Capítulo 13 #2
—Eso es una cadena y un candado de los buenos. —Sara se pasó la mano por la boca—. Eso es… —No terminó la frase.
Se oyó una puerta en el primero. Las dos se callaron. Pasos lentos, con ruedas: la silla de Remedios. Yolanda la empujaba hacia el ascensor, pero al ver a Inés y a Sara al fondo del pasillo, la anciana levantó una mano.
—Para, Yolanda. Para.
La silla se detuvo en el centro del portal. Remedios las miró a las dos con aquellos ojos que lo veían todo.
—Mira tú —dijo—. Las dos juntas.
—Hola, Remedios —dijo Sara.
—¿Qué hacéis ahí? ¿Midiendo?
—Algo así.
La anciana se quedó callada. Luego le hizo un gesto a Yolanda para que la acercara al arranque del pasillo. La cuidadora obedeció, con cara de no estar segura. Remedios miró la puerta blanca del fondo, el cartel verde, la cenefa.
—Mi habitación da al patio —dijo—. La que era nuestra.
Esa noche nos despertó el olor. Fermín fue a abrir la puerta de casa y se le metió el humo, y la cerró, y nos fuimos a la ventana de la calle.
Pero antes de eso, en la habitación, yo oí a alguien abajo, en el pasillo.
Golpes contra el hierro. Una chica que gritaba.
Sara se puso completamente rígida.
—¿Qué gritaba? —preguntó Inés.
— ¡Está cerrada! —Remedios lo dijo sin teatralidad, con la voz de quien repite algo que ha dicho muchas veces—. Eso. Y golpes. Muchos golpes. Luego nada. Luego Fermín me gritó que fuéramos a la otra ventana.
—¿Lo declaró?
—Claro que lo declaré. Me lo preguntó un policía muy jovencito al día siguiente en el hospital, y luego una señora del juzgado.
Y les dije lo que oí. Está cerrada. —Remedios hizo un gesto vago—.
Luego me dijeron que estaba cerrada con un pestillo y que la chica, con el humo, no lo encontró. Y yo qué sé. Yo no vi nada. Yo oí.
—¿Fue usted la que habló con el periódico? —preguntó Inés—. La vecina que no quiso dar su nombre.
Remedios la miró con algo parecido a la aprobación.
—Fui yo. Fermín no quería, decía que nos traería problemas.
—Se ajustó la manta sobre las rodillas—.
Y nos los trajo. Roberto vino a casa a decirnos que eso no se hacía, que hablar con la prensa perjudicaba a la comunidad y al seguro, que nos podían denunciar por difamación.
Fermín se puso malo del disgusto. Ya estaba malo, pero se puso peor.
Se quedó un momento callada.
—Fermín era el presidente, ¿sabes? —le dijo a Inés—. Lo guardaba todo, igual que tu madre. Todas las cartas de la comunidad, todas las actas, todos los papeles. En una carpeta de anillas, con separadores de colores. Cuando se murió no fui capaz de tirarla. La tengo en el altillo, con su ropa.
Inés notó que el pulso se le aceleraba.
—¿Las actas de 2017 también?
—Todo lo que le dieran, hija. Todo.
Yolanda carraspeó, incómoda, mirando el reloj.
—Remedios, que llegamos tarde al fisio.
—Ya voy, ya voy. —La anciana le hizo un gesto con la mano para que siguiera empujando, y desde la silla, mientras se alejaban hacia la puerta de la calle, añadió sin volverse—: Mañana por la mañana, si quieres, subes y te la bajo. Pero a mí no me metas en líos, que tengo ochenta y un años.
La puerta de cristal se cerró detrás de ellas.
Inés y Sara se quedaron en el pasillo, en silencio.
—Mañana a las seis veo el libro de actas con Roberto —dijo Inés—. Lo pedí ayer.
—¿Con él?
—Con él. Es el que lo custodia.
Sara frunció el ceño.
—No le enseñes nada. Ni la foto, ni el extracto, ni lo de tu madre.
Mira el libro, haz las fotos que puedas, pide copia de lo que necesites por escrito, y vete.
—Hizo una pausa—. Y antes, si puedes, mira lo que tenga Remedios.
Quiero saber qué dice el libro y qué dice la carpeta de un hombre que lo guardaba todo.
—¿Me estás dando órdenes?
—Te estoy pidiendo que no vayas sola a ver a Roberto sin saber qué buscas.
Inés iba a contestar cuando la puerta de la calle volvió a abrirse.
Entró Roberto.
Venía con el abrigo gris abierto y una carpeta de cartón azul bajo el brazo, la misma del sábado, y las llaves del coche en la mano.
Se detuvo en el portal al verlas al fondo del pasillo, junto a la puerta del patio.
Fueron dos segundos, quizá menos. Inés vio cómo sus ojos iban de ella a Sara y de Sara a ella, y luego al plano que Sara tenía todavía desplegado en la mano, y luego a la puerta blanca.
Luego sonrió.
—Vaya. ¿Haciendo un simulacro de evacuación?
—Enseñándole el edificio a la nueva —dijo Sara, con una voz completamente neutra—. Como no ha venido en años…
—Muy bien hecho. Hay que conocer las salidas. —Roberto se guardó las llaves en el bolsillo—. Ahí la tienes, Inés. Puerta de evacuación homologada, con barra antipánico, revisada cada año. Es de lo más seguro que hay en el barrio. Esa la pusimos nosotros.
—Después del incendio —dijo Inés.
Él la miró. La sonrisa no se movió.
—Después del incendio, sí. Se aprende de las desgracias. —Hizo un gesto con la carpeta—. Bueno, os dejo, que tengo papeles. Inés, mañana a las seis te espero en el cuarto comunitario, ¿eh? Con el libro.
—Allí estaré.
Subió la escalera hacia el primero. No miró atrás. Oyeron la puerta del 1B y, después, nada.
Sara dobló el plano muy despacio, en cuatro, y se lo guardó en el bolsillo trasero.
—Ya sabe que hablamos —dijo.
—¿Importa?
—Importa. —Sara miró hacia la escalera—.
Hasta ahora yo era la inquilina pesada que hacía preguntas y tú la hija que iba a vender.
Ahora somos dos. —Se volvió hacia ella—.
Una regla, ¿vale? A partir de hoy, ninguna de las dos baja sola al sótano, ni al cuarto comunitario, ni a ningún sitio de este edificio donde no haya cobertura o donde no nos vea nadie.
Y si una tiene que ir, la otra lo sabe. Hora y sitio.
Inés pensó en decir que era exagerado. No lo dijo.
—Vale.
—Y mañana, después del libro, me escribes. Con el móvil normal.
—Vale.
Sara empezó a subir. A medio tramo se detuvo y la miró por encima de la barandilla.
—Lo de la cerrajería —dijo—. Gracias.
Inés se quedó sola en el portal. Miró la caja roja del sistema de humos con su pegatina de revisión reciente, la puerta gris del cuarto de contadores, la puerta blanca del fondo. El minutero de la luz llegó a su fin y el portal se quedó en penumbra, con la luz de la calle entrando por el cristal.
Esta vez no tuvo miedo de la oscuridad. Lo que sintió fue otra cosa, más fría: la conciencia de que estaba de pie en el mismo sitio donde, ocho años antes, una mujer de veintiocho años había bajado tocando la pared con la mano porque no veía, había llegado al final del pasillo y había encontrado una cadena.
Pulsó el interruptor y la luz volvió.