadas con cúter. Quiero comprobar si son estas.
El notario asintió. Le hizo un gesto a la oficial.
Inés colocó la primera de las cuatro hojas sueltas junto al talón de la primera hoja arrancada del cuaderno.
Las acercó despacio, sin forzar, como se acercan dos fragmentos de una hoja rota sobre una mesa de restauración.
El corte del talón y el borde de la hoja coincidían: la misma línea, la misma pequeña desviación del cúter en la parte de abajo, donde la regla había resbalado un milímetro.
Y las marcas de tinta que Inés había visto el lunes con el cuentahílos en el talón —la parte de abajo de una ele, el arranque de una ge— continuaban en la hoja suelta, en las mismas letras.
Hizo lo mismo con las otras tres. Encajaban.