No abras la puerta Capítulo 29
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Capítulo 29

Allí estaré a las once.

Inés le dio a enviar a las siete y treinta y cuatro. La respuesta llegó a las siete y treinta y cinco.

Gracias, Inés. De verdad. Sola, por favor. R.

Sara llegó un minuto después, con unos vaqueros, unas zapatillas de deporte negras, una sudadera oscura y el pelo recogido en una coleta tirante. Traía su portátil, los dos móviles —el suyo y el de teclas— y una bolsa de papel de la panadería con dos bocadillos que ninguna de las dos se comió.

Lo planearon en la mesa de la cocina como habrían planeado una mudanza: con una hoja de papel, un bolígrafo y una lista.

Inés llevaría su móvil en el bolsillo interior izquierdo de la chaqueta, grabando desde las once menos dos.

En el bolsillo derecho, el móvil de su madre, con una llamada abierta al número de Sara.

Lo probaron tres veces. Sara se encerró en el baño con su teléfono pegado a la oreja y Inés habló en voz normal desde la puerta del piso, con el móvil de Pilar en el bolsillo de la chaqueta. Sara salió del baño.

—Se oye. No todo. Pero se oye. Si te alejas mucho de él, menos.

—No me voy a alejar.

—Eso es lo que me preocupa.

Sara estaría en el descansillo del primero, entre el 1A y el 1B, sentada en el escalón más alto del tramo que bajaba al portal, en calcetines, con las zapatillas en la mano para no hacer ruido.

Desde ahí no se veía la puerta del cuarto comunitario, pero se oía todo lo que pasara en el portal, y en tres segundos estaría abajo.

Con su móvil en la oreja, escuchando la llamada abierta.

Y con el móvil de teclas en la otra mano, con el 091 marcado en la pantalla, sin pulsar.

—Si oyes algo que no te gusta, llamas —dijo Inés.

—Si oigo algo que no me gusta, llamo y bajo.

—Primero llamas.

—Llamo mientras bajo.

Inés la miró. Sara le sostuvo la mirada.

—Vale.

Andrés estaría fuera. Se lo había propuesto él, por teléfono, a las seis, cuando Inés le contó lo que iba a pasar; ella no se lo había pedido.

Aparcaría la furgoneta enfrente, junto al Moncayo, con las luces apagadas, mirando el portal.

Tenía llave de la puerta de la calle y llave del callejón de atrás. Si Sara le llamaba, cruzaba.

—¿Y si Roberto le ve? —preguntó Sara.

—Andrés aparca ahí todas las noches que tiene avería en alguna finca de la zona —dijo Inés—. Roberto lo sabe. No le va a extrañar.

—Le ha despedido esta mañana.

—Por eso. —Inés dobló la hoja de la lista—. Si le ve, pensará que ha venido a pedirle explicaciones. Y que no se atreve a entrar.

Marta tenía la hora y el sitio desde las cinco. Beltrán, desde las once de la mañana. A las once menos cinco, Inés les mandaría a las dos un mensaje. Al salir, otro. Si a las once y media no había segundo mensaje, Beltrán entraba.

Lo repasaron dos veces. Luego no quedó nada que repasar y se quedaron sentadas en la cocina, con la luz del flexo y el reloj del horno, esperando.

—Háblame de algo —dijo Inés, a las nueve y media—. De lo que sea. Que no sea esto.

Sara se quedó pensando.

—El último fin de semana que estuvimos juntas, Vera y yo —dijo al fin—.

Dos semanas antes. Vino a mi piso de Las Fuentes con una caja de herramientas porque yo llevaba un mes con una balda del baño en el suelo y no la había colgado.

Me dijo que era una inútil. Y la colgó torcida.

Muy torcida. Así. —Inclinó la mano en el aire—.

Se le cayeron los botes de champú tres veces esa misma noche.

Me partí de risa. Ella se enfadó muchísimo.

—Una sonrisa breve—. La balda sigue torcida.

Me he mudado tres veces y en cada piso la he colgado igual de torcida. No sé por qué.

Inés no contestó. No hizo falta.

—Te toca —dijo Sara.

Inés pensó un momento.

—Cuando tenía ocho o nueve años, mi madre me llevaba a la gestoría los sábados por la mañana porque no tenía con quién dejarme.

