Capítulo 24
A las siete y veintiocho, en el cuarto comunitario había once personas, diez sillas plegables y un fluorescente que parpadeaba cada vez que alguien encendía la luz del portal.
Roberto presidía desde la cabecera de la mesa de formica, con el libro de actas cerrado delante, una carpeta azul abierta a su derecha y un bolígrafo de plata en la mano.
A su izquierda, Nuria Soler, con un traje de chaqueta gris y la tableta encendida sobre la mesa.
Luego, en el lado largo, los Ortega: Lucía, una mujer de pelo corto y ojeras profundas con el bebé dormido en una mochila portabebés contra el pecho, e Iker, que no paraba de frotarse las manos.
Basilio, con el audífono puesto y una libreta de espiral en la que no había escrito nada.
Remedios, en su silla de ruedas al final de la mesa, con Yolanda de pie detrás de ella.
Inés, en la otra esquina. Y Sara, en la última silla, junto a la puerta, con una hoja doblada en la mano.
Andrés estaba de pie en el umbral, con el mono puesto, apoyado en el marco. Roberto le había pedido que se quedara por si había que mover algo. No había que mover nada.
—Bueno —dijo Roberto, dando dos golpecitos con el bolígrafo en la mesa—.
Segunda convocatoria. Vamos a empezar, que tenemos un orden del día largo y no quiero teneros aquí hasta las diez.
Gracias a todos por venir. —Miró alrededor de la mesa con una sonrisa que incluía a todo el mundo—.
Antes de nada, para el acta: están presentes o representados los propietarios del primero A, primero B, segundo A, segundo B, tercero A, tercero B y cuarto B. Del cuarto A…
—Estoy yo —dijo Sara.
Roberto la miró. Fingió muy bien que acababa de darse cuenta de que estaba allí.
—Sara, tú eres inquilina. Las juntas son para propietarios.
—El propietario del cuarto A me ha dado su representación por escrito. —Sara desdobló la hoja y la empujó por la mesa hacia él—. Con su firma y una copia de su DNI. Puedo votar en su nombre. Lo dice la ley.
Roberto cogió la hoja, se puso las gafas de cerca y la leyó con detenimiento, más del que necesitaba.
Inés vio cómo apretaba un poco la mandíbula.
Sara le había dicho esa tarde, mientras subían del Moncayo, que el propietario del cuarto A, un jubilado de Huesca al que no le interesaba nada que no fuera cobrar el alquiler, le había mandado la delegación por correo electrónico a las cuatro, firmada y escaneada, después de dos llamadas y de que Sara le explicara que no pensaba votar a favor de nada que le subiera la cuota de comunidad.
—Está en orden —dijo Roberto, y le devolvió la hoja—. Pues entonces estamos los ocho. Quórum completo. Empezamos.
El primer punto lo presentó Nuria. Se puso de pie, habló durante diez minutos sin mirar notas, con la tableta en la mano, pasando diapositivas que nadie más que ella podía ver bien.
Explicó el proyecto de Brisa, la reforma de los pisos, el tipo de inquilinos, la gestión profesional, el compromiso de la empresa de pintar la escalera y cambiar el ascensor a su costa si se aprobaba la autorización.
Explicó la mayoría necesaria. No miró a Inés en ningún momento, y cuando terminó se sentó y cruzó las manos sobre la mesa.
—¿Alguna pregunta? —dijo Roberto.
—¿Maletas a las cuatro de la mañana? —preguntó Basilio, en voz demasiado alta—. Porque yo me acuesto a las diez y media.
—Los apartamentos tienen normas de convivencia muy estrictas, señor Andreu —dijo Nuria—. Y un teléfono de incidencias veinticuatro horas.
—Ya. —Basilio cerró su libreta—. Yo voto que no.
—Todavía no estamos votando, Basilio.
—Pues cuando votemos, voto que no.
Hubo una risa breve en la mesa. Iker la cortó en seco al ver la cara de Lucía.
—Votemos, entonces —dijo Roberto—. Punto primero: autorización del uso turístico de las viviendas. A favor.
Levantó él la mano. Dos votos, dijo para el acta, por el primero B y el segundo A. Nuria levantó la suya: cuarto B. Iker y Lucía se miraron y levantaron la mano a la vez: segundo B.
—Cuatro a favor. En contra.
Basilio levantó la mano con energía. Sara levantó la suya, por el cuarto A.
—Tercero B —dijo Roberto, mirando a Inés.
Inés notó que todos la miraban. Los Ortega, sobre todo. Lucía con el bebé dormido contra el pecho, con los ojos cansados fijos en ella.
Levantó la mano.
—En contra.
Roberto no dejó de sonreír. Apuntó algo en la carpeta.
—Tres en contra. Remedios.
—Yo me abstengo —dijo la anciana—. Que yo ya no voy a vivir lo suficiente para ver maletas.
—Cuatro a favor, tres en contra, una abstención. —Roberto dejó el bolígrafo sobre la carpeta—. No se alcanzan las tres quintas partes. Queda rechazada la propuesta.
Lucía Ortega cerró los ojos un momento. Iker le puso una mano en la rodilla. Nadie dijo nada. Nuria tecleó algo en la tableta, con la cara inexpresiva.
