Capítulo 23
Antes de las cinco pasaron por el despacho de la calle del Coso.
Marta Ibarra las recibió de pie, con el abrigo puesto, porque tenía un juicio a las cuatro y media en la Audiencia y no podía dedicarles más de veinte minutos.
Fueron dieciocho. Leyó los dos certificados de Prevenzia sin sentarse, con las gafas en la punta de la nariz, y cuando llegó a la circular del cambio de logotipo se detuvo y la leyó dos veces.
—Ya lo veo. —Marta dejó los papeles sobre la mesa con un cuidado que no había tenido con nada más—. Llevo ocho años con esa fotocopia en un expediente. La he leído veinte veces. Nunca miré el logo.
—Nadie mira el logo —dijo Inés.
Marta la miró por encima de las gafas.
—Tú sí.
—Lo vio Rosa. La de administración.
—Lo vio Rosa porque alguien le puso el papel delante y le preguntó.
—Marta se volvió hacia Sara—. Esto cambia cosas.
No todo, pero cambia cosas. Un acta que contradice un borrador se puede discutir.
Un informe técnico con un membrete que no existía en la fecha que lleva no se discute: es falso, o al menos no es lo que dice ser. Y se aportó a una causa penal.
Les pidió los originales de los certificados para hacer copias compulsadas y les devolvió los originales en una funda.
Les dijo que esa misma noche tendría preparado el borrador del escrito al juzgado y que mandaría copia a la inspectora Beltrán.
Les preguntó por Tomás, apuntó su teléfono y la hora de su llamada, y les pidió que no le dijeran a nadie, ni siquiera a los vecinos de confianza, lo de Prevenzia.
—Y en la junta de esta tarde —añadió, ya en la puerta, con el maletín en la mano—, ni una palabra de todo esto.
Votáis lo que tengáis que votar, os oponéis al expurgo, decís que habéis mandado un burofax y que hay un requerimiento de conservación, y os calláis.
Si alguien os pregunta por qué, decís que es por la herencia y que vuestra abogada os lo ha recomendado.
Nada de acusaciones. Nada de el acta es falsa . Nada de nombres.
—¿Y si él lo saca? —preguntó Sara.
—Si él lo saca, que lo saque él. —Marta abrió la puerta—. Un hombre que se pone a hablar en una junta de cosas de las que nadie le ha preguntado está diciendo mucho más de lo que cree.
A las cinco menos cinco entraron en el Bar Moncayo.
A esa hora el bar estaba medio vacío: dos hombres mayores jugando a las cartas en una mesa junto a la máquina tragaperras, una pareja joven con un bebé dormido en un carrito, el camarero secando vasos detrás de la barra con la tele puesta en un programa de cocina sin sonido.
Olía a café y a fritura de mediodía. Inés buscó la mesa del fondo, la misma del sábado de la semana anterior, desde donde se veía el portal del Olmo 17.
Andrés llegó a las cinco y diez. Llevaba el mono de trabajo debajo de una cazadora de cuero muy gastada y traía en la mano una carpeta de plástico transparente de las de gomas, apretada contra el costado.
Saludó al camarero con un gesto de cabeza, pidió un cortado y se sentó con ellas de espaldas a la cristalera, de manera que no se le viera la cara desde la calle.
No dijo nada al principio. Dejó la carpeta sobre la mesa, quitó las gomas y la abrió.
Dentro había una sola hoja.
Era la copia de un albarán de papel autocopiativo, de color rosa desvaído, casi salmón en el centro y amarillento en los bordes.
En la parte de arriba, impreso en tinta negra, un membrete sencillo: CERRAJERÍA DELICIAS · Julián Pardo · Cerraduras, llaves, cajas fuertes · C/ Delicias y un número de teléfono fijo.
Debajo, un número de albarán impreso en rojo: N.º 3417 .
El resto estaba escrito a mano, con bolígrafo, con una letra grande y descuidada de hombre que escribe de pie sobre un mostrador. La tinta no era tinta: era el azul violáceo que deja el calco al transferirse a la copia, más intenso donde el bolígrafo había apretado más.
Fecha: 19-10-17 Cliente: Comunidad C/ Olmo 17 (Adm. R. Mena)
1 — Cadena acero galvanizado 8 mm × 3 m 1 — Candado arco largo 60 mm laminado (2 llaves) 1 — Mano de obra / corte cadena
Total IVA incl.: 186,34 €
Abajo a la izquierda, en un recuadro impreso que decía Recibí conforme , una firma rápida, de trazo grueso, y debajo, en mayúsculas, A. GIL .
Y abajo a la derecha, en el espacio de observaciones, con la misma letra grande del cerrajero:
Para verja patio — urgente — lo paga la comunidad.
Nadie habló durante un rato.
