Capítulo 17 #2
Cuando terminaron, se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz.
—Voy a ser clara, porque las dos lo necesitáis —dijo—. Lo que tenéis es mucho más de lo que teníamos en 2018. Y no es suficiente.
Sara iba a decir algo. Marta levantó una mano.
—Tenéis un borrador que contradice el acta del libro.
Tenéis una foto con fecha y un aviso de agua que la ancla.
Tenéis un pago a una cerrajería. Tenéis un cuaderno y una grabación de una persona fallecida que reconoce haber firmado algo falso.
Y tenéis una sospecha muy fundada sobre la tinta.
—Fue contando con los dedos—. Todo eso sirve para pedir que se reabra.
Pero un buen abogado defensor dirá que el borrador es un borrador, que las actas se pueden corregir antes de pasarlas al libro, que el pago puede ser cualquier cosa, que la foto es de un día y no del día del incendio, y que la grabación de una enferma terminal medicada a las cuatro de la madrugada, sin poder interrogarla, vale lo que vale.
—Vale mucho —dijo Inés, sin darse cuenta.
—Para ti, sí. Para mí también. Para un juez, depende de lo que la acompañe.
—Marta se volvió a poner las gafas—. Os falta saber qué se compró en esa cerrajería.
Os falta el informe del técnico, el de verdad, si existe.
Y os falta saber qué se dijo en esa llamada de cuarenta y un segundos, que es lo único que de verdad cambiaría las cosas.
—Eso no lo sabe nadie más que él —dijo Sara.
—Entonces os faltará siempre, salvo que él lo diga o que alguien a quien se lo dijera lo cuente.
—Marta se volvió hacia Inés—. Y otra cosa, y te la digo a ti.
Tu madre no puede ser acusada de nada; está fallecida.
Pero su nombre va a salir. Como la persona que firmó ese acta.
Vas a tener que declarar lo que has encontrado y cómo lo has encontrado.
Y en algún momento te recomiendo que tengas tu propio abogado, que no sea yo, porque yo represento los intereses de la familia de Vera, y tus intereses y los suyos no van a coincidir en todo.
—Lo sé.
—Bien.
—¿Y el plazo? —preguntó Sara.
Marta tardó en contestar.
—Hay plazos. No os voy a dar un número hoy porque no quiero equivocarme y hay que estudiarlo con calma: cuándo fue firme el archivo, contra quién se dirigió el procedimiento, qué delitos entran en juego, si los hechos de ahora se pueden conectar con los de entonces.
—Las miró por encima de las gafas—. Lo que sí os digo es que no son infinitos, y que si se va a hacer, se tiene que hacer ya. No dentro de seis meses. Ya.
Luego les explicó lo inmediato. Esa misma tarde, en nombre de Inés como heredera y propietaria del tercero B, mandaría un burofax a la comunidad y a su presidente requiriendo la conservación íntegra del libro de actas y de toda la documentación del periodo 2016-2019, por existir indicios de que podría ser necesaria en un procedimiento judicial.
Con copia al administrador y a todos los propietarios.
Llegaría el lunes por la mañana, antes de la junta.
—Si intentan aprobar el expurgo con eso encima de la mesa, cualquier propietario puede impugnarlo, y además quedará constancia de que se les advirtió.
—Marta apuntó algo en un cuaderno—. No es una orden judicial.
Pero un presidente que destruye documentos después de recibir esto se mete él solito en un lío muy serio. Y Roberto Mena no es tonto.
—¿Y lo del archivo de abajo? ¿Lo de con las derramas ?
—Ni se os ocurra entrar ahí solas ni a escondidas.
—Marta lo dijo con una firmeza que no admitía réplica—.
Es un espacio común. Si lo que dice la grabación es verdad y hay algo ahí, tiene que salir de forma que nadie pueda decir que lo pusisteis vosotras.
Eso lo vemos con la policía. —Se volvió hacia Sara—.
Y la policía es lo siguiente. Mañana. Las dos.
Inés amplía su denuncia del sábado pasado y tú declaras lo que viste el dieciséis de octubre.
Ya no es una vecina que vio a otro vecino con una caja.
Es una vecina que vio a un hombre llevarse los papeles de una mujer fallecida que, según su propia grabación, guardaba pruebas contra él.
Salieron a la calle cuando ya era de noche. El Coso estaba lleno de gente con bolsas, de autobuses, de luces de escaparates. Hacía frío. Caminaron sin hablar hasta la plaza de España y allí se detuvieron, en la esquina, delante de un semáforo en rojo.
—Marta tiene razón —dijo Sara—. No es suficiente.
—Ya.
—Pero es más de lo que tenía mi madre.
El semáforo se puso en verde. Ninguna de las dos se movió.
—¿Me la pasas? —dijo Sara—. La grabación.
Inés sacó el móvil de su madre del bolso.
Lo había traído porque no había querido dejarlo en el piso.
Buscó la grabación y se la mandó por WhatsApp al número de Sara, desde el teléfono de Pilar.
El mensaje salió del chat Sara 4.º A , debajo del último que había escrito su madre: Gracias por todo, hija.
Sara lo vio llegar a su propio móvil. Se quedó mirando la pantalla, con el nombre de Pilar arriba.
—Gracias —dijo.
Cruzaron con el semáforo en verde, juntas, entre la gente.