Capítulo 3
En el rellano del segundo, un hombre de unos treinta y cinco años intentaba bajar un cochecito de bebé por la escalera haciendo palanca con las ruedas traseras. El bebé, envuelto en un mono acolchado de color mostaza, dormía con la boca abierta, indiferente al traqueteo.
—Espera —dijo Inés—. Te cojo de abajo.
El hombre levantó la cabeza, sorprendido, y luego sonrió con alivio. Tenía barba de dos días y una mancha de leche reseca en el hombro del abrigo.
—Gracias. El ascensor no cabe con esto. Lo compramos sin medir, que es lo que hace todo el mundo.
Bajaron el cochecito entre los dos, un escalón cada vez, sin hablar hasta el descansillo del primero. Allí él se secó la frente con el dorso de la mano.
—Iker. Del segundo B. —Señaló hacia arriba con la barbilla—. Y este es Nico, que tiene cuatro meses y ha decidido que dormir de noche es para débiles. Tú eres la hija de Pilar, ¿verdad? Lo sentimos mucho. Lucía la conocía más que yo. Le subía tápers cuando estaba mala.
—Gracias.
Inés dudó un segundo.
—¿Anoche olisteis algo raro? ¿Gas?
Iker frunció el ceño.
—¿Gas? No. ¿Por?
—Vino Roberto, a las doce y pico, con un técnico. Dijo que un vecino había notado olor en la escalera y que estaban revisando los pisos de esta mano.
—A nosotros no nos ha dicho nada. —Iker señaló el cochecito con la barbilla—. Y te aseguro que a esa hora estaba despierto, porque este se despertó a las doce menos cuarto y no paró hasta las dos. Oí voces arriba, eso sí. Pensé que eras tú hablando por teléfono. —Hizo una mueca—. ¿Había fuga?
—No.
—Bueno, mejor. —Pero no parecía tranquilo del todo—. Roberto es así, se preocupa por todo. Es el presidente, lleva la comunidad como si fuera suya. Bueno, medio suya es. Tiene el primero B y el segundo A, el de nuestro lado, que está vacío. Lo compró hace años, después de lo del fuego.
—¿Qué fuego?
Iker se encogió de hombros.
—Hubo un incendio en el portal, antes de que viniéramos nosotros.
Nos lo contaron cuando firmamos. Algo eléctrico.
Lo arreglaron todo y está todo en regla, nos dijeron, si no, no habríamos comprado.
—El bebé se removió y él empezó a mecer el cochecito por reflejo—.
Pregúntale a Remedios, la del primero A.
Lleva aquí desde que construyeron el edificio.
Si te pilla con tiempo, te cuenta hasta lo que no pasó.
Bajaron el último tramo juntos. En el portal, Iker se detuvo a abrocharse el abrigo.
—Por cierto. El lunes 17 hay junta. Por lo de la oferta de Brisa. No sé si te ha llegado la convocatoria.
—No sé qué es Brisa.
—Una promotora. Están comprando pisos aquí para hacer apartamentos turísticos.
Ya tienen el cuarto B. A nosotros nos ofrecen bastante más de lo que pagamos.
—Lo dijo bajando la voz, con una mezcla de culpa y entusiasmo—.
Roberto lo está moviendo. Si te interesa vender, que supongo que sí, viviendo en Valencia…
Bueno, ya te enterarás. Encantado, ¿eh? Y lo siento otra vez.
Salió a la calle empujando el cochecito con el hombro contra la puerta de cristal.
Inés se quedó sola en el portal.
A la luz del día era más pequeño de lo que lo recordaba.
Las paredes estaban pintadas de un color crema satinado que parecía reciente; el suelo de terrazo, en cambio, era el de siempre, con una baldosa partida junto a los buzones que ella saltaba de niña.
A la izquierda, la puerta metálica gris del cuarto de contadores, con un rótulo de Peligro, riesgo eléctrico .
A la derecha, la puerta de madera del cuarto comunitario.
Al fondo, la puerta del sótano y, más allá, el pasillo estrecho que llevaba al patio trasero, con una puerta nueva, blanca, de las de barra horizontal para empujar.
Las flores seguían junto al cuarto de contadores. Crisantemos blancos en papel de estraza, ya un poco mustios en los bordes. La vela de cementerio, apagada, tenía la cera hundida. Entre los tallos asomaba una tarjeta pequeña de cartulina color hueso, sin sobre.
Inés se agachó. No la tocó.
Dos palabras escritas a mano, con rotulador negro:
V. · 8 años.
Ni nombre completo, ni firma.
—Las deja alguien todos los años.
Se dio la vuelta. En la puerta abierta del 1A había una anciana sentada en una silla de ruedas, con una manta de cuadros sobre las piernas y el pelo blanco recién marcado. Detrás de ella, una mujer más joven, morena, con uniforme de color lila, sostenía una bolsa de basura.
—Remedios Alcalá —dijo la anciana, y la miró de arriba abajo con una atención sin disimulo—. Tú eres la de Pilar. Tienes sus manos.
Inés se miró las manos sin querer.
—Inés.