Inés sacó el móvil, abrió la foto de la verja —la original, la de la copia del móvil de Vera que Sara le había pasado el jueves— y la amplió hasta el candado.
El cuerpo rectangular plateado, el arco largo, la inscripción en relieve en el costado, con el número de modelo que terminaba en 60 .
Luego abrió la foto del extracto bancario de la comunidad: 19/10/2017 · TRANSF. CERRAJERIA DELICIAS S.L. · -186,34 .
Puso el móvil sobre la mesa, al lado del albarán. Sara puso el suyo al lado, con la captura del WhatsApp: Mira lo que han hecho en la salida. Con candado!!
Cuatro cosas en fila sobre una mesa de formica de un bar de barrio. Un albarán rosa. Un extracto bancario. Una foto con un aviso de agua. Un mensaje.
— Para verja patio —leyó Sara en voz alta, muy bajo.
—El Julián lo apuntaba todo —dijo Andrés—. Era de los antiguos. Si no ponías para qué era, no te lo vendía.
Inés se inclinó sobre el albarán sin tocarlo.
No necesitaba el cuentahílos para ver lo que veía, pero lo sacó igualmente, por costumbre.
El papel autocopiativo envejece de una forma muy característica: la capa de microcápsulas del dorso se oxida, el color del papel vira, la tinta transferida se desvanece de manera irregular, más en los bordes que en el centro, más donde ha dado la luz.
Aquel albarán había pasado ocho años en una caja de cartón, en un trastero, entre cientos de otros.
Los bordes estaban amarillos, el centro todavía rosa, la escritura más pálida en la esquina superior derecha, donde probablemente le había rozado otro papel durante años.
No era un documento que se pudiera fabricar el fin de semana anterior.
Nadie que no supiera mucho de papel sabría siquiera cómo intentarlo.
—Es auténtico —dijo.
—Claro que es auténtico —dijo Andrés—. Lo firmé yo.
—Ya. Pero alguien lo va a preguntar.
Andrés se quedó mirándola un momento. Luego asintió.
—En la caja catorce —dijo—. Entre un tique de gasolina de octubre de 2017 y la factura de unas botas de seguridad. Le he hecho fotos a la caja entera antes de sacarlo, como me dijiste el domingo que hacías tú con lo de tu madre. Para que se vea dónde estaba.
Sacó su móvil y les enseñó las fotos: una caja de cartón de zapatos con un 14 escrito con rotulador en la tapa, un taco de papeles sujetos con una pinza, el albarán rosa asomando entre ellos, las fechas de los papeles de alrededor.
—Lo has hecho muy bien —dijo Inés.
—Lo he hecho tarde. —Andrés guardó el móvil—. Pero bueno.
Sara llevaba un rato sin decir nada. Tenía la mano abierta sobre la mesa, a unos centímetros del albarán, y no se atrevía a acercarla más.
—Andrés —dijo—. Esta mañana. Lo de Roberto.
Él se puso serio.
—Me ha llamado a las ocho, cuando estaba en la furgoneta. Muy amable. Que cómo estaba la niña, que si había terminado los exámenes. Y luego, como quien no quiere la cosa, que si había hablado con la hija de Pilar y con la del cuarto. Que le habían dicho que me habían visto con ellas.
—¿Quién se lo ha dicho?
—No lo sé. A lo mejor nadie. A lo mejor me lo ha soltado para ver qué cara ponía, aunque fuera por teléfono.
—Andrés bebió un sorbo del cortado—. Le he dicho que no.
Que yo con esas no hablo. Y él me ha dicho: Haces bien, Andrés.
Acuérdate de lo que hablamos en 2017. Que el del candado eres tú.
Y que mantenimiento de seis fincas no se encuentra todos los días.
Inés sintió un frío que no tenía nada que ver con la temperatura del bar.
—¿Eso te ha dicho? ¿Literal?
—Literal. —Andrés dejó la taza—. Ocho años después, la misma frase. El del candado eres tú.
Inés sacó del bolsillo interior de la chaqueta la tarjeta de la inspectora Beltrán, con el móvil escrito a mano en el reverso.
—Andrés. Esto no puede salir de aquí en una carpeta de gomas y volver a tu trastero.
—Ya lo sé.
—Ni a mi maletero. —Inés miró a Sara, que asintió—. Si te parece, llamo a la inspectora que lleva lo nuestro. Ahora. Que venga, que lo vea, que se lo lleve ella con un papel firmado que diga que se lo has dado tú y cuándo. Y tú le cuentas lo de esta mañana.
Andrés miró el albarán. Luego miró hacia la cristalera, hacia la calle, hacia el portal del Olmo 17 al otro lado.
—Llámala.
Beltrán contestó al segundo tono. Escuchó sin interrumpir.
Dijo que estaba en la Jefatura y que en veinte minutos estaba allí.
