Capítulo 19
Andrés no cogió el teléfono a la primera, ni a la segunda. A la tercera, el domingo a las nueve y cuarto de la mañana, contestó con la voz pastosa de quien lleva rato despierto pero no quiere estarlo.
—Ya sé quién eres. Tengo tu número del grupo de la comunidad.
—Andrés, necesito hablar contigo.
—No.
—Por favor. Diez minutos.
—He dicho que no. —Una pausa—. No me líes, Inés. Te lo pedí el domingo pasado.
Colgó.
Inés bajó el móvil. Sara, que estaba sentada frente a ella en la cocina del 3B con un café, no hizo ningún comentario. Llevaban media hora decidiendo si llamarle, y Sara había sido la que dijo que no serviría.
A las diez menos cuarto, el móvil vibró. El mismo número.
—Soy Maite —dijo una voz de mujer—. La mujer de Andrés. Venid a las doce. En Torrero. Os mando el portal por mensaje. —Una pausa, y luego, más bajo—: Y no le digáis que os he llamado yo. Bueno, se lo va a imaginar.
El piso de Andrés Gil estaba en un bloque de ladrillo de seis alturas sin ascensor, en una calle en cuesta con coches aparcados en batería y un bar en la esquina con la persiana a medio levantar.
Subieron cuatro pisos a pie. En el rellano olía a caldo.
Les abrió una mujer de unos cincuenta años, bajita, con el pelo teñido de caoba, un delantal de cuadros y unas gafas en la cabeza.
—Pasad. Está en la cocina.
Andrés estaba sentado a la mesa de la cocina en camiseta interior y pantalón de chándal, con un vaso de agua delante y los antebrazos apoyados en el hule. Al verlas entrar no se levantó. Miró a su mujer con una mezcla de reproche y de algo parecido al alivio.
—Ya te dije que no —le dijo a Maite.
—Y yo te dije que sí. —Maite cerró la puerta de la cocina detrás de ellas y se apoyó en ella con los brazos cruzados—. Llevas ocho años sin dormir en noviembre, Andrés. Ocho. Yo también tengo derecho a dormir.
Andrés se pasó una mano por la cabeza rapada. Luego señaló dos sillas con la barbilla.
—Sentaos.
Se sentaron. Maite no. Se quedó de pie junto a la puerta, vigilando que nadie entrara ni saliera hasta que aquello terminara.
—Andrés —empezó Inés—. Esta es Sara León. Vive en el cuarto A.
—Ya sé quién es. —Andrés miró a Sara a la cara, sin apartar los ojos, y Inés vio que le costaba—. Te pareces a ella. A tu hermana. En cómo miras.
Sara no dijo nada. Se quedó muy quieta.
—Tu madre me llamó en 2018 —siguió Andrés—. Para que declarara. Le colgué el teléfono.
—Ya lo sé.
—Le colgué el teléfono a una mujer que había perdido a su hija. —Andrés miró el vaso de agua—. No te voy a pedir que me perdones. No vengo a eso.
—Yo tampoco vengo a eso —dijo Sara.
Hubo un silencio. En el fuego, una olla hervía muy despacio con la tapa entreabierta. Maite alargó la mano y bajó la llama sin moverse de la puerta.
—Cuéntanos lo de la verja —dijo Inés.
Andrés tardó mucho en empezar. Cuando lo hizo, habló con frases cortas, despacio, como quien coloca ladrillos uno detrás de otro sin mirar el muro entero.
—En 2017 yo trabajaba por días con una empresa de reformas, Moncayo Norte.
Del Ramiro, uno de Calatayud. Hacíamos obras de comunidades, sobre todo.
Muchas de las fincas que llevaba Mena. El Ramiro y Mena se conocían de toda la vida.
—Bebió un trago de agua—. La obra del Olmo era cambiar el cuadro general y centralizar los contadores.
Tres semanas. Yo era peón. Sacaba escombro, subía material, barría.
—¿Quién decidió cerrar la verja?
—Mena. —No dudó—. El diecinueve de octubre por la mañana me llamó al móvil.
Me dijo que fuera a la cerrajería de la calle Delicias, la del Julián, y que comprara una cadena gorda y un candado bueno, que no lo abra ni Dios , así me lo dijo.
Que lo pagaba la comunidad, que el Julián ya lo sabía y que le firmara el albarán.
Fui. El Julián me dio una cadena de tres metros y un candado de los grandes, de arco largo, con dos llaves.
Le firmé el recibí . Me dio la copia rosa, la de las de papel de calco.
—Andrés hizo un gesto vago con la mano—.
Yo guardo todas las copias. Por Hacienda.
Desde que me hice autónomo, guardo hasta los tiques del café.
—¿Y la pusiste tú?
—La puse yo. Esa misma mañana. Dos vueltas, alrededor del barrote de la hoja y del barrote del marco, por encima del pestillo, para que aunque lo descorrieras no se abriera.
