No abras la puerta Capítulo 20
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Capítulo 20

Mateo Prieto vivía en las afueras de Utebo, en una calle de casas bajas con tapias de ladrillo y portones de chapa verde, donde terminaban las urbanizaciones nuevas y empezaban los campos.

Su casa tenía un huerto delante, separado de la acera por una valla de alambre: hileras de acelgas, coles, unas matas de cardo atadas con cuerda y envueltas en papel de periódico para que blanquearan, un limonero en una maceta enorme junto a la puerta.

Les abrió antes de que llamaran. Debía de haberlas visto aparcar.

Era un hombre de sesenta y pocos años, enjuto, con el pelo blanco cortado a cepillo, gafas de montura fina y un jersey de lana gris con coderas.

Llevaba unas botas de goma manchadas de barro y se las quitó en la entrada, sobre un felpudo, antes de hacerlas pasar, con una pulcritud de hombre que vive solo desde hace tiempo y ha decidido no abandonarse.

—Pasad. Perdonad el olor. Estaba quemando rastrojos.

La casa olía a humo de leña y a café. Las llevó a un salón con una chimenea encendida, una mesa camilla con brasero, estanterías con libros técnicos y novelas de bolsillo, y en una pared, enmarcados, tres diplomas: una ingeniería técnica industrial, un máster en prevención de riesgos laborales, un curso de coordinación de seguridad en obras de construcción.

Hizo café sin preguntar. Lo sirvió en tazas que no hacían juego. Luego se sentó frente a ellas en un sillón de orejas, se cruzó de brazos y observó a Sara un rato.

—Andrés me ha dicho quién eres —dijo—. Lo siento mucho. Lo de tu hermana.

—Gracias.

—No me des las gracias. —Mateo se quitó las gafas y las limpió con el borde del jersey—. Llevo ocho años pensando qué le diría a alguien de su familia si alguna vez me lo encontraba. Y no se me ha ocurrido nada que valga la pena decir.

Sara no contestó. Inés vio que apretaba la taza con las dos manos.

—Contadme qué queréis saber —dijo Mateo—.

Y os aviso de una cosa antes de empezar, porque es importante: tengo sesenta y un años y han pasado ocho.

Me acuerdo de lo principal. De los detalles, no.

Si me preguntáis una fecha exacta o un número, no os la voy a dar de memoria, porque podría equivocarme y prefiero no decir nada a decir algo mal.

Los detalles están en los papeles. Mis papeles.

—Nos vale lo principal —dijo Inés.

Mateo asintió.

Habló durante media hora. Despacio, ordenado, con la voz de quien ha dado muchas charlas de formación a obreros con prisa por irse.

En 2017 trabajaba para un servicio de prevención ajeno, una empresa que se llamaba Prevenzia Aragón, como técnico superior.

Las constructoras pequeñas contrataban sus servicios para cumplir la ley: alguien tenía que visitar las obras, revisar que se cumplían las medidas de seguridad y dejarlo por escrito.

Moncayo Norte, la empresa de Ramiro, era cliente.

Mateo había ido a la obra del Olmo 17 tres veces.

—La primera, al principio, a ver el planteamiento.

Todo normal. Un cuadro eléctrico viejo que había que cambiar, poco espacio, material en el pasillo.

Les dije que señalizaran y que no obstruyeran el paso.

—Hizo una pausa—. La segunda vez fue a mediados de octubre.

Un jueves, creo. O un viernes. No me acuerdo.

Entré por el portal, fui al fondo, y me encontré la verja del patio cerrada con una cadena y un candado.

—¿Qué hiciste?

—Me cabreé. —Mateo lo dijo sin alterar el tono—.

Busqué al encargado y me dijo que era cosa del administrador, por los robos.

Llamé al administrador y vino al rato. Roberto Mena.

Lo tuve delante en ese mismo pasillo. Le expliqué que aquello era una vía de evacuación, que en un edificio de viviendas no se puede clausurar una salida con un candado, ni por tres semanas ni por tres horas, que si quería proteger el material lo guardara en otro sitio o pusiera una cerradura antipánico que se abriera desde dentro.

Me dijo que eran tres semanas, que no fuera exagerado, que los vecinos estaban informados y lo habían aprobado en junta.

—Lo de la junta es verdad —dijo Inés.

—Ya. Pero que lo apruebe una junta no lo hace legal.

—Mateo se volvió a poner las gafas—. Y luego vi lo del sistema de humos.

El automático del exutorio estaba bajado en el cuadro provisional, con un trozo de cinta encima.

Le pregunté al electricista y me dijo que lo había mandado el administrador porque saltaba con el polvo.

Eso ya me pareció muy grave. Una cosa es cerrar una puerta.

Otra es cerrar una puerta y además quitarle a la escalera la forma de sacar el humo.

—¿Lo pusiste por escrito?

—Esa misma tarde. En la oficina. Un informe de visita, con fotos.

Cuatro páginas, más o menos. Las fotos las hacía con la cámara de la empresa.

—Mateo miró hacia la ventana, hacia el huerto—.

Recomendaba retirar el candado inmediatamente y sustituirlo por un sistema que se pudiera abrir desde dentro.

Recomendaba reconectar el exutorio y, si saltaba con el polvo, proteger el detector durante las horas de trabajo y destaparlo al acabar cada día.

Y ponía, porque me acuerdo de haberlo escrito con esas palabras, que mientras no se corrigiera, la obra suponía un riesgo grave para la evacuación de los ocupantes del inmueble en caso de emergencia .

Sara cerró los ojos un momento.

—¿A quién se lo mandaste?

—Al contratista, que era nuestro cliente.

A Ramiro. Y con copia al administrador de la finca, porque era el que había dado las órdenes.

Por correo electrónico y en papel. En Prevenzia todo lo que salía tenía número y quedaba registrado.

Lo que pasara con él después ya no era cosa mía.

Yo no tenía autoridad para parar la obra. Solo para avisar. Y avisé.

—¿Volviste?

—La tercera vez fue a principios de noviembre.

La cadena seguía. Le volví a llamar la atención al encargado.

Me dijo que el administrador había dicho que la semana siguiente se quitaba, que ya casi habían terminado.

—Mateo hizo una pausa—. Iba a volver el jueves siguiente.

El nueve. El martes siete fue el incendio.

Nadie dijo nada. En la chimenea, un tronco se partió y soltó unas chispas contra la pantalla de hierro.

—Me enteré por el periódico, el día ocho, en el café de la oficina —siguió Mateo, más despacio—.

Muere una joven de veintiocho años . Calle del Olmo.

Me quedé un rato con el periódico en la mano.

Luego llamé a Mena. Le pregunté qué había pasado con la verja.

Me dijo que no me preocupara, que el fuego había sido un cortocircuito, que la chica se había quedado en su casa, que la verja no tenía nada que ver y que mi informe estaba entregado y todo en orden.

Esas palabras. Tu informe está entregado y todo en orden.

—¿Y te lo creíste?

Mateo miró a Sara a los ojos.

—Me lo quise creer. —No se excusó—. Pensé: hay una investigación.

Mi informe está registrado, tiene número, se mandó al contratista y al administrador.

La policía lo va a pedir, el juez lo va a ver, me van a llamar a declarar y yo voy a decir lo que vi.

Esperé a que me llamaran. —Hizo una pausa—.

En febrero de 2018 me salió un trabajo en Pamplona, en una empresa grande, con un contrato bueno.

Me fui. Nadie me llamó nunca. Ni la policía, ni el juzgado, ni nadie.

Al cabo de un año pensé que si no me llamaban, sería porque el informe ya decía lo que tenía que decir y no hacía falta más.

—No lo decía —dijo Sara.

Abrió la carpeta azul que llevaba en el regazo, sacó una fotocopia grapada de dos hojas y se la tendió.

Mateo la cogió. La miró primero por encima, con la distancia de quien conoce de sobra el formato de un documento. Luego se acercó las hojas a la cara, se subió las gafas a la frente y leyó.

Inés lo vio cambiar. No fue algo brusco. Fue como se ve cambiar el cielo antes de una tormenta: primero la luz, luego el color, luego todo.

Informe de visita a obra. Coordinación de actividades preventivas.

N.º 2017/1143. Fecha: 20/10/2017. Técnico: Mateo Prieto.

Y debajo, en dos páginas, un texto que Inés ya había leído esa mañana en el coche, en el móvil de Sara: Se verifica que las vías de evacuación del inmueble permanecen practicables durante la ejecución de los trabajos, con cierre mediante pestillo interior de la puerta de acceso al patio por razones de seguridad del material.

El sistema de evacuación de humos se encuentra en revisión programada por la empresa mantenedora.

No se observan deficiencias significativas. Al pie, una firma.

Mateo leyó las dos hojas enteras. Luego volvió a la primera y la leyó otra vez. Luego dejó las hojas sobre la mesa camilla, con mucho cuidado, como quien deja algo que podría morder.

—Esto no lo firmé yo —dijo.

Lo dijo muy bajo. Luego lo repitió, más alto.

—Esto no lo he escrito yo y no lo he firmado yo.

—¿Seguro? —preguntó Inés.

Mateo cogió un bolígrafo de la estantería, arrancó una hoja de un bloc que había sobre la mesa y firmó tres veces, una debajo de otra, sin pensar. Luego puso la hoja al lado de la fotocopia.

Inés no necesitó el cuentahílos. La firma de Mateo era una M angulosa, casi una sierra, seguida de una raya larga y plana que no se levantaba nunca del papel, y una P minúscula colgando de ella como un anzuelo.

La de la fotocopia empezaba con una M redondeada, de cuaderno de caligrafía, y la raya subía al final en una pequeña curva.

Se parecía. Se parecía mucho, a distancia.

Era el tipo de firma que hace alguien que ha visto la verdadera unas cuantas veces y la reproduce de memoria.