Capítulo 21
El polígono de Cogullada a las nueve menos diez de un lunes era un laberinto de naves grises, camiones de reparto maniobrando marcha atrás y rotondas con nombres de flores.
Las oficinas de Prevenzia ocupaban la primera planta de un edificio acristalado de los noventa, con un rótulo grande en la fachada: un escudo azul atravesado por una línea diagonal y, al lado, en letras mayúsculas, PREVENZIA · GRUPO SALUS .
Mateo las esperaba en el aparcamiento, de pie junto a un utilitario blanco, con un abrigo de paño y una carpeta de plástico bajo el brazo. Tenía ojeras.
—He estado en el garaje hasta las tres —dijo, antes de que le preguntaran—. He abierto nueve cajas de treinta. El disco duro no arranca. Esta noche sigo.
—Gracias —dijo Inés.
—No me deis las gracias todavía.
Rosa los recibió en una sala de reuniones con una mesa blanca, sillas de malla negra y una pantalla apagada en la pared.
Era una mujer de unos sesenta años, con el pelo corto rubio ceniza, gafas rojas y un cárdigan de punto, que abrazó a Mateo en la puerta con una familiaridad que no fingía y luego miró a Inés y a Sara con una cortesía más reservada.
—Mateo me ha contado un poco por teléfono —dijo, cuando se sentaron—.
Os voy a ser sincera desde el principio para que nadie se lleve una decepción.
Yo no os puedo dar los informes de un cliente.
Los informes son del cliente, de la empresa que nos contrataba.
Hay confidencialidad, hay protección de datos y ahora somos un grupo con un departamento jurídico en Madrid que me mira cada papel que sale de aquí.
—Lo entendemos —dijo Inés.
—Pero Mateo es el autor. —Rosa se volvió hacia él—.
Y como autor puede pedir que se le certifique lo que consta en nuestros registros sobre un documento que lleva su nombre.
Eso lo he consultado esta mañana con mi jefe y con jurídico.
Me han dicho que sí, siempre que lo pida él, por escrito, y que no entregue documentación del cliente sin su autorización.
—¿Y el cliente? —preguntó Sara.
—Moncayo Norte cerró en 2020. El administrador concursal la liquidó en 2021. —Rosa abrió un portátil que tenía delante—. No hay a quién pedirle autorización. Lo cual, para jurídico, es un problema y no una solución. Así que vamos a lo que sí puedo hacer.
Mateo firmó una solicitud que Rosa ya tenía preparada. Rosa la escaneó, la registró con un número y luego giró el portátil para que Mateo viera la pantalla. Inés y Sara se inclinaron por encima de su hombro.
Era una base de datos antigua, de pantallas grises con campos rectangulares, de las que se hacían a medida a finales de los noventa y nadie se atrevía a cambiar.
—El registro de salida —dijo Rosa—. Todo lo que salía de esta oficina tenía una entrada aquí. Lo migramos al sistema nuevo del grupo en 2022, pero el viejo lo conservamos en modo consulta. Por si acaso. —Tecleó—. Dos mil diecisiete, once cuarenta y tres.
Apareció una ficha.
N.º registro: 2017/1143. Fecha salida: 20/10/2017.
Tipo: Informe de visita — coordinación de actividades preventivas.
Técnico: PRIETO, MATEO. Cliente: INSTALACIONES Y REFORMAS MONCAYO NORTE S.L.
Obra: C/ Olmo, 17 — Zaragoza. Destinatarios: Moncayo Norte (e-mail + correo ordinario); Administración Fincas R.
Mena (e-mail, copia). N.º páginas: 4 + anexo fotográfico (6 fotografías).
Observaciones: URGENTE — deficiencias graves en evacuación.
Durante un momento, nadie habló.
— Cuatro páginas más anexo fotográfico —leyó Inés en voz alta.
— Urgente —dijo Sara—. Deficiencias graves en evacuación.
Mateo se había quitado las gafas y miraba la pantalla sin ellas, con los ojos entornados.
—La casilla de observaciones la rellenaba el técnico al entregar el informe para registrar —explicó Rosa, en voz baja—. Lo de urgente lo pusiste tú, Mateo. Yo me acuerdo de que lo hacías poco. Solo cuando de verdad había algo.
—Me acuerdo de escribirlo —dijo Mateo—. Ahora me acuerdo.
