No abras la puerta Capítulo 7
17%

Capítulo 7

Germán tenía unos sesenta años, la cara curtida de quien ha pasado media vida agachado delante de puertas ajenas y un maletín de aluminio que dejó en el felpudo con el cuidado con que otro dejaría un instrumento musical.

Llevaba un forro polar azul con el nombre de la cerrajería bordado en el pecho y unas gafas de lectura colgadas de un cordón.

—A ver qué tenemos aquí.

Se puso las gafas, se agachó delante de la cerradura y la estuvo mirando un rato sin tocarla, con la cabeza ladeada. Luego pasó la yema del índice por el borde del bombín.

—Esto tiene más años que mi hija. —No lo dijo como una crítica—. Buen latón, eso sí. Ya no los hacen así. Pero se abre con cualquier cosa. Con una llave de impacto, con una galga, con una radiografía… Si alguien sabe un poco, en dos minutos está dentro.

—¿Puede saber si alguien lo ha hecho?

—¿Si lo han abierto sin llave? —Germán sacó una linterna pequeña del bolsillo y la enfocó dentro del ojo de la cerradura—.

A simple vista, no hay nada raro. Ni arañazos de ganzúa en la entrada, ni el cilindro movido, ni marcas en el escudo.

Pero eso no quiere decir nada. Si quiere saberlo de verdad, hay que desmontarlo y que lo mire un perito con microscopio, pieza a pieza.

Eso cuesta dinero y tarda. —Apagó la linterna—.

Aunque, si alguien tenía llave, no le hacía falta ganzúa.

Inés le enseñó la llave brillante que le había devuelto Roberto.

—Esta me la han dado hoy. Dicen que es la copia que le di a un vecino en verano.

Germán la cogió, se subió las gafas a la frente y la miró de cerca, girándola bajo la luz del rellano. Luego sacó del maletín una lupa de relojero y la volvió a mirar.

—Esto está recién hecho. —Señaló el canto de los dientes con la punta de un destornillador fino—. Mire las rebabas. Nadie las ha limado, y con el uso desaparecen solas. Y aquí, la marca de la mordaza. A esta llave le habrán dado una vuelta en su vida. Dos, como mucho.

—¿Cuándo la habrán hecho?

—Eso no se lo puedo decir con fecha. Días. Semanas, a lo mejor, si ha estado guardada en un cajón. Meses, no. —Le devolvió la llave—. ¿Abre?

Inés la metió en la cerradura. Entró con cierta dureza, y giró al segundo intento con un clic seco.

—Abre —dijo Germán—. Pues ya está. Esa copia está bien hecha. Lo que no sé es de qué la han copiado.

—¿Se puede hacer una copia de una copia?

—Se puede hacer una copia de cualquier cosa que tenga dientes, señora. —Se puso de pie con un crujido de rodillas—. Por eso le voy a poner esto.

Sacó del maletín una caja de cartón negro y la abrió sobre el felpudo. Dentro había un cilindro plateado, nuevo, envuelto en plástico, tres llaves con la cabeza de goma azul y una tarjeta de plástico del tamaño de una de crédito con un código impreso.

—Cilindro de seguridad. Antibumping, antiganzúa, antitaladro y con leva reforzada.

Las copias solo se hacen en distribuidores autorizados y presentando esta tarjeta.

Sin tarjeta, no hay copia. Guárdela donde guarda el DNI, no en el llavero.

—Le dio la tarjeta—. Y no se la deje a nadie, ni a su madre.

La frase le salió con naturalidad, por costumbre. Inés no lo corrigió.

Germán trabajó sin prisa. Desatornilló el escudo, sacó el tornillo de fijación del canto de la puerta, giró la llave vieja hasta encontrar el punto en que la leva quedaba alineada y extrajo el bombín de un tirón suave.

Lo dejó sobre el felpudo, un cilindro dorado de latón gastado con la marca ovalada alrededor del ojo.

Inés lo miró como se mira algo que ha estado toda la vida en un sitio y de pronto está en otro.

—¿Me lo puedo quedar?

—Es suyo. —Germán sacó una bolsita de plástico con cierre del maletín—. Yo normalmente los tiro, pero si lo quiere para algo…

—Para guardarlo.

—Pues aquí.

Metió el bombín viejo en la bolsa, cerró el cierre y se la dio.

