Capítulo 17
Sara no se sentó.
Entró en la cocina, vio los cuatro documentos en fila sobre la mesa, la libreta negra abierta por la página de la frase tachada, el portátil con la foto del libro de actas en la pantalla, y se quedó de pie junto a la nevera con las manos en los bolsillos del abrigo, que no se había quitado.
—Enséñamelo.
Sara no la interrumpió ni una vez.
Cuando Inés terminó, Sara estudió la pantalla en silencio. Luego sacó una mano del bolsillo y se la pasó por la cara, despacio, desde la frente hasta la barbilla.
—Cinco semanas después —dijo.
—Sí.
—Mi madre todavía no había recogido las cosas de mi hermana del piso.
El juzgado no le dejaba. —Sara habló sin mirarla—.
Estaba en casa sentada en el sofá con el móvil de Vera en la mano, que la policía le había dejado ver un momento y luego se habían llevado otra vez.
Y tu madre estaba aquí abajo firmando eso.
Inés no dijo nada.
—¿Sabes qué es lo peor? —Sara la miró por fin—. Que lo has averiguado tú. Que lo has buscado tú. Que podías haberme dicho anoche no sé, no estoy segura, un perito lo verá y yo me lo habría creído, porque tú eres la que sabe de firmas. Y me lo has escrito a las siete y cuarenta de la mañana.
—Te dije que te lo diría.
—Ya. —Sara apretó los labios—. No sé qué hacer con eso.
Se quitó por fin el abrigo, lo dejó sobre el respaldo de una silla y se sentó, pero no del todo: en el borde, con los codos sobre las rodillas.
—Te voy a decir una cosa y no quiero que me la discutas —dijo—.
No quiero que la perdones delante de mí.
Y tampoco quiero que la condenes delante de mí para quedar bien conmigo.
Las dos cosas me dan asco. Lo que quiero es que no la escondas.
Ni ahora ni cuando esto llegue a un juzgado, si llega.
Que cuando alguien pregunte quién firmó eso, se diga quién lo firmó.
—No la voy a esconder.
—Lo dices ahora, con los ojos rojos y sin dormir.
—Sara no lo dijo con dureza; lo dijo como una constatación—.
Dentro de un mes, cuando un abogado de Roberto diga en voz alta en una sala que tu madre falsificó un documento oficial para tapar una muerte, y tú estés allí sentada, vas a querer decir que estaba enferma, que tenía miedo, que la amenazaron.
Y todo eso será verdad. Y mi hermana seguirá muerta.
Inés se miró las manos sobre la mesa.
—Firmó —dijo—. Y luego guardó durante ocho años la prueba de que había firmado una mentira. Y al final se puso a escribirlo en un cuaderno para no olvidarse, y lo escondió para que lo encontrara yo. No te voy a decir que eso la disculpa. Te digo que son las dos cosas.
Sara la miró un rato largo.
—Ya lo sé. —Bajó la voz—. Eso también me da rabia. Que sean las dos cosas.
Durante un minuto ninguna de las dos habló. Luego Sara se levantó, cogió la cafetera, sirvió dos tazas y las dejó en la mesa sin preguntar. No había canela. Ninguna de las dos la buscó.
—Hay que ir a ver a Marta —dijo Sara—. Hoy.
—¿La abogada?
—Llevó la causa de mi madre cuatro años. Se sabe el expediente mejor que yo. Si hay algo que hacer, ella sabrá qué y cómo. —Sara sacó el móvil—. Y no podemos seguir haciendo esto en una cocina, con fotos de móvil y un cuaderno en el maletero de un coche.
—¿Cómo sabes que está en el maletero?
—Porque te vi bajar ayer con una bolsa de tela al coche y subir con ella antes de ir al cuarto comunitario. Vivo encima del patio. No es tan difícil.
Mientras Sara escribía a la abogada, Inés se levantó a por la carpeta de las facturas de su madre. No tenía ningún plan concreto. Solo necesitaba hacer algo con las manos.
Abrió el cajón del aparador del salón, el que su madre llamaba el de las cosas de los aparatos : garantías, manuales de instrucciones, cables enrollados con gomas, cargadores de móviles que ya no existían.
Lo había mirado el sábado buscando la caja azul y no se había detenido.
Ahora sacó todo y lo puso sobre la mesa del salón.
En el fondo, debajo del manual de la lavadora, había un sobre de cartón de una compañía telefónica con una tarjeta de plástico dentro, de las que se quedan cuando se saca la tarjeta SIM. En el reverso, en letra pequeña y gris, venían impresos el PIN y el PUK.
Su madre no cambiaba nada que funcionara. Tampoco el PIN que venía de fábrica.
Inés volvió a la cocina con la tarjeta en la mano. Sara levantó la vista del móvil.
—¿Qué es?
—El código del teléfono de mi madre.
El móvil estaba en el dormitorio, cargado desde el domingo, apagado. Inés lo encendió en la mesa de la cocina. La melodía de arranque. Introduzca el PIN. Tecleó los cuatro números impresos en la tarjeta. La pantalla tardó un segundo eterno.
Se desbloqueó.
El fondo de pantalla era una foto de Inés a los seis años con un gorro de lana con orejas de oso, en la nieve de Panticosa. Inés no sabía que su madre la tuviera de fondo. Se quedó mirándola con el teléfono en la mano.
—¿Estás bien? —preguntó Sara.
—Sí.
No lo estaba, pero siguió.