Me sentaba en una mesa vacía con un taco de folios y un bolígrafo, y para que no me aburriera me daba cartas viejas de clientes, de las que ya no servían, de los años cincuenta y sesenta, con letras antiguas, y me decía que las copiara.

Yo no entendía la mitad de lo que ponía.

Ella me enseñaba a leerlas. Esto es una ese larga, esto es una abreviatura de señor , esto es como se escribían los cincos antes.

—Inés se miró las manos—. Por eso soy restauradora.

Nunca se lo dije. Creo que nunca lo pensé hasta ahora.

Sara la miró.

—Le habría gustado saberlo.

—Ya.

A las diez y media, Sara subió a su piso a cambiarse de calcetines por unos más gruesos, porque el terrazo de la escalera estaba helado.

Inés se quedó sola. Fue al recibidor, se puso la chaqueta, comprobó los dos bolsillos.

Miró el abrigo camel de su madre en el perchero.

Le tocó el cuello un momento, sin descolgarlo.

Cogió la carpeta azul transparente con las fotocopias.

A las diez y cincuenta y cuatro, en el recibidor, con la puerta todavía cerrada, mandó los dos mensajes.

A Beltrán: Entro. Cuarto comunitario, planta baja. 23:00. Sara en la escalera, Andrés fuera.

A Marta: Bajo. Te escribo al salir.

La respuesta de Beltrán fue inmediata: Estoy en Escoriaza. Patrulla en la zona. A las 23:30 o antes si me llama alguien.

Marta no contestó. Luego sí, un minuto después: una sola palabra. Cuidado.

A las diez y cincuenta y ocho, Inés sacó su móvil, abrió la grabadora y pulsó el botón rojo. El contador empezó a correr. Lo guardó en el bolsillo interior izquierdo. Luego sacó el móvil de su madre, buscó el contacto Sara 4.º A , pulsó llamar. Sara contestó al primer tono.

—Estoy en el descansillo del primero —dijo Sara, en un susurro—. Andrés acaba de mandarme un mensaje. Está enfrente. Hay luz en el cuarto. La puerta está entornada.

—Bajo.

Inés guardó el móvil de su madre en el bolsillo derecho, con la llamada abierta y la pantalla bloqueada.

Abrió la puerta del 3B.

El rellano estaba a oscuras. Pulsó el interruptor y se encendió la luz del minutero. Cerró con su llave nueva, dos vueltas. Miró un momento la placa del 3B, el felpudo de BIENVENIDOS , el cilindro plateado.

Empezó a bajar.

En el descansillo del segundo, la puerta de los Ortega estaba cerrada y se oía una tele muy baja.

En el del primero, al pasar, vio a Sara sentada en el último escalón, encogida, con las zapatillas en el regazo y el móvil en la oreja.

No se miraron. Sara levantó la mano libre, sin decir nada, y la bajó.

Inés bajó el último tramo.

El portal estaba iluminado por la luz del minutero.

La puerta de cristal de la calle reflejaba el interior y apenas dejaba ver la acera de enfrente, la cristalera oscura del Moncayo ya cerrado, la silueta de una furgoneta blanca aparcada con las luces apagadas.

A la izquierda, la puerta gris del cuarto de contadores.

Al fondo, el arranque del pasillo trasero, en penumbra, con la cenefa verde y blanca y la puerta blanca con su cartel verde.

A la derecha, la puerta marrón del cuarto comunitario estaba entornada. Por la rendija salía la luz blanca del fluorescente.

Inés empujó la puerta.

El cuarto estaba como no lo había visto nunca.

Las estanterías metálicas del fondo tenían huecos, baldas enteras vacías.

Los archivadores estaban por todas partes: apilados en el suelo en columnas torcidas, abiertos sobre las sillas plegables, uno caído de lado con las fundas de plástico desparramadas en abanico sobre el terrazo.

Había cajas de cartón con papeles sueltos.

Olía a polvo, a papel viejo y a otra cosa, más agria, de alguien que había pasado muchas horas en un sitio cerrado sin ventilar.

Roberto estaba sentado a la cabecera de la mesa de formica.

Llevaba el abrigo de paño gris puesto y abotonado hasta arriba, de frío o de ganas de marcharse.

