Capítulo 14
—Ahí la tienes —dijo Remedios—. Llévatela si quieres. Pero me la devuelves.
—Prefiero mirarla aquí, si no le importa.
—Como quieras. Yolanda, haz café.
El salón de Remedios olía a colonia de violetas y a calefacción.
Había un aparador con figuritas de porcelana, una televisión enorme con el volumen al mínimo emitiendo un concurso, fotos de boda en blanco y negro, una de un hombre de pelo blanco y cejas espesas con un traje gris y un clavel en la solapa. Fermín, supuso Inés.
Abrió la carpeta.
Fermín Laguna había sido un hombre ordenado de una manera casi conmovedora.
Separadores de cartulina de colores, uno por año.
Dentro de cada año, los papeles en fundas de plástico, ordenados por fecha: convocatorias de junta, recibos de derramas, cartas de la administración, presupuestos de obras, avisos del seguro.
En algunos había anotaciones a bolígrafo con una letra pequeña y redonda de escuela antigua: Pagado. Conforme. Preguntar a Mena por esto.
Fue hasta el separador amarillo de 2017.
La convocatoria de la junta ordinaria del 16 de octubre, firmada por Roberto como administrador.
El orden del día: Aprobación de cuentas.
Obra de renovación del cuadro general y centralización de contadores.
Ruegos y preguntas. Un presupuesto de la obra con el membrete de una empresa de reformas que Inés no conocía, Instalaciones y Reformas Moncayo Norte .
Y después, en una funda aparte, tres hojas grapadas.
Era una fotocopia. Una fotocopia de unas hojas de bloc rayadas, escritas a mano con bolígrafo azul —se notaba aun en la copia en blanco y negro por la forma de los trazos—, con una letra inclinada y apretada que Inés reconoció antes de leer una sola palabra.
La letra de su madre. La de antes de la enfermedad. La que había visto toda su vida en notas en la nevera, en listas de la compra, en las tarjetas de cumpleaños.
En la parte de arriba de la primera hoja ponía:
Borrador acta J.O. 16-10-2017. (Tomado por P. Roldán, tesorera, a petición del administrador. Pendiente de pasar al libro).
Inés sintió que se le quedaba el aire a mitad de camino.
—¿Qué es? —preguntó Remedios, que la estaba mirando por encima de las gafas.
—Las notas de la junta de octubre de 2017. Las tomó mi madre.
—Ah, claro. —Remedios asintió—. Tu madre siempre tomaba las notas. Roberto decía que tenía mejor letra que él. Luego él lo pasaba al libro.
Inés leyó despacio. Era un acta de una junta de vecinos como cualquier otra: los asistentes, Fermín Laguna como presidente, Pilar Roldán como vicepresidenta y tesorera, el propietario del 4A, Basilio Andreu representado por Pilar, Roberto Mena como administrador-secretario.
Las cuentas, aprobadas por unanimidad. El presupuesto de la obra del cuadro general, aprobado por mayoría.
Y después, en la segunda hoja:
El administrador informa de que, durante la ejecución de la obra (aprox. tres semanas), la puerta de acceso al patio trasero permanecerá cerrada con cadena y candado para evitar los robos de material que se han producido en otras fincas. La llave del candado la custodiará el administrador.
El Sr. Presidente pregunta si esto es conforme a la normativa, por ser la salida de emergencia. El administrador responde que está consultado con el técnico de prevención de la obra y que es una medida temporal.
D.ª Pilar Roldán solicita que se consulte por escrito al técnico y que se informe a los vecinos del cierre mediante aviso en el portal.
D.ª Remedios Alcalá manifiesta su preocupación porque viven personas mayores en el edificio.
Se toma razón.
Al pie de la tercera hoja, después de los ruegos y preguntas, la hora de cierre, 20:45. Y en el margen derecho, con una letra distinta, pequeña y redonda, a bolígrafo negro, sobre la fotocopia:
Recibido. Conforme con lo tratado. F. L. 18-10-17.