Inés metió también la llave brillante y, después de pensarlo, escribió con el rotulador de su estuche sobre el plástico: Bombín original 3B, retirado 8/11/2025, 19:35.

Llave entregada por R. M. 8/11, 17:05. Germán la miró hacer sin comentar nada, pero con una pequeña arruga de interés entre las cejas.

Estaba introduciendo el cilindro nuevo cuando se oyeron pasos en la escalera.

Subían despacio, con el ritmo de alguien que se toma su tiempo en cada descansillo.

Inés se volvió hacia el hueco de la escalera.

Por el tramo que venía del segundo apareció primero una carpeta de cartón azul, luego una mano con un anillo de casado, luego Roberto Mena, con la chaqueta de punto y unas gafas de cerca colgadas del cuello.

Se detuvo en el último escalón.

Durante un segundo, nada en su cara cambió. Miró a Germán agachado delante de la puerta, el maletín abierto, el cilindro plateado brillando en su mano, el hueco vacío en la madera donde había estado el bombín de siempre. Miró la bolsa de plástico en la mano de Inés.

Luego sonrió.

—Vaya. Te has dado prisa.

—No quería pasar otra noche sin dormir.

—Claro, claro. —Roberto subió el último escalón y se quedó en el rellano, a un par de metros—.

Normal. Yo habría hecho lo mismo. —Hizo una pausa—.

Aunque me podías haber preguntado, mujer.

La comunidad tiene un cerrajero que nos hace precio, de toda la vida.

Te habrías ahorrado la urgencia del sábado, que esta gente cobra lo que quiere.

Germán siguió atornillando sin levantar la cabeza.

—Esta gente cobra lo que pone en la tarifa, caballero —dijo, sin acritud—. Y la tarifa está colgada en internet.

—No lo digo por usted. —Roberto alzó una mano, conciliador—. Lo digo en general.

Hubo un silencio corto, ocupado por el chirrido del destornillador.

—¿Y la llave que te he dado esta tarde? —preguntó Roberto.

—Ya no abre nada —dijo Inés.

—Ya. —Él asintió despacio—. Pues mejor. Así estás tranquila. Que es lo que importa.

Lo dijo en el mismo tono amable de siempre, pero Inés, que lo estaba mirando, vio que la mano que sostenía la carpeta se había cerrado con más fuerza: los nudillos estaban blancos contra el cartón azul.

Vio también que los ojos de Roberto se iban, una vez y otra, a la bolsa de plástico que ella tenía en la mano, donde el bombín viejo y la llave brillante descansaban juntos bajo la etiqueta escrita a rotulador.

—¿Qué vas a hacer con el viejo?

—Guardarlo.

—¿Para qué? —Una sonrisa breve—. Eso es chatarra.

—Soy restauradora. Me cuesta tirar las cosas viejas.

Roberto la miró un momento más. Luego se rio, una risa corta, por la nariz, y movió la carpeta hacia arriba.

—Voy al cuarto B. Mañana vienen los de Brisa a tomar medidas y quieren que esté todo abierto y ventilado. —Empezó a subir el siguiente tramo, y desde la curva de la barandilla añadió sin volverse—: Lo de la junta del día 17, que no se te olvide. Te dejo la convocatoria en el buzón.

Sus pasos se alejaron hacia el cuarto. Una puerta se abrió arriba, en la mano del 4B, y se cerró.

Germán apretó el último tornillo, probó la llave nueva tres veces, por dentro y por fuera, y se puso de pie.

—Ya está. —Le entregó las tres llaves de cabeza azul—. Pruébela usted.

Inés cerró y abrió. El mecanismo era suave, preciso, con un sonido distinto del de toda su vida. Más bajo. Más seco.

—Eso que tiene en la bolsa —dijo Germán mientras recogía—, si lo va a guardar por algo, guárdelo bien.

Y la factura. —Sacó un talonario de facturas del maletín y escribió en él con letra de imprenta: fecha, hora de llegada, hora de finalización, dirección, sustitución de cilindro por cilindro de seguridad, retirada del original a petición de la clienta .

Lo firmó y lo selló—. A veces la gente me llama al año para que les diga cuándo les cambié la cerradura.

Para un abogado, o para un seguro. Mejor tenerlo.

