Capítulo 4
La comisaría de Delicias ocupaba los bajos de un edificio de ladrillo de los años setenta, con una rampa de acceso y un escudo descolorido sobre la puerta.
Dentro olía a calefacción y a papel de impresora.
En la sala de espera había seis sillas de plástico atornilladas a una barra, un dispensador de números que no funcionaba y un cartel que explicaba cómo denunciar por internet la pérdida de documentación.
Inés esperó cuarenta minutos. Delante tenía a un chico al que le habían robado el móvil en un bus nocturno y a un matrimonio mayor que discutía en voz baja sobre si había sido el portero automático o el de la luz.
Mientras esperaba, llamó al número de la tarjeta.
Sonó cinco veces. Luego, un buzón de voz genérico, sin nombre: Deja tu mensaje después de la señal . Una voz de hombre joven, grabada en un sitio con eco. Colgó antes del pitido. No sabía qué decir que no le diera a nadie más información de la que ella quería dar.
Después volvió a llamar a la distribuidora.
Esta vez no pidió que le confirmaran nada por teléfono: pidió que se lo pusieran por escrito.
La operadora, un hombre con acento canario, le explicó que no emitían certificados de inexistencia de avisos, pero que podía enviarle un correo con el registro de sus dos llamadas y la respuesta que se le había dado.
Inés le dio su dirección. A los doce minutos le llegó un mensaje con el logotipo de la empresa, dos números de referencia, la fecha y la hora de las llamadas, la dirección consultada y una frase en un párrafo aparte: En el periodo consultado no constan avisos de urgencia registrados para la dirección indicada .
Lo leyó dos veces. Era poco. Era algo.
Cuando por fin la llamaron, la atendió un agente de unos cincuenta años, con gafas de montura metálica y un bigote cuidado, que se presentó como Ruiz. La hizo pasar a un cubículo con una mesa, dos sillas y un ordenador con la pantalla llena de huellas.
—Usted dirá.
Inés le contó lo ocurrido en orden, empezando por la hora de los golpes.
Había ensayado mentalmente la secuencia en el autobús y la dijo sin adornos.
Los dos hombres, el pretexto del gas, el mensaje del número desconocido, la llamada a la distribuidora.
La tarjeta en el felpudo. La caja desaparecida del armario.
La anotación en la agenda de su madre. La explicación de esa mañana, distinta de la de la noche.
El agente escuchó sin interrumpirla. Solo al final levantó una mano.
—¿El señor intentó forzar la puerta?
—No.
—¿Le amenazó?
—No. Insistió.
—¿Usted le ha visto entrar en su domicilio?
—No.
Ruiz asintió despacio.
—Le voy a ser sincero, porque creo que usted lo prefiere así.
Lo de anoche, tal y como me lo cuenta, ahora mismo no es fácil de encajar en un delito.
Un vecino llama a una puerta con una excusa.
Usted no abre. Se va. —Se quitó las gafas y las limpió con el borde de la camisa—.
Pero hay cosas que no me gustan. Que un aviso de gas no exista.
Que la explicación haya cambiado. Que alguien tenga una llave de su casa y que de allí falte una caja.
Todo eso se denuncia, se queda reflejado y, si pasa algo más, ya no empezamos de cero.
—¿Y la caja?
—La caja la denuncia como desaparecida. Usted no sabe quién se la llevó ni cuándo, y no me puede decir que fuera él. —La miró por encima de las gafas—. ¿Me equivoco?
—No.
—Pues eso pondremos. Lo que sabe. No lo que piensa.
Inés pensó que aquella frase podría haberla dicho su jefa del taller. Lo que dice el documento. No lo que te gustaría que dijera.
El agente tecleó durante casi media hora.
Le pidió que le enseñara la tarjeta, la fotografió con un móvil de la comisaría, le preguntó el número de referencia de la distribuidora, le pidió que le reenviara el correo.
Le preguntó si sabía el nombre del supuesto técnico.
No lo sabía. Le preguntó si conocía el número del mensaje.
Se lo dictó. Ruiz lo apuntó en un pósit, aparte.
—Esto se queda en la denuncia, pero no se haga ilusiones: para saber de quién es un número de teléfono hace falta un juez, y para eso tiene que haber algo más que un mensaje que, si me permite, de momento le ha hecho un favor.
—¿Un favor?
—Le ha dicho que no abriera. Y no ha abierto. —Ruiz se encogió de hombros—. Igual el que lo escribió sabe más que usted y que yo. O igual le ha querido meter miedo. Las dos cosas pasan.