Inés levantó la vista. Remedios la seguía mirando.
—¿Tu marido escribía así? ¿Redondito?
—Como en la escuela. Era maestro de primaria. —La anciana sonrió—. ¿Por qué?
—Porque esto lo firmó él. Dos días después de la junta. —Inés giró la carpeta para que Remedios pudiera verlo—. Dice que la puerta del patio iba a estar cerrada con cadena y candado. Que la llave la tendría el administrador. Y que usted dijo que había personas mayores en el edificio.
Remedios se inclinó sobre la carpeta, se colocó las gafas, leyó. Leyó durante mucho rato, moviendo los labios sin voz. Cuando terminó, se quedó quieta, con la mano apoyada en el borde de la funda de plástico.
—Lo dije —dijo al fin—. Me acuerdo. Lo dije y nadie me hizo caso.
—Su marido lo guardó.
—Fermín lo guardaba todo. —A Remedios se le había empañado la voz—. Y cuando vino lo del juzgado no se acordó de que lo tenía. Ya estaba malo, ya no se acordaba de casi nada. Y yo nunca miré la carpeta. Era cosa suya.
Yolanda entró con dos tazas de café en una bandeja y se quedó parada en la puerta, notando que algo había cambiado en el aire.
—¿Puedo hacerle fotos? —preguntó Inés.
—Haz lo que tengas que hacer, hija.
Inés fotografió las tres hojas por las dos caras, con la regla al lado, y luego la anotación de Fermín con el cuentahílos delante del objetivo.
Fotografió también, por costumbre, todo lo demás del separador de 2017: la convocatoria, el presupuesto de la obra, un aviso de un corte de agua con un logotipo en forma de gota y una nota de Fermín escrita encima, la funda, el separador amarillo y el lomo de la carpeta con su etiqueta escrita a máquina.
Una foto del conjunto, sobre el tapete de ganchillo, con la televisión al fondo.
—Remedios —dijo, cuando terminó—. No se la dé a nadie. A nadie. Si alguien le pregunta por la carpeta de Fermín, dígale que no sabe dónde está.
La anciana la miró muy despacio.
—¿Ni a Roberto?
—A Roberto el primero.
Remedios estuvo callada un momento. Luego le hizo un gesto a Yolanda.
—Súbela al altillo. Detrás de los abrigos de Fermín. —Y a Inés, con una voz que había recuperado toda su firmeza—: Yo tengo ochenta y un años, hija. Pero no soy tonta.
A las seis menos cinco de la tarde Inés bajó al portal con la libreta negra, el móvil cargado y el estuche con el cuentahílos en el bolsillo de la chaqueta.
Antes, había escrito a Sara: Bajo al cuarto comunitario con R.
A las 18:00. Te escribo al salir. La respuesta había llegado en diez segundos: Ok. Si a las 19:15 no sé nada, bajo.
La puerta marrón del cuarto comunitario estaba abierta.
Dentro, la luz era de fluorescente, blanca y un poco temblorosa.
Era una habitación alargada, sin ventanas, con las paredes pintadas de verde claro y un zócalo de azulejos marrones.
En el centro, una mesa de formica larga con diez sillas plegables alrededor.
Al fondo, dos estanterías metálicas grises de las de almacén, de suelo a techo, llenas de archivadores de palanca con los lomos rotulados a mano, en distintas letras y distintas épocas.
Olía a papel viejo y a humedad de sótano.
Roberto estaba sentado a la cabecera de la mesa, en mangas de camisa, con las gafas de cerca puestas. Delante tenía un libro grande, de tapas de tela gris con las esquinas reforzadas de piel, abierto por la mitad.
—Inés. Puntual como tu madre. Siéntate, siéntate.
Se sentó a su derecha, en la esquina de la mesa. Él giró el libro hacia ella.