Sara sacó de su carpeta la fotocopia del informe de dos páginas que estaba en las diligencias y la puso sobre la mesa, al lado del portátil.
—Este es el informe que se aportó al juzgado en 2017 —dijo—. Con este número. Dos páginas. Sin fotos. Diciendo que todo estaba bien.
Rosa la miró. Se inclinó sobre ella, la leyó por encima, frunció el ceño en la segunda página. Luego volvió a la primera, al encabezado, y se quedó mirándolo un rato largo.
—Esto no puede ser de 2017 —dijo.
Inés sintió que algo se le tensaba en el pecho.
—¿Por qué?
—Por el logo. —Rosa señaló con un bolígrafo el escudo de la esquina superior—. Este escudo con la línea diagonal es el logo nuevo. Lo cambiamos cuando entramos en el grupo. Antes el escudo no tenía línea y el nombre iba en verde, Prevenzia Aragón S.L. , debajo, no al lado. —Se levantó—. Esperad.
Salió de la sala. Volvió a los cinco minutos con dos carpetas de cartón y una caja pequeña de folios con membrete, de las que se usan para imprimir cartas.
—Esto es papel de carta que sobró del cambio. Lo tengo en el armario de material porque soy una urraca y no tiro nada. —Sacó un folio de la caja y lo puso sobre la mesa—. El de antes.
Era un folio blanco con un escudo azul sin línea en la esquina superior izquierda y, debajo, en letras verdes, PREVENZIA ARAGÓN S.L. · Servicio de Prevención Ajeno .
—Y esto —Rosa abrió la primera carpeta— es el comunicado interno del cambio de imagen. Con la fecha.
Una circular de dos páginas, con el logotipo nuevo, dirigida a todo el personal: A partir del 15 de enero de 2018, toda la documentación emitida por la empresa deberá utilizar la nueva imagen corporativa. Se ruega retirar y destruir las plantillas anteriores. Fechada el 8 de enero de 2018.
Inés miró la circular. Luego miró el encabezado de la fotocopia del informe falso. El escudo con la línea diagonal. El nombre al lado, en mayúsculas.
—La plantilla con este logo no existía en octubre de 2017 —dijo, despacio.
—No existía en octubre de 2017 —repitió Rosa—. Ni en noviembre. Ni en diciembre. La diseñaron en una agencia de Madrid en diciembre y la mandaron a las delegaciones en enero.
Mateo se había llevado una mano a la boca.
—Alguien hizo esto en 2018 —dijo Sara. Su voz era muy tranquila—. Con el número del informe de verdad. Con una plantilla de la empresa que ya no era la de 2017.
—O alguien de aquí, o alguien que tenía un informe vuestro de 2018 y copió el formato —dijo Inés—. Y no se dio cuenta de que el logo había cambiado.
—¿Mena recibía informes vuestros en 2018? —preguntó Sara a Rosa.
—Mena era administrador de muchas fincas. Muchas de ellas hacían obras con empresas que nos tenían contratados. —Rosa se encogió de hombros—. Seguro que recibió alguno. Con copia, como este.
Nadie dijo nada durante un rato. Por la ventana de la sala se veía el aparcamiento, el utilitario blanco de Mateo, un camión que salía de una nave de enfrente.
—Rosa —dijo Inés—. ¿Tenéis el informe original? ¿El de cuatro páginas?
Rosa negó con la cabeza, y entonces sí pareció incómoda.
—El archivo en papel de 2017 se destruyó en 2023.
Lo hizo una empresa de destrucción certificada, con acta.
Era lo que tocaba: cinco años de conservación.
—Abrió la segunda carpeta y sacó una hoja: un certificado de destrucción de documentación, con una lista de cajas por años—.
Lo digital estaba en un servidor antiguo que se migró en 2022.
Los informes técnicos no se migraron, solo los registros.
Lo he buscado esta mañana a las siete. No está.
Sara cerró los ojos.
—Lo siento —dijo Rosa.
—No es culpa tuya.
—Ya lo sé. Pero lo siento.
Mateo se puso las gafas.
—Está en mi garaje —dijo—. Si está en algún sitio, está en mi garaje.
