No abras la puerta Capítulo 6
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Capítulo 6

Inés la leyó con el codo apoyado en la mesa de la cocina y la mano tapándose la boca.

Vecinos del edificio incendiado en la calle Olmo denuncian que la salida trasera estaba cerrada.

Una vecina que pedía no ser identificada aseguraba que, en las semanas anteriores al incendio, la puerta que comunicaba el portal con el patio trasero había permanecido cerrada con una cadena a causa de unas obras en las instalaciones eléctricas del edificio.

Si hubiera estado abierta, a lo mejor la chica habría podido salir , decía la vecina.

El periódico había contactado con el administrador de la finca, identificado como R.

M., quien negaba que la salida estuviera bloqueada: según él, las obras se habían ejecutado con todas las garantías y bajo supervisión técnica , y la puerta trasera había estado operativa en todo momento .

Fuentes de los bomberos se limitaban a confirmar que el fuego se había originado en el cuarto de contadores y que no podían dar más detalles mientras durara la investigación.

R. M.

Inés se apartó de la pantalla.

Siguió buscando. Encontró una esquela de la familia en la web de un tanatorio, ya caducada, solo el nombre en el titular de la búsqueda: Vera Ríos León .

Encontró un mensaje de condolencia de una asociación de técnicos sanitarios.

Encontró, en una página de recortes de prensa local que alguien mantenía desde hacía años con mala tipografía y peor diseño, una tercera noticia, de junio de 2019, de cuatro líneas:

El juzgado archiva provisionalmente la causa por el incendio mortal de la calle Olmo. El auto considera que el fuego se debió a un fallo eléctrico accidental y que no hay indicios suficientes para atribuir responsabilidad penal a ninguna persona. La familia de la víctima ha anunciado que recurrirá.

No había nada más. Ni el resultado del recurso, ni otra noticia, ni una entrevista. Se acababa ahí, en 2019, con un recurso anunciado.

Inés se quedó mirando el nombre en la pantalla. Vera Ríos León. Veintiocho años. Auxiliar de enfermería en el Servet, como había dicho Remedios. Me tomaba la tensión cuando se lo pedía.

Se acordaba de aquella noche. No del incendio, que no había visto, sino de la llamada.

Era otoño de 2017 y ella tenía veintisiete años y acababa de empezar en el taller, con un contrato de seis meses que le renovaban de seis en seis, compartiendo piso en Benimaclet con dos chicas que estudiaban música.

Su madre la llamó a la una y media de la madrugada.

Inés recordaba el móvil vibrando sobre la mesilla, el nombre Mamá en la pantalla, el miedo inmediato de las llamadas a esa hora.

Recordaba la voz de Pilar, extraña, plana, como si hablara desde muy lejos.

Estoy bien. No te asustes. Ha habido un fuego en el portal.

Le contó que había olido a humo poco antes de las doce, que había abierto la puerta y que la escalera estaba negra, que había vuelto a cerrar, que había llamado al 112 y le habían dicho que no saliera, que pusiera toallas mojadas debajo de la puerta y esperara en la habitación que daba a la calle con la ventana abierta.

Que lo había hecho. Que había esperado casi una hora.

Que luego habían subido los bomberos con máscaras y linternas y la habían bajado agarrada del brazo, con un trapo en la cara.

¿Y los demás? , había preguntado Inés.

Hubo un silencio largo en el teléfono.

Una chica del segundo. Se ha muerto, Inés. Una cría.

Inés recordaba haber dicho qué horror , y ¿quieres que vaya?

, y su madre diciendo no, no, qué vas a venir, si tienes trabajo, si yo estoy bien .

Recordaba que al día siguiente la había llamado a la hora de comer y su madre ya hablaba con su voz normal, de otras cosas, del seguro, de que iban a pintar el portal.

Recordaba que no había ido. Que la siguiente vez que había subido a Zaragoza había sido en Navidad, y que el portal ya estaba pintado de color crema, y que su madre no había vuelto a mencionar el incendio, y ella no había preguntado.

No había preguntado nunca.

Se levantó de la mesa y dio una vuelta por la cocina sin saber adónde ir. Llenó un vaso de agua y no se lo bebió.

Si quieres saber algo de este edificio, mira en las cosas de tu madre antes de preguntarle a nadie.

Fue al dormitorio. Encendió la luz del techo, abrió el armario y bajó la caja de zapatos con fotos, la de la tapa al revés. La llevó a la cocina, a la luz del flexo, y la vació con cuidado sobre la mesa.

Eran fotos de toda una vida mezcladas sin orden: Inés en la playa de Salou con un flotador de pato, su abuela delante de la casa del pueblo, una comida de Navidad con gente a la que no reconocía, su madre joven, con hombreras, en la puerta de la gestoría donde había trabajado más de veinte años.

Su padre en dos fotos, ninguna después de 1999.

Una comunión. Un viaje a Lourdes con un grupo de la parroquia.

Fotos de carrete con los colores virados al naranja y fotos impresas en papel normal, de los años en que Pilar había descubierto que podía imprimir en casa las que le mandaba Inés al móvil.

Inés las fue separando en montones por décadas, como hacía en el taller con los fondos sin catalogar. Era un gesto que la tranquilizaba: tocar, mirar, decidir dónde va.

