No abras la puerta Capítulo 18
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Capítulo 18

—Lo encontré anoche en diez minutos —dijo Sara—. Busqué el número entre comillas. La gente pone su móvil en todas partes.

—Gotea desde agosto —dijo—. Se lo dije al casero tres veces. No es mentira.

—Ya veo.

—Le he llamado a las ocho. Le he dicho que me gotea el grifo de la cocina y que si puede venir hoy. Ha dicho que a las diez.

—¿Y si me reconoce?

—No te vio. Solo vio tu puerta.

A las diez y cinco sonó el telefonillo.

Dani Cuesta era el chico de la mirilla: treinta y pocos años, delgado, con una barba rala y un pendiente pequeño en la oreja izquierda, el mismo forro polar gris.

Traía la caja de herramientas roja y una bolsa de deporte.

Al entrar en el portal se había quedado un segundo quieto mirando hacia arriba, hacia el hueco de la escalera; Inés lo había visto desde el rellano del cuarto, asomada a la barandilla.

—Buenos días. ¿El grifo?

—Por aquí.

Lo arregló en veinte minutos. Cambió el cartucho cerámico, que estaba rayado, y una junta del latiguillo, explicándole a Sara lo que hacía con una amabilidad un poco tímida, casi disculpándose por saber de aquello.

Inés estaba sentada a la mesa del salón, con un café, y él la saludó con un gesto de cabeza sin mirarla dos veces.

Cuando terminó, abrió el grifo, lo cerró, comprobó que no goteaba y se secó las manos en un trapo.

—Ya está. Cuarenta euros con el material. —Dudó—. Si quiere factura, se la hago, pero entonces es con IVA.

—Sin factura está bien —dijo Sara, y le dio dos billetes de veinte—. ¿Te tomas un café?

—No, gracias, tengo otra a las once en Valdefierro.

—Dani. —Inés se levantó de la mesa—. ¿Puedo preguntarte una cosa?

Él la miró. Esta vez sí la miró de verdad, y algo cambió en su cara: no reconocimiento, sino una especie de alarma vaga, la de alguien que nota que le han traído a un sitio por una razón que no es la que le dijeron.

—Dime.

—El viernes pasado por la noche, el día siete, estuviste en este edificio. En el tercero B. Con Roberto Mena.

Dani no contestó enseguida. Miró hacia la puerta de la cocina, hacia el pasillo, hacia la entrada, calculando los pasos que había hasta la calle.

—El tercero B es mi casa —siguió Inés—. Yo estaba detrás de la puerta.

—Ah. —Dani se pasó el trapo por las manos otra vez, aunque ya las tenía secas—. Ah, vale. Usted es… la hija. La de la señora que murió.

—Sí.

—Perdone. —Lo dijo de verdad, sin saber muy bien por qué—. Yo no… Mire, yo fui porque me llamó el señor Mena. No sé de qué va esto.

—No te estamos acusando de nada —dijo Sara, desde la puerta de la cocina, con la voz más suave que Inés le había oído nunca—. Solo queremos saber qué te dijo.

Dani miró a una y a otra. Luego dejó el trapo sobre la encimera y se apoyó en ella con los brazos cruzados.

—Me llamó a las once y veinte o así. Yo estaba en casa viendo una serie.

Me dijo que tenía una urgencia, una revisión de caldera en un piso de una señora mayor que había muerto hacía poco, que la hija acababa de llegar y que podía haber una fuga en el tubo de humos.

Que me pagaba la salida nocturna, cincuenta euros, aunque no hubiera que hacer nada.

—Se encogió de hombros—. Cincuenta euros por media hora es mucho dinero para mí. Le dije que vale.

—¿Te dijo que hubiera olor a gas? —preguntó Inés—. ¿Que un vecino hubiera avisado?

Dani frunció el ceño.

—No. Eso me lo dijo después, en el portal. Me dijo: Si te pregunta, di que ha avisado un vecino de que olía en la escalera . Yo pensé que era para que la señora, para que usted, no se asustara. Que si le dices a alguien a medianoche que vienes a revisar una caldera porque sí, no te abre.

—¿Y qué tenías que revisar exactamente?

—El registro del techo de la cocina. —Dani lo dijo sin dudar, como un dato técnico—.

Me dijo que trajera la escalera de tijera pequeña y la atornilladora, que había que abrir la tapa del falso techo que hay al lado de la caldera para mirar el tubo de humos, que podía estar suelto.

Me lo repitió dos veces. El registro del techo, sobre todo.

Yo le dije que eso no es lo normal, que en una revisión miras la combustión con el analizador y la estanqueidad del tubo desde abajo, y que si hay que abrir el registro lo abres, pero no es lo primero.

Y él me dijo que lo hiciera así, que él conocía el piso.

Inés no miró a Sara. Notó que Sara tampoco la miraba a ella.

—¿Llevabas el analizador?

—No. —Dani bajó un poco la vista—. No tengo. Es caro. Yo no soy instalador autorizado, si es lo que me está preguntando. Hago reparaciones. Cambio grifos, latiguillos, termostatos. Si hay algo de gas de verdad, le digo a la gente que llame a un autorizado.

—Roberto me dijo que eras instalador.

