Capítulo 18 #2
Inés empezó por la noche del siete. Esta vez no se limitó a los hechos de la puerta.
Contó lo del falso techo, el cuaderno, la foto, el extracto, el borrador de Fermín, el libro de actas, la firma de su madre, la grabación.
Contó lo que había dicho Dani esa mañana.
Sara contó lo del dieciséis de octubre: la hora, los veintidós minutos, la caja azul, la bolsa.
Contó quién era y por qué vivía en el cuarto A.
Contó lo de 2017, lo de la llamada de cuarenta y un segundos, lo del archivo.
Beltrán escuchaba con la cabeza baja, escribiendo muy deprisa con una letra pequeña e ilegible.
Solo interrumpía para preguntar cosas concretas: a qué hora exacta, quién más estaba, cómo sabe que era ese día, dónde está ahora ese documento, quién lo ha tocado.
Cuando Inés le dijo que había guardado la caja del falso techo en el maletero de su coche, levantó la vista un segundo y luego siguió escribiendo sin comentar nada.
Cuando Sara le explicó que la copia del móvil de su hermana se había hecho en presencia de la abogada y con acta, asintió con un gesto pequeño, de aprobación profesional.
Tardaron casi dos horas.
Cuando terminaron, Beltrán cerró el cuaderno y se quedó mirándolas un rato.
—Les voy a decir cómo veo esto, para que no se hagan una idea equivocada de lo que yo puedo hacer —dijo—.
Hay dos cosas distintas. Una es lo que pasó en 2017.
Eso es una causa judicial archivada. Yo no la puedo reabrir.
La puede reabrir un juez si se le aporta algo nuevo, y eso lo hará su abogada, si lo considera.
Lo que yo puedo hacer es mandar al juzgado un oficio contando que en una investigación actual han aparecido elementos que pueden tener relación con aquello. Eso lo voy a hacer.
—¿Y la otra?
—La otra es lo de ahora. —Beltrán golpeó el cuaderno con el bolígrafo—.
Un hombre que tiene una llave de una vivienda porque se la dio la dueña para emergencias.
La dueña muere. Él entra en la vivienda sin permiso de los herederos y sale con una caja de documentos.
Hace copias de la llave. Cuando llega la heredera, se presenta a medianoche con un pretexto falso y con un operario al que ha dado instrucciones concretas de abrir un falso techo donde, según usted, había documentos escondidos que le perjudican.
Y cuando usted le pregunta, le da tres explicaciones distintas en dos días. —Hizo una pausa—. Eso ya es otra cosa.
—¿Qué cosa? —preguntó Sara.
—Eso lo decide un juez, no yo. —Beltrán casi sonrió—.
Pero es una cosa que se investiga. Voy a citar al operario para que declare.
Voy a pedir información sobre la cerrajería que cambió el bombín y sobre la llave que le devolvieron.
Voy a querer ver esa caja del maletero, con cuidado, y que me expliquen cómo la encontraron, con fotos y con la hora del correo que se mandó usted a sí misma, que eso ha estado bien.
—Miró a Inés—. Y al señor Mena, de momento, no lo voy a llamar.
—¿Por qué no?
—Porque en cuanto lo llame sabrá todo lo que ustedes saben.
Y prefiero saber yo un poco más antes. —Beltrán guardó el cuaderno en el bolsillo de la parka—.
Les voy a pedir dos cosas. La primera: no se enfrenten a él.
No le acusen de nada, no le enseñen nada, no le pidan explicaciones en el portal.
Si les pregunta, son vecinas educadas que no saben nada.
La segunda: si pasa algo, cualquier cosa, una amenaza, una visita rara, un ruido en la puerta, llamen al 091 en ese momento y luego a mí.
—Les dio una tarjeta a cada una, con un móvil escrito a mano en el reverso—. En ese orden.
—En ese momento —dijo Inés—. No al día siguiente.
Beltrán la miró con curiosidad.
—¿Se lo dijo Ruiz?
—Y el cerrajero.
—Pues ya son tres. —La inspectora se levantó—. A lo mejor así se lo creen.
Al salir de la comisaría era noche cerrada. Hacía un frío seco y el cielo estaba limpio, con alguna estrella visible por encima de las farolas. Caminaron hacia el Olmo 17 por la avenida de Madrid, entre gente que salía de los comercios con bolsas y familias con niños en patinete.
—¿Te fías de ella? —preguntó Sara.
—No lo sé. —Inés se metió las manos en los bolsillos—. Me ha caído bien que no nos prometiera nada.
—A mí también. Eso es lo que me da miedo.
Al llegar al portal, la luz se encendió con el minutero nuevo. En los buzones, el de Inés tenía un sobre asomando por la ranura: un sobre blanco, alargado, sin sello, con su nombre escrito a mano en el anverso con una letra pulcra, regular, un poco anticuada, de estilográfica azul oscura.
Inés Roldán — 3.º B.
Inés lo sacó. Sara se acercó a mirar por encima de su hombro.
Dentro había una tarjeta de cartulina color crema, con el membrete impreso de la comunidad de propietarios, y unas pocas líneas escritas con la misma pluma:
Querida Inés: me han comentado que tienes dudas sobre algunas cosas de la comunidad. Es normal, con todo lo que estás pasando. Si te parece, antes de la junta del lunes nos tomamos un café y te lo aclaro todo, que para eso estamos los vecinos. Un abrazo. Roberto.
Inés le dio la vuelta a la tarjeta. El reverso estaba en blanco.
— Me han comentado —dijo Sara.
—¿Quién?
Sara miró hacia arriba, hacia el hueco de la escalera, hacia el primero, donde la puerta del 1B estaba cerrada y sin luz debajo.
—Cualquiera. Dani, Remedios, los Ortega. O nadie. —Se cruzó de brazos—. A lo mejor solo quiere que pienses que alguien se lo ha contado.
Inés guardó la tarjeta en el sobre y el sobre en el bolsillo interior de la chaqueta, junto a la tarjeta de la inspectora Beltrán.
No contestó a Roberto. Ni esa noche ni al día siguiente.