Capítulo 20 #2
—Mi M no es así —dijo Mateo—. Nunca lo ha sido.
Y yo no escribo practicables . —Señaló una palabra de la fotocopia con la uña—.
En mis informes siempre pongo expeditas .
Es una manía. Me lo enseñó mi primer jefe y me quedé con ella.
Vías de evacuación expeditas . Si buscáis cualquier informe mío de esos años, lo veréis.
—Pasó a la segunda hoja—. Y un informe mío nunca tenía dos páginas.
Nunca. Siempre ponía las fotos al final, con pie de foto. Esto no tiene fotos.
—¿Y el número? —preguntó Inés—. El 2017/1143.
Mateo frunció el ceño.
—El número puede ser el mío. No me acuerdo del número. Pero si lo es, entonces alguien ha cogido mi número de registro y ha puesto debajo otro texto. —Se quedó mirando el encabezado—. Y el membrete…
—¿Qué le pasa al membrete?
—No lo sé. —Mateo acercó la hoja a la luz de la ventana—. Hay algo que me suena raro. El logo. Este es el de Prevenzia, sí, pero… —Negó con la cabeza—. No sé. Me suena distinto. A lo mejor es la fotocopia.
Inés se inclinó para mirar. Era un logotipo sencillo: un escudo estilizado en una esquina, con una línea que lo atravesaba en diagonal, y el nombre de la empresa en letras mayúsculas al lado. No le dijo nada. No conocía el original.
—¿Se puede comprobar? —preguntó—. ¿En la empresa? ¿Guardan lo que mandabais?
—Deberían. Todo lo que salía pasaba por un registro de salida.
Número, fecha, destinatario, número de páginas.
Luego estaba el archivo de informes. —Mateo se frotó la frente—.
No sé si lo guardarán después de ocho años.
Hay obligación de conservar cinco, creo.
Pero las empresas grandes no tiran nada, y Prevenzia ahora es grande; la compró un grupo de Madrid.
Sigue teniendo la oficina en el polígono de Cogullada.
—¿Conoce a alguien allí?
—A Rosa. La de administración. Llevaba el registro cuando yo estaba y sigue ahí, que yo sepa.
Comimos juntos el año pasado. —Mateo cogió el móvil de encima de la chimenea—.
Mañana es lunes. Si queréis, la llamo esta noche y vamos por la mañana.
Yo soy el autor de ese informe. Tengo derecho a pedir una copia de lo que firmé. O de lo que dicen que firmé.
—¿Haría eso?
Mateo la miró con una expresión que Inés no supo interpretar al principio. Luego entendió que era vergüenza.
—Llevo ocho años sin hacer nada. —Dejó el móvil en la mesa—. Puedo hacer esto.
Inés pensó en preguntarle por su propia copia. Mateo se le adelantó.
—Y yo tengo mis papeles. —Hizo un gesto vago hacia la puerta, hacia el fondo de la casa—.
Cuando dejé Prevenzia me llevé una copia de todo lo que había hecho yo, en un disco duro y en papel.
Por si acaso. Para tener mis informes, mis fotos, por si alguna vez alguien me pedía cuentas de algo.
Está en el garaje, en cajas. Treinta y tantas cajas.
Y el disco duro es de 2018, no sé ni si arranca.
—Suspiró—. Esta noche me pongo a buscar.
No os prometo nada. Pero si lo guardé, está ahí.
Sara se levantó y fue hasta la ventana. Fuera ya empezaba a oscurecer, y el huerto se veía gris, con los cardos envueltos en periódico como pequeñas momias en fila.
—Mi madre —dijo, sin volverse— se pasó cuatro años diciendo que tenía que haber un informe que dijera la verdad.
Que un técnico no puede ver una cadena en una salida de emergencia y no decir nada.
La abogada pidió al juzgado que te citaran a declarar.
Me lo acabo de acordar. Lo pidió en 2018.
Y le dijeron que no hacía falta, que el informe ya estaba en el expediente y era claro.
Mateo no contestó. Inés vio que se le movía la nuez.
—Lo era —dijo Sara—. Era clarísimo. Decía que todo estaba bien.
Se volvió. No estaba llorando. Tenía la cara seca y tensa.
—No te estoy echando la culpa —dijo—. Hiciste lo que tenías que hacer. Lo escribiste. Lo mandaste. Alguien lo cambió. —Hizo una pausa—. Pero te fuiste a Pamplona.
—Me fui a Pamplona —repitió Mateo.
No dijo nada más. No se defendió. Se quedó sentado en su sillón con las manos sobre las rodillas, mirando las dos hojas de la fotocopia sobre la mesa camilla.
Cuando se levantaron para irse, ya era de noche.
Mateo las acompañó hasta el portón de la calle.
Antes de abrirlo se detuvo junto al huerto, se agachó, sacó una navaja pequeña del bolsillo del pantalón y cortó un cardo de los que estaban envueltos en papel.
Le quitó el periódico, le cortó las hojas de fuera y le dio a Inés el corazón blanco, largo, todavía con tierra en la base.
—Para Nochebuena es pronto —dijo—. Pero ya está bueno. Con almendras.
Inés lo cogió sin saber qué decir.
—Mañana a las nueve en Cogullada —dijo Mateo—. Os mando la ubicación. Y esta noche, el garaje.
Cerró el portón detrás de ellas. Inés lo vio, a través de los barrotes, quedarse un momento de pie en el huerto, a oscuras, con la navaja todavía en la mano.
Luego se dio la vuelta y fue hacia el fondo de la casa, hacia una puerta metálica que debía de ser la del garaje, y la abrió, y encendió una luz.
En el coche, de vuelta a Zaragoza, Sara no habló en todo el camino. Llevaba el cardo en el regazo, envuelto en una bolsa de plástico que Inés había encontrado en la guantera, y lo sujetaba con las dos manos como si fuera algo frágil.
Al llegar a la calle del Olmo, mientras Inés buscaba aparcamiento, dijo:
— Expeditas .
—¿Qué?
—Que mi madre se habría reído. —Sara miró por la ventanilla—. Ocho años, y lo que demuestra que un informe es falso es que el que lo escribió tenía una manía con una palabra.
—No es lo único.
—Ya lo sé. —Sara apoyó la cabeza en el cristal—. Pero se habría reído.