Al final le imprimió dos copias. Inés leyó la suya despacio, línea a línea, antes de firmar. Corrigió una hora —el agente había escrito 00:47 en lugar de 00:17— y una letra del apellido de Roberto. Ruiz rectificó sin protestar.
—Mi consejo —dijo, al darle la copia sellada—: cambie la cerradura.
—Viene un cerrajero esta tarde.
—Bien. Y si ese señor le devuelve la llave, cójala, dele las gracias y cambie la cerradura igualmente.
Una llave se copia en cinco minutos en cualquier centro comercial.
—Se levantó y le abrió la puerta del cubículo—.
Si vuelve a pasar algo, llame al 091 en ese momento. No al día siguiente. En ese momento.
Eran casi las dos cuando salió. Comió un bocadillo de tortilla en una barra de la avenida de Madrid, sin hambre, mirando la copia de la denuncia doblada junto al plato.
Tres folios con un sello azul. Su nombre, el de Roberto, la dirección de su madre.
En el apartado de hechos, todo lo que había pasado parecía más pequeño que la noche anterior.
Volvió al Olmo 17 a las cuatro y media.
En el rellano del tercero, antes de sacar la llave, se agachó. El hilo rojo seguía allí, pegado entre el marco y la hoja, a la altura del tobillo, intacto.
Soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Antes de entrar, llamó a la puerta del 3A.
Tuvo que llamar tres veces. Dentro se oía la televisión, una película del oeste a todo volumen: disparos, caballos, una música de trompetas. Al cuarto timbrazo, la tele bajó de golpe y se oyó un arrastrar de zapatillas.
El hombre que abrió llevaba un jersey de pico gris sobre una camisa de cuadros abrochada hasta el cuello, y un audífono color carne en la oreja derecha. Era alto, aunque estaba encorvado, y tenía unas cejas blancas y espesas que le daban un aire de búho enfadado.
—¿Sí?
—Soy Inés, la hija de Pilar. Del tercero B.
—¡Ah! —La expresión del hombre se transformó—.
Pasa, pasa, por favor. Basilio Andreu. Te conocí con este tamaño.
—Puso la mano a la altura de la cadera—.
Tu madre era una señora. Lo siento muchísimo.
No pude ir al tanatorio, no me encontraba bien, ya le dije a Roberto que te diera el pésame de mi parte.
—Gracias. No paso, de verdad, solo quería preguntarle una cosa.
—Dime, dime.
—¿Anoche llamó usted a Roberto? ¿Sobre las doce? Por un olor a gas.
Basilio frunció las cejas blancas, que se unieron en una sola.
—¿Yo? ¿A las doce? —Soltó una risa breve—. A las doce yo llevo hora y media dormido, hija. Me acuesto a las diez y media y me quito esto. —Se tocó el audífono—. Podría caer una bomba en la escalera y no me enteraba.
—¿Y no tiene gas en casa?
—¿Gas? Nada. Desde que murió mi mujer lo quité todo. Vitrocerámica, termo eléctrico, todo eléctrico. Me daba miedo dejarme algo encendido. —Hizo un gesto vago hacia el interior del piso—. Tu madre me ayudó a hacer los papeles para dar de baja el contrato. Hará siete años o así.
Inés asintió despacio.
—Roberto me ha dicho que fue usted quien le avisó.
—¿Roberto? —Basilio pareció genuinamente desconcertado—. Pues se habrá confundido. Yo no tengo ni su número en la cabeza. Lo tengo ahí apuntado, mira.
Se volvió hacia el recibidor. Junto a un teléfono fijo de color crema, pegado a la pared con celo, había un papel escrito a mano con una letra grande y redonda: Roberto (presidente) , un móvil.
Farmacia . Ambulatorio . Sara 4.º A , otro móvil.
Y Pilar 3.º B , tachado con una sola línea, de modo que el número seguía leyéndose debajo.
—Me lo escribió la chica, Sara, porque yo no veo bien la pantalla del móvil —explicó Basilio—. Lo de tu madre lo tachó ella misma, el día del entierro. Me pareció muy feo tacharlo, pero no lo iba a dejar.
Inés miró el número de Sara. Lo comparó, mentalmente, con el que tenía en la pantalla de su propio móvil desde la madrugada. No se parecían. No eran el mismo. Lo fotografió con el móvil de todas formas, pidiendo permiso con un gesto, y Basilio le indicó con la mano que adelante.
—¿Ha pasado algo con el gas? —preguntó él.
—No. No había nada. —Inés sonrió para que no se preocupara—. Gracias, Basilio.
—A ti. Ven a verme cuando quieras. Llama fuerte.
La puerta se cerró. La película del oeste volvió a subir de volumen.
Inés entró en su casa, echó la llave y se quedó un momento en el recibidor, quieta, con el abrigo puesto.
