No abras la puerta Capítulo 5
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Capítulo 5

Sonaron los nudillos a las seis menos veinte, dos golpes cortos, mientras Inés vaciaba en una bolsa de basura los frascos caducados del armario del baño.

Se quedó quieta con un bote de jarabe para la tos en la mano.

—¿Sí?

—Soy Sara. La del cuarto.

Inés dejó el bote en el lavabo y fue al recibidor. Por la mirilla vio a la mujer de la mañana, ya sin ropa de correr: vaqueros oscuros, jersey gris de cuello alto, el pelo suelto y todavía húmedo de la ducha. Llevaba un libro en la mano.

Abrió con la cadena puesta.

Sara miró la cadena, luego a ella, y se lo calló. Le tendió el libro por la rendija.

—Es de tu madre. Me lo prestó en agosto y no me dio tiempo a devolvérselo.

Era una edición de bolsillo vieja, con el lomo agrietado, de una novela de Carmen Martín Gaite. En la primera página, con letra de Pilar: Pilar Roldán, 1987 . Inés recordaba la portada. Había estado durante años en la estantería del salón, entre un diccionario de sinónimos y una guía de setas.

—Gracias.

—Me lo leí dos veces. La segunda, para tener una excusa para no devolvérselo todavía. —Sara lo dijo sin sonreír—. Le gustaba que le contara qué me había parecido.

Inés no supo qué contestar. Se quedó con el libro contra el pecho.

—¿La conocías mucho?

—Desde febrero. Me la encontré en el portal el primer día, con tres bolsas de la compra y el ascensor estropeado, y le subí las bolsas.

Luego empezamos a tomar café algunas tardes.

Ella lo tomaba con un palito de canela dentro, que yo nunca había visto.

—Hizo una pausa—. Cuando se puso mala, le hacía algunos recados.

Inés pensó en el palito de canela. Su madre lo hacía desde siempre. Inés lo había olvidado.

—Gracias por eso.

—No lo hacía por ti.

La frase quedó en el aire del rellano, seca, y Sara no hizo nada por suavizarla. Inés notó un calor en las mejillas que no supo si era vergüenza o enfado.

—Ya me imagino.

—Perdona. —Sara apartó la mirada un momento hacia la escalera—. No quería decirlo así. Quería decir que la apreciaba. Hablaba mucho de ti. Que arreglas papeles que nadie más sabe leer. Que te fuiste a Valencia con dieciocho años y no volviste. Que este verano viniste tres fines de semana.

—Cuatro.

—Tres, me dijo. Igual se equivocó. Al final se equivocaba con las fechas. —No había crueldad en el tono. Tampoco disculpa—. No he venido a juzgarte. He venido a devolverte el libro y a preguntarte una cosa.

—Pregunta.

—¿Has encontrado papeles de tu madre? Cosas de la comunidad. Actas, recibos, cuentas. Ella fue tesorera durante años.

Inés la miró a través de la rendija. Sara sostuvo la mirada. Tenía los ojos muy oscuros y una forma de mirar sin parpadear que resultaba incómoda.

—¿Por qué lo quieres saber?

—Porque me dijo que tenía cosas que dejar en orden antes de… —Sara buscó la palabra—. Antes de irse. Y que quería que yo la ayudara con algo. No le dio tiempo a decirme qué. —Hizo una pausa—. Pensé que quizá tú lo encontrarías.

—De momento solo he encontrado facturas.

No era del todo verdad. Inés pensó en la caja azul que no estaba, en el rectángulo de polvo, en los tornillos con la pintura mordida. No dijo nada de eso.

—Vale. —Sara asintió despacio, sin creerla del todo, o eso le pareció a Inés—. Si encuentras algo que no entiendas, de la comunidad, puedo echarte una mano. He leído muchas actas.

—¿Por qué has leído muchas actas?

—Era periodista. De local. Plenos, juntas de distrito, reclamaciones de vecinos. Te acostumbras a buscar lo que no cuadra.

—¿Y ahora?

—Ahora busco fotos viejas para una fundación cultural. Exposiciones, catálogos. Me pagan por mirar archivos.

Inés pasó el pulgar por el canto del libro.

—Roberto dice que haces muchas preguntas.

Algo se movió entonces en la cara de Sara: una contracción mínima junto a la boca, que no llegaba a ser una sonrisa.

—Roberto dice muchas cosas. —Bajó un poco la voz—. ¿Ya te ha devuelto la llave?

Inés tardó un segundo en contestar.

—¿Cómo sabes que tenía una llave?

—Lo sabe medio edificio. Tu madre se lo contó a Remedios en julio, y Remedios se lo cuenta todo a todo el mundo. —Sara inclinó la cabeza—. ¿Te la ha devuelto?

—Sí.

—¿Y vas a cambiar la cerradura?

—¿Por qué iba a cambiarla?

Sara se quedó mirándola. Fue una mirada larga, evaluadora, la misma de la mañana en el portal. Luego dijo, sin énfasis:

—Porque yo la cambiaría.

Inés tenía el móvil en el bolsillo de la sudadera. Con la mano libre lo sacó, como para mirar la hora, y con el pulgar buscó el chat del número desconocido y pulsó el icono de llamada. Se llevó el móvil a la oreja sin dejar de mirar a Sara.

—Perdona, un segundo, tengo que llamar al cerrajero —mintió.

Sonó un tono. Dos. Tres.

Sara esperó en el rellano con los brazos cruzados.

