Capítulo 22
Tomás devolvió la llamada a las doce y diez. Estaban en una cafetería de la avenida de Navarra, en una mesa del fondo, con dos cafés que se enfriaban. Sara puso el móvil en manos libres sobre la mesa y bajó el volumen lo justo para que no se oyera en la mesa de al lado.
—¿Sara? —La voz de un hombre joven, con un fondo de motores y de algo que goteaba—. Perdona, estoy en la nave, ahora salgo. Un segundo.
Se oyó una puerta, el viento, unos pasos sobre grava.
—Ya. —Una pausa—. No sabía que Vera tuviera una hermana. Bueno, sí lo sabía. Me lo dijo una vez en el ascensor. Que tenía una hermana pequeña que era periodista y que escribía muy bien y se gastaba todo el dinero en conciertos.
Sara cerró los ojos un segundo.
—Esa soy yo.
—Lo siento mucho. Lo siento muchísimo. —Tomás hablaba deprisa, con la urgencia de quien lleva tiempo con algo dentro—. Yo vivía enfrente, en el segundo B, con mi novia de entonces. No nos conocíamos mucho, de buenos días y de algún paquete que nos recogíamos. Era majísima.
—Tomás —dijo Sara—. Estoy aquí con Inés Roldán, la hija de la tesorera de la comunidad de entonces. Te queríamos preguntar por esa noche. Por una llamada que hiciste.
Hubo un silencio en la línea. Solo el viento.
—A Mena —dijo Tomás.
—A Mena.
Otra pausa.
—Os lo cuento. Pero os digo antes una cosa: han pasado ocho años y yo esa noche estaba como estaba. Hay cosas que tengo clarísimas y cosas que no. No os voy a decir que me acuerdo de algo si no me acuerdo.
—Eso es lo que queremos —dijo Inés.
Tomás les contó que esa noche él y su novia estaban despiertos viendo una película cuando olieron a quemado.
Que él abrió la puerta del piso y vio humo en la escalera, gris todavía, no negro, y que oyó a alguien abajo gritar ¡fuego!
. Que cogieron los abrigos y bajaron corriendo por la escalera tapándose la boca con la manga, y que al llegar al portal vieron la puerta del cuarto de contadores abierta y un resplandor naranja dentro, y salieron a la calle pegados a la pared de los buzones, tosiendo.
—En la calle me di cuenta de que la del 2A no había salido —dijo—. Su puerta estaba cerrada cuando bajamos. Pensé que a lo mejor no estaba en casa. Luego pensé que si estaba y bajaba más tarde, con el portal así, iba a intentar salir por atrás. Y que atrás estaba la cadena.
—¿Sabías lo de la cadena?
—Lo sabía todo el edificio. Había un aviso en el portal y en el pasillo.
Lo de la obra, que la puerta del patio iba a estar cerrada unas semanas.
Y yo bajaba la basura por el patio todas las noches y desde que pusieron la cadena tenía que salir por la calle y dar la vuelta.
Me cabreaba mucho. Me acuerdo de eso. —Una pausa—.
En el aviso estaba el teléfono del administrador.
Lo tenía guardado en el móvil desde que entramos en el piso, por una avería de la caldera. Le llamé.
—¿A qué hora? —preguntó Sara, aunque Inés sabía que lo sabía.
—No lo sé. Muy poco después de salir. Las doce menos diez, más o menos.
En la carpeta de Sara, en las diligencias, en el listado de llamadas entrantes del móvil de Roberto Mena que el juzgado había pedido en 2018, había una llamada de un número a nombre de Tomás Esteban a las 23:49:30, de cincuenta y dos segundos. Sara no lo dijo. Esperó.
—¿Qué le dijiste?
—Le dije que había fuego en el portal, que salía humo por todas partes, que la chica del segundo A no había salido y que la de atrás estaba cerrada con la cadena.
Que dónde estaba la llave. —Tomás respiró hondo—.
Eso lo tengo claro. Lo de la cadena y lo de la llave se lo dije.
Se lo dije gritando, porque había mucho ruido. Lo repetí dos veces.
—¿Y él?
Otro silencio. Más largo.
—Me dijo: Ya voy, ya voy, no hagáis nada .
Eso seguro. Ya voy, ya voy. Lo dijo así, dos veces, rápido.
—Tomás hizo una pausa—. Y antes de eso dijo algo más.
Corto. Me sonó a ya lo sé . Ya lo sé, ya voy, ya voy.
Pero no os lo puedo jurar. Había sirenas, había gente gritando en la acera, yo estaba gritando.