—El libro de actas. Legalizado en el Registro de la Propiedad, mira. —Pasó las páginas hasta la primera, donde había una diligencia con un sello en tinta violeta y una firma—. Va de 2010 a ahora. Todas las juntas. Todo lo que se ha decidido en este edificio en quince años está aquí.
—Gracias.
—Tú pide. ¿Qué querías ver? ¿2017?
—Y 2018.
Roberto pasó las páginas con el pulgar humedecido. Se detuvo en una y alisó la hoja con la palma de la mano.
—Aquí. Junta ordinaria del 16 de octubre de 2017.
Inés acercó la cara al libro.
El acta ocupaba página y media, escrita a mano con pluma estilográfica de tinta azul oscura, con una letra pulcra, regular, un poco anticuada, de trazos firmes.
La letra de Roberto, supuso. La primera parte coincidía con el borrador de su madre: la fecha, la hora, los asistentes, la aprobación de las cuentas, la aprobación de la obra.
Luego, en el segundo párrafo de la página siguiente:
El administrador informa de que la obra contará con la supervisión del técnico de prevención D.
Mateo Prieto, quien ha emitido informe favorable.
Durante los trabajos, la salida al patio trasero permanecerá operativa y libre, debidamente señalizada, cerrándose únicamente con su pestillo interior habitual por razones de seguridad del material, conforme a la normativa vigente.
Los asistentes quedan informados y conformes.
Nada sobre una cadena. Nada sobre un candado. Nada sobre la pregunta de Fermín, ni sobre la petición de Pilar de consultar por escrito al técnico, ni sobre la preocupación de Remedios por las personas mayores. Los asistentes quedan informados y conformes.
Y debajo, las firmas.
A la izquierda: El Secretario-Administrador , y una rúbrica amplia, con un trazo envolvente. R. Mena .
A la derecha: La Vicepresidenta, en funciones de Presidente , y una firma.
Inés la conocía. La había visto en las notas del colegio, en las autorizaciones de las excursiones, en el contrato del máster que había avalado.
Una P mayúscula con un bucle cerrado arriba y un gancho al final del trazo vertical, una R que se unía a la o sin levantar el bolígrafo y una raya debajo, corta y decidida, que su madre trazaba siempre de izquierda a derecha y hacia arriba, como quien cierra algo con un portazo pequeño.
P. Roldán.
Se quedó mirándola sin pestañear.
—Tu madre lo firmó, ¿ves? —La voz de Roberto le llegó desde muy cerca, amable, casi cariñosa—.
Era la vicepresidenta. Fermín estaba ya muy malo, el pobre.
Ella lo llevaba todo con un rigor… No se le escapaba una coma.
Si había algo que no le parecía bien, no firmaba.
Te lo digo yo, que trabajó conmigo veintidós años.
Inés no levantó la vista del libro.
—¿Puedo hacer fotos?
—Claro, mujer. Las que quieras. Aquí no hay nada que esconder. —Roberto se echó hacia atrás en la silla—. Aunque si las necesitas para algo oficial, mejor te pido unas copias certificadas a la administración, que eso sí vale. Tardan una semana o así.
—Me valen las fotos. Y pediré las copias también, por escrito.
—Como tú veas.
Inés sacó el móvil. Fotografió las dos páginas del acta del 16 de octubre, una por una, con la regla al lado.
Luego, sin pedir permiso, pasó una hoja hacia atrás y fotografió el acta anterior, la de la junta de junio de 2017.
Y una hacia delante: la siguiente acta, de una junta extraordinaria celebrada el 11 de diciembre de 2017 para tratar los daños ocasionados por el siniestro del 7 de noviembre y la tramitación con la compañía aseguradora .
Roberto la observaba hacer sin decir nada, con las manos cruzadas sobre el estómago.
Mientras fotografiaba, Inés miraba. No el texto, que ya había leído, sino la tinta, la presión, el trazo. Lo que en el taller llamaban la mano de un documento.