No se oyó nada en sus bolsillos: ni una vibración, ni una melodía, ni el zumbido de un teléfono en silencio.

Llevaba los vaqueros ajustados, el jersey ceñido; no había dónde esconder un móvil sin que se notara.

Al quinto tono saltó el mismo buzón de voz de la madrugada, el que no tenía nombre, el que solo era una señal. Inés colgó.

—No lo coge —dijo.

—Es sábado. —Sara la miraba ahora con algo parecido a la curiosidad—. ¿Al final vas a cambiarla?

—Lo estoy pensando.

—Piénsalo rápido.

Inés guardó el móvil.

—¿Tienes mi número?

La pregunta salió sin preparación y Sara no pareció sorprendida.

—Sí. Me lo dio tu madre en junio, por si le pasaba algo y yo estaba con ella. —Se metió las manos en los bolsillos traseros—. Nunca lo usé. Cuando la ingresaron la última vez, te avisaron del hospital. No hacía falta que te llamara una desconocida.

—¿Me has escrito alguna vez?

—No.

Lo dijo sin titubear. Inés la creyó, y luego no la creyó, y luego no supo qué creer.

El número de Sara estaba apuntado en el papel de Basilio y no era el del mensaje.

Sara no llevaba encima ningún teléfono que hubiera sonado.

Sara tenía su número desde junio. Sara sabía lo de la llave.

Sara le había preguntado por los papeles de su madre antes que por cualquier otra cosa.

—¿Puedo preguntarte yo algo? —dijo Inés.

—Claro.

—Las flores del portal. Las de V., ocho años . ¿Sabes quién las deja?

Esta vez sí hubo un cambio. No en la expresión, que siguió quieta, sino en el cuerpo: Sara descruzó los brazos y apoyó una mano en la barandilla, como alguien que nota el suelo moverse un poco.

—Vera —dijo—. Se llamaba Vera.

—¿La conocías?

Sara la miró. Durante un instante pareció que iba a decir algo más largo; abrió la boca y la cerró. Luego miró hacia el tramo de escalera que subía al cuarto.

—Tengo que irme. Tengo una llamada. —Se apartó de la barandilla—. Si encuentras papeles de la comunidad, no se los enseñes a nadie antes de leerlos tú. A nadie. Tampoco a mí, si no quieres. Pero léelos tú primero.

—¿Por qué?

—Porque tu madre los guardó por algo.

Se dio la vuelta y empezó a subir.

Inés cerró la puerta, echó la llave y miró por la mirilla. Vio las piernas de Sara desaparecer en el tramo hacia el cuarto, oyó sus pasos en el descansillo, una puerta que se abría y se cerraba arriba, en la otra mano del edificio. Luego nada.

Fue a la cocina con el libro todavía en la mano y lo dejó en la mesa, junto a la llave nueva y la copia de la denuncia.

Abrió el libro por donde se abría solo. Había una marca entre dos páginas: un tique de una farmacia de la avenida de Madrid, de agosto, con un importe de doce euros con cuarenta.

En el reverso, a bolígrafo, con la letra de su madre, una lista de la compra: pan, yogures, canela . Nada más. Inés lo dejó donde estaba.

Abrió la libreta negra y escribió:

Sara (4A). Tiene mi número desde junio (dice). Sabe lo de la llave (dice: Remedios). Pregunta por papeles de la comunidad. Recomienda cambiar cerradura. Vera = V. La conocía (no lo dice, pero sí). Su número ≠ número SMS. No sonó nada al llamar.

Lo leyó. Luego tachó no sonó nada al llamar y escribió encima: no sonó nada encima de ella . No era lo mismo.

Releyó la página.

Si Sara le había escrito, ¿por qué negarlo?

Si no le había escrito, ¿por qué hablaba como si supiera exactamente lo que había pasado la noche anterior?

¿Por qué quería los papeles de su madre?

Una vecina de alquiler, desde febrero, que se hace amiga de una mujer enferma, que la visita, que le hace los recados, que sabe con qué toma el café.

Inés conocía historias así. Todo el mundo las conocía: la amiga reciente, la cuidadora encantadora, el sobrino que aparece al final. No quería pensarlo y lo pensaba.

Y, sin embargo, la persona que tenía una copia de su llave no era Sara.

Fue a la ventana de la cocina. Ya había oscurecido del todo.

El patio interior era un pozo de cinco alturas con las ventanas de las cocinas y los baños abiertas al mismo vacío, tendederos con pinzas olvidadas, una bicicleta colgada de una barandilla en el primero.

Enfrente, en la otra mano del edificio, las ventanas estaban dispuestas en espejo: el 3A de Basilio, con la luz azul de la televisión; arriba, en el cuarto, una ventana encendida con una lámpara de luz cálida.

En esa ventana había alguien de pie. Una silueta con un jersey de cuello alto y el pelo suelto, con un teléfono pegado a la oreja, mirando hacia abajo.

Hacia la cocina de Inés.

Inés no se movió. La silueta tampoco. Duró dos o tres segundos. Luego Sara se volvió, dijo algo al teléfono que Inés no pudo oír, y corrió la cortina.

Inés se quedó junto a la ventana con el corazón golpeándole más fuerte de lo que justificaba lo que había visto. Una vecina hablando por teléfono en su cocina. Eso era todo.

Alargó la mano y bajó la persiana hasta abajo.

Luego encendió el portátil sobre la mesa de la cocina y escribió en el buscador el nombre de la calle, el número del portal y la palabra incendio .