Puede ser ya lo sé . Puede ser vale . Puede ser cualquier cosa de dos sílabas.
Inés escribió ya lo sé (?) en la libreta negra, y debajo lo subrayó dos veces y luego tachó el subrayado.
—¿Lo declaraste? —preguntó Sara.
—Al día siguiente vino un policía joven a casa de los padres de mi novia, donde nos quedamos a dormir.
Me preguntó qué había visto. Le conté lo del humo, lo del portal, que llamé al administrador.
Y creo que le dije lo de la cadena. Creo.
—Tomás se quedó callado—. No lo sé. Estaba fatal.
Me acababan de decir que la chica había muerto.
Él apuntaba en una libreta y yo hablaba. No sé qué apuntó.
—Apuntó dos líneas —dijo Sara—. Manifiesta que llamó al administrador para informarle del incendio. Nada más.
—Joder. —Tomás soltó el aire—. Joder.
—¿Nadie te volvió a llamar? ¿El juzgado?
—Nadie. En enero nos fuimos de Zaragoza. Yo encontré trabajo aquí. Mi novia y yo lo dejamos al año. —Una pausa—. Yo pensaba que se habría investigado. Que lo de la cadena lo sabía todo el mundo. Era evidente.
—No lo era —dijo Sara—. Por lo visto, no lo era.
—¿Qué necesitáis?
—Que lo que nos acabas de contar se lo cuentes a una inspectora de policía y, si hace falta, a un juez. —Sara miró a Inés—. Tal como nos lo has contado. Con lo que tienes claro y con lo que no.
—Vale. —Tomás no dudó—. Dadle mi número. Puedo ir a Zaragoza cuando haga falta. Son dos horas.
Antes de colgar, se quedó un momento callado.
—Sara. Tu hermana. Una vez le subí un paquete que le habían dejado en mi casa.
Era un libro. De recetas de cocina vegana.
Me dijo que era para ti, que estabas en una época vegana y que te lo quería regalar por tu cumpleaños y que no se lo dijera a nadie porque era una sorpresa.
—Una pausa—. No sé por qué me acuerdo de eso.
Sara no contestó durante un momento.
—Me lo regaló —dijo al fin—. Lo tengo todavía. No he hecho ninguna receta.
—Haz alguna.
—Gracias, Tomás.
Colgó. Se quedó con el móvil en la mano, mirando la pantalla apagada.
Inés pidió dos cafés más a la camarera, que los trajo con una mirada curiosa hacia la mesa del fondo. Luego abrió la carpeta azul de Sara, la de las diligencias, buscó el parte de intervención del cuerpo de bomberos y lo puso sobre la mesa, al lado de la libreta negra.
Era una hoja con una tabla, con columnas de horas, códigos y anotaciones breves en mayúsculas. La había leído ya, el miércoles, de reojo. Ahora la leyó despacio, con un bolígrafo, y copió en la libreta las horas que importaban, una debajo de otra:
23:38 — inicio estimado del fuego (cuarto de contadores).
23:41 — primera llamada al 112 (vecino).
23:44 — Vera escribe a Sara: «Hay humo en la escalera.
Voy a bajar». 23:46 — Vera llama a R. Mena.
41 s. 23:49 — Tomás llama a R. Mena. 52 s.
«La de atrás está cerrada con la cadena.
¿Dónde está la llave?». R.: «(¿Ya lo sé?) Ya voy, ya voy».
23:52 — llega la primera dotación de bomberos.
Ataque por el portal. 23:55 — «Se persona el administrador de la finca».
00:03 — «El administrador indica posible acceso por patio posterior a través de callejón; solicita acompañamiento».
00:05 — acceso por patio, «franqueado por el administrador».
00:21 — víctima localizada en el baño de la vivienda 2A.
Las dos se quedaron mirando la lista.
—Ocho minutos —dijo Sara—. Desde que llegó hasta que dijo lo del patio.
—Llegó a las doce menos cinco con la llave del candado en el llavero. —Inés señaló una línea y luego otra—. Andrés lo vio ponérsela. Y le habían llamado dos personas en diez minutos para decirle que la verja estaba cerrada. Una de ellas desde delante de la verja.
—Y estuvo ocho minutos sin decirlo.
—O lo dijo y nadie lo apuntó.
Sara la miró.
—¿Lo estás defendiendo?
—No. —Inés negó con la cabeza—. Estoy haciendo lo que diría su abogado.
Que llegó en estado de shock. Que había mucha gente, mucho humo, que los bomberos estaban a lo suyo.