Había decenas de notificaciones acumuladas desde septiembre: mensajes de condolencia que habían llegado a un móvil apagado, avisos del banco, recordatorios de citas médicas a las que nadie había ido. Inés no abrió ninguna. Fue directamente al WhatsApp.
El chat con Sara — Sara 4.º A — era corto y doméstico: ¿Te subo pan? Gracias, guapa. ¿Has terminado el libro? Hoy no me encuentro bien, mañana mejor. El último mensaje de Pilar era del 2 de septiembre: Gracias por todo, hija. Sara lo vio por encima del hombro de Inés y apartó la mirada.
El chat con Inés — Inés , sin más, con una foto de perfil de hacía tres años— estaba más abajo.
Inés lo abrió y vio sus propios mensajes desde el otro lado: Llego el sábado a las 11.
¿Necesitas algo? Mamá, ¿cómo estás? Te llamo luego.
Muchos te llamo luego . Y en la caja de texto, abajo, donde se escribe, había algo escrito que nunca se había enviado.
Inés, tengo que contarte una cosa de cuando
Ahí terminaba. Sin punto.
WhatsApp guarda los borradores. Su madre había empezado a escribirle aquello en algún momento, había parado y no había vuelto. La frase llevaba allí, sin enviar, desde quién sabía cuándo.
Inés dejó el móvil sobre la mesa porque le temblaba la mano.
Sara esperó.
Al cabo de un rato, Inés volvió a coger el teléfono y fue a las aplicaciones. Galería, cámara, calculadora. Una aplicación de grabadora de voz, de las que vienen instaladas. La abrió sin esperar nada.
Había una sola grabación. Grabación 001. 3 sept. 2025, 04:12. Duración: 1:12.
Nueve días antes de morir. A las cuatro de la madrugada.
Inés miró a Sara. Sara asintió muy despacio.
Pulsó.
Al principio no se oyó nada: un roce, una respiración, el zumbido de una máquina en el fondo, quizá un concentrador de oxígeno. Luego, una voz que Inés tardó un segundo en reconocer porque nunca la había oído así, tan débil y tan cerca, como si su madre tuviera el teléfono pegado a la boca.
Inés. Hija.
Una pausa larga. Una tos.
No sé si… Bueno. Tú lo vas a encontrar, que eres como yo.
Lo de la comunidad. Lo de la chica, la del segundo.
Vera. Otra pausa. Yo sabía lo de la verja.
Me lo enseñó ella. Le dije que hablaría con él y hablé, y luego…
dejé de hablar. Y luego firmé una cosa que no era verdad.
En el libro. Él me dijo… da igual lo que me dijo. Firmé yo.
Se oyó un ruido, un roce de sábana.
Lo tengo todo, lo que pude juntar. Una parte está en casa, donde las bolsas. Lo demás está abajo. Con las derramas. Donde no mira nadie. La voz se quebró un poco y se recompuso. No se lo des a él. Dáselo a… a quien tenga que ser. A su hermana. Ella sabrá.
Un silencio. Una respiración larga, rasposa.
Perdóname. A ti no te tengo que pedir perdón por esto, a ti por otras cosas. Pero perdóname el desorden. Y…
La grabación se cortaba ahí. No se oía nada más. Solo el contador de la pantalla, llegando a 1:12 y parándose.
Inés no se dio cuenta de que estaba llorando hasta que vio una gota caer en la pantalla del teléfono. La limpió con el pulgar.
Al otro lado de la mesa, Sara tenía las dos manos sobre la boca. No lloraba. Tenía los ojos muy abiertos y fijos en el teléfono, y respiraba despacio por la nariz, como quien intenta no hacer ningún ruido en una habitación donde duerme alguien.
— A su hermana —dijo por fin, a través de los dedos.
—Sí.
—Sabía que lo ibas a oír tú. Y te dijo que me lo dieras a mí.
—Sí.
Sara se levantó y fue a la ventana del patio y se quedó allí de espaldas, igual que el miércoles. Pero esta vez no tenía los brazos cruzados. Tenía las manos apoyadas en el borde del fregadero y la cabeza baja.
—No sé qué hacer con eso tampoco —dijo, sin volverse.
—Yo tampoco.
— Ella sabrá. —Una risa breve, rota—. No sé nada. Llevo ocho años sin saber nada.
Inés se levantó y se quedó a su lado, a medio metro, sin tocarla. Por la ventana se veía el patio, los tendederos, la ventana del 4A con la cortina descorrida, y abajo, en el segundo, la ventana cerrada del 2A con la persiana bajada.
— Abajo, con las derramas —dijo Inés—. El cuarto comunitario. Los archivadores.
—Y el lunes Roberto quiere tirar todo lo anterior a 2018.
Se miraron.
A las cinco de la tarde estaban sentadas en un despacho de la calle del Coso, en un tercer piso con techos altos y molduras, frente a una mesa de madera oscura cubierta de expedientes atados con cintas de colores.
Marta Ibarra tenía unos cincuenta años, el pelo gris muy corto, gafas de pasta negra colgadas de una cadena y una forma de escuchar con la cabeza un poco ladeada que a Inés le recordó a Germán delante de la cerradura.
Lo escuchó todo. Durante una hora y cuarto, sin apenas interrumpir, salvo para pedir que le repitieran una fecha o que le enseñaran un documento.
Miró las fotos del libro de actas, el borrador de Fermín, la imagen original de la verja, el extracto bancario, el cuaderno verde, que Inés le dejó hojear sin soltarlo.
Escuchó la grabación de Pilar dos veces con los ojos cerrados.