—Pues no lo soy. Y él lo sabe. —Dani pareció molesto, y no con ellas—. Le he hecho chapuzas en varias fincas de las que llevaba. Sabe perfectamente lo que hago y lo que no.

—¿Y cuando no os abrí?

—Se quedó un rato hablando a través de la puerta.

Luego me dijo que nos íbamos. En el portal me dio los cincuenta euros, me pidió una tarjeta y me dijo que la dejara en el felpudo de usted, por si quería llamar para concertar la revisión.

Yo le dije que no tenía tarjetas de empresa, que las mías son las que me hizo un amigo, que solo llevan el móvil.

Me dijo que daba igual. Subí, la dejé y me fui.

—¿Y el reverso? Disculpe las molestias, llámenos para concertar la revisión.

—Eso lo escribí yo en el portal, apoyado en los buzones. Me lo dictó él.

Sara se apartó de la puerta y se sentó en una silla de la cocina.

—Dani —dijo—. ¿Había estado Roberto antes en ese piso contigo? ¿O te había pedido algo antes, relacionado con ese piso?

Dani tardó en contestar. Más de lo que había tardado en todo lo demás.

—En octubre me pidió la atornilladora prestada.

Un día. Me dijo que era para unas cosas de un piso, unas baldas.

Me la devolvió al día siguiente con la punta de estrella rota, mordida.

—Hizo un gesto con el pulgar y el índice, girando algo que resbala—.

Le dije que eso pasa cuando el tornillo está pintado y aprietas sin quitar la pintura antes.

Se rio y me dijo que él no servía para estas cosas.

Inés pensó en los dos tornillos con la pintura mordida en forma de estrella sobre la caldera de su madre. En los otros dos, lisos. Se lo calló.

—¿Algo más? —preguntó Sara—. ¿Llaves? ¿Te pidió alguna vez que le copiaras una llave?

Dani la miró. Luego miró al suelo.

—No sé nada de llaves.

Lo dijo demasiado deprisa. Inés lo notó y vio que Sara también lo notaba. Ninguna de las dos insistió.

—Dani —dijo Inés—. Esta tarde voy a ir a la policía.

Hace una semana puse una denuncia por lo de esa noche, porque no había ningún aviso de gas, y Roberto me dio una explicación distinta cada vez.

Voy a contar lo que me has dicho. Tú no has hecho nada malo.

Pero es posible que alguien te llame para que lo cuentes tú.

Dani se pasó la mano por la barba.

—Yo no he hecho nada malo —repitió, como si necesitara oírselo decir a sí mismo—. Fui, no abrieron, me fui. Me pagaron cincuenta euros. Ya está.

—Ya está —dijo Sara—. Por eso no te va a pasar nada.

—Es que yo trabajo con el señor Mena. —Dani cogió la caja de herramientas—. Me pasa clientes. Si se entera de que…

—Se va a enterar igual —dijo Inés—. Lo siento. Pero es mejor que se entere de que contaste la verdad que de que la contó otro por ti.

Dani se quedó un momento parado en el pasillo, con la caja en una mano y la bolsa de deporte en la otra. Luego asintió, sin mucha convicción.

—Si me llaman, voy. —Abrió la puerta—. El grifo, si vuelve a gotear, me llama. Es un buen grifo.

Se fue escaleras abajo sin coger el ascensor.

Inés y Sara se quedaron en la cocina. El grifo no goteaba. El silencio era raro.

— El registro del techo, sobre todo —dijo Sara.

—Mi madre lo guardó todo ahí.

—Y él lo sabía. O lo sospechaba. Trabajó con ella veintidós años.

—Entró en octubre, lo intentó con la atornilladora de Dani, no pudo con los tornillos pintados. Y volvió la noche que yo llegué, con una excusa para hacerlo delante de mí.

—Y con un chaval que no es instalador y que no llevaba ni el aparato para medir el gas. —Sara se levantó y miró el grifo, lo abrió y lo cerró—. Lo de las llaves…

—Lo he visto.

—Le da miedo.

—Ya.

A las cuatro y media de la tarde estaban otra vez en la comisaría de Delicias.

El agente Ruiz no estaba de turno; las atendió una agente joven que, al oír el número de la denuncia anterior, la buscó en el ordenador, la leyó con atención y les pidió que esperaran un momento.

Hizo una llamada desde otro despacho. Volvió a los diez minutos.

—La inspectora de guardia de Policía Judicial quiere hablar con ustedes. Está viniendo.

Tardó cuarenta minutos más. Era una mujer de unos cuarenta y tantos años, alta, con el pelo castaño recogido en una coleta baja, sin maquillaje, con una parka verde oliva de las que se compran en tiendas de montaña y unas zapatillas de deporte gastadas.

Llevaba una carpeta bajo el brazo y un cuaderno de espiral pequeño en la mano.

Tenía cara de llevar despierta desde muy temprano.

—Laura Beltrán. —Les dio la mano a las dos, un apretón breve y seco—. Siento la espera. Estaba con otra cosa. Me han dicho que querían ampliar una denuncia del día ocho.

Las hizo pasar a un despacho pequeño, con una mesa, tres sillas, un archivador metálico y una ventana que daba a un patio de luces. Se sentó, abrió el cuaderno y destapó un bolígrafo con los dientes.

—Desde el principio —dijo—. Despacio. Yo pregunto cuando no entienda.