—Bueno —dijo Roberto—. La democracia es la democracia. Seguimos.
El segundo punto, información sobre las ofertas, lo despachó en tres minutos. El tercero, el presupuesto de pintura, se aprobó por unanimidad con una discusión sobre el color que Remedios zanjó diciendo que mientras no fuera verde le daba igual.
Luego Roberto pasó una hoja en la carpeta.
—Punto cuarto: renovación y expurgo del archivo comunitario.
—Levantó de la carpeta un sobre abierto, con el logotipo de Correos en la esquina—.
Antes de nada, tengo que informar de que esta mañana la comunidad ha recibido un burofax.
De la abogada de nuestra vecina del tercero B.
—Desdobló la hoja que había dentro—. Nos requiere para que conservemos de forma íntegra el libro de actas y toda la documentación de la comunidad entre 2016 y 2019, por existir indicios de que podría ser necesaria en un procedimiento judicial.
Hubo un murmullo. Iker se volvió hacia Inés. Basilio se ajustó el audífono.
—¿Procedimiento judicial? —preguntó Lucía—. ¿Qué procedimiento?
—Eso tendrá que explicarlo nuestra vecina.
—Roberto dobló el burofax y lo dejó sobre la mesa, con cuidado—.
Yo solo informo. Por mi parte, no hay ningún problema.
Aquí no hay nada que esconder. Propongo que se retire el punto del expurgo y que, para mayor seguridad, el archivo de esos años se traslade a un lugar más protegido que este cuarto, que ya veis cómo está, con humedad y una cerradura de hace cuarenta años.
Yo tengo el segundo A vacío y con cerradura de seguridad. Puedo custodiarlo allí hasta que…
—No —dijo Inés.
Lo dijo antes de pensarlo. Todos se volvieron hacia ella.
—La documentación de la comunidad está en el local de la comunidad —dijo, más despacio, intentando que no le temblara la voz—. No en una vivienda privada. Mi abogada me ha dicho que el requerimiento es para conservarla donde está.
Roberto la miró durante un segundo largo. Luego levantó las manos.
—Como quieras. Lo decía por su bien. —Se volvió hacia la mesa—. Votemos, entonces. ¿Quién está a favor de retirar el expurgo y trasladar el archivo de 2016 a 2019 al segundo A, bajo mi custodia?
Levantó la mano: dos votos. Nuria dudó un instante y la levantó. Iker la levantó a medias, sin mirar a nadie.
—¿En contra?
Inés. Sara. Basilio, que miró a Inés antes de levantarla. Y Remedios, despacio, desde la silla.
—Yo en contra —dijo la anciana—. Los papeles, donde han estado siempre.
—Cuatro y cuatro —dijo Roberto—. Empate. —Hizo una pausa teatral—. Pues entonces se retira el expurgo, que eso no lo discute nadie, y el archivo se queda donde está. Que conste en acta.
Apuntó. Inés soltó el aire sin darse cuenta de que lo estaba conteniendo.
—Ruegos y preguntas —dijo Roberto, y dejó el bolígrafo—. Y aquí, si me lo permitís, voy a hacer yo un ruego. Uno solo. Porque creo que los vecinos tienen derecho a saber algunas cosas.
Nadie contestó. Roberto se quitó las gafas, las dobló y las dejó sobre la carpeta. Cuando volvió a hablar, lo hizo con una voz más baja, más cálida, más triste. La voz de un hombre que lamenta tener que decir lo que va a decir.
—Hace ocho años, en este edificio, murió una chica.
Vera Ríos. Los que estabais aquí lo sabéis.
Los que no, lo sabéis porque os lo contamos al comprar.
Fue una desgracia. Un fuego eléctrico en el cuarto de contadores.
Se investigó a fondo. La policía, los bomberos, un juzgado.
Su familia, que lo estaba pasando muy mal, como es lógico, recurrió todo lo que se podía recurrir.
Durante cuatro años. Y los tribunales dijeron lo que dijeron: que fue un accidente y que no había responsabilidad de nadie.
Hizo una pausa. Miró hacia el final de la mesa.
—La señora que hoy vota en nombre del cuarto A se llama Sara León. Es la hermana de Vera.
El silencio que se hizo fue de otra calidad. Lucía se llevó la mano a la boca. Iker se volvió en la silla para mirar a Sara. Basilio frunció las cejas blancas hasta juntarlas.
Sara no se movió.
—No lo digo para hacerle daño —siguió Roberto, con la misma voz triste—.
Lo digo porque llegó a este edificio en febrero, alquiló un piso sin decirle a nadie quién era, y desde entonces ha estado haciendo preguntas a todos los vecinos.
Sobre todo a los más mayores. A Pilar, que en paz descanse, que estaba enferma y no estaba para nada.
A Remedios. Me consta que ha estado hablando con trabajadores de la comunidad.
—No miró a Andrés, que seguía en la puerta—.
Y me consta también, y esto lo digo con todo el dolor, que a algún vecino le ha dado a entender que si la comunidad llegaba a un acuerdo con su familia, todo esto se podía olvidar.
—Eso es mentira —dijo Sara.
Lo dijo sin levantar la voz. Roberto ni la miró.