Rosa imprimió dos documentos. El primero era un certificado firmado por ella y por el director de la delegación, con el sello de la empresa, en el que se hacía constar, a petición de Mateo Prieto como técnico autor, que en el registro de salida de Prevenzia Aragón figuraba un informe con número 2017/1143, de fecha 20 de octubre de 2017, de cuatro páginas más un anexo fotográfico de seis fotografías, remitido a Moncayo Norte y con copia a Administración de Fincas R.
Mena, con la observación URGENTE — deficiencias graves en evacuación .
El segundo certificaba que la imagen corporativa con el escudo atravesado por una línea diagonal se había implantado el 15 de enero de 2018 y no se había utilizado en ningún documento anterior a esa fecha.
Adjuntaban una copia de la circular interna y un folio del papel de carta antiguo.
El director, un hombre joven con camisa azul y acento madrileño que apareció un momento para firmar, les dio la mano a los tres con una corrección algo nerviosa y le dijo a Mateo que si la policía o un juzgado necesitaba algo más, que lo pidieran por escrito y colaborarían.
—En cualquier caso —añadió, ya en la puerta—, entendemos que este documento de dos páginas no ha sido emitido por nuestra empresa. Si se ha utilizado en un procedimiento, nos gustaría saberlo.
—Lo sabrán —dijo Sara.
Salieron al aparcamiento a las diez y media. Hacía sol y un viento frío que levantaba bolsas de plástico entre los coches. Mateo se quedó junto a su utilitario con la carpeta de los certificados apretada contra el pecho.
—Llevadlos vosotras —dijo, tendiéndola—. A la policía. A la abogada.
—Son tuyos —dijo Inés—. Los has pedido tú.
—Por eso. —Mateo no bajó el brazo—. Yo os hago una copia, me quedo con la copia. Llevaos los originales. Si me los quedo yo, los meto en una caja del garaje y dentro de ocho años los encuentra alguien.
Inés cogió la carpeta.
—Mateo —dijo Sara—. Lo de ayer. Lo de Pamplona.
—No hace falta.
—Sí hace falta. —Sara se metió las manos en los bolsillos del abrigo—.
Ayer te dije que te fuiste a Pamplona. Y es verdad.
Pero también es verdad que alguien cogió tu número de registro, se inventó un informe con tu nombre y con una firma que no es la tuya, y lo metió en un juzgado.
Y que el juzgado no te llamó aunque mi madre lo pidió. —Hizo una pausa—. No es lo mismo.
Mateo la miró un rato.
—No es lo mismo —dijo al fin—. Pero se parece.
Se subió al coche. Antes de cerrar la puerta bajó la ventanilla.
—Esta noche, el garaje. Os llamo en cuanto tenga algo.
Arrancó y se fue.
Inés y Sara se quedaron en el aparcamiento, junto al coche de Inés, con la carpeta de los certificados encima del capó. Sara la abrió y volvió a mirar la circular, la fecha, el logo nuevo.
— Quince de enero de 2018 —dijo.
—El acta del libro, en diciembre de 2017.
El informe falso, después de enero de 2018.
—Inés contó con los dedos, sin darse cuenta de que lo hacía—.
Primero arregló el acta, con la firma de mi madre.
Luego, cuando la investigación pidió el informe del técnico, hizo uno nuevo.
Con lo que tenía a mano. Un informe de 2018 de la misma empresa que le habría llegado por otra obra.
—Y no miró el logo.
—Nadie mira el logo. —Inés se apoyó en el coche—. Yo no lo habría visto si no me lo dice Rosa. Lo miras cien veces y no lo ves. Es como las firmas. Se parecen. Y como se parecen, nadie las mira.
Sara cerró la carpeta.
—Marta —dijo—. Y Beltrán. Hoy.
—Hoy. —Inés miró el reloj—. Pero antes hay una cosa que quiero hacer.
—¿Qué cosa?
—Tú dijiste el sábado que en las diligencias está lo que pasó esa noche minuto a minuto.
Lo de los bomberos. Lo de la llamada de tu hermana.
—Inés se quedó mirando las naves grises del polígono—.
Y Andrés dijo que había un chico en la acera, Tomás, el del segundo B, gritando por teléfono que la de atrás estaba cerrada.
Sara la miró.
—Tomás Esteban. Declaró en 2017. Dos líneas. Ya no vive en Zaragoza.
—¿Le puedes encontrar?
Sara sacó el móvil y empezó a teclear sin contestar.