—Ya sé que eres Inés. Tu madre hablaba de ti.
No mucho, que era muy suya, pero hablaba.
—Remedios señaló las flores con un movimiento de la barbilla—.
Antes las traía una señora mayor, muy delgadita.
Venía siempre el mismo día, se quedaba un rato aquí de pie, sin hablar con nadie, y se iba.
Yo la veía desde aquí. Este año ya no ha venido ella.
Las ha dejado otra persona. No sé quién. Yo no bajo a mirar.
—¿Por quién son?
La anciana tardó en contestar. Yolanda, la cuidadora, cambió la bolsa de mano.
—Por la chica que murió en el fuego —dijo Remedios por fin—.
La del segundo. Era muy maja. Trabajaba en el Servet de enfermera, o de auxiliar, no sé.
Me tomaba la tensión cuando se lo pedía.
—Se ajustó la manta—. Fue un siete de noviembre.
Como ayer. Mi marido estaba vivo entonces.
Nos sacaron por la ventana los bomberos, a los dos, con una escalera. Él ya no se recuperó del todo.
—Lo siento.
—Hace mucho. —Pero lo dijo mirando la puerta del cuarto de contadores—. Tu madre era muy de papeles, ¿sabes? Lo apuntaba todo. Todo lo guardaba. Si quieres saber algo de este edificio, mira en las cosas de tu madre antes de preguntarle a nadie.
Inés iba a contestar cuando la puerta de la calle se abrió con un golpe de aire frío.
Entró Roberto Mena con una barra de pan bajo el brazo y un periódico doblado en la mano.
Llevaba un abrigo de paño gris encima de la chaqueta de punto de la noche anterior, y unos zapatos marrones bien lustrados.
A la luz del portal parecía mayor que por la mirilla, con la cara ancha surcada de arrugas finas y el pelo gris peinado hacia atrás.
Al ver a Inés se detuvo y su expresión pasó, en un segundo, de la sorpresa a una preocupación cortés.
—Inés. Buenos días. Remedios, Yolanda. —Hizo un gesto a las dos mujeres. Luego se volvió hacia ella—. Oye, te debo una disculpa por lo de anoche. Te asusté. No tenía que haber subido a esas horas.
—No había fuga.
—No, gracias a Dios. —Suspiró—. Fue Basilio, el del tercero A, tu vecino.
Me llamó a las doce diciendo que olía a gas en la escalera.
Basilio tiene setenta y siete años y vive solo, y una vez ya tuvimos un susto con un cazo en el fuego, así que no me la jugué.
Llamé a un chico de confianza que me hace trabajos en las fincas que llevaba, que es instalador, y como tarda menos que la compañía, que te tienen dos horas esperando…
—Hizo un gesto amplio con la barra de pan—.
Miramos el contador, la escalera, el piso de Basilio.
Nada. Al final sería el guiso de alguien.
Inés no dijo nada durante un momento.
Anoche, a través de la puerta, él había dicho: Han llamado a la compañía y nos han dicho que revisemos primero las llaves de paso .
Lo recordaba porque lo había repetido mentalmente mientras marcaba el teléfono de la factura.
Ahora la compañía había desaparecido de la historia y había un chico de confianza que tardaba menos.
—Llamé yo a la distribuidora —dijo—. No tenían ningún aviso.
—Claro, porque no les llamamos al final. —Roberto sonrió con una franqueza que parecía auténtica—. Con el chico ya allí no hacía falta. Hiciste muy bien en no abrir, ¿eh? Lo digo en serio. A las doce de la noche, una mujer sola, dos tíos que no conoces. Yo tampoco habría abierto.
Lo dijo como quien concede un punto en una discusión que no le importa perder.
—Mi madre le dio una llave —dijo Inés.
No lo había planeado. Le salió así, sin interrogación.
Roberto parpadeó, solo una vez.
—Sí. En verano, cuando la ingresaron en julio.
Me pidió que tuviera una copia por si pasaba algo con el agua o con la calefacción, que el piso se quedaba solo.
Ya sabes cómo era: lo tenía todo previsto.
—Movió la cabeza—. Entré una vez, en agosto, a cerrar la llave de paso cuando volvió al hospital, porque se lo dejó abierto.
Y luego, con todo lo que vino, se me pasó devolvérosla.
Perdona, debería habértela dado nada más llegar.
La tengo arriba, en otro llavero. Te la subo esta tarde.
—Esta tarde.
—Ahora voy a casa de mi hermana a Casetas, a comer, vuelvo a eso de las cinco. —Hizo una pausa—. Si te corre prisa, te la subo ahora, ¿eh?
—Esta tarde está bien.
—Pues esta tarde. —Se cambió el periódico de mano—.
Y lo de la venta, cuando quieras, lo hablamos.
No te quiero agobiar. Pero hay una oferta muy buena de una empresa, Brisa, que está comprando aquí, y a los vecinos que firmen antes de fin de mes les mantienen el precio.
Tu madre no quiso escucharla, y era muy libre de no hacerlo.
Tú vives en Valencia, tendrás tus planes.
Yo solo te digo que te escuches la propuesta antes de llamar a una inmobiliaria, que esas te cobran el tres por ciento y te tienen el piso un año.