El acta de junio de 2017 estaba escrita con la misma letra de Roberto, pero con una tinta distinta, de un azul más claro, casi turquesa, que había virado un poco con los años hacia el gris. Los trazos eran más finos; la pluma, otra.
El acta del 16 de octubre y la del 11 de diciembre estaban escritas con la misma tinta azul oscura, la misma anchura de plumín, la misma inclinación.
El mismo pequeño defecto en la d minúscula, un arrastre de tinta en el arranque del palo, que aparecía en las dos actas y no aparecía en la de junio.
La misma densidad de color de principio a fin, sin ese cambio sutil de tono que se produce cuando alguien escribe en días distintos y la tinta del cartucho cambia o el papel absorbe de otra forma.
Las dos actas, la de octubre y la de diciembre, se habían escrito de corrido. En la misma sesión. Con la misma pluma y el mismo cartucho.
Inés se lo guardó. Hizo una última foto, guardó el móvil y cerró el libro con cuidado.
—Gracias, Roberto.
—Nada, mujer. —Él recogió el libro y lo apretó contra el pecho, con los dos brazos, de una forma que no tenía nada de casual—. ¿Has encontrado muchas cosas de tu madre? Era tan ordenada… Seguro que tenía de todo guardado.
—Facturas, sobre todo.
—Ya. —Roberto sonrió—. Si encuentras algo de la comunidad, me lo traes y lo archivamos aquí.
Que es donde tiene que estar. —Señaló con la barbilla las estanterías metálicas del fondo—.
Aunque, bueno, ya ves cómo está esto. Papel y más papel.
Por eso hemos puesto en la junta lo del expurgo.
Hay cosas de hace quince años que ya no le sirven a nadie y ocupan sitio.
Inés miró las estanterías. Eran decenas de archivadores. Algunos tenían los lomos rotulados con años; otros, con palabras: Seguros. Ascensor. Fachada. Contadores. Limpieza. La luz del fluorescente no le dejaba leer los de las baldas más altas.
—¿Y quién decide qué se tira?
—La junta, claro. Yo propongo y la junta decide. —Roberto se levantó, con el libro todavía apretado contra el pecho—. Pero vamos, que lo que no es obligatorio conservar no tiene sentido guardarlo. Lo de antes de 2018, los recibos, los presupuestos viejos… Eso no lo va a echar de menos nadie.
Inés se levantó también.
—Mi madre fue tesorera esos años —dijo—. A lo mejor hay cosas suyas.
—Por eso mismo te lo digo, para que lo sepas antes de la junta. —Roberto apagó la luz del fluorescente sin esperar a que ella saliera, y por un instante quedaron los dos a oscuras, con solo la luz del portal entrando por la puerta—. Si quieres algo, me lo dices y te lo aparto. Antes del diecisiete.
La dejó pasar delante. Cerró la puerta del cuarto comunitario con una llave que sacó del bolsillo del pantalón, de un llavero con muchas otras, y la probó dos veces.
—Que descanses, Inés.
—Igualmente.
Subió la escalera despacio. En el tramo del segundo sacó el móvil y escribió a Sara: Salgo. Estoy bien. Tengo fotos.
Luego, ya en casa, con la puerta cerrada y la cadena echada, se sentó en la mesa de la cocina y puso en la pantalla del portátil, una al lado de la otra, las dos versiones del 16 de octubre de 2017.
A la izquierda, el borrador de su madre, con la anotación redonda de Fermín al margen.
Cadena y candado. La llave del candado la custodiará el administrador.
A la derecha, el libro de actas legalizado.
Operativa y libre. Pestillo interior habitual.
Y debajo del libro, la firma de su madre.
Se quedó mirándola hasta que la pantalla del portátil se apagó sola por inactividad.
Entonces se dio cuenta de que había estado pensando todo el rato una sola frase, una y otra vez, como un disco rayado, y que la frase era: Tiene que ser falsa .