En el fondo de la caja, debajo de un sobre de fotos de carnet, había un folio blanco doblado en cuatro.

Lo desdobló.

Era una fotografía impresa en papel normal de impresora, con tinta de chorro, a tamaño casi completo.

Los colores estaban un poco apagados, con ese tono ligeramente verdoso que adquieren las tintas baratas con los años, y en los pliegues el papel había empezado a amarillear.

La imagen mostraba una verja de hierro forjado, de barrotes verticales rematados en punta, pintada de negro.

Entre dos barrotes, a la altura de una mano, una cadena gruesa daba dos vueltas y se cerraba con un candado grande, plateado, de cuerpo rectangular.

Detrás de la verja se veía un trozo de patio con suelo de cemento y, al fondo, unos sacos apilados y una carretilla.

En primer plano, a la izquierda, se veía una pared con azulejos blancos y una cenefa de dos franjas, verde y blanca.

Inés conocía esa cenefa. La había visto esa misma mañana. Estaba en el pasillo trasero del portal, a la altura de la cintura, entre la puerta del sótano y la salida al patio. La puerta que había ahora era blanca, de las de barra para empujar. La verja ya no estaba.

En el borde derecho de la foto, cortado por el encuadre, había un papel pegado a la pared con cinta adhesiva. Solo se veía la mitad inferior: unas letras impresas en negro que no se podían leer y, debajo, escrito a mano en grande, 26/10 , con un rotulador que había empezado a gastarse.

Inés le dio la vuelta al folio.

El reverso estaba en blanco, salvo por un número escrito a lápiz en la esquina superior, con una letra que no era la de su madre: un 26 con el dos de base plana y un pequeño bucle.

Abrió el cuentahílos y miró la foto de cerca.

La trama de la tinta era la de una impresora doméstica: puntos de colores agrupados, sin la definición de una copia de laboratorio.

No había fecha impresa en la imagen, ni nombre de archivo, ni marca de agua.

El papel era de ochenta gramos, del más común.

Los pliegues estaban marcados y sucios en los cantos, de un folio que había estado doblado mucho tiempo.

No era una impresión de esa semana ni de ese año.

Eso era todo lo que podía decir con honestidad.

Una verja cerrada con cadena y candado en el pasillo trasero del Olmo 17, fotografiada algún día que tenía un 26 y un 10 escritos en un papel de aviso.

Podía ser el 26 de octubre de cualquier año.

Podía ser el 26 de octubre de 2017, once días antes del incendio.

Podía ser cualquier otro, de cuando el patio estuviera en obras por otra razón.

Podía haberla hecho su madre, aunque su madre no escribía los doses así. Podía habérsela dado alguien.

Lo que no podía era estar en una caja de fotos familiares por casualidad.

Inés la fotografió con el móvil por las dos caras, con la regla al lado.

Luego la metió en una funda de plástico y la dejó junto a la tarjeta de la noche anterior, la llave nueva de Roberto y la copia de la denuncia.

Sobre la mesa de la cocina de su madre empezaba a haber más cosas de las que podía explicar.

Volvió a la pantalla. Volvió a leer la segunda noticia.

La puerta trasera había estado operativa en todo momento.

R. M.

Abrió la libreta y escribió, con la letra cada vez más pequeña:

Incendio: 7 nov. 2017, ~23:45. Cuarto de contadores.

Vera Ríos León, 28, aux. enfermería, 2A.

Muere. Vecina anónima: salida trasera cerrada con cadena (obras).

Administrador «R. M.»: niega. «Operativa en todo momento».

Archivo provisional 2019. Familia recurre.

¿Resultado? Foto verja + candado. Cenefa = pasillo trasero.

Aviso «26/10». Reverso: «26» a lápiz (no es letra de mamá). Caja de fotos (tapa al revés).

Debajo, después de dudar, añadió:

Anoche fue el aniversario.

Se quedó mirando esas cuatro palabras.

Roberto había subido a su puerta a medianoche del 7 de noviembre, ocho años exactos después de que una mujer de veintiocho años muriera dos pisos más abajo.

En el portal había un ramo de crisantemos y una vela.

Alguien le había escrito que no abriera.

Alguien llevaba semanas sin una caja de papeles de su madre.

Su madre había guardado la foto de una verja cerrada debajo de las fotos de su comunión.

Inés no sabía todavía qué dibujaban esos puntos. Sabía que no eran puntos sueltos.

Pensó en su madre aquella noche de 2017, sentada en la habitación que daba a la calle con la ventana abierta y una toalla mojada bajo la puerta, oyendo las sirenas. Pensó en su voz al teléfono: Se ha muerto, Inés. Una cría . Y luego, al día siguiente, su voz normal, hablando del seguro.

Pensó, ya sin rodeos, que su madre podía haberle mentido.

No con palabras. Con lo que no había dicho.

Le sonó el móvil encima de la mesa y dio un respingo tan fuerte que golpeó el flexo con el codo. La pantalla mostraba un número fijo de Zaragoza.

—¿Inés Roldán? Soy Germán, el cerrajero. Estoy en el portal. ¿Me abre?

Miró el reloj del horno. Las siete y diez.

—Le abro —dijo, y fue hacia el telefonillo del recibidor sin soltar el móvil.