Debajo, la chaqueta de punto azul. No se había afeitado.

La barba gris de un día le oscurecía la mandíbula y le daba un aspecto distinto, más viejo, más desordenado.

Tenía las gafas de cerca colgadas del cuello y las manos cruzadas sobre la mesa.

Delante de él había tres cosas.

Una caja de archivo de cartón azul, con cantoneras metálicas y una etiqueta escrita a mano, ya un poco despegada por una esquina. CASA.

Una hoja de papel impresa, con el membrete de la comunidad, con dos líneas en blanco al final para firmar.

Y su llavero. Un manojo de llaves grande, con una anilla de cuero gastado, decenas de llaves de todos los tamaños. Lo había dejado sobre la mesa, al lado de la caja, bien a la vista.

Roberto levantó la vista al oírla entrar. Durante un segundo, su cara no tuvo ninguna expresión. Luego sonrió. Era la misma sonrisa de siempre, corta y razonable. Pero ahora, con la barba de un día y los ojos enrojecidos, se le notaban los bordes.

—Inés. —Se puso de pie, a medias, y se volvió a sentar—. Gracias por venir. De verdad. Pasa. Cierra, que entra frío.

—Prefiero dejarla abierta.

Él la miró un momento.

—Como quieras.

Inés no cerró la puerta. Avanzó hasta la mesa y se quedó de pie al otro lado, frente a él, con la carpeta azul transparente apretada contra el pecho. Notaba el peso de los dos móviles en los bolsillos de la chaqueta, uno a cada lado, como dos manos.

—Siéntate, mujer.

—Estoy bien así.

Roberto suspiró. Empujó la caja azul por la mesa hacia ella, despacio, hasta que quedó en el borde.

—Lo primero, lo primero. Esto es tuyo. —Puso una mano encima de la tapa—. Están las escrituras, los recibos del IBI, las garantías. Todo lo que había. No he tocado nada. Te pido perdón por habérmela llevado. Lo hice mal. —Retiró la mano—. Cógela.

Inés no la cogió todavía.

—¿Cuándo te la llevaste?

—En octubre. A mediados.

—El dieciséis. Un jueves. Por la tarde.

Roberto parpadeó.

—Puede ser. —Se pasó una mano por la barba—. No me acuerdo del día.

—Yo sí.

Cogió la caja. Pesaba lo que tenía que pesar. La dejó en la silla que tenía a su lado, sin abrirla, con la carpeta azul encima.

—Son las once y dos minutos —dijo, en voz alta y clara, mirando el reloj de la pared—. Me has devuelto la caja azul de mi madre. La que te llevaste de su casa.

Roberto la miró de una forma rara. Había notado algo y no sabía qué. Luego se encogió de hombros.

—Eso es. —Empujó la hoja impresa por la mesa—. Y esto es lo del fondo. La conformidad. Es un trámite. Lo firmamos todos y se reactiva lo de los Ortega, que me da mucha pena esa chica, con el niño…

—No voy a firmar nada.

—Inés…

—Nuria Soler ha declarado esta mañana en la policía que nadie ha pedido ese documento. Brisa lo ha puesto por escrito.

Roberto no se movió. Pero algo, en algún sitio, se cerró en su cara, como se cierra una puerta en otra habitación de una casa.

Retiró la hoja despacio, la dobló por la mitad y la dejó a un lado.

Durante un rato no dijo nada. Se oía el zumbido del fluorescente. Inés pensó en Sara, sentada en el escalón del primero, con el teléfono pegado a la oreja, conteniendo la respiración. Pensó en Andrés en la furgoneta. Pensó en Beltrán en la calle Escoriaza.

—Bueno —dijo Roberto al fin, con una voz más baja y más cansada—. Entonces vamos a dejarnos de trámites.

Se quitó las gafas del cuello y las dejó sobre la mesa, al lado del llavero.

—Ayer estuvisteis aquí con un notario. —No era una pregunta—. Abristeis un archivador. Os llevasteis algo.

—Sí.

—¿Qué?

Inés no contestó.

Roberto apoyó los antebrazos en la mesa y se inclinó hacia ella. Debajo del fluorescente, sus ojos parecían más claros y más húmedos de lo que eran.

—¿Qué escribió tu madre, Inés?