Capítulo 25 #2
—Hoy mismo.
—Hoy mismo.
Marta había sacado de una carpeta la fotocopia del informe de dos páginas de las diligencias y la había puesto sobre la mesa, al lado del original de Mateo.
Los dos encabezados, uno junto a otro. Un escudo sin línea, con letras verdes.
Un escudo con línea diagonal, con el nombre al lado.
Expeditas. Practicables. Cuatro páginas y seis fotos.
Dos páginas y ninguna. Riesgo grave para la evacuación de los ocupantes.
No se observan deficiencias significativas.
La sierra y el anzuelo de la firma de Mateo. La M redonda de cuaderno de caligrafía.
—Dos informes con el mismo número —dijo Marta—.
Uno lo escribió el técnico el veinte de octubre de 2017 y lo mandó al contratista y al administrador.
El otro no lo escribió el técnico, lleva una firma que el técnico niega, usa una plantilla que la empresa no tenía hasta enero de 2018, y es el que se aportó a la causa penal y el que la comunidad ha facilitado este año a una promotora para vender el edificio.
—Se volvió hacia Beltrán—. Inspectora, con esto, con el albarán, con el borrador del acta de la carpeta del presidente, con la foto anclada por el aviso de agua y con el testimonio del operario y del señor Gil, esta tarde presento en el juzgado un escrito pidiendo la reapertura de las diligencias.
Y otro, urgente, pidiendo que se asegure judicialmente el libro de actas original y el archivo de la comunidad.
—Yo mando hoy un oficio al mismo juzgado con lo que tengo de la investigación actual —dijo Beltrán—. Las dos cosas juntas pesan más.
—¿Y Roberto? —preguntó Inés.
Beltrán cerró el cuaderno.
—Ahora sí. —Hizo una pausa—. Pero no hoy. Si le llamo hoy, mañana el libro de actas puede haber tenido un accidente. Prefiero que el juzgado ordene el depósito primero. Si todo va bien, el viernes por la mañana. El jueves, como muy pronto.
—¿Y hasta entonces?
—Hasta entonces, ustedes hacen vida normal. No le dicen nada. No le enseñan nada. —Miró a Inés en particular—. Y no le dicen a nadie más dónde tiene que mirar.
Inés asintió sin decir nada.
Marta se quitó las gafas y las dejó colgando de la cadena sobre el pecho.
—Os debo una cosa —dijo, mirando a Sara y a Inés—.
Me preguntasteis el viernes por los plazos y os dije que no os daba un número.
He estado estudiándolo este fin de semana.
—Hizo una pausa—. Sigo sin daros un número, porque esto lo va a decidir un juez y hay argumentos para un lado y para otro.
Pero creo que hay plazo para pedir que se reabra.
Para algunas cosas. —Miró a Sara—. Y quiero que lo oigas de mí ahora, antes de que te hagas ilusiones: es posible que lo que ocurrió en 2017 no llegue nunca a juicio.
Por los plazos, por lo difícil que es probar qué habría pasado si esa puerta hubiera estado abierta, por lo que sea.
Lo que sí está mucho más claro es lo de ahora.
Un documento falso que se usó en 2017 y que se ha vuelto a usar en 2025 para vender un edificio.
Un hombre que entra en una vivienda ajena, se lleva papeles, hace copias de una llave, presiona a un testigo. Eso no prescribe en diez días.
—No es lo mismo —dijo Sara.
—No es lo mismo. —Marta no apartó la mirada—. Pero es un hombre sentado delante de un juez explicando por qué se falsificó un informe técnico sobre la salida de emergencia de un edificio donde murió una persona. Y eso, Sara, no lo ha conseguido nadie en ocho años.
Sara asintió.
Salieron a la calle a las once y media. Mateo se fue con Beltrán en un coche camuflado hacia la Jefatura, con el archivador verde en el regazo y la cara de un hombre que va a un sitio donde lleva ocho años esperando que le llamen.
Inés y Sara se quedaron en la acera del Coso, en la esquina con la calle de Alfonso, entre la gente que pasaba con bolsas.
—Nuria —dijo Sara.
—Marta ha dicho que había encontrado otra cosa en sus correos.
—¿La llamas?
Inés sacó el móvil. Antes de que pudiera buscar el número, la pantalla se iluminó con una llamada entrante. Nuria Soler.
Lo miró un segundo. Descolgó.
—Inés. —La voz de Nuria no tenía nada de la soltura de la cafetería de la plaza de los Sitios—. He mirado el membrete. Y he mirado otra cosa. ¿Podemos vernos? Hoy. Sin Roberto. Y sin mi cliente.
—¿Qué otra cosa?
Una pausa larga en la línea.
—El informe técnico de 2017 no venía en el expediente judicial que nos facilitaron.
Nos lo mandó él. Roberto. Por correo, en octubre, hace un mes, cuando le pedimos documentación adicional para el seguro.
—Otra pausa—. Lo adjuntó él mismo, en PDF, con un mensaje que decía: Aquí tenéis el informe del técnico de prevención; como veréis, todo estaba correcto .
Inés se quedó callada.
—Ese correo lo tengo yo —siguió Nuria—. En mi bandeja.
Con la fecha. Y he comprobado el logo, y he comprobado la circular de esa empresa, que está en su web, en la sección de historia.
—Se le quebró ligeramente la voz—. He firmado una due diligence que dice que la documentación de ese edificio está limpia, Inés. Con mi nombre.
—¿Dónde estás?
—En mi despacho. En Sagasta.
—Vamos para allá.
Colgó. Sara la estaba mirando.
— Como veréis, todo estaba correcto —dijo Inés.
—En octubre. Hace un mes. —Sara se metió las manos en los bolsillos—. Mientras yo le veía salir de tu casa con la caja azul debajo del brazo, le estaba mandando a una abogada un informe falso de hace ocho años para vender el edificio.
—Lo ha vuelto a usar.
—Lo ha vuelto a usar. —Sara miró hacia el final del Coso, hacia la plaza de España—. Eso es lo que decía Marta. Lo de ahora.
Echaron a andar hacia el paseo de Sagasta, juntas, sin decir nada más.