—Lo describió con precisión, repitiendo los gestos con las manos—.
Luego le di las dos llaves a Mena. Las dos.
Él se puso una en su llavero, delante de mí. La otra no sé dónde la metió.
Sara se había quedado pálida.
—¿Por qué? —preguntó Inés—. ¿Por qué la cerró?
—Por los robos. Eso dijo. En otras dos obras del Ramiro les habían robado cable, y el cable de cobre vale dinero.
Guardábamos el material en el pasillo de atrás, junto a la verja, porque en el cuarto de contadores no cabía.
Si la verja se abría desde dentro con el pestillo, cualquiera que entrara en el portal detrás de un vecino podía sacar los rollos por el patio y el callejón en dos minutos.
Con la cadena no. —Andrés se encogió de hombros—. Tenía su lógica. Para el material.
—Y para la gente que tuviera que salir por ahí.
—Para la gente que tuviera que salir por ahí, no. —Lo dijo sin levantar la voz—. Ya lo sé.
Maite, junto a la puerta, se pasó la mano por la boca.
—¿Nadie dijo nada? —preguntó Sara—. ¿Nadie de la obra?
—El técnico. —Andrés levantó la vista—. El de prevención.
Mateo. Vino tres veces a la obra y las tres puso pegas.
La segunda vez vio la cadena y se le fue la cara.
Le dijo a Mena que eso no se podía hacer, que era una salida de emergencia, que tenía que haber otra forma de proteger el material.
Discutieron en el portal. Yo lo oí. Mena le dijo que eran tres semanas y que no fuera exagerado.
El Mateo se fue diciendo que lo iba a poner por escrito.
—¿Y lo puso?
—Supongo que sí. Era de esos. —Andrés hizo un gesto con la cabeza—. Legal. De los que lo apuntan todo.
—Andrés —dijo Inés—. El sistema de humos. El que se abre arriba, en el techo de la escalera.
Él tardó en contestar. Miró a Maite. Maite no se movió.
—Saltaba —dijo—. Con el polvo de la obra, el detector de la escalera saltaba y el exutorio se abría solo, y venían los de mantenimiento y lo cobraban.
Pasó dos veces la primera semana. Mena le dijo al electricista del Ramiro que lo desconectara mientras durara la obra.
El electricista bajó el automático en el cuadro y le puso un trozo de cinta americana encima con NO TOCAR escrito con rotulador.
Yo lo vi. —Respiró hondo—. Tres semanas.
Iban a ser tres semanas. Luego se alargó por unos materiales que no llegaban.
El siete de noviembre todavía estábamos.
Durante un rato nadie dijo nada. La olla hervía muy bajito.
—Esa noche —dijo Sara—. En el bar. Cuando visteis el humo.
Andrés cerró los ojos.
—Lo supe en cuanto crucé la calle. Que la de atrás estaba cerrada.
Que si había alguien en la escalera que no pudiera salir por el portal, no podría salir por atrás.
Lo supe. Y no hice nada. —Abrió los ojos—.
No fui al callejón, porque no tenía llave de la puerta del callejón y no podía hacer nada con la cadena.
No se lo dije a ningún bombero. Me puse a ayudar con el Fermín, que era lo que tenía delante, y me dije que los bomberos ya sabrían.
Que el administrador estaba allí. Que él tenía la llave.
—¿Estaba allí?
—Llegó al rato. Lo vi llegar corriendo desde la esquina, con el abrigo abierto. Lo vi hablar con un bombero. No sé qué le dijo. —Andrés negó con la cabeza—. Luego me fui con la ambulancia del Fermín.
Inés notó que Sara se había clavado las uñas en la palma de la mano.
—¿Y después?
—Después vino la policía y me preguntaron a qué hora vi el humo y qué hice. Y les dije eso. No me preguntaron por la verja y no lo dije. —Andrés miró a Sara directamente—. Y una semana después vino Mena a verme. Aquí. A esta cocina. Se sentó donde estás tú.
Sara no se movió de la silla, pero Inés vio que se le tensaba la espalda.
—Me dijo que lo sentía mucho, que había sido una desgracia, que el fuego fue de un cable y que con verja o sin verja la chica no habría salido, porque el humo bajaba por el portal.
Que él había declarado que la verja tenía el pestillo y que lo de la cadena eran cosas de la obra que no venían a cuento.
—Andrés hizo una pausa—. Y me dijo: Andrés, piénsalo bien.
El que compró la cadena eres tú. El que firmó el albarán eres tú.
El que la puso eres tú. Si sale lo de la cadena, el primero que tiene un problema eres tú, no yo.
Yo soy el administrador, yo no toco nada.
Maite soltó un sonido, una especie de resoplido entrecortado.
—Y luego me dijo que andaba buscando a alguien de confianza para el mantenimiento de varias fincas de las que llevaba. Seis comunidades. Un sueldo fijo. —Andrés extendió las manos sobre el hule, mirándolas—. Yo llevaba tres años de obra en obra. Tenía una hija de once años. Le dije que sí.