A las cinco y cinco sonó el timbre.
Esta vez miró por la mirilla antes de hablar. Roberto estaba solo, sin abrigo, con la chaqueta de punto azul. En la mano llevaba un sobre pequeño de papel marrón.
Abrió con la cadena puesta. Él no hizo ningún comentario al respecto.
—Lo prometido —dijo, y le pasó el sobre por la rendija—. Perdona otra vez el retraso.
Inés lo abrió. Dentro había una sola llave, en una anilla metálica con una etiqueta de plástico verde donde alguien había escrito 3.º B con rotulador.
—Gracias.
—Nada, mujer.
—He puesto una denuncia esta mañana —dijo ella—. Por lo de anoche.
Roberto la miró sin cambiar de expresión. Solo tardó un segundo más de lo normal en contestar.
—¿Una denuncia? ¿Contra quién?
—Contra nadie. He contado lo que pasó. La distribuidora dice que no había ningún aviso. Y el técnico dejó una tarjeta sin nombre de empresa.
—Ah. La tarjeta. —Roberto asintió, aliviado—.
Es Dani. El chico. Es autónomo, no es ninguna empresa, por eso no pone nada.
Le dije yo que la dejara por si queríais revisión en algún piso, que en este edificio las calderas son todas de la prehistoria.
Ha sido un malentendido, Inés. Una cosa privada, entre vecinos.
—Sonrió—. Pero haces bien, ¿eh? Hoy en día hay tanto sinvergüenza que se presenta en casa de la gente mayor…
—Basilio dice que él no le llamó.
—¿Basilio?
—Que a las doce estaba dormido y sin el audífono. Y que no tiene gas. Lo dio de baja hace años.
Esta vez, la pausa fue más larga. Roberto se pasó una mano por el pelo.
—Pues entonces me equivoqué yo. —Lo dijo con tono de disculpa, pero también de cansancio: el tono que se usa con alguien que se empeña en complicar una cosa sencilla—.
Me llamaron a las doce, desde un número que no tenía guardado, una voz de hombre mayor diciendo que olía a gas en la escalera del tercero.
Yo di por hecho que era Basilio, porque quién va a ser.
Igual era alguien de la calle, o un borracho, o una broma.
No lo sé. Yo hice lo que había que hacer.
—Hizo un gesto con la mano abierta—. Si quieres le pregunto a la compañía telefónica, aunque no creo que me lo digan.
—No hace falta.
—Bueno. —La miró un momento más de lo necesario—. Tú descansa. Has tenido un día muy largo. Y si necesitas algo, de verdad, estoy en el primero.
Inés cerró la puerta. Esperó a oír los pasos bajando la escalera, y luego la puerta del 1B. Entonces fue a la cocina, encendió el flexo que su madre tenía en la encimera para leer las recetas y vació el sobre sobre la tabla de cortar.
La llave relucía.
No el brillo apagado de una llave que pasa años en un llavero, rozándose contra otras, metida y sacada de una cerradura miles de veces, sino el brillo amarillo y limpio del latón recién cortado.
Inés sacó del bolsillo su propia llave del 3B —la de su madre, la que había heredado con el piso—, y las puso juntas bajo el flexo.
La de Pilar era casi marrón, con los dientes redondeados por el uso y la cabeza pulida en el sitio donde apoyaba el pulgar.
La de Roberto parecía de juguete a su lado.
En la mochila llevaba siempre un cuentahílos plegable de ocho aumentos, de los que usaba en el taller para mirar fibras y marcas de agua. Lo abrió y se inclinó sobre la llave nueva.
En los bordes de los dientes quedaban rebabas diminutas, finísimas, como virutas que nadie se había molestado en limar.
En el lomo se veía todavía la marca circular de la mordaza de la máquina copiadora.
En la cabeza, grabado en el metal, el logotipo de una marca de llaves en bruto que se vendía en cualquier ferretería, y nada más.
No había ni un rasguño. Esa llave no había entrado en ninguna cerradura más de un par de veces. Quizá ninguna.
Inés se apartó del cuentahílos y miró la llave sin aumento.
Su madre le había dado a Roberto una copia en julio. Esa copia, la de julio, habría pasado cuatro meses en un llavero, habría entrado al menos una vez en la cerradura en agosto, si era verdad lo de la llave de paso. Tendría marcas. Esta no tenía ninguna.
Lo que Roberto acababa de devolverle no era la llave de su madre. Era una copia de esa llave, hecha hacía muy poco.
Y si había una copia nueva, la vieja seguía en alguna parte.
Miró el reloj del horno. Las cinco y veinte. Faltaban dos horas para que llegara el cerrajero.