En la escalera sonaron pasos rápidos. Una mujer bajaba de dos en dos, con mallas de correr negras, una chaqueta cortavientos naranja y unos auriculares grandes colgados del cuello.
Tendría poco más de treinta años. El pelo oscuro, recogido en una coleta tirante; la cara delgada, de pómulos marcados, sin maquillaje. Al llegar al portal aminoró el paso.
—Buenos días, Remedios. —La voz se le suavizó al decirlo—. ¿Qué tal la noche?
—Mala, hija, como todas.
La mujer le apretó la mano a la anciana un momento. Luego miró a Roberto.
—Roberto.
—Sara.
Fue un intercambio de dos palabras y en él no hubo nada abiertamente hostil. Pero Inés trabajaba con papeles viejos y sabía reconocer cuando dos firmas en un mismo documento no se tienen simpatía.
Después la mujer la miró a ella. Fue una mirada larga, directa, de arriba abajo, que se detuvo un instante de más en su cara, como quien compara a alguien con una foto.
—Tú eres la hija de Pilar.
—Inés.
—Sara. Vivo en el cuarto A. —No le tendió la mano. Tampoco sonrió—. Siento lo de tu madre.
Y salió a la calle poniéndose los auriculares, sin esperar respuesta.
Roberto la siguió con la mirada a través del cristal de la puerta hasta que la perdió de vista.
—Periodista —dijo—. O lo era, no sé a qué se dedica ahora.
Lleva aquí desde febrero, de alquiler. Muy educada.
—Hizo una pausa calculada—. Pero hace muchas preguntas.
Demasiadas, para el tiempo que lleva. A tu madre la tenía muy trabajada al final.
Yo, si fuera tú, iría con cuidado con lo que le cuentas.
—¿De qué preguntas?
—De todo. Del edificio, de los vecinos, de las cuentas de la comunidad. —Roberto sonrió, como quitándole importancia—. Bueno, que no es asunto mío. Me voy, que pierdo el autobús. Esta tarde te subo la llave.
Se despidió de Remedios con una inclinación de cabeza y subió la escalera hacia el primero.
Inés se quedó en el portal, mirando la tarjeta de las flores.
—No le gusta la chica —dijo Remedios en voz baja, cuando oyeron cerrarse la puerta del 1B. No era una pregunta.
—Ya lo veo.
—A mí tampoco me gustaba al principio. Es seca como un palo. Pero me trae el pan los días que Yolanda libra y no me cobra el de la propina. —La anciana se echó hacia atrás en la silla—. Aquí todos tienen sus cosas, hija. Todos. Yolanda, métenos, que me quedo helada.
La puerta del 1A se cerró con un chasquido.
Inés salió a la calle. El aire frío le dio en la cara.
El cielo seguía bajo, del color del cemento mojado, y en la acera de enfrente el Bar Moncayo tenía las mesas de fuera vacías y la cristalera empañada.
De niña se compraba allí los regalices de a duro.
Cruzó, entró y se sentó en la mesa del fondo, junto a la ventana, desde donde se veía el portal del Olmo 17.
Pidió un café con leche y una tostada a una camarera que no conocía.
Abrió la libreta negra.
Debajo de lo que había escrito por la mañana, anotó con la letra pequeña y recta del taller:
Noche: «Han llamado a la compañía y nos han dicho que revisemos las llaves de paso».
Mañana: no llamaron a la compañía; «chico de confianza», instalador.
Aviso: Basilio, 3A. Iker (2B): despierto a esa hora; nadie les avisó; oyó voces arriba.
R. admite llave. «Entré una vez, agosto, llave de paso».
Me la sube esta tarde (5). Flores: «V. · 8 años».
Incendio 7 nov. Murió chica del 2A. Hace 8 años = 2017.
Sara, 4A. Desde febrero. Periodista. «Muchas preguntas» (según R.).
Se quedó mirando la última línea. Luego añadió, entre paréntesis: (R. no quiere que hable con ella).
Le trajeron el café. Lo removió sin echarle azúcar.
Al otro lado de la calle, la puerta del portal se abrió y salió Roberto, abrochándose el abrigo.
No llevaba ya la barra de pan. Se detuvo en la acera, sacó el móvil y habló con alguien durante un par de minutos, de espaldas al bar, mirando hacia arriba, hacia las ventanas del edificio.
Inés siguió la dirección de su mirada. Tercer piso.
Las cortinas de la habitación de su madre, que ella misma había abierto esa mañana.
Luego Roberto guardó el teléfono y echó a andar hacia la parada del autobús.
Inés pagó, guardó la libreta y miró la hora. Las once y diez. Si la caja azul llevaba semanas fuera del armario, alguien había entrado en casa de su madre antes de que ella llegara. Si alguien tenía una copia de la llave, podía volver a hacerlo antes de las siete.
Pero ahora tenía una fecha, una frase escrita por su madre y una explicación que había cambiado de una noche a una mañana. Eso, en su oficio, ya empezaba a parecerse a un expediente.
Buscó en el móvil la comisaría más cercana.