Tardó veinticinco. Entró en el bar con la misma parka verde oliva y las mismas zapatillas gastadas, saludó al camarero con un buenas que no llamaba la atención, pidió un agua con gas en la barra y se sentó en la mesa del fondo como una amiga que llega tarde a un café.
Escuchó a Andrés durante media hora. No tomó notas en el cuaderno: sacó un móvil de la parka y le pidió permiso para grabar la conversación, y Andrés dijo que sí.
Le preguntó por el diecinueve de octubre de 2017, por la cerrajería, por la cadena, por las llaves, por el automático del exutorio, por la noche del incendio, por la visita de Roberto a su cocina una semana después, por el contrato de mantenimiento, por la llamada de esa mañana.
Le preguntó por la caja catorce y le pidió que le mandara las fotos que había hecho.
Le preguntó si alguien más sabía que tenía ese papel. Andrés dijo que su mujer.
Cuando terminó, Beltrán sacó de la parka una bolsa de plástico transparente de las que se cierran con un precinto y un impreso doblado en cuatro.
—Esto es un acta de entrega —dijo—. Usted me da el documento, yo lo meto aquí delante de las tres, lo precinto, firmamos los dos y estas señoras como testigos, con la hora.
Usted se queda con una copia del acta. Yo me llevo el original a la Jefatura y se queda en dependencias policiales hasta que lo pida un juez. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Lo hicieron así, sobre la mesa de formica del Bar Moncayo, entre la taza vacía de Andrés y el vaso de agua con gas de la inspectora, mientras en la mesa de la máquina tragaperras los dos viejos seguían jugando al guiñote y la tele seguía mostrando, sin sonido, a un cocinero que flambeaba algo en una sartén.
Beltrán metió el albarán en la bolsa, la cerró, le puso el precinto numerado y escribió en la etiqueta la fecha, la hora — 17:52 — y una descripción breve.
Andrés firmó. Firmaron Inés y Sara. Firmó Beltrán.
—Lo de esta mañana —dijo la inspectora cuando terminó, guardando la bolsa en la parka— lo voy a poner en un oficio.
Una llamada de un presidente de comunidad a un trabajador suyo, recordándole que puede perder su trabajo, el mismo día que ese trabajador va a entregar a la policía un documento que perjudica al presidente.
Lo que sea eso lo dirá un juez. Pero que conste.
—¿Va a hablar ya con él? —preguntó Inés.
—Todavía no. —Beltrán miró por la cristalera hacia el portal del Olmo 17—. Me han dicho que hay una junta esta tarde.
—A las siete.
—¿Van a ir?
—Somos propietarias. Bueno, yo. Ella no.
—Vaya. —Beltrán bebió un sorbo de agua—. Haga lo que le ha dicho su abogada, que me imagino que le habrá dicho que no diga nada. Y si allí pasa algo que le parezca raro, me escribe. Esta noche estoy de guardia.
Se levantó, dejó un euro con cincuenta en la mesa por el agua y se fue sin despedirse de nadie más que del camarero.
Andrés se quedó un rato sentado con la copia del acta de entrega en las manos, mirándola. Luego la dobló en cuatro y se la guardó en el bolsillo interior de la cazadora, junto al corazón, con un gesto que a Inés le pareció inconsciente.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Ahora, nada. —Inés recogió el cuaderno—. Ahora lo tiene la policía.
—Me refiero a mí.
Sara le miró. Inés también. Ninguna de las dos tenía una respuesta.
—Ahora vas a la junta —dijo Sara al fin—. Si te toca ir. Cambias las bombillas que tengas que cambiar mañana. Y cuando te llamen a declarar, dices lo que nos has dicho a nosotras.
—Y me quedo sin las seis fincas.
—Probablemente.
—Y a lo mejor me imputan por lo del candado.
—A lo mejor. —Sara no apartó los ojos—. No te voy a mentir.
Andrés asintió despacio.
—Maite dice que nos apañaremos. —Se levantó y se subió la cremallera de la cazadora—. Dice que con lo que hemos ahorrado en noches sin dormir nos da para un año.
Lo dijo sin sonreír. Pero en la puerta del bar, al salir, se volvió un momento hacia ellas y levantó la mano, como quien se despide de alguien desde un andén.
Inés miró el reloj. Las seis y veinte.
Al otro lado de la calle, en el portal del Olmo 17, la luz estaba encendida.
Por la puerta de cristal se veía a Iker Ortega bajando la escalera con dos sillas plegables bajo los brazos, y detrás de él a Roberto, con su chaqueta de punto azul y una carpeta, abriendo con su llavero la puerta marrón del cuarto comunitario.
—El orden del día —dijo Sara—. Punto cuarto.
—El burofax ha llegado esta mañana. Me lo ha confirmado Marta.
—Ya. —Sara se puso de pie—. Vamos a ver qué hace con él.