Que en cuanto el jefe de la dotación le preguntó por otro acceso, se lo dijo.
—Pasó las hojas de la carpeta hasta encontrar la declaración de Roberto de 2018, y leyó en voz alta—: Que al llegar al lugar se encontraba en estado de gran nerviosismo y que, cuando el jefe de la dotación le preguntó si existía otro acceso al inmueble, le indicó inmediatamente el patio posterior y le facilitó las llaves.
— Inmediatamente.
—Es lo que dijo.
—Ocho minutos después de llegar.
—Ya. —Inés cerró la carpeta—. Y aun así no demuestra que supiera que tu hermana estaba en ese pasillo.
Ni lo que ella le dijo en los cuarenta y un segundos.
Ni que lo de Tomás fuera ya lo sé y no vale .
Demuestra que tardó. Que sabía lo de la cadena porque la había mandado poner él.
Que tenía la llave. Y que dos personas le avisaron.
—¿Y eso no es suficiente?
—No lo sé, Sara. No soy jueza.
Sara apoyó los codos en la mesa y la frente en las manos.
—Hay otra cosa que no sé —dijo Inés, más bajo—. Y no te va a gustar que la diga.
—Dila.
—No sé si con la verja abierta a las doce menos diez tu hermana habría salido.
Ni si con el patio abierto a las doce menos cinco los bomberos habrían llegado antes al segundo.
Ni si con el exutorio funcionando la escalera habría estado menos llena de humo.
Puede que sí. Puede que no. Eso lo tendrá que decir alguien que sepa de incendios, y a lo mejor nunca lo sabremos seguro.
Sara no levantó la frente de las manos.
—Lo sé —dijo, con la voz amortiguada—. Me lo dijo Marta en 2018. Me lo ha dicho todo el mundo. Que no se puede demostrar que se habría salvado. Que el fuego no lo provocó nadie. Que fue un accidente.
—El fuego fue un accidente.
—Lo demás no.
—Lo demás no.
Sara levantó la cabeza. Tenía los ojos secos y muy brillantes.
—Mi hermana bajó la escalera tocando la pared —dijo—.
Llegó a la verja. Vio la cadena. Le llamó a él.
A él, a nadie más. Porque era el que tenía la llave.
Lo sabía todo el edificio. —Hizo una pausa—.
Y luego volvió a subir. Si él le hubiera dicho espera, que voy con la llave, aguanta junto a la verja, que te abro por detrás , ¿se habría quedado abajo?
¿Habría estado allí, junto al patio, cuando él llegó?
No lo sé. Nadie lo sabrá nunca. Pero le dijo que se encerrara.
Es lo que él dice que le dijo. Que se encerrara en casa.
Inés pensó en la cruz pequeña del cuaderno de su madre, en el margen del siete de noviembre. En las cuatro hojas arrancadas.
—Hay algo más —dijo—. No sé qué es. Pero mi madre arrancó cuatro hojas de su cuaderno, después de Junio 2025 — S . Y en la grabación dice que lo demás está abajo, con las derramas. Si mi madre sabía algo de esa noche que no puso en el cuaderno…
—Lo sabría por él.
—O por alguien.
Sara se quedó un rato callada.
—La junta es a las siete —dijo—. Y el expurgo es el punto cuarto.
—El burofax de Marta habrá llegado esta mañana.
—Roberto no va a tirar nada con eso encima de la mesa. No es tonto. —Sara miró el reloj del móvil—. Pero tampoco va a dejar que nadie toque esos archivadores antes de que lo decida un juez.
Pagaron. En la calle, el viento había limpiado el cielo y el sol de la una pegaba de lado en las fachadas de la avenida de Navarra. Inés sacó el móvil para mirar la hora y vio que tenía una llamada perdida de un número que no conocía y un mensaje de voz.
Lo escuchó allí mismo, en la acera, con el ruido del tráfico.
Era la voz de Andrés. Ronca, deprisa, en voz baja, desde algún sitio donde no quería que le oyeran.
Inés, soy Andrés. Lo tengo. Lo he encontrado esta mañana en la caja catorce. La copia rosa. Está todo, la fecha, mi firma, lo que pone. Os lo llevo esta tarde, antes de la junta. A las cinco en el Moncayo. No se lo digáis a nadie.
Una pausa en la grabación, el ruido de un motor.
Y otra cosa. Esta mañana me ha llamado Mena. Para preguntarme si había hablado con vosotras. Le he dicho que no.
La grabación terminaba ahí.