No abras la puerta Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

—Yo entiendo el dolor. De verdad que lo entiendo.

—Se volvió hacia Inés—. Y entiendo también que nuestra vecina del tercero, que acaba de perder a su madre, esté pasando un momento muy difícil.

Llegó hace diez días y lo primero que hizo fue denunciar a la policía que alguien había entrado en su casa.

Cambió la cerradura un sábado por la tarde.

Me ha pedido el libro de actas. Ahora nos manda un burofax.

—Hizo un gesto amplio con la mano abierta—.

Yo no digo nada. El duelo es muy malo. Pero cuando alguien que está así se junta con alguien que lleva ocho años buscando a quién culpar de una desgracia…

Pues pasan estas cosas. Y una comunidad que solo quería vender sus pisos a un buen precio se queda sin venta.

Lucía Ortega miró a Inés. Fue una mirada que Inés no olvidaría: no de rabia, sino de algo peor, de desilusión, como si Inés le hubiera quitado algo que ya tenía en la mano.

Inés abrió la boca. Sintió todo lo que tenía detrás de los dientes: el borrador de Fermín, la firma de su madre, el logo de Prevenzia, el albarán rosa que en ese momento estaba en una bolsa precintada en la Jefatura. Nada de acusaciones. Nada de nombres. Si él lo saca, que lo saque él.

La cerró.

—Mis motivos son míos —dijo—. Y los voy a explicar donde haya que explicarlos.

—Ya. —Roberto asintió despacio, con una tristeza paciente—. Como quieras.

—A mí no me ha sonsacado nadie —dijo de pronto Remedios, desde el final de la mesa. Todos se volvieron hacia ella—. Yo hablo con quien me da la gana, Roberto. Tengo ochenta y un años y todavía sé lo que digo. Y esa chica me sube el pan cuando Yolanda libra y no me ha pedido nada en su vida.

Roberto le sonrió con condescendencia.

—Nadie dice lo contrario, Remedios.

—Tú lo acabas de decir. —La anciana se cruzó de brazos sobre la manta—. Y yo no estaba para nada, dices. Pues yo estaba para votar en contra de que te lleves los papeles a tu casa. Ya ves.

Hubo un silencio incómodo. Andrés, en la puerta, bajó la vista al suelo y se le escapó algo parecido a una sonrisa que reprimió enseguida.

Entonces habló Nuria.

Se había quedado quieta durante todo el ruego, con las manos cruzadas sobre la mesa y la mirada fija en la tableta apagada. Cuando habló, lo hizo con la voz neutra de la presentación, pero un tono más fría.

—Yo también quiero hacer un ruego. Como representante del cuarto B.

—Miró a Inés y luego a Sara, a las dos—.

Mi empresa ha hecho una inversión importante en este edificio con base en una documentación que nos facilitó la comunidad y que nosotros revisamos con todo el rigor.

Si alguien de esta comunidad tiene algo que decir sobre esa documentación, le ruego que lo haga por el cauce adecuado, con pruebas, ante quien corresponda.

Pero que no lo insinúe en una junta, ni en el portal, ni en ningún sitio.

—Hizo una pausa—. Porque si alguien afirma públicamente, sin pruebas, que mi cliente ha comprado sobre documentos falsos o que este edificio esconde algo, mi cliente emprenderá las acciones civiles que correspondan por los daños que eso le cause. Lo digo para que conste.

—Que conste —dijo Roberto, y lo apuntó.

Nadie más pidió la palabra. Roberto levantó la sesión a las ocho y cuarenta y siete.

En el portal, mientras los vecinos se dispersaban, Iker y Lucía pasaron junto a Inés sin mirarla. Lucía se detuvo un segundo, con el bebé contra el pecho. Parecía que iba a decir algo. Luego no dijo nada y siguió escaleras arriba, e Iker detrás, cargando las dos sillas plegables que había bajado.

Basilio le dio una palmadita en el brazo al pasar.

—Bien hecho, hija. Maletas no.

Remedios le hizo un gesto con la mano desde la puerta del 1A antes de que Yolanda cerrara.

Sara se había ido la primera, sin despedirse, escalera arriba, de dos en dos.

Nuria salió la última del cuarto comunitario, con el abrigo puesto y la tableta en el bolso. Roberto se había quedado dentro recogiendo, y se oía el ruido de las sillas plegándose. Al pasar junto a Inés, la abogada se detuvo.

—No era personal —dijo, en voz baja—. Lo de las acciones civiles. Tengo que protegerme.

—Ya.

Nuria la miró. Por un instante, la seguridad de su cara se resquebrajó un poco, apenas, en las comisuras de los ojos.

—¿Hay algo? —preguntó, más bajo todavía—. Le pregunté hace una semana y me dijo que no lo sabía. ¿Sigue sin saberlo?

Inés pensó en el informe de dos páginas con un logo de 2018.

Pensó en que esa abogada lo tenía en su lista de documentos revisados, en su tableta, en la carpeta de su cliente, en la póliza de su seguro.

Pensó en lo que había dicho Marta: ni una palabra .

Pensó en lo que había dicho la propia Nuria: si encuentra algo, me interesa saberlo antes que nadie .

No sabía si Nuria Soler era alguien a quien contárselo o alguien de quien protegerse. Probablemente era las dos cosas, como todo el mundo en aquel edificio.

—Pregúntele a su cliente —dijo al fin— quién le dio el informe técnico de la obra de 2017. Y mire bien el membrete.

Nuria se quedó muy quieta.

—¿El membrete?

—Es todo lo que le puedo decir hoy.

La abogada sostuvo su mirada un momento más. Luego asintió una sola vez, sin decir nada, y salió a la calle.

Inés subió a casa. Echó la llave y la cadena. No encendió la luz de la cocina; se quedó a oscuras junto a la ventana del patio, con el abrigo puesto.

Abajo, en el segundo, en la ventana de la cocina de los Ortega, se encendió una luz.

Se oyó llorar al bebé, primero suave, luego más fuerte, y una voz de mujer que lo acunaba cantando algo en voz muy baja.

La canción se cortó. Siguió el llanto. Luego otra voz, la de Iker, y una puerta que se cerraba.

Inés se quedó escuchando hasta que el bebé se calló.

Pensó que había votado lo que tenía que votar.

Pensó que había hecho exactamente lo que le había dicho su abogada.

Pensó que Roberto había dicho en voz alta delante de todo el edificio que ella estaba trastornada por el duelo y que Sara era una chantajista, y que ella se había quedado callada porque callar era lo prudente.

Pensó que Lucía Ortega no la miraría a la cara durante mucho tiempo, y que tenía derecho a no hacerlo, porque Inés le había quitado una venta y no podía explicarle por qué.

Pensó que en aquel edificio nadie salía limpio de nada. Ni Roberto, ni Andrés, ni su madre, ni Mateo, ni los vecinos que en 2017 habían leído un aviso en el portal y habían dado la vuelta por la calle para tirar la basura. Ni ella, ahora.

El móvil vibró en el bolsillo del abrigo. Era Sara.

Gracias por votar que no. Y por no decir nada. Yo casi le rompo la cara.

Inés escribió: Yo también.

Luego borró también y escribió: Lo sé. Mañana.

Y antes de que pudiera mandarlo, el móvil vibró otra vez. Un número que tenía guardado desde esa tarde.

Esta noche he encontrado el informe. El de verdad. Cuatro páginas y las seis fotos. Y otra cosa que no esperaba. Mañana a primera hora os lo llevo. Mateo.