Le cobró con un datáfono que tardó en conectarse. Luego le dio la mano, una mano áspera y caliente.

—Ese señor —dijo en voz baja, señalando con la cabeza hacia arriba— no se ha alegrado mucho de verme.

—No.

—Ya. —Germán cerró el maletín—. Llevo treinta años en esto. Cuando cambio una cerradura, normalmente nadie mira. Los vecinos pasan y dicen buenas tardes . —Se encogió de hombros—. Bueno. Lo que le he dicho: si pasa algo, al 091 y en el momento.

Bajó la escalera con el maletín golpeándole suavemente la pierna.

Inés entró, cerró con la llave nueva, echó la cadena y se quedó con la espalda contra la puerta.

Durante unos minutos no hizo nada. Escuchó. Arriba, en el cuarto B, alguien abría y cerraba ventanas. Luego oyó otra vez la puerta del 4B, los pasos de Roberto bajando, más rápidos que al subir. Pasaron por delante de su puerta sin detenerse. Siguieron hacia abajo. La puerta del 1B.

Ya no tenía la llave. Ninguna de las que pudiera tener servía para nada.

Inés notó algo que se aflojaba en el pecho, una tensión que había llevado todo el día anudada debajo del esternón sin darse cuenta. Se le doblaron un poco las rodillas y se sentó en el suelo del recibidor, como la noche anterior, en el mismo sitio.

Frente a ella, en el perchero, colgaba el abrigo camel de su madre.

No lo había tocado desde que llegó. Se levantó, lo descolgó y se lo puso encima de las rodillas.

Era de lana gruesa, con forro de raso color miel, botones de asta y un roto pequeño en el bolsillo derecho que Pilar nunca había cosido porque decía que así encontraba las llaves al tacto.

Inés metió la mano en ese bolsillo. Encontró un caramelo de eucalipto en su envoltorio, un pañuelo de papel doblado, un tique del autobús de abril.

Se llevó el cuello del abrigo a la cara. Olía a la colonia de lavanda de las tiendas de barrio, al pelo de su madre, a la calle.

Lloró. No como en el tanatorio, donde había llorado un poco y con vergüenza, delante de vecinos a los que no reconocía y de compañeros de Pilar de la gestoría que le daban la mano con fuerza.

Lloró ahora como se llora cuando no hay nadie, con la boca abierta, apretando la lana entre los dedos, durante un rato largo, hasta que le dolió la cabeza.

Cuando paró, el reloj del horno marcaba las nueve menos cuarto.

Se lavó la cara en la cocina con agua fría. Se calentó en el microondas una lata de lentejas que había traído de Valencia y se la comió de pie, mirando el patio con la persiana a medio subir. La ventana del cuarto A, enfrente, estaba a oscuras. La de Basilio tenía la luz azul de siempre.

Colgó el abrigo de su madre en el perchero. No lo metió en ninguna bolsa.

Luego recogió la mesa de la cocina, colocó todo lo que tenía en un orden que pudiera entender —la tarjeta, la copia de la denuncia, la factura de Germán, la bolsa con el bombín y la llave, la foto de la verja—, lo fotografió en conjunto y lo guardó en una carpeta de plástico de las que llevaba para el inventario.

Escribió en la tapa, con rotulador: OLMO 17 .

Metió la carpeta en el cajón de la mesilla de su madre, debajo de la agenda granate.

A las once se acostó en la cama de su antiguo cuarto, con la puerta abierta, la luz del pasillo encendida y el móvil cargando en la mesilla. Se durmió sin darse cuenta.

La despertó la vibración.

La habitación estaba a oscuras salvo por la franja del pasillo. El móvil marcaba las 23:48. En la pantalla, una notificación del número desconocido.

Bien hecho.

Inés se incorporó de golpe. Leyó el mensaje dos veces, con la sangre golpeándole en los oídos. Luego, sin pensarlo demasiado, escribió:

¿Quién eres? ¿Por qué no me lo dices a la cara?

Enviado.

Pasó un minuto. Dos. Inés no apartaba los ojos de la pantalla. En el silencio del piso oía la nevera, la sangre en los oídos, un coche lejano. Pensó que no habría respuesta, como la noche anterior. Pensó en llamar y supo que saltaría el buzón sin nombre.

A los seis minutos, el móvil vibró otra vez.

Todavía no.