—Te compró —dijo Sara.
Andrés no se defendió.
—Me dio trabajo. Que es peor. —Se miró las manos—.
Porque si me hubiera dado dinero, lo habría sabido.
Así no. Así cada mes me levantaba a cambiar bombillas en sus fincas y me decía que era un trabajo como otro cualquiera.
Y lo era. Y llevo ocho años cambiando la bombilla del portal donde se murió tu hermana.
Nadie dijo nada durante un rato largo.
Fue Maite la que rompió el silencio. Se apartó de la puerta, cogió un vaso del escurridor, lo llenó de agua del grifo y se lo puso delante a Sara, sin preguntarle. Luego otro a Inés.
—La niña tiene ahora diecinueve años —dijo—. Estudia Enfermería en Huesca. —Miró a Sara—. No lo sabías, ¿verdad?
Sara negó con la cabeza.
—Él no te lo iba a decir. —Maite se volvió hacia su marido—.
Cuando nos dijo lo que quería estudiar, este se fue al baño y estuvo media hora encerrado.
Yo no sabía por qué. Me lo contó esa noche.
Todo. Lo de la cadena, lo de Mena, lo de la chica del segundo, que era auxiliar en el Servet.
Llevo cuatro años sabiéndolo. —Volvió a apoyarse en la puerta—. Y cuatro años diciéndole que lo cuente.
Andrés levantó la cabeza y miró a Sara.
—El albarán —dijo—. La copia rosa. Si la tengo, está en el trastero, en las cajas de facturas. Hay doce cajas. Tengo que buscarla. —Hizo una pausa—. Mañana os la llevo. Si está.
—¿Y si no está?
—Entonces lo cuento igual. Lo que he contado aquí. —Andrés miró a su mujer—. Delante de quien haga falta. Policía, juez, quien sea.
—Sabes lo que te puede pasar —dijo Inés.
—No lo sé. Pero me lo imagino. —Andrés miró la mesa—. Peor que esto no es.
Sara se levantó de la silla. Fue hasta la ventana de la cocina, que daba a un patio de ropa tendida, y se quedó allí un momento, de espaldas a todos. Inés pensó que se iría, que diría algo duro, que se marcharía sin despedirse. No hizo nada de eso.
—Mateo —dijo, sin volverse—. El técnico. ¿Sabes dónde está?
Andrés pareció sorprendido por la pregunta.
—En Utebo. Se jubiló hace un par de años, se compró una casa con un huerto. Juega a la petanca con un primo mío. —Sacó el móvil del bolsillo del chándal, buscó algo con el pulgar torpe—. Tengo su número del grupo de la petanca. Si queréis, le llamo yo. A mí me conoce.
Sara se volvió.
—Llámale.
Andrés marcó. Esperó. Al cuarto tono contestaron.
—¿Mateo? Soy Andrés Gil. El de la obra del Olmo, en 2017.
Sí. Sí, ese. —Hizo una pausa larga, escuchando—.
No, no pasa nada. Bueno, sí pasa. Hay dos chicas aquí que te quieren preguntar por aquella obra.
Una es la hermana de la chica que murió.
La otra es la hija de la tesorera. —Otra pausa, más larga—.
Ya lo sé. Ya lo sé, Mateo. Por eso te llamo.
—Escuchó. Luego asintió, aunque el otro no podía verlo—. Vale. A las cinco. Te las mando.
Colgó y dejó el móvil sobre la mesa.
—Dice que a las cinco en su casa. Que lleva ocho años esperando a que alguien le pregunte por aquel informe. —Andrés las miró—. Me ha dicho que cuando se enteró del incendio por el periódico, llamó a Mena. Y que Mena le dijo que no se preocupara, que el informe ya estaba entregado y todo en orden.
Inés notó un escalofrío que le bajó por los brazos.
Al despedirse, en la puerta del piso, Maite le cogió la mano a Sara un momento, entre las suyas, sin decir nada. Sara se dejó.
Bajaron las cuatro plantas a pie, en silencio. En la calle, el sol de mediodía daba de lleno en la acera y hacía menos frío. Sara caminó hasta el coche de Inés, se apoyó en el capó y se quedó allí, con los ojos cerrados y la cara hacia el sol.
—¿Estás bien? —preguntó Inés.
—No. —Sara no abrió los ojos—. Llevo ocho años odiando a gente sin cara. A Roberto, a tu madre, a los vecinos que no dijeron nada, al juez, a la abogada de Roberto. Y ahora resulta que tienen cara. Y cocina. Y una hija que estudia Enfermería.
Inés se apoyó en el capó a su lado.
—Lo siento.
—No lo sientas. Es mejor así. —Sara abrió los ojos y miró la calle—. Es peor, pero es mejor.
Se quedaron un rato al sol, sin hablar, hasta que